Capítulo
Cinco
Thomas
supo el preciso momento en que Shea descubrió la verdad. Su
corazón
latía frenéticamente y su silencioso grito de rechazo aún resonaba
en
su mente. Creía que ella era un vampiro, lo mismo que él. ¿Qué otra cosa
podría
haber deducido con tan poca información? Estaba desesperada y se
había
convertido en una amenaza para su propia vida. Permaneció inmóvil en
la
cama. Debía hacer todo lo posible por recuperar sus fuerzas, ya que
podría
necesitarlas para detener cualquier decisión estúpida que ella
tomara.
Se limitó a esperar, examinando sus pensamientos y esperando
algún
signo revelador en el cuerpo de ella.
Estar
solo era una agonía. Thomas no habría sido capaz de soportarlo si
su
mente no fuese una sombra acurrucada y oculta en la de ella. Tenía el
cuerpo
cubierto por una fina capa de sudor. Todos sus instintos le
impulsaban
a obligarla a volver a su lado, y podría hacerlo ahora que había
recuperado
algo de su fuerza durante esos días. Pero una parte de él quería
que
regresara por su propia voluntad.
¿Qué
le había dicho ella? Que su madre era irlandesa. Shea creía que
no
era como él. ¿Y si no lo era y él, sin darse cuenta, la había transformado
en
uno de ellos? Jamás había considerado esa posibilidad. Su vínculo era muy
fuerte,
más allá de los simples vínculos humanos, así que Tomas había
asumido
que la conocía de toda la vida, mucho antes de que el traidor le
hubiese
entregado a aquellos carniceros y a la locura, a la ausencia de
recuerdos.
Había compartido con ella su sufrimiento y su agonía, la había
sentido
a su lado, en eso no se había equivocado. Estaba seguro de que
siempre
la había conocido, de que era su compañera. Cuando no acudió a
ayudarle,
había pasado cada momento de lucidez reuniendo fuerzas para
unir
su voluntad a la de él en aquel infierno de soledad. ¿Y si en realidad
hubiese
sido humana? Había sido indiscutiblemente cruel el primer día,
deseando
que ella se uniera a él para poder someterla a su dominio.
Tomas
reunió algunos fragmentos de su memoria. Tres intercambios
de
sangre... Habilidades psíquicas... Una humana que poseyese habilidades
psíquicas
podía ser convertida bajo las condiciones adecuadas si se hacían
tres
intercambios de sangre... Cerró sus ojos ante la culpabilidad y el
angustioso
remordimiento que se abatían sobre su cabeza. Si ella había sido
una
humana, eso explicaría sus extraños hábitos alimenticios y sus
costumbres.
Nunca tomaba las precauciones necesarias, nunca hacía un
sondeo
antes de salir de la cabaña. En realidad, no sabía cómo hacerlo.
Había
dicho que no sabía cómo detener sus pulmones y su corazón. Nunca
dormía
el sueño rejuvenecedor de la Estirpe de los Cárpatos... Soltó un
juramento.
La noche que había estado tan enferma, seguramente su cuerpo
había
estado experimentando los cambios de la conversión. No había otra
explicación.
Creía que había contraído una especie de gripe muy virulenta...
Se
odiaba a sí mismo por la incapacidad para recordar la información
importante.
Sólo retenía pequeños fragmentos, y ahora ella sufría por su
ignorancia.
El
vínculo con Shea había sido tan fuerte, que nunca se le había
ocurrido
que no perteneciese a su propia raza. Reconocía su valor como el de
uno
de los de su Estirpe, ya que imaginaba que ningún otro habría arriesgado
su
vida para poder salvarle. Le parecía imposible creer que una mujer
humana
hubiese demostrado tanta compasión y coraje como para volver a
aquel
sótano a rescatarle después de la forma deliberadamente cruel con
que
la había tratado. Pero aunque estaba aterrorizada, había regresado.
Un
aroma llegó flotando con la brisa nocturna. Una presa, y estaba
bastante
cerca. No era humano, pero la sangre fresca de un animal vivo le
ayudaría
a reponerse. Si pudiese tomar la suficiente sangre, podría realizar
otro
intercambio e intentar mantenerla con vida. Ella se negaba a comer.
Quizás
no se negaba, a lo mejor es que era incapaz de alimentarse. Se
concentró,
inspiró profundamente, y envió una llamada. Estaba cerca, muy
cerca...
ahora en el porche... dio un paso dentro de la habitación. Entró
primero
un ciervo, y el animal, generalmente tímido y asustadizo, cruzó la
habitación
y se detuvo junto a su cama, clavando sus brillantes y oscuros
ojos
en él. Un segundo ciervo, y más tarde un tercero, entraron también y
esperaron
juntos a que les atendiera.
El
hambre invadió su cuerpo, y los afilados colmillos crecieron
rápidamente
dentro de su boca. Atrajo al primer animal con su enorme
fuerza
y encontró la arteria que latía en su cuello. La bestia creció en su
interior,
pero esta vez le dio la bienvenida. Sangre caliente, rebosante de
vida,
dulce y poderosa, penetrando en su agotado organismo, reponiendo sus
células
marchitas. Bebió con ansia, intentando apagar el hambre insaciable,
mientras
su cuerpo mutilado clamaba por aquel oscuro líquido vital.
Shea
alzó la cara hacia las estrellas y sintió cómo las lágrimas se
deslizaban
sobre sus mejillas. Tenía la garganta seca y le escocía, pero
sobre
todo, le dolía el corazón. Si su padre había sido como Tomas, al
contaminar
su sangre, Tomas había terminado lo que su padre empezó. No
había
comparado las muestras de su sangre con las de Tomas porque
estaba
demasiado cansada, pero ahora estaba segura de que eran
exactamente
iguales.
Hizo
un esfuerzo por controlar los temblores que la sacudían.
Necesitaba
pensar. Era su única salvación. Su cerebro encontraría una
solución
al problema. Inspiró profundamente, intentando recuperar la calma,
del
mismo modo que hacía siempre cuando se encontraba ante una situación
peligrosa.
Inmediatamente se acordó de Tomas, solo y desprotegido en la
cabaña...
No podía dejarle, jamás podría abandonarle estando tan indefenso.
Dejaría
todo preparado, de modo que él pudiera arreglárselas solo. No
tomaría
más que agua, no se arriesgaría a comer ni beber cualquier otra
cosa
hasta que no estuviese segura de a qué se estaba enfrentando.
Paseó
arroyo abajo, alejándose de la cabaña. Se sentía sola. A cada
momento,
su mente insistía en reunirse con él. Necesitaba su calor, la
tranquilidad
que le proporcionaba estar a su lado. Alejó ese pensamiento.
Obviamente,
Tomas le había dicho la verdad.
Había
estado sola toda su vida. Jamás había necesitado a nadie, y
mucho
menos a una criatura que tenía la mente destrozada y los instintos de
un
asesino... De todas formas, debía asegurarse de que no estaba sufriendo
y
de que no le había ocurrido nada malo mientras había estado fuera.
Deliberadamente
se metió en el agua. Estaba congelada y había
entumecido
su cuerpo, pero no su mente. Imponiendo su voluntad, fuerte y
disciplinada
gracias a una infancia en soledad, Shea se resistía a unirse a él.
El
agua estaba tan fría que ya no sentía los pies, pero, de alguna manera, le
ayudó
a aclarar las ideas.
Tomas
liberó al tercer ciervo e inhaló bruscamente. Shea tenía una
voluntad
de hierro. Sabía que intentaría resistirse a la unión. Su infancia
había
sido un infierno, pero había sobrevivido y se había convertido en una
mujer
fuerte, brillante y valiente. Deseaba poder calmarla, tranquilizarla,
pero
sabía que no aceptaría que se entrometiera. Tenía razones para
temerle.
Recordaba tan pocas cosas... Traición. Dolor. Rabia. Ni siquiera
había
sabido comportarse durante su transformación, aunque en realidad
tenía
la sensación de que había hecho todo mal desde que la conoció.
Los
ciervos empezaron a moverse, y tambaleándose se encaminaron
hacia
el bosque. Tomas podría haberlos matado, haber bebido hasta la
última
gota de sangre de sus cuerpos, pero entonces Shea habría pensado
que
él era un monstruo. Sintonizó su cuerpo con el de ella, anhelando verla,
olerla,
tocarla. Puede que fuera un monstruo... en realidad, lo único que
sabía
con certeza era que la necesitaba.
Shea
vagó a la deriva hasta que no puedo pensar en nada que no fuera
Tomas.
El vacío de su interior crecía, convirtiéndose en un enorme agujero
negro.
Su cuerpo estaba repleto de necesidad, su mente era un caos y ya
estaba
muy cansada de luchar consigo misma.
¿Y
si le había ocurrido algo? Ese pensamiento apareció de nuevo en su
mente,
aumentando su sensación de soledad hasta convertirla en algo
espantoso.
La
pena crecía en su interior, envolviéndola, apartando la lógica y la
razón
para dejar simplemente las crudas y abiertas emociones. Shea no
podía
seguir así y lo sabía. Tanto si su orgullo se lo permitía como si no,
debía
regresar. No sólo era humillante, también le daba bastante miedo. Le
parecía
imposible que Tomas hubiese adquirido tanto poder sobre ella en
tan
poco tiempo, pero así era, y tendría que aceptarlo. Caminó lenta y de
mala
gana hacia la cabaña, estaba muerta de miedo, pero cada paso que daba
hacia
Tomas aliviaba la carga de su corazón. En el borde del claro, antes
de
llegar a la casa, había tres grandes ciervos descansando bajo las ramas
de
un árbol. Se paró un momento para observarlos, sabiendo perfectamente
lo
que les había pasado. Shea caminó hasta el porche y, vacilando,
finalmente
entró.
Tomas
estaba tumbado sobre la cama, totalmente inmóvil, con los
ojos
negros abiertos y mirándola fijamente, sin parpadear siquiera. Shea
sintió
cómo se hundía en aquellas profundidades negras e insondables.
Extendió
una mano hacia ella. No quería ir, pero avanzó hacia él porque tenía
que
hacerlo. Necesitaba hacerlo. Una parte de su cerebro analizó ese hecho,
cómo
era posible que sucediera, pero se dirigió a su lado sin luchar contra la
fuerte
sugestión que la atraía.
Los
dedos de Tomas, inesperadamente cálidos, se cerraron sobre la
mano
fría de ella, envolviéndola. Tiró de ella suavemente, hasta que no le
quedó
más opción que sentarse y después tumbarse junto a él. Sus ojos
negros
no se apartaron ni por un momento de su rostro.
—Estás helada, pequeña pelirroja. –Su
voz era un susurro que
acariciaba
la piel y la hipnotizaba, disipando el caos reinante en su mente
para
reemplazarlo con calma y serenidad. –Deja
que te caliente.
Acercó
la mano al rostro de Shea, dibujando la línea de cada hueso
delicado
y deslizándose en una caricia hacia su garganta. Shea parpadeó,
confusa,
no estaba segura de si estaba despierta o soñando. Se movió,
inquieta,
mientras su cerebro intentaba clasificar, como era habitual, la
información
que recibía, pero no pudo apartar la vista de sus seductores
ojos.
Y había una parte de ella que no quería hacerlo, que quería quedarse
acurrucada
contra él para siempre, para que la protegiese, para formar
parte
de él.
Ignorando
los gritos de protesta de su cuerpo, Tomas se movió para
adaptar
su enorme cuerpo al otro más pequeño que se apretaba contra él en
la
cama. Continuó acariciando la esbelta línea de su cuello, y descendió para
trazar
con un dedo la línea del escote de su camiseta de algodón.
—Siente la forma en que nuestros corazones
laten al unísono. –apartó
con
la mano el tejido que la cubría, de manera que sus pechos quedaron
totalmente
expuestos bajo la plateada luz de la noche.
Percibió
la protesta en la mente de ella y siguió susurrando para
envolverla
más profundamente en su hechizo. En la profundidad de sus ojos
se
leía el hambre, el fuego y la necesidad. Atrapó aquellos pozos verde
esmeralda
en la intensidad de su cálida mirada. Con un zarpazo de garras
afiladas,
el algodón de la camiseta cayó flotando al suelo. La mano de
Tomas
se deslizó sobre la suave calidez que había quedado desnuda, y sin
dejar
de mirarla, lentamente inclinó la cabeza.
Shea
apenas podía respirar mientras aquella boca perfecta permanecía
a
escasos milímetros de la suya. Ardía por él. Se abrasaba. Sus largas
pestañas
se cerraron mientras fijaba su boca a la de ella. Estuvo a punto de
gritar
ante la sensación que atravesó su cuerpo cuando la rozó, una oleada
de
calor líquido que se extendió hasta alcanzar todos los rincones. Estaba
explorando
cada centímetro de su boca. Acariciando, exigiendo, calmando y
dominando,
tanteando delicadamente sus dientes... toda una exhibición de
posesión
masculina.
Abandonó
sus labios para dejar una estela de besos sobre la garganta,
sobre
los hombros, y más abajo... hasta encontrar sus senos. Shea enredó
las
manos en su pelo, agarrando suaves puñados mientras la lengua de él
trazaba
un sendero que le aceleraba el pulso. Su cuerpo se tensó, esperando
con
anticipación. Sus dientes mordisquearon suavemente los pezones,
moviendo
la lengua una y otra vez mientas ella se estremecía de placer y su
boca
convertía la suavidad en un calor húmedo.
—Te deseo, Shea. Te necesito.
Y
era cierto. Su cuerpo parecía no darse cuenta que tomarla era
físicamente
imposible. Y eso le hacía daño, le provocaba un tipo de dolor que
casi
anulaba todos los demás. Sentía la piel ardiendo e insoportablemente
sensible.
De mala gana abandonó su pecho, y llevó su lengua una vez más al
lugar
donde latía su pulso.
—Shea...
Susurró
su nombre mientras clavaba los dientes profundamente.
Ella
jadeó, atravesada a la vez por un agudo dolor y una oleada de
intenso
placer. Arqueó el cuerpo, acunando con los brazos la cabeza de
Tomas.
Era
un éxtasis abrazarla así, alimentarse de su dulzura, explorar su
suavidad
con las manos. El placer era tan intenso que el maltratado cuerpo
de
Tomas se hinchó, y todos sus músculos se pusieron tensos, rígidos. Ella
tenía
un sabor cálido y picante, como una droga. Necesitaba hundir su
cuerpo
en el de ella mientras se alimentaba. Cada uno de sus instintos, tanto
los
del hombre como los de la bestia, clamaban por unirse a ella como lo
hacía
su gente, atándola a él para toda la eternidad.
Sus
pechos suaves y perfectos le estaban volviendo loco. ¿Tenía que
ser
su torso tan pequeño y delicado? ¿O su cintura tan diminuta?... No sólo
la
deseaba. La necesitaba. Levantó la cabeza y acarició la pequeña herida
con
la lengua para cerrarla.
Shea
tenía los ojos cerrados, el cuerpo suave y flexible.
—Me necesitas, mi amor. —la besó
suavemente. — Besa mi pecho.
Déjame sentir que tu necesidad
es tan grande como la mía.
Era
pura magia negra, un erótico susurro de seducción que Shea se
sentía
incapaz de resistir. Deslizó la boca sobre la piel de Tomas,
alcanzando
la garganta y descendiendo muy lentamente hacia los fuertes
músculos
de su pecho.
Tomas
sabía que estaba jugando con fuego. Su cuerpo no resistiría
mucho
más. Sujetó la nuca de ella con la mano y apretó la cabeza contra su
cuerpo.
—Bebe, mi amor. Estás hambrienta.
—Prevaleció el instinto de
supervivencia,
y el cuerpo de Shea se tensó de anticipación. La voz de
Tomas
era la pureza en sí misma. —Tomarás lo
que yo libremente te
ofrezco. Es mi derecho y no
puedes negármelo.
El
roce de su lengua envió olas de fuego a través de su sangre. Cuando
los
dientes atravesaron su piel, Tomas gritó de puro éxtasis. Se abandonó
a
aquel sensual placer mientras con la mano sujetaba su cabello, instándola a
alimentarse.
Necesitaba esa proximidad, esa erótica intimidad. Ya que en
este
momento no podía tomarla por completo, al menos aseguraría su vínculo.
La
abrazó, envolviendo su cuerpo de una manera dominante, como su
gente
había hecho durante generaciones, pero aún así, sus manos estaban
cargadas
de ternura mientras la acariciaba. Muy lentamente, casi con
pereza,
deslizó las manos por su sedosa cabellera, apartándola para poder
acariciar
las delicadas líneas de su rostro. Entonces, con mucho cuidado,
introdujo
su mano entre la boca de Shea y su propio pecho.
—Es
suficiente, Shea. Cierra la herida con tu lengua.
El
vientre de Tomas se tensó suavemente, y sintió que se estremecía
cuando
ella le obedeció. La deseaba, la necesitaba, se moría por hacerla
suya.
Durante un instante, sintió que esa necesidad le provocaba más
tormento
que sus espantosas heridas.
Aferró
su cabello con ambas manos y arrastró su cabeza hacia él
mientras
todo su cuerpo clamaba por obligarla a ofrecerle algún tipo de
alivio.
Tomas sintió que estaba en el infierno de nuevo. Aplastó su boca
contra
la de ella, saboreando su propia sangre. Algo crecía en el interior de
su
cabeza, rugiendo como una bestia salvaje e indomable, una bestia que
estaba
muy cerca de escapar de su férreo control. Instintivamente, su
mente
buscó la de ella.
— ¡Shea!
La
llamada era urgente, al filo de la desesperación. Shea parpadeó, y se
descubrió
a si misma enredada en la cama con Tomas, piel contra piel, con
sus
fuertes brazos alrededor de su cuerpo y su boca apretada contra la
suya
de tal manera que todo su cuerpo clamaba por él. Mientras él se
mostraba
agresivo y dominante, ella se mantenía sumisa.
Cuando
le miró a los ojos, pudo leer la desesperación, el insaciable
deseo
y la ternura resplandeciendo bajo la bestia, bajo el animal salvaje que
intentaba
apoderarse de lo que le pertenecía. Reconoció las llamaradas rojas
que
bailaban en la profundidad de sus ojos, revelando la violencia que había
en
su interior. Cuando se puso tensa, preparándose para luchar, un gruñido
de
advertencia retumbó en lo más profundo de su garganta.
Shea
se quedó muy quieta, obligando a su mente a liberar el pánico,
forzándose
a pensar con lógica. La había llamado para porque necesitaba su
ayuda.
En el momento que se dio cuenta de esto, se relajó, y le abrazó sin
miedo.
La necesitaba y no podía hacer otra cosa que ayudarle. Sus manos
estaban
en todas partes, rudas, excesivamente agresivas; sus dientes la
mordían
con demasiada fuerza.
—Tomas. –se introdujo deliberadamente en
la neblina roja que
envolvía
su mente. Estaba muy serena, calmada, aceptando la bestia que
había
en su interior –Vuelve conmigo.
Se
aferraba a Shea como a una tabla de salvación, fundiendo su mente
con
la de ella. Respiraba agitadamente, con mucho dolor. Podía percibir el
oscuro
deseo latiendo en su interior, ordenándole que tomara lo que por
derecho
le pertenecía. Tomas luchaba por controlar al monstruo que había
dentro
de él. Shea empezó a besar su garganta y la dura línea de su
mandíbula,
acariciándole suavemente, intentando calmarle.
—No pasa nada. Vuelve conmigo.
Entonces,
él enterró la cara en su cuello, abrazándola con fuerza.
Estaba
exhausto y dolorido, y temía haberla alejado todavía más. Era Shea
quien
se enredaba con su pelo, murmurando tonterías para tranquilizarle;
era
Shea quien se acurrucaba a su lado, suave y flexible, junto a su corazón.
Llevo
su pequeña mano a la cara de él, dibujando su perfil, tocándole,
mientras
su mente permanecía completamente unida a la de Tomas.
—Lo siento. —descansó la barbilla en lo
alto de su cabeza, incapaz de
afrontar
la condena que temía ver reflejada en sus ojos.
—Ssh, quédate quieto. Nunca te dejaré solo.
—Tú no has provocado esto. –Sus brazos
la apretaron por un
momento—
Shea, ni lo pienses. No tienes la culpa
de mi locura. Mi cuerpo
necesita el tuyo. El
acoplamiento entre compañeros no es exactamente el
igual que el de los humanos. He
estado a punto herirte, Shea. Lo siento.
—Tú eres el único que sufre, Tomas
—señaló tiernamente. Se dio
cuenta
de que estaba usando la conexión mental, aceptándola como natural.
Suspiró
y alzó la cabeza para besar la barbilla de Tomas. Se abrazaron
como
dos niños tras una terrible pelea, agradecidos de estar juntos.
Después
de un rato, Shea se dio cuenta de que estaba pegada a él
desnuda
de cintura para arriba, con la piel sensible y los senos aplastados
contra
su pecho.
—Supongo
que no vas a decirme qué le ha pasado a mi camiseta...—
permanecía
echada, sin moverse, somnolienta y feliz. Estar tan cerca de él
quizás
debería incomodarla, pero le parecía de lo más natural. Vio los jirones
de
la camiseta tirados en el suelo, junto a la cama. —Tenías un poco de
prisa,
¿no? — señaló, haciendo un esfuerzo por levantarse y vestirse.
Cuando
Shea trató de levantarse, Tomas se negó a dejar de
abrazarla.
En su lugar, alcanzó la colcha y la envolvió a su alrededor. Ella
pudo
percibir su sonrisa en la mente.
—Cuéntame algo de tu niñez. –soltó las
palabras como una bomba y
percibió
cómo ella se tensaba, su dolor, el intento de esconderse dentro de
su
coraza. —Quiero que tú misma me lo
cuentes, Shea. Podría buscar en tus
recuerdos, pero no es lo mismo
que si tú confiases en mí en algo tan
personal. —Ya había visto su infancia,
la forma terrible en que había
crecido,
completamente sola. Pero quería que compartiese esa parte de su
vida
con él, que le diese el inapreciable regalo de su confianza.
Shea
percibía el firme y suave latido del corazón de Tomas. Parecía
justo
compartir con él aquella pesadilla cuando ella había visto la oscuridad
de
su alma.
—Me
di cuenta de que mi madre no estaba bien cuando era muy
pequeña.
Me abandonaba durante semanas, y ni siquiera se daba cuenta de si
yo
comía, dormía o lo pasaba mal. No tenía amigos y casi nunca salía de casa.
En
muy rara ocasión mostró algún interés o aprecio por algo— La mano de
Tomas
se deslizó por su pelo, acariciando y masajeando su nuca para darle
fuerzas.
La voz angustiada de Shea era más de lo que podía soportar.
—Tenía
seis años cuando descubrí que era diferente, que necesitaba
sangre.
Mi madre me había olvidado durante muchos días seguidos. Se
limitaba
a tumbarse en la cama y mirar el techo. Yo entraba en su habitación
cada
mañana para darle un beso de despedida antes de irme al colegio.
Jamás
pareció darse cuenta. Pasaban los días y cada vez estaba más débil,
no
podía ni siquiera andar por la habitación. Se acercó a mí, y vi cómo se
hacía
un corte y dejaba caer la sangre en un vaso. Me dijo que tenía que
bebérmelo,
que debía beber sangre a menudo. Después murió, yo solo usaba
transfusiones,
pero...
Permaneció
callada durante tanto tiempo que Tomas rozó su mente
para
ver cómo se encontraba. Percibió cómo había sido su infancia, el
aborrecimiento
que sentía por ella misma, los miedos y la sensación de
soledad.
Tomas la abrazó con fuerza, atrayéndola hacia su pecho,
queriendo
protegerla para siempre. Sabía lo que era estar solo. Totalmente
solo.
No quería que ella se sintiese así de nuevo jamás.
Shea
sintió el roce de su boca en la frente, en la sien, en el pelo... Su
ternura
entibió su cuerpo, que estaba temblando por dentro.
—Mi
madre no era como yo. Nadie era como yo. Nunca pude contar ni
preguntarle
a nadie lo que me pasaba. Me llevó a Irlanda para esconderme
porque
cuando nací, mi sangre era tan extraña que levantó el interés tanto
del
campo médico como del científico. Tenían que hacerme transfusiones
diariamente
pero aún así me debilitaba. Cuando tuve algunos años más, dos
hombres
vinieron a nuestra casa y le preguntaron a mi madre muchas cosas
sobre
mí. Podía escuchar sus voces y me daban mucho miedo, así que me
escondí
debajo de la cama, temerosa de que me obligase a verles. No lo hizo.
La
aterrorizaron tanto como a mí. Entonces hizo las maletas y huimos.
— ¿Estás segura de que tu madre nunca tuvo
contacto con sangre? —
Preguntó
amablemente, preocupado por que dejara de compartir con él lo
que,
obviamente, eran recuerdos muy dolorosos. No podía evitar su dolor,
pero
podía intentar aliviarla con la fuerza de sus brazos y la proximidad de
su
cuerpo.
—Nunca.
Era como una hermosa sombra, siempre apartada del resto del
mundo.
Sólo pensaba en él. En Rand. Mi padre.
El
nombre despertó un doloroso recuerdo en la mente de Tomas. Fue
tan
intenso que se le escapó antes de poder fijarlo.
— ¿Tú no le viste nunca? –sólo pensar en
ese hombre al que ella llamaba
padre
hacía que un dolor punzante le atravesara la cabeza.
—No,
estaba casado con una mujer llamada Noelle.
Una
imagen apareció en su mente acompañada de un dolor insoportable.
Una
bella mujer decapitada, con una estaca en el corazón. El recuerdo era
tan
vivo, tan intenso, que Tomas apenas podía respirar. Alejó la imagen de
su
mente, pero ya la había reconocido. Noelle.
Shea
levantó la cabeza, buscando con sus ojos verdes la mirada negra.
—La
conocías...— Compartía los recuerdos que de la mente de Tomas,
y
vio la misma imagen. La puso enferma la brutalidad de aquella muerte.
Aquella
mujer había sido asesinada usando el ritual para matar vampiros.
Decapitada.
Con la estaca...
—Está muerta. —Dijo con certeza y con
pena. —Era mi hermana.
La
cara de Shea se puso tan blanca como la pared.
—
¿Tenía un hijo?
—Un varón.
—¡Dios
mío!— Shea se escabulló de sus brazos como si la quemasen,
apartándose
de él con los brazos cruzados sobre su pecho y una mirada
salvaje—
Esto se pone peor a cada minuto que pasa. Ahora resulta que mi
padre
era probablemente el marido de tu hermana...— Se alejó de la cama
horrorizada.
—No puedes estar segura de eso... El mundo
es muy grande.
—
¿Cuántos Rand de tu especie hay en las montañas de los Cárpatos?
¿Cuántos
hay casados con una mujer llamada Noelle, que dio a luz un niño?
Estaba
todo en el diario de mi madre... Los cazadores de vampiros le
atravesaron
el corazón con una estaca hace años. Antes de que yo naciera.
No
sé nada más. Y no sé si quiero saberlo.
Shea
encontró otro pedazo destrozado de la camiseta.
—Lo
siento por ella, por mi madre. Todo esto es tan extraño... –sacudió una
mano mientras rodeaba la cama – Hasta es posible que nosotros dos
estemos
emparentados de alguna manera.
—Los compañeros están destinados a
encontrarse, Shea. Sólo existe un
compañero para cada persona. Lo
que hiciesen tus padres y mi hermana no
tiene nada que ver con
nosotros.
—Por
supuesto que sí. No sabemos quién eres realmente, en realidad no
sabemos
nada sobre ti. Lo que estoy haciendo contigo va contra todas las
reglas
de mi profesión. Ni siquiera sabemos si estas casado o no...
—Sólo hay un compañero posible, Shea. Sé que
todo esto es nuevo para
ti, y que te asusta. Pero así
como yo tengo que estar aquí tumbado,
totalmente frustrado, tú
deberás tener paciencia. Ya vamos descubriendo
algunas cosas. Soy incapaz de
recordar algunos detalles muy importantes
para nosotros, pero te ruego
que tengas paciencia mientras se aclaran las
cosas. –dijo moviéndose inquieto.
Aquel
movimiento la hizo recapitular, calmándola como ninguna otra
cosa
habría hecho.
—No
tienes ningún cuidado, Tomas. No debes moverte. — Se inclinó
sobre
él, colocando su mano fresca sobre la piel ardiente. La herida cercana
al
corazón comenzaba a curarse.
Su
larga melena caía sobre los hombros acariciándole el abdomen,
marcando
a fuego la piel de Tomas. La calidez de su aliento al inclinarse
sobre
él para examinar la herida era como una llama bailando flotando sobre
su
cuerpo.
Tomas
cerró los ojos mientras sentía que cada músculo de su cuerpo
se
tensaba. Su reacción hacia ella, más que cualquier otra cosa, le aseguró
que
se estaba curando. Enredó la mano en el sedoso pelo.
—Sé que tienes intenciones de dejarme, Shea.
En cuando recupere las
fuerzas. –le miró con aquellos ojos
enormes mientras se acercaba el cabello
rojo
a la boca. —Me tienes miedo. Puedo verlo
en tus ojos.
Shea
se pasó la lengua por los labios, pensativa. Tomas percibió que
estaba
utilizando su habilidad para bloquear las emociones en su mente,
como
hacia cuando se sentía amenazada de algún modo. Su parte racional se
recuperó,
examinando la situación que había entre ellos.
—No
sé lo que eres, Tomas, ni lo que serás capaz de hacer una vez te
hayas
recuperado del todo. No sé nada sobre tu pasado ni sobre tu futuro.
Me
dedico a la investigación médica, y es muy probable que una vez te
encuentres
bien no tengamos nada en común.
Él
no apartó de ella su oscura mirada, dura y expectante. Incluso su
cuerpo
parecía estar completamente inmóvil.
—Me temes. —Quería que ella lo
afrontase, no que dejara de lado el
tema.
—Y no tienes motivos para hacerlo.
Ella
sacudió la cabeza, y su melena roja se agitó en todas direcciones.
—
¿En serio? Tomas, tu mera existencia ya amenaza todas mis
creencias.
Me convertiste... Yo sólo era mitad de los Cárpatos... o lo que sea
(quizás
vampiro, ni siquiera estoy segura), y tú me convertiste del todo.
Ahora
soy diferente. No puedo comer, no tengo las funciones corporales
normales,
y mi oído se ha agudizado aún más. En realidad, todas mis
habilidades
lo han hecho, todas. Lanzaste por la ventana la vida que había
conocido
y la has sustituido por una de la que ninguno sabemos nada.— Movió
la
cabeza y cedió al deseo que la impulsaba a acariciarle el cabello.— No
seré
como mi madre, Tomas, que vivía únicamente para un hombre. Cuando
él
la abandonó, espero únicamente hasta el momento en que creyó que ya no
la
necesitaría para suicidarse. Eso no es amor, es obsesión. Ningún hijo mío
sufrirá
por una obsesión enfermiza, como me sucedió a mí.
Inhaló
su fragancia y de nuevo sintió el calor atravesando su cuerpo,
abrasándole
con la urgente demanda de enterrarse en ella, de formar
realmente
un único ser.
—Te necesito, Shea. ¿Tan horroroso te resulta
pensar que un día
podrías amarme? Sé que aceptas
lo que soy. Puedo percibirlo. Lo que ocurrió
entre Rand y tu madre no tiene
nada que ver con nosotros. Viste la
oscuridad de mi interior, a la
bestia luchando por liberarse y aún así te
quedaste. El encarcelamiento ha
destruido a la persona que fui una vez y no
sé quién soy ahora. Pero sé que
te necesito. ¿De verdad piensas
abandonarme?
Ella
percibió su desesperación.
—Ni
se te ocurra pensar que eres un monstruo. La forma en que me
acaricias
algunas veces... con tanta ternura, desde luego no puede
compararse
con la de un monstruo. —Shea se sentía inquieta, una extraña
necesidad
la recorría de arriba abajo, un tipo de necesidad que no había
conocido
hasta ahora. —Me deseabas, Tomas, y aún así te contuviste. No
eres
ningún monstruo.
—Quizás fueron las heridas lo que me
detuvieron, y no el autocontrol. –
había
sido ella quien le había detenido, al aceptar a la bestia que había en él.
—Estás
cansado, Tomas. Deberías descansar un rato.
Él
tomó su mano, deslizando el pulgar por el interior de la muñeca.
—No soy un vampiro. Todavía no me he
transformado.
—No
sé qué quieres decir.
Cerró
los ojos, riendo mentalmente. Ella volvía a usar ese tono de voz
profesional,
de científico.
—Te preocupaba que me hubiese transformado.
Antes, en el bosque,
temías que fuera un vampiro.
Justo ahora estás pensando que nuestra gente
bien podrían ser vampiros...
Somos gente de los Cárpatos, no vampiros. A
menos que sucumbamos a la
oscuridad.
—
¿Te importaría permanecer fuera de mi mente? Haz el favor de
esperar
a que te invite, si eres tan amable.
—Si tuviese que esperar a que me invitaras,
pequeña pelirroja, pasaría
siglos sin poder entrar. –la sonrisa que apareció en la
cabeza de Shea era
demasiado
sexy para conservar la paz mental. –Tan
sólo intentaba calmar
tus temores. –intentaba parecer inocente.
Shea
rió suavemente
—
¿Es que tengo la palabra “ingenua” estampada en la frente?
— ¿Alguna vez se ha quejado alguien del trato
que les das a los
pacientes?
Arqueó
las cejas.
—Soy
cirujano. No necesito tener ningún tipo de trato con los
pacientes.
Y en cualquier caso, jamás he tenido un paciente tan insoportable
antes.
No me llames “pelirroja”, ni “pequeña pelirroja”... ni ninguna de las
otras
cosas que me llamas. Lo apropiado sería que te dirigieras a mí como
Doctora
O’Halloran.
Por
primera vez, la boca sensual de él se suavizó, curvándose en una
sonrisa.
El efecto que tuvo en ella fue demoledor. No era justo que un
hombre
fuese tan sexy. Debería estar prohibido, era un peligro para toda la
comunidad
femenina.
—Guapo y sexy. No debo estar haciéndolo tan
mal, después de todo –su
voz
sonaba perezosa, traviesa y algo ronca.
Shea
rió suavemente. Era imposible enfadarse con él cuando estaba de
buen
humor.
—Vale...
Eres guapo y sexy, pero no dejes que se te suba a la cabeza.
También
eres arrogante, dominante y demasiado rudo para mi gusto. —le
espetó
sin inmutarse.
Tomas
tiró ligeramente de su mano, y la acercó a la cama para poder
llevarse
su palma hasta el calor de su boca.
—Soy exactamente lo que a ti te gusta...
Shea
retiró la mano de su boca como si la hubiese quemado, y se frotó
la
palma contra el muslo. La sensación no desapareció, como tampoco las
mariposas
que revoloteaban en su estómago.
—
¿Cómo sabes que no eres un vampiro? —necesitaba cambiar de tema,
necesitaba
distraerle... y a sí misma también. —Quizás lo hayas olvidado,
pero
eres perfectamente capaz de actuar como si lo fueras.
Esta
vez el rió en alto, asombrándoles a ambos. Era un sonido ronco,
grave,
extraño a sus propios oídos, como si hubiese olvidado cómo se reía.
Su
negra mirada se clavó en el rostro de Shea, y parecía casi atemorizado.
—No
ha estado mal, hombre salvaje. Primero un gruñido y ahora una
carcajada.
Estamos haciendo algunos progresos...—sus ojos resplandecían de
diversión,
logrando tranquilizarle.
Entonces,
la alegría brotó en medio del dolor. Shea. Ella había creado
un
mundo en el que su alma podía alcanzar la luz.
—Los vampiros no son capaces de sentir nada,
excepto la grandeza
momentánea que el asesinato les
proporciona. Son unas criaturas sin ningún
tipo de código moral.
Shea
alzó la barbilla, frunciendo el ceño concentrada.
—
¿El asesinato?
—Siempre matan a sus presas cuando se
alimentan, y no las dejan en
trance antes de hacerlo. Su
grandeza se alimenta del terror de sus
víctimas. No hacen ningún tipo
de distinción entre mujeres, hombres o niños. Los vampiros han vendido su alma
a cambio de efímeras emociones.
—
¿Tú también eres capaz de asesinar?— apretó los puños y contuvo la
respiración.
¿Por qué había preguntado aquello? Ya sabía la respuesta, había
podido
vislumbrar la oscuridad de su interior en más de una ocasión.
—Bastante fácilmente cuando es necesario,
pero jamás a una presa
humana. –Contestó casi sin pensar.
Formaba parte de sus instintos, de su
naturaleza
de depredador.
—Personas,
Tomas. —le corrigió. —Somos personas.
—Tú
perteneces a mi gente.
—Ni siquiera sé qué significa eso. ¿Y tú?
¿Lo sabes en realidad? Puede
que tengas un tipo de sangre
extraña que te conceda, de algún modo,
habilidades especiales. —realmente, Shea no creía que
eso fuera cierto.
Estaba
segura de que él decía la verdad: simplemente, pertenecía a otra
raza.
El
agotamiento le estaba ganando la batalla a Tomas. El sueño de los
mortales
no era rejuvenecedor, pero hasta que Shea se acostumbrase a su
nueva
vida, no la dejaría desprotegida. Cerró los ojos.
—Llevo en este mundo más de ochocientos
años. Ya existía antes de
que Leonardo Da Vinci naciese. —esas palabras penetraron poco
a poco en la
mente
de Shea.
Se
alejó de la cama para apoyarse en la pared. ¿Más de ochocientos
años?
Shea se llevó una mano a la cabeza. ¿Y ahora qué? ¿Qué iba a hacer a
continuación?
¿Convertirse en un murciélago? ¿En un lobo? Ya nada podría
sorprenderla...
—Si se puede elegir, prefiero transformarme
en lobo. —hubo una
profunda
en su voz, que acarició su mente. Las comisuras de su boca se
alzaron
ligeramente, dándole aquella apariencia sensual y sexy que ella era
incapaz
de resistir.
—Sí, ya lo imaginaba. —le contestó.
Sentía hacia él cosas que no podía
explicar
y que hacían que su corazón se derritiera.
Había
tantas cosas de Tomas que desconocía... ¿Hasta dónde llegaba
su
poder? Si los vampiros existían realmente, ¿eran originarios de los
Cárpatos,
como Tomas daba a entender? ¿Significaba eso que Tomas
cobijaba
en su interior un asesino implacable que aguardaba su oportunidad
para
salir a la superficie? Pasarse siete años emparedado no era la mejor
terapia
para eliminar hostilidades latentes, desde luego, así que no podía
descartar
la posibilidad de que estuviese completamente loco. Percibía la
locura
en él, la lucha por recuperar su memoria y encontrar la verdad, por
suprimir
la violencia de su interior.
Sonrió
con calma, y acarició su pelo con la yema de los dedos, mientras
su
corazón lloraba al verle tan vulnerable, como un niño pequeño. ¿Y qué era esa
sensación que oprimía su corazón cada vez que se enfrentaba al hecho
de
que, una vez que se recuperara, tendría que abandonarle?
—Soy muy poderoso.
Asustada,
Shea le miró fijamente. Tomas no se había movido, y seguía
con
los ojos cerrados.
—Estoy
segura de ello. — ¿Necesitaba que le consolaran?
—No tengo ninguna intención de permitir que
me dejes.
Ella
le dedicó una radiante sonrisa.
—Justo
ahora estaba pensando en lo joven y vulnerable que parecías
mientras
duermes. Ahora creo que no eres más que un niño malcriado.
—Soy más poderoso que un vampiro, pequeña
pelirroja. Solía darles
caza y destruirles. Te aseguro
que seré capaz de mantenerte a mi lado.
—Te
haré la vida imposible, y al final estarás deseoso de perderme de
vista.
—Vertió la última unidad de sangre en un vaso para dárselo —Puedo
hacerlo,
te lo aseguro. Mis pacientes siempre se alegraban de verme por
última
vez.
—Puede que esté loco, Shea. He estado
pensado mucho sobre ello. Sé
que mi naturaleza es la de un
depredador.
—parecía muy pensativo,
prestando
atención a cada una de sus preocupaciones —Pero
si realmente
estoy loco, no podré estar sin
ti, te necesitaré en todo momento a mi lado
para que garantices la
seguridad de toda la humanidad...
Shea
comenzó a reírse, pero ante la seriedad de su tono, la sonrisa se
desvaneció.
No estaba bromeando, se limitaba a exponer la verdad pura y
dura.
Tom no estaba seguro de si se había vuelto loco o no.
—
Algunas veces, hombre salvaje, me partes el corazón. —dijo con
suavidad.
—Quieres abandonarme, Shea. Percibo tu
necesidad de poner distancia
entre nosotros.
—Nunca
había pasado tanto tiempo con nadie como contigo, jamás en mi
vida.
Te he contado más sobre mi misma que a ninguna otra persona, hemos
charlado,
reído, y... y... –se calló, sin saber muy bien cómo continuar, y sintió
que
se ruborizaba por completo.
Tomas
abrió los ojos, y giró la cabeza para mirarla.
—Bueno,
y otras cosas —continuó decidida. — No es que esté pensando
en
abandonarte, es sólo que necesito espacio para mí misma de vez en
cuando,
¿Tú no?
En
ese instante, él unió su mente a la de ella, y Shea pudo percibir el
vacío
absoluto, un agujero negro que jamás podría ser llenado. Su corazón
martilleaba
con fuerza en el pecho, lleno de terror. Aquel mundo estaba en
blanco
y negro, oscuro y feo. No había salvación ni esperanza, sólo el
terrible
de la desesperación total.
Se
quedó sin aliento. Acarició suavemente su pelo, para después
recorrer
delicadamente con un dedo la línea de su mandíbula.
—Vaya...
ya veo que no te gusta nada estar solo.
—Creo que eso se queda corto. –contestó
secamente. –Ni siquiera
puedo respirar cuando no estás
cerca de mí.
—No
me di cuenta de que era tan terrible para ti. Siento haber sido
tan
desconsiderada, Tomas. No pretendía serlo. Tiendo a planear las cosas
por
anticipado, así que lo que lees en mi mente no siempre es lo que acabo
haciendo
al final. Pero nuestra situación se está volviendo desesperada.
Tengo
que ir al pueblo y comprar provisiones, como sangre y algo de ropa
para
ti.
Levantó
una mano para detener sus protestas. Unida a él como estaba,
percibió
cómo rechazaba instantáneamente su plan.
—No
tenemos elección, Tomas. Debería partir inmediatamente para
poder
estar en el pueblo a primera hora de la mañana.
— ¡No! No es seguro. No puedo permitir que lo
hagas, es demasiado
arriesgado.
Ella
ignoró su protesta.
—Es
la única manera de que pueda estar aquí al anochecer. No quiero
dejarte
solo durante las horas del día pero necesitamos sangre, Tomas. No
te
recuperas todo lo rápido que deberías porque no tenemos la sangre que
necesitas.
Y aunque odio admitirlo, sé que me estas dando sangre a mí. Hace
un
rato me encontraba muy débil y ahora estoy bastante bien. Me diste tu
sangre,
¿verdad?
—No puedes ir.
Percibió
el miedo terrible que sentía ante la idea de quedarse solo,
aquel
terrible vacío que le invadía, el agujero negro que le engullía cuando no
estaba
con ella. Su corazón sangraba por él. Estar enterrado bajo tierra
todos
esos años, sin recuerdos, con tan sólo el dolor, la oscuridad y el
hambre
como compañeros, debía haber dejado muchas heridas en su mente.
—No puedo estar sin ti. –tomó la mano de
Shea y enlazó los dedos con
los
de ella. Para él era simple. Ella era su equilibrio, su cordura, o lo poco que
quedaba
de ella. Era la luz de su oscuridad. No podía dejarle. Se llevó la
punta
de sus dedos hacia la calidez de su boca y ella sintió una descarga de
sensualidad
que la recorrió de pies a cabeza.
Le
ofrecía la totalidad de su mente, una completa intimidad para que
ella
pudiese percibir cada una de las emociones de Tomas, leer cada uno de
sus
pensamientos, si así lo deseaba. Allí, los oscuros deseos se mezclaban
con
la absoluta resolución a mantenerla a su lado. La soledad brillaba como
un
agujero negro, vacío. Se sentía tan solo. Tanto dolor. Vacío. Hambre.
Siempre
envuelto por un hambre espantosa. Shea notó cómo las lágrimas se
deslizaban
por sus propias mejillas. Acunó en los brazos su cabeza,
meciéndole
suavemente.
—Jamás
volverás a estar solo. — Susurró. — Estoy aquí contigo,
Tomas.
No te dejaré solo.
— Todavía piensas abandonarme, lo veo en tu
mente. No puedes
esconderme tus intenciones,
Shea. Te lo he explicado en incontables
ocasiones. Eres mi verdadera
compañera. No puede haber engaño entre
nosotros.
Shea
apoyó la cabeza suavemente sobre la de él. Las oscuras emociones
que
giraban en el interior del hombre eran alarmantes. La violencia se
mezclaba
con el terror.
—Nunca
he intentado engañarte, y lo sabes. No te miento, esto no es
ningún
juego. Necesitamos la sangre, no podrás curarte sin ella. Es la única
opción
que tenemos.
—No puedes dejarme, Shea. —esta vez fue
una orden. Perdía la
paciencia
a menudo cuando hablaba con ella. Después de todo, era una
criatura
con un poder enorme, bastante arrogante y estaba bien claro que le
gustaba
que le obedeciesen.
Shea
suspiró mientras acariciaba con los dedos las fuertes líneas de su
cara.
—
No empieces a darme órdenes, hombre salvaje. Tenemos que
centrarnos
en nuestro problema. Necesitamos sangre. Además, no tengo
ropa
que te sirva. ¿Se te ocurre una idea mejor?
—Puedes esperar hasta que me encuentre un
poco mejor y pueda ir
contigo para protegerte.
Sacudió
la cabeza
—Hay
algo que no estás entendiendo bien... Se supone que soy yo la que
debo
protegerte a ti. Soy tu médico.
—Eres mi compañera. Solo hay una, y tú eres
la mía. La única.
Shea
levantó la cabeza, mirándole a la cara con aquellos enormes ojos
verdes.
—
¿Nunca has vivido con una mujer? Pero seguro que te has acostado
con
alguna...
—Los hombres de los Cárpatos no comparten su
vida con ninguna mujer
más que con su compañera. El
sexo es simplemente compartir el cuerpo, un
placer que se desvanece después
de doscientos años, si no encontramos a
nuestra compañera.
—No
estoy segura de haber entendido bien. Sin una compañera, ¿Los
hombres
de los Cárpatos no sienten nada?
—Nada, Shea. Ni cariño ni remordimiento, ni
bien ni mal. Ni deseo,
ciertamente. Después de
doscientos años los hombres de los Cárpatos no
pueden sentir.
El
color inundó su rostro.
—Tú
sientes deseo cuando estás conmigo. Puede que no tenga mucha
experiencia,
pero sigo siendo médico.
Apretó
más la mano de ella, derramando su cálido aliento sobre los
nudillos.
—Te deseo con cada célula de mi cuerpo, con
mi mente y mi corazón. Tu
alma es la otra mitad de la
mía. Cuando estás conmigo, soy capaz de sentir.
Alegría, deseo, rabia...
incluso risa. Eres mi compañera. He esperado más de
ochocientos años para
encontrarte. No podía ver colores hasta que tú
llegaste a mi vida. —Sus ojos negros, cargados de
sufrimiento, se clavaron
en
los verdes de ella. —No puedo perderte.
No podría soportar estar solo
nunca más. Tanto mortales como
inmortales estarían en peligro si yo te
perdiera.
Ella
no quería tocar este tema. Pronunció su nombre suavemente,
besándole
la sien casi sin ser consciente de lo que hacía.
—No puedo existir sin ti, pequeña pelirroja.
La oscuridad crece en mi
interior. La bestia es fuerte.
Debo luchar a cada momento por no perder el
control. Mi compañera es mi
ancla. Solo tú puedes salvarme, mantenerme
lejos de la oscuridad total.
Shea
le apartó el pelo de la cara con dedos suaves.
—
¿Cómo sabes todo eso? Has admitido que no puedes recordar muchas
cosas.
—Te he abierto mi mente. Sabes que es
verdad. Tú eres la que me
amarra a la vida, así que no
puedo hacer otra cosa que ocuparme de que seas
feliz.
Shea
no pudo evitar reírse.
—
No te haces una idea de lo arrogante que suena eso. No eres
responsable
de hacerme feliz, yo debo encargarme de eso y, en este
momento,
pueda soportarlo o no tu orgullo masculino, tengo que ocuparme
también
de tu salud y de mantenerte a salvo. No podemos esperar hasta que
estés
mejor. Tengo que ir ahora. Cada día de retraso le da más tiempo a Don
Wallace
para encontrarnos. Cuando seas capaz de viajar, dejaremos este
lugar.
— Acarició una vez más su abundante mata de pelo. — Tengo que ir,
Tomas.
No te estoy abandonando, sólo voy a por suministros.
Él
se apartó de ella por un momento, con una expresión indescifrable en
le
rostro. Sus ojos parpadearon.
—Iré contigo.
Shea
se sentó a regañadientes junto a él. Odiaba tener que probar lo
que
pensaba, pero no había otra manera de convencerle de que debía
quedarse.
—
Intentemos entonces salir al porche. Apóyate en mí, anda.
—Crees que no puedo hacerlo.
—Creo
que tienes mucha fuerza de voluntad, Tomas, pero tu cuerpo
está
débil. Quizás esté equivocada, espero estarlo, de verdad. —
permaneció
en silencio mientras hacia los preparativos. Sabía que él no
podría
hacerlo sin sufrir un espantoso dolor. La camilla era estrecha e
incómoda,
de modo que Shea intentó acolcharla con una sábana. Tomas
empezó
a sudar mientras le ayudaba a dirigirse hacia la camilla desde la
cama,
pero no emitió ningún sonido. Con el corazón encogido por la pena, ella
le
sacó al porche, donde podría apreciar el aire nocturno.
Desde
luego que soportaría el movimiento en silencio. Había soportado
torturas
y horas de quirófano sin calmantes ni anestesia. Si su mente había
podido
aguantar eso, podría hacer este pequeño traslado sin una queja.
Tomas
bloqueó el dolor mirando las estrellas, inhalando la fragancia
de
la noche. Ése era su mundo: el aire libre, el ímpetu del batir de las alas,
los
chillidos de los murciélagos, la llamada de los insectos. Cerró los ojos
para
absorber los olores, las historias. Su cuerpo soportaba el esfuerzo
físico
rugiendo de dolor, como si un cuchillo afilado se abriera paso en su
pecho.
—
Tomas, por favor no seas tan testarudo. Puedo percibir lo que
estás
sintiendo.
—No es necesario, Shea. No te fundas
conmigo, no quiero que esto te
afecte a ti también.
—Por
favor... permite que te lleve adentro, a la cama. Este simple
movimiento
te ha hecho daño. No puedo llevarte al pueblo, y no me importa
lo
que digas. Si las circunstancias fueran a la inversa, tú no me llevarías.
Una
sonrisa curvó la boca de Tomas.
—Si las circunstancias fuesen a la inversa,
no habría necesidad de ir al
pueblo. Atraería a cada humano
de las cercanías para que te alimentase. –Su
voz
estaba cargada de amenaza, sutil pero inconfundible, y Shea pudo
percibir
el eco de la advertencia en sus pensamientos. Si algo le ocurría a
ella,
ningún humano estaría a salvo de él.
Shea
le pasó una mano por la frente.
—Estoy
bien, Tomas y, por ahora, estoy al mando.
Él
se limitó a hacer el equivalente mental de una mueca de absoluta
incredulidad.
—Este lugar me resulta muy familiar.
—Examinaba los alrededores con
un
brillo peculiar en sus ojos negros. —Conozco
este lugar. Algo ocurrió aquí
hace mucho tiempo, algo que
debería recordar.
–su mano pareció cobrar vida
propia
al dirigirse hacia su garganta para trazar la fina línea blanca que se
enroscaba
alrededor de la yugular. —Sólo una
herida mortal dejaría una
cicatriz. –Susurró casi para él mismo.
Shea
permaneció muy quieta, rodeándose fuerte con los brazos,
intentando
permitir que cualquier recuerdo posible llegara a Tomas.
—Estuve aquí, hace algún tiempo. Quizás un
cuarto de siglo. –le dolía la
cabeza,
pero el recuerdo resplandecía, se hacía más visible en lugar de
esfumarse.
Su negra mirada se deslizaba inquieta sobre inquietamente el
claro.
—Hubo una lucha aquí... Un vampiro,
grande y poderoso, intentando
asesinar de nuevo. Yo jamás
había peleado con uno antes, aquella fue mi
primera vez. No estaba
preparado para su fuerza, ni para su ferocidad.
Quizás no podía creer que uno
de mi especie, incluso habiéndose
transformado, sería capaz de
hacer tanto mal. —Frunció
el ceño mientras se
concentraba,
intentando captar algún otro retazo de información y poder
almacenarlo
en su memoria. —Yo trataba de proteger a
alguien... alguien
importante, alguien que no
podía caer en manos de vampiros. Hay tan pocas...
Ese
último pensamiento pareció desvanecerse. Shea unió su mente
firmemente
a la de él, percibiendo su confusión, su frustración por verse
incapaz
de concretar esa información. Colocó una mano en su frente,
intentando
calmarle. Su caricia estaba cargada de ternura, y sus ojos
verdes
parecían preocupados.
—Tan conocidos... No eran verdes, sino
azules. Una mujer. Hay muy
pocas mujeres de los Cárpatos.
Tenemos que protegerlas todo lo posible...,
protegerlas. Estaba
protegiéndola... ella era especial. Nuestra esperanza
para el futuro.
A
Shea casi se le para el corazón: Tomas había luchado por otra
mujer
y casi pierde la vida en el intento, si la cicatriz era una indicación.
— ¿Qué mujer? –ni siquiera se había dado
cuenta de que estaba usando
el
método de comunicación entre compañeros.
A
través del dolor de su cuerpo y del de su destrozada mente, una
enorme
corriente de satisfacción masculina invadió a Tomas. A su pequeña
doctora
pelirroja no le había hecho ninguna gracia que hubiese otra mujer
en
su vida.
—Ella tenía los ojos azules, y cargados de
lágrimas... igual que los tuyos
en estos momentos.
Capturó
una gota brillante con la punta de un dedo y la llevó a su boca
para
saborearla.
Su
cuerpo, tan vorazmente hambriento como siempre, absorbió aquella
gota
como si se tratara de su propia esencia.
— ¿Quién
era ella, Tomas? ¿O quien es?
Un
hombre como Tomas, tan guapo, tan sensual, tan intenso... por
supuesto
que tendría más de una mujer oculta en alguna parte. Shea se
mordió
el labio con tanta fuerza que pronto aparecieron varias gotas de
sangre.
Tomas
intentó unir los fragmentos de los recuerdos que iban y venían
por
su cabeza. Percibía que aquella información tenía una gran importancia
para
ambos.
—Ella pertenecía a otro. Él es…
El
dolor le atenazaba el cráneo como una banda de acero, apretando
con
fuerza.
Shea
entrelazó los dedos con los de él.
—Déjalo,
Tomas, no hace falta que lo recuerdes ahora. — apartó con
cuidado
el pelo de su frente. — Volverá a su tiempo. Ya has recordado
muchas
cosas por ahora. — estaba realmente sorprendida de lo que le había
aliviado
saber que aquella mujer desconocida pertenecía a otro.
—Si es que no son más que fantasías...
–el tono de su voz implicaba
mitad
diversión, mitad autocensura. Acercó las manos a ella para sujetarla
por
la nuca y atraerla para poder besar aquella boca suave y temblorosa.
Deslizó
la lengua por su exuberante labio inferior, eliminando las gotas de
sangre.
—Te
he pedido que permanezcas alejado de mi cabeza. — dijo mientras
le
devolvía el beso suavemente, poniendo mucho cuidado en no moverle. —
Volvamos
dentro para ponerte cómodo. —le resultaba mucho más duro
soportar
el dolor a ella que a él.
—Sólo un minuto más. Escucha la melodía de
la noche, escucha cómo los
lobos se llaman unos a otros,
llenos de alegría. ¿Los oyes?
Los
oía. ¿Como podría no oírlos? A cierta distancia, la manada elevaba
sus
hocicos hacia el cielo y derramaban su felicidad unos en otros. Les era
imposible contenerla dentro
sus cuerpos, y manaba
desde sus corazones a
través
de sus gargantas hacia la noche. Era tan hermoso, tan puro... parecía
que
formaban un solo ser con la naturaleza. Las notas, cada una diferente,
propia
y distintiva de cada animal, flotaban a través del bosque elevándose
hasta
el cielo. Ella formaba parte de esta tierra. Pertenecía a la manada de
lobos,
a las montañas, a la noche. Giró la cabeza para mirar a Tomas, y le
encontró
sujetando con fuerza su cabeza mientras los recuerdos se
amontonaban
en su interior, pequeños fragmentos y piezas que le
atormentaban
y le frustraban, como astillas de cristal que se clavaban en su
cerebro.
—Tengo que acordarme. Alguien importante.
Recuerdo la lucha. —Su
mano
fue una vez más a su garganta. —El
vampiro me cortó la garganta. La
mujer salvó mi vida. Parecía
estar histérica, pero llenó la herida con tierra y
su saliva mientras lloraba
sobre mí. El vampiro se la llevó. ¿Por qué no puedo
recordarle a él?
—
¡Detente ahora mismo! —ordenó tajante mientras alejaba con
caricias
la mancha carmesí de la frente de Tomas. — Voy a llevarte dentro
en
este momento.
—Shea...
Su
nombre era como un talismán mágico, un suave bálsamo para su
mente
torturada.
—Estoy
aquí contigo, Tomas. –unió su mente a la de él
instantáneamente
mientras le abrazaba. –Recuperarás la memoria en su
momento,
te lo prometo.
Tomas
le acarició la garganta, observando las heridas abiertas, las
marcas
de los dientes y los cardenales que se negaban a curarse. Sin la
sangre
que necesitaba y el sueño rejuvenecedor de su gente, su cuerpo no
podría
curarse por sí mismo.
—Mírate, mira lo que te he hecho. No puedo
protegerte como debería,
como es mi obligación. En
realidad, no soy más que una carga para ti.
Le
dio un pequeño tirón de pelo como castigo por lo que había dicho.
—
No se me da muy bien hacer esto, Tomas, tú eres el experto en dar
órdenes.
—maniobró la camilla de vuelta a la habitación, y aprovechó la
oportunidad
para poner sabanas limpias en la cama antes de ayudar a
Tomas
a acostarse. — Sabes que tengo que ir. — Dijo suavemente.
Tomas
permaneció tumbado, completamente inmóvil, soportando el
terrible
dolor que le consumía, agradecido de estar sobre la cama y de que
ella
le estuviese tocando, calmándole. Adoraba la sensación de sus dedos
mientras
le acariciaba el pelo y la frente, alejando el dolor.
—No puedo permitir que te vayas sin
protección. —Su resolución se
estaba
desvaneciendo. Podía decirle a ella que no le agradaba la idea, pero
sabía
que era necesario.
—También
yo debo dejarte desprotegido. Pero podremos conseguirlo,
no
es como si fuésemos a estar solos del todo, ¿no? ¿Importa la distancia?
Nuestro
vínculo es muy fuerte, ¿no podríamos usarlo si nos separan unos
cuantos
kilómetros? Después de todo, tú me llamaste desde miles de
kilómetros.
Sus
ojos reflejaron el dolor que sentía, pero se había resignado a
aceptar
ese viaje.
—Es cierto, podemos unir nuestras mentes
cuando queramos, pero eso
agotará mi energía. A medida
que aumenta la distancia, se hace más difícil...
—Sólo
porque siempre te he dejado hacer a ti todo el trabajo. — Shea
comprobó
que la pistola y el rifle estaba cargados y dejó dos cajas de balas
junto
a las armas, al alcance de su mano. —Me estoy haciendo una experta
en
esto de leer la mente. Se decía que mi madre tenía ciertas habilidades
psíquicas,
y supuestamente yo heredé esas habilidades... Quién sabe, puede
que
fuese cierto.
—Nuestro vínculo se hace más fuerte con cada
intercambio de sangre,
con cada momento que pasamos
juntos.
—
¿Así que si nos separamos un rato dejaré de sufrir esta necesidad
de
estar continuamente a tu lado? –Bromeó— Si llego a saber que era tan
fácil,
hubiera permanecido en el porche la mayoría del tiempo.
Él
hundió la mano en su sedoso cabello.
—Te doy permiso para que hagas esto, pero no...
–frenó el pensamiento
abruptamente.
Pero
no antes de que Shea captase el eco de algo masculinamente
primitivo
y territorial. Frunció el ceño. Algunas veces, él le recordaba más a
un
animal salvaje que a un hombre.
—Dejemos
la cuestión del permiso... Ofende mi naturaleza independiente.
Ella
reía de nuevo, bromeando con él, y Tom sintió que la luz de
Shea
le envolvía. Parecía brillar a través de sus ojos verdes, alejándole del
gran
vacío.
Lo
que decía estaba cargado de razones, y en este momento de lucidez,
Tom
no pudo hacer otra cosa más que asentir. Sin embargo, ¿cómo iba a
estar
el sin ella, aunque fuese por un periodo corto de tiempo? ¿Cómo
sobreviviría
cada minuto, cada segundo que pasase? Cerró los ojos, mientras
una
capa de sudor le cubría la piel sólo de pensar en la oscuridad que tendría
que
soportar. La agonía. La soledad.
—
No, Tom. Dijiste que podías detener tu corazón y tus pulmones.
Cuando
haces eso, ¿sientes o piensas? ¿Sueñas? ¿Tienes pesadillas?
—No, pero no me atrevo a dormir a la manera
de nuestra gente cuando
estás lejos de mí o eliges el
sueño de los mortales. Debo permanecer alerta.
—
Estaré bien. Duérmete de esa manera y descansa por una vez.
Volveré
esta noche tan pronto como pueda.
—No debes permitir que te ocurra nada, Shea.
No entiendes lo
importante que es que vuelvas
sana y salva. No puedo estar sin ti. Me
devolviste a la vida. Sé que mi
mente no está bien. No puedes abandonarme
cuando más te necesito... No
sería capaz de encontrar el camino de vuelta
cuando la oscuridad de la
bestia tomase el control...
—
No tengo intención de abandonarte, Tomas. — le aseguró.
—No olvides que debes unirte conmigo durante
este tiempo. –había
miedo
en su voz.
—
Me aseguraré de hacerlo a menudo, Tomas, y así podrás decirme si
algo
va mal. ¿De acuerdo? No quiero volver a escuchar nada de ese rollo de
macho
territorial y protector.
HOLA!!! NUEVO CAPITULO ... ESPERO Y LES GUSTE ... HASTA PRONTO :))
Ojala no le pase nada a Shea!
ResponderEliminarSiguelaaa