domingo, 26 de junio de 2016

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CAPÍTULO CUATRO
Shea abrió la puerta, e inspiró profundamente el aire de la noche; la
cantidad de información que le llegó fue sorprendente. Multitud de
criaturas vagaban por el bosque, y era capaz de localizar la posición exacta
de cada una de ellas, desde la manada de lobos que se encontraba a varios
kilómetros de distancia, hasta los tres ratones que se escabullían entre los
arbustos cercanos a la cabaña. Podía escuchar el agua de las cascadas
burbujeando y rugiendo al caer sobre las rocas. El viento jugaba con los
árboles, los arbustos y con las hojas caídas sobre el suelo. Las estrellas
brillaban formando un prisma de colores sobre su cabeza, como millones de
piedras preciosas.
Hechizada, Shea salió de la cabaña, dejando la puerta abierta para que
el olor de la sangre, el sudor y el dolor se despejara, al penetrar el aire
fresco y limpio. Escuchaba la savia fluyendo como la sangre en los troncos
de los árboles; los colores de las plantas eran intensos y cada una de ellas
desprendía un aroma especial. La sensación era la misma de haber vuelto a
nacer a un mundo completamente nuevo. Alzó el rostro al cielo e inspiró
llenando de aire sus pulmones, relajándose por primera vez en cuarenta y
ocho horas.
Un búho cruzó el cielo en silencio, sus alas eran increíblemente largas y
cada pluma emitía destellos iridiscentes que Shea percibía gracias a su
nueva visión. Se sintió tan absolutamente maravillada que se internó en las
profundidades del bosque, atraída por lo que veía. Las gotas de agua
brillaban como diamantes sobre las rocas cubiertas de musgo. El mismo
musgo se asemejaba a un montón de esmeraldas diseminadas sobre el
sinuoso curso del arroyo y sobre los troncos de los árboles. Nunca antes
había visto algo tan hermoso.
Su cerebro, como era habitual, procesaba todos los datos que le
llegaban; una especie de puzzle inmenso cuyas piezas empezaban a encajar.
Había nacido como una humana que comía alimentos normales y caminaba
bajo el sol; no obstante ella, al igual que algunos otros, manifestaba
marcadas diferencias en sus necesidades alimenticias, metabólicas y
sensitivas. Resultaba imposible creer que las leyendas sobre los vampiros
fuesen ciertas. ¿Podía existir una raza diferente a la humana con increíbles
dones, que necesitara alimentarse de sangre para sobrevivir? ¿Cómo era
posible que vivieran vidas tan increíblemente largas, superaran heridas
inverosímiles y fueran capaces de controlar el funcionamiento del corazón y
los pulmones? Sus organismos debían tener una actividad diferente al de los
humanos, al igual que sus órganos, todo debía ser muy distinto entre las dos
razas.
Shea se pasó la mano por el cabello mientras se humedecía los labios
con la lengua y se mordía nerviosa el labio inferior. Todo parecía estar
sacado de un cuento de hadas; o mejor, de una película de terror. Imposible.
¿Verdad que era imposible? Un hombre era incapaz de sobrevivir a unas
heridas tremendas, emparedado durante siete años. No había forma de que
fuese cierto, no podía suceder. Pero ella había encontrado a Tomas. Eso no
era ninguna mentira; ella misma lo había sacado de la pared. ¿Y cómo podía
un ser vivo mantener la cordura después de siete años de estar enterrado
vivo, sufriendo una agonía a cada instante? Su mente se asustó ante la
pregunta, no quería detenerse a pensarlo.
¿Y qué le estaba sucediendo a su propio cuerpo? Ahora era diferente.
Hacía siete años que habían comenzado los cambios, cuando sintió aquel
repentino dolor que la dejó literalmente sumida en la inconsciencia. Nunca
pudo explicarse aquel episodio; y después llegaron las pesadillas,
persistentes e implacables, que no le dejaban un momento de paz. Tomas.
Siempre Tomas. La foto que, hacía ya dos años, le habían enseñado
aquellos carniceros; la número siete. Tomas. Algo que la llamaba, que la
atraía a aquel horrible lugar donde se podían palpar la tortura y la crueldad.
Habían torturado a Tomas. Y debían haber estado conectados
mentalmente; de algún modo. Intelectualmente parecía imposible, le
resultaba imposible si pensaba de forma racional. Pero ¿no era cierto que su
propia existencia había sido extraña? Su dependencia de las transfusiones
de sangre no era psicosomática; había intentado por todos los medios
superarlo. Por tanto, era posible que existiera otra explicación, una que la
mente y los prejuicios humanos no pudieran entender aún cuando todos los
hechos estuvieran delante de ella.
¡Shea! –la llamada fue un grito de temor y confusión. Jacques tenía la
impresión de estar ahogándose en la oscuridad y el dolor.
Estoy aquí, Tomas –su respuesta salió tan fácilmente que la dejó
perpleja. Intentó enviarle mentalmente las imágenes de todas las cosas
hermosas que estaba viendo para así reconfortarlo.
Vuelve a mi lado. Te necesito.
Shea sonrió ante la exigencia de su voz; y su corazón dio un vuelco al
entender la verdad que ocultaban aquellas palabras. Tomas nunca le había
ocultado nada, ni siquiera el miedo irracional que sentía ante su posible
abandono, dejándolo solo en la oscuridad.
Eres un mocoso malcriado –le dijo con ternura— No hace falta que me
hables como si fueras el señor del castillo. Ya voy –No había explicación
lógica ante la alegría que recorría su cuerpo con el simple roce de la mente
de Tomas. Pero también se sintió aterrorizada ante este pensamiento,
mejor no detenerse a estudiarlo en profundidad.
Ven conmigo –su voz sonaba ahora más tranquila, luchaba contra su
temor a la soledad— No quiero despertarme y estar solo.
− De vez en cuando necesito un respiro. ¿Cómo iba a suponer que te
despertarías en este preciso momento?
Bromeaba con él y ante ese hecho, una sensación cálida se anidó en sus
entrañas. No recordaba que algo así le hubiese sucedido antes de conocer a
Shea; no había vida antes de Shea. Sólo una existencia repugnante; su
mundo había sido el tormento, el infierno. Sonrió a pesar de sí mismo.
− Por supuesto que deberías saber cuándo voy a despertarme. Es tu
obligación.
− Debería haber sabido que tendrías ese modo de pensar –dijo riéndose
mientras se apresuraba corriendo a través del terreno irregular de vuelta a
la cabaña, maravillándose ante sus nuevas habilidades, ante la repentina
fuerza que nunca antes había experimentado. Durante un breve instante,
sintió que le quitaban un peso de encima, y descubrió lo que era ser feliz, sin
preocupaciones de ningún tipo.

Tomas se dio cuenta que no podía apartar los ojos de ella. Estaba
arrebatadora con la melena pelirroja enredada y desordenada, suplicando
que los dedos de un hombre la desenmarañaran. Le brillaban los ojos
mientras cruzaba la habitación para llegar junto a él.
− ¿Te sientes mejor? –y como siempre, le examinó las heridas para
comprobar por sí misma que mejoraba.
Tomas alzó una mano, necesitaba sentir el tacto sedoso de su pelo.
Mucho mejor –era una flagrante mentira y Shea le miró ceñuda.
− ¿De verdad? Empiezo a pensar que necesitas un monitor como los que
usamos con los recién nacidos. Quiero que te quedes quieto en la cama.
Juraría que has estado revolviéndote de nuevo.
Tengo pesadillas –sus ojos negros no se apartaban del rostro de
Shea, dejando claro que le pertenecía, imprimiendo su marca en el corazón
de ella. Nadie tenía derecho a tener unos ojos como aquéllos. Ojos
hambrientos, ardientes, que encerraban la promesa de una enorme pasión.
− Tendremos que ocuparnos de ellas –dijo Shea con una ligera sonrisa.
Esperaba que sus ojos no revelaran los sentimientos extraños y confusos
que sentía hacia él. Los superaría pronto; lo que ocurría es que Tomas era
la criatura más excitante y sexy con la que jamás se había encontrado.
Nadie la había necesitado tanto como él la tenía; ni siquiera su propia madre.
Tomas la miraba de una manera que le hacía creer que tanto su vida como
el aire que respiraba dependían por completo de ella. Racionalmente sabía
que Tomas sentiría lo mismo por cualquier otra persona, pero de todas
formas, permaneció absorta en el fuego y la pasión que desprendía. Por una
vez en su vida, sola y perseguida, al límite de su resistencia y enfrentándose
a extraños acontecimientos, disfrutaría de esta experiencia inigualable.
Los ojos negros de Tomas ardían provocadores, la seducían acariciándola suavemente como el terciopelo.
Necesito un hermoso sueño que me aleje de las pesadillas.
Shea se apartó de él, levantando una mano para protegerse de él.
− Limítate a guardar tus ideas para ti mismo –le advirtió— Tienes esa
mirada diabólica, la que dice que ninguna mujer está a salvo a tu lado.
Eso no es cierto, Shea –negó mientras el duro rictus de sus labios se
suavizaba de forma tentadora— Sólo hay una mujer. Tú.
Shea soltó una carcajada.
− Creo que estoy muy agradecida por el hecho de que no estés en
condiciones de moverte. El sol está saliendo y tengo que asegurar la cabaña
para pasar el día. Vuelve a dormirte; estaré aquí cuando despiertes. –dijo
mientras daba una palmadita a la única silla cómoda que tenía.
Te tumbarás a mi lado, donde debes estar –decretó.
Shea cerró los postigos de las ventanas, asegurándolos con la
cerradura. Siempre era muy cuidadosa a la hora de cerrar su casa. Durante
el día era muy vulnerable; en aquel momento ya podía sentir cómo su cuerpo
se hacía cada vez más pesado, y el cansancio la invadía, ralentizando sus
movimientos.
Quiero que te acuestes a mi lado –la voz de Tomas era una caricia
pecaminosa, insistente e irresistible.
− Creo que te las puedes arreglar solito –contestó negándose a mirar
sus hipnóticos ojos oscuros. En lugar de eso, apagó el ordenador y el
generador y cerró la puerta con llave.
Tengo pesadillas, pequeña pelirroja. La única forma de mantenerlas a
raya es contigo a mi lado –su voz sonaba inocente, esperanzada y deseosa.
Shea se encontró sonriendo mientras vertía en un vaso una nueva dosis
de sangre. Comenzaba a pensar que el diablo en persona se había presentado
en su puerta. Tomas era la tentación personificada.
− Acabo de quitarte una estaca del corazón hace apenas dos noches,
por no mencionar el resto de las heridas. Si me muevo mientras duermes,
podría darte un golpe y comenzarían a sangrar de nuevo. No quieres que eso
suceda ¿verdad?
Le quitó la bolsa de sangre de la mano mientras cerraba los dedos en
torno al vaso en el preciso lugar donde habían estado los dedos de Shea
instantes antes. Siempre hacía ese tipo de cosas, gestos íntimos que hacían
que el estómago de Shea se llenara de mariposas.
No llegaron al corazón, Shea. No me dañaron el corazón, como
habrían querido. Está aquí, dentro de mi cuerpo, ¿no lo escuchas? Tu
corazón late al mismo ritmo que el mío.
− ¿Es que eras un playboy antes de que te emparedaran? –le preguntó
dirigiéndole una traviesa sonrisa sobre el hombro. Comprobó la pistola para
asegurarse que estaba lista y cargada— Necesitas beber eso, Tomas, no
sujetar el vaso. Y después volver a dormir; cuanto más descanses, más
rápido te curarás.
Insistes en seguir siendo mi médico cuando necesito que sea mi
compañera la que se acerque y se eche a mi lado. –su voz volvía a ser pura
tentación.
− Bebe, Tomas. –intentó parecer firme, pero le resultó imposible cuando él parecía tan desesperado por su compañía.
− Estoy desesperado.
Shea no pudo evitar mover la cabeza.
− Eres terrible.
Tomas hizo el intento de llevarse el vaso a los labios, pero le falló el brazo.
No puedo hacer esto sin tu ayuda, Shea. Me encuentro demasiado débil.
− ¿Se supone que tengo que creerme eso? –dijo riéndose pero acercándose a él— Fuiste lo suficientemente fuerte como para alzarme del suelo cuando te encontré. No me mires con esa cara de “niño bueno” Tomas, porque no funcionará —Pero estaba funcionando.
Tomas necesitaba sentir su contacto, el roce de sus dedos sobre su
pelo, e inconscientemente, Shea enterró los dedos en la espesa melena,
deteniéndolos allí como si disfrutara de la sensación tanto como él. Tomas
le quitó la pistola de la mano y tiró de ella hasta tumbarla a su lado, tan
hambriento por sentir la calidez de su cuerpo como por el sustento que ella
le proporcionaba. El aroma que desprendía flotaba hasta él, olía a bosque, a
flores y a la misma noche. Pasó un brazo a su alrededor y la atrajo hacia su
cuerpo; Shea se relajó, permitiendo que sus párpados se cerraran.
Durmió a intervalos, porque la luz del día hacía que su cuerpo se
sintiera incómodo. Tomas yacía junto a ella, inmóvil, su pesado brazo
rodeaba su cintura de forma posesiva. Luchó en varias ocasiones, durante
las horas de la tarde para despertarse por completo, pero le resultó
imposible. En una ocasión, escuchó un ruido en el exterior de la cabaña y su
corazón empezó a latir alarmado, pero sólo tuvo fuerzas para aferrar con
fuerza la pistola bajo la almohada. Sabía que era responsable de la
seguridad de ambos, pero no lograba mantener los ojos abiertos ni
levantarse de la cama para comprobar los alrededores y asegurarse que no
andaba nadie por las cercanías.
Hacía rato que el sol se había ocultado tras las montañas cuando Shea
consiguió despertarse del todo. El hambre le provocaba una sensación
dolorosa y punzante, pero la simple idea de la comida le hacía sentir
náuseas. Luchó para incorporarse y sentarse, mucho más débil de lo que
jamás había estado, y se pasó una mano por la cascada de cabello rojo
oscuro.
Los dedos de Tomas se cerraron en torno a su brazo, deslizándose
desde el hombro hasta la muñeca. Era una mujer pequeña y delicada, pero
con una enorme fuerza interior; le asombraban su valentía y su arrojo, al
igual que la compasión de la que era capaz. La encontraba misteriosa. El
mundo, tal y como él lo recordaba, había empezado siete años antes; dolor,
soledad y oscuridad. El monstruo había crecido eclipsando a su alma; en un
principio no había sentido nada, sólo el deseo de no morir jamás, una
determinación helada, una promesa de venganza a cambio de su alma. Los
encontraría a todos, al traidor y a los asesinos, y los destruiría. Pero una vez
que hubo encontrado a su compañera, a pesar de la distancia que los
separaba, comenzó a tener sentimientos. Una furia negra permanecía
latente y jamás cesaría hasta que encontrase la forma de vengarse por la
pérdida de su alma. Todas las emociones que tenía eran oscuras y lóbregas,
terribles. Hasta que Shea lo cambió. Desde el momento en que sus mentes
se fundieron, no abandonó aquel puerto, llegando a ser parte de ella,
agazapado en su mente como una sombra, tan quieto que ella jamás supo que
él estaba allí. No soportaba estar apartado de Shea. Envolvió el puño en un
largo mechón del provocativo cabello pelirrojo. Ella despertaba cosas en él a
las que ni siquiera podía poner nombre. Jamás soportaría estar en un sitio
cerrado, no resistiría quedarse solo de nuevo. Y nunca permitiría que Shea
se pusiera en peligro. Maldiciendo en silencio la debilidad que sentía, se llevó
el mechón de pelo hasta la cara, absorbiendo su fragancia.
− Estoy tan cansada, Tomas –confesó mientras se tambaleaba ligeramente al sentarse en la cama. Era muy extraño tener alguien con quien hablar, con quien despertarse, no estar sola. La situación debería resultarle incómoda puesto que jamás había compartido su vida con nadie, pero con Tomas todo era extrañamente familiar, como si lo conociese desde siempre.
Su vida había sido solitaria, siempre poniendo distancia entre ella y los
demás. Tomas no había respetado aquella barrera, al contrario, salía y
entraba de su mente como si realmente tuviera el derecho a hacerlo, como
si aquel fuese su lugar. Su contacto era posesivo, celoso e incluso íntimo.
Shea se sentía desconcertada por sus propios sentimientos, por haber
aceptado aquella inaudita afinidad. Y a la vez muy animada por el
descubrimiento científico, quizás había encontrado la respuesta a la
terrible enfermedad que marcaba a los que la padecían como nosferatu o
impuros. Los no-muertos. Su gente estaba condenada a llevar una vida a
escondidas, a ser aborrecidos, siempre con el temor de ser descubiertos.
Era muy importante descubrir si realmente se trataban de dos especies
diferentes o si era un código genético extraño el que les obligaba a
necesitar sangre para sobrevivir.
Shea estudió el rostro cansado, pero hermoso, de Tomas. Parecía
joven, pero no era fácil precisar su edad. Se veía atormentado, como si
hubiese sufrido enormemente aunque parecía duro como una roca. Ahora
percibía el poder que emanaba de él, como si fuese su segunda piel.
Mordiéndose el labio, se apartó de él, sus ojos verde esmeralda tenían una
mirada pensativa. La fuerza y el poder eran cada vez más evidentes, puede
que su cuerpo mejorara más despacio, pero recobraba sus inusuales
habilidades mucho más deprisa. Se le ocurrió que quizás debería estar
asustada de aquella criatura que ahora yacía inmóvil sobre su cama. Era
obvio que podía ser extremadamente peligroso, que era capaz de ser muy
violento; especialmente con la mente tan fragmentada y aquella rabia tan
arraigada. Tomas suspiró.
− No me gusta que tengas miedo de mí, Shea.
− Si dejases de leer mis pensamientos, Tomas –dijo con suavidad,
temerosa de haberle herido— entonces, no tendrías que saber las cosas por
las que me preocupo. Eres capaz de ser muy violento, no puedes negarlo. Lo
percibo.
Shea se puso en pie al sentir que su energía volvía de nuevo haciéndola
sentir ágil e incansable. Tomas dejó que el mechón pelirrojo se escurriera entre sus dedos. Con los ojos medio cerrados, observó los pensamientos que
cruzaban por el expresivo rostro de ella. Era incapaz de cualquier
subterfugio; era como un libro abierto, no podía fingir.
− Ya sabes que no pensé las cosas. Simplemente salí corriendo y te
rescaté. Y te hice mucho daño –sus enormes ojos verdes se quedaron
clavados en el rostro de Tomas. Pero las nubes de tormenta comenzaron a
formarse al instante cuando percibió mentalmente las reminiscencias de los
pensamientos alegres y burlones de Tomas— ¿Qué? ¿Qué te resulta tan
divertido? ¡Algún idiota intentó atravesarte el corazón con una estaca, y ni
siquiera rozó el maldito órgano!
Por lo que estoy muy agradecido. Y aún agradezco más que me
rescataras; no me gustaba estar atrapado y sufriendo.
− Supongo que me alegra haberte rescatado, pero la verdad es,
Tomas, que te he visto recuperarte mucho más rápido de lo que es
humanamente posible. Ahora eres aún más peligroso. Lo eres ¿no es cierto?
No para ti –le negó.
Shea alzó una ceja.
− ¿Es esa la pura verdad? Yo también he estado en tu mente,
recuérdalo –había rozado su mente y había retrocedido espantada ante la
furia negra y la violencia que hervían allí— A veces incluso puedo leer tus
pensamientos, igual que tú lees los míos. La mayoría del tiempo no tienes ni
la más mínima idea de lo que estás haciendo. Ni siquiera sabes quién eres.
Quizás sea así, Shea, pero sé que eres mi compañera. Ahora no podría
hacerte daño.
Su rostro parecía esculpido en granito y sus ojos eran gélidos, dos
trozos de hielo negro. Ella tenía razón, era peligroso. Lo sabía en el fondo de
su alma. No podía confiar en su mente. Era la presencia de Shea lo que le
mantenía calmado, pero su mente era un laberinto de sendas oscuras y
mortales. No sabría cómo distinguir la realidad de las pesadillas si el
precario equilibrio que había alcanzado desaparecía. Sus ojos brillaban
negros como el azabache, pero apartó la mirada de Shea, avergonzado.
Debería dejar que ella se marchara, dejarla libre, pero no podía. Ella era su
cordura, el único camino para salir de la infernal pesadilla en la que había
vivido.
He jurado protegerte, Shea. Sólo puedo prometer que lo haré con
todo mi corazón.
Shea se alejó de la cama, estaba a punto de llorar. Tomas se
encontraba en el interior de un laberinto muy traicionero, caminaba sobre
una ligera línea divisoria entre la cordura y un mundo que ella no quería
intentar comprender.
− Yo te protegeré, Tomas. Tienes mi palabra de honor, no dejaré que
te hundas. Te cuidaré hasta que estés recuperado.
¿Y después? –Sus ojos negros se deslizaron en una perezosa mirada
sobre ella— ¿Pretendes abandonarme, Shea? ¿Me salvarás para dejarme
solo más tarde? –había una traza de humor negro en su voz, una especie de
diversión oculta que despertaba en ella algo que no sabía que existía. Algo
que iba mucho más allá del miedo. Puro terror.
Alzó la barbilla en un gesto beligerante.
− ¿Qué significa eso? Por supuesto que no voy a dejarte. Me quedaré
hasta que te recuperes y después buscaremos a tu familia.
Era demasiado tarde. Aunque hubiese intentado poner distancia entre
ellos, su vínculo era ya imposible de romper. Por sus venas corría sangre de
él; compartían una conexión mental cada vez más fuerte. Sus almas pedían a
gritos estar juntas, igual que sus corazones; y era sólo cuestión de tiempo
que poseyera su cuerpo. Salir corriendo no iba a salvar a ninguno de los dos.
Tomas lo sabía con una certeza que nunca antes había conocido; pero
decírselo a ella la asustaría mucho más. El corazón le dio un vuelco, y le
resultó una sensación divertida. Su Shea temía a la muerte mucho menos
que al compromiso personal; y realmente no tenía ni la más ligera idea de que
ya estaban unidos. Lo necesitaría siempre cerca, necesitaría estar unida
mentalmente a él y necesitaría su cuerpo.
Me doy cuenta que necesitas llevar a cabo las tareas humanas con las
que pareces disfrutar. Ve a darte un baño. No tengo prisa porque examines
mis heridas.
Shea parpadeó y sus ojos verdes mostraron una mirada pensativa antes
de darse la vuelta y desaparecer hacia la otra habitación. Tomas intentaba
que ella se sintiera cómoda, pero lo que conseguía era que sintiera
escalofríos. La cadencia de su voz era distinta y comenzaba a usarla con
bastante frecuencia, lo cual le molestaba; denotaba posesión y absoluta
autoridad. Tenía la sensación de que Tomas tomaba las riendas de su vida
poco a poco; estaba constantemente en sus pensamientos, en su cabeza; en
realidad estaba en todas partes, y ella lo permitía.
Tomas permaneció tumbado mirando al techo. Shea estaba preocupada por la forma en que su cuerpo respondía al de él; su cerebro le intrigaba porque tenía una forma especial de afrontar los problemas, los analizaba desde un punto de vista científico o racional antes que desde el lado emocional. Tomas sintió la sonrisa que pugnaba por curvar sus labios; la conocía por completo; pasaba más tiempo en su mente que en cualquier otro sitio. Quería asegurarse de que ella no le abandonara. Shea había intentado tranquilizarle hablándole de su familia, pero él no tenía otra familia que no fuese ella. No quería otra ni la necesitaba. Pero Shea aún no había aceptado ese papel; parte de ella insistía en verle como un paciente ya que en primer lugar era una sanadora y en segundo una científica. Él estaba en su mente, sabía con certeza que jamás le había atraído la idea de una
relación a largo plazo. Shea no esperaba tener una vida larga y por tanto no
quería compartir su vida con nadie. Esa idea era tan ajena, que ni siquiera
podía concebirla.
Tomas escuchaba el agua de la ducha en la otra habitación, sabía que
caía sobre su piel desnuda. Su cuerpo se movió incómodo, comenzaba a
sentir un implacable dolor; le sorprendía sentir su cuerpo vivo de nuevo y
ser consciente de sus deseos sexuales. Tenía el ligero recuerdo de no haber
sentido tal cosa desde hacia siglos, y después lo habían dejado sólo con el
cuerpo maltrecho y la mente destrozada. Shea le había devuelto la vida,
mucho más que la vida; mucho más que una simple existencia. No podía
esperar a ver la sonrisa en su rostro, la forma en que su melena suelta le
tentaba. Amaba cada uno de sus gestos, cada pequeña inclinación de su
cabeza. Le gustaba el modo en que su cerebro trabajaba, absolutamente
concentrado; y el humor y la compasión que inundaban su mente.
Tomas maldijo la debilidad de su cuerpo; necesitaba sangre fresca
desesperadamente. Relajó su cuerpo y su mente invocando toda la fuerza de
la que fuese capaz. Alzó una mano, se concentró y fijó su atención en la
puerta de la cabaña; el dolor le atravesó la cabeza y las heridas comenzaron
a dolerle con intensidad abrumadora. Lanzando una nueva maldición, se dejó
caer de nuevo sobre las almohadas. Podía usar sus poderes físicos, pero no
podía echar mano de sus habilidades mentales ni aún para la cosa más nimia.
El olor de Shea fue lo primero que percibió, una fragancia fresca, el aroma floral que desprendía su cabello. Había entrado tan sigilosamente en la habitación que Tomas ni siquiera había escuchado las pisadas de sus pies desnudos, pero su mente, nunca totalmente alejada de la de su compañera, había captado el preciso instante en el que Shea cogió una toalla y corrió a su lado.
− ¿Qué ocurre Tomas, intentaste moverte, abrirte las heridas? –
había nerviosismo en su voz, pero sus manos examinaban las heridas con
frialdad profesional.
Su esbelto cuerpo estaba envuelto en una gran toalla de algodón de
color melocotón. Mientras se inclinaba hacia él, una gota de agua se deslizó
desde sus hombros hasta el valle entre sus pechos, desapareciendo bajo la
toalla. Tomas siguió atentamente el movimiento de la gota y se sintió
repentinamente sediento. Las pestañas de Shea eran increíblemente largas
y su exuberante boca se fruncía en un pequeño mohín mientras examinaba
las pequeñas puntadas que cerraban las heridas en busca de algún daño. Era
tan extraordinariamente hermosa que le dejaba sin aliento.
− ¿Tomas? ¿Por qué? –le susurró y su voz se deslizó sobre su cuerpo
como una caricia.
Ni recuerdos ni habilidades. Hasta lo más ridículo me resulta
imposible –mientras le hablaba, le acariciaba con el pulgar la parte interna
de la muñeca.
− Te curarás, Tomas. No seas impaciente; si necesitas algo, dímelo y
te lo traeré –las caricias de su dedo enviaban mariposas a su estómago. Le
sorprendía el hecho de ser tan susceptible a los encantos de este hombre,
ella no era así.
Aunque sus rasgos sensuales y severos permanecieron indescifrables
como una máscara, algo en el interior de Tomas se derritió y sintió que una
descarga de alegría recorría su cuerpo. Quería sonreír a pesar de todo. El
dolor dejó de importarle, sus fragmentados recuerdos y su cuerpo impotente eran simples inconvenientes que acabaría por superar. Era Shea lo que importaba.
Abre la puerta por mí, para que pueda sentir y respirar el aroma de la
noche –dijo intentando no devorarla con los ojos. Era muy consciente de que
Shea comenzaba a percibir que nadie, y mucho menos ella con su naturaleza
compasiva, podía oponerse a su voluntad, forjada en los fuegos del infierno.
Ella hizo lo que le pedía.
− No intentarías levantarte, ¿verdad? Sabes que no puedes, Tomas.
Te harías mucho daño, y si continuas abriéndote las heridas, acabarás con
tantas cicatrices que te parecerás a Frankenstein.
Tomas había cerrado los ojos para inspirar el aire fresco y limpio de
la noche.
A la Estirpe de los Cárpatos no le quedan nunca cicatrices –la
información le llegó sin esperarlo. Le alegraba enormemente haber
recordado algo, incluso haber recordado quién era Frankenstein.
Shea alzó las cejas.
− Oh, ¿de verdad? Entonces, ¿qué es esa tenue línea que tienes
alrededor de la garganta? Apenas si es visible, pero ahí está.
Los ojos de Tomas se abrieron de par en par, ardiendo con una furia
despiadada. Shea se apartó con rapidez mientras el corazón empezaba a
martillearle en el pecho; realmente podía ver pequeñas llamas rojizas
ardiendo en el fondo de sus ojos. Parecía un demonio, un depredador
invencible. La impresión fue tan fuerte, que se llevó una mano protectora a
la garganta para cubrir las evidencias de las atroces heridas.
Tomas perdió la noción del espacio y del tiempo, olvidó la presencia de
Shea, de la habitación e incluso de su debilitado cuerpo; la sensación de
encontrarse en mitad de una batalla era muy fuerte. Se tocó la pálida e
irregular cicatriz que atravesaba su yugular. La sensación de peligro era tan
intensa que la bestia rugió por liberarse; los colmillos se expandieron en
toda su longitud y las uñas de las manos se alargaron. Los músculos se
contraían, marcándose y dejando claro su poder y su tremenda fuerza que
apenas si estaban regidos ahora por su voluntad. Un siseo lento y letal
escapó de sus labios. Y fue entonces cuando sintió su cuerpo dolorido por la
contracción de los músculos, devolviéndolo a la realidad, consciente de estar
tumbado e indefenso en una cama. Recordaba de forma confusa el rostro
ansioso de una mujer surcado de lágrimas y con enormes ojos azules;
debería reconocerla, tenía que conocerla. Cerró los puños con fuerza y se
sintió agradecido por el intenso dolor que alejó los fragmentos de dispersos
recuerdos de su mente.
Shea observó que se llevaba las manos a la cabeza para intentar
detener el dolor. Al momento, estuvo de nuevo a su lado, acariciando con los
dedos los mechones de cabello que caían por su frente, intentando aliviarlo.
− Tomas, deja de atormentarte. Los recuerdos volverán solos. Créeme; sé de lo que estoy hablando. Ya están volviendo –dijo encaminándose hacia el armario de donde sacó unas prendas de ropa limpia— Insistes en creer que tu cuerpo puede dejar de lado el trauma que ha sufrido, no es así; necesita reposo para recuperarse, reposo y muchos cuidados. Igual que tu mente.
Soy incapaz de hacer las cosas que debería. No recuerdo nada, pero
aún así, siento que hay cosas que son importantes para ambos y que yo
debería saber.
Shea sonrió ante su frustración. Tomas era un hombre poco acostumbrado a sufrir enfermedades o heridas.
− Dices que eres un hombre de los Cárpatos. Sabes que este sitio es tu
tierra natal; lo recordabas.
Se dirigió a la otra habitación. Tomas la escuchó mientras se ponía la
ropa, el susurro de la seda y de los vaqueros deslizándose por sus piernas
desnudas. Se le tensó el cuerpo, enfebrecido y acalorado por la descarga de
pasión que ahora se unía a la incomodidad que ya sentía.
− ¿Jacques? –su voz era suave y le acariciaba la piel y todos los lugares
sensibles como el roce de unos dedos— Por favor, no te desanimes.
Técnicamente, deberías estar muerto. Tenías todo en tu contra y lo
superaste –le dijo mientras volvía a la habitación, secándose el cabello con
una toalla— Creíste que yo era uno de los tuyos. Una mujer de los Cárpatos.
¿Quiénes son? ¿Lo recuerdas?
Soy un hombre de los Cárpatos. Mi estirpe es inmortal; podemos…
entonces se detuvo, se le escapaba lo que iba a decir.
Shea se apoyó en la pared, observándolo atemorizada pero fascinada a
la vez. Sintió que se le secaba la boca de repente y que el corazón le latía
alocado.
− ¿Qué estás diciendo, Tomas? ¿Que tu vida es eterna? — ¿qué tipo
de criatura era? ¿Y por qué empezaba a creer en él? Siete años
emparedado; sobreviviendo a base de la sangre de las ratas. Ella misma
había visto los destellos rojizos de sus ojos en más de una ocasión. Había
sentido su asombrosa fuerza, aún estando seriamente herido. Las manos,
que aferraban con fuerza la toalla, le temblaban tanto que las ocultó tras la
espalda.
− Un vampiro –le vino a la mente de forma espontánea— No es cierto –
negó en un susurro— Es imposible; yo no puedo ser eso; no creeré nada de lo
que me digas.
Shea –contestó Tomas con voz pausada, tranquila, en contraste con
la agitación creciente de ella. Necesitaba recobrar todos sus recuerdos, no
solo esos fragmentos pequeños que le dejaban aquella enorme frustración.
− Tomas, puede que tú seas un vampiro; estoy tan confundida que me
creería cualquier cosa. Pero yo no lo soy –dijo más para sí misma que para él.
Todos las espantosas historias de vampiros que le habían contado alguna
vez, le llenaron la mente, atormentándola. Se llevó la mano al cuello al
recordar la depravación de Tomas cuando tomó su sangre la primera vez
que se encontraron. Había estado a punto de matarla.
− No lo hiciste porque me necesitabas –dijo súbitamente en voz baja.
Estaba tan acostumbrada a que Tomas le leyera la mente que por instinto
sabía que él entendería a lo que se refería, ni siquiera lo hacía de modo
consciente. ¿Acaso la controlaba siempre? ¿Podía un vampiro hacer eso?
Tomas la observó atentamente, inmóvil y sin parpadear, con una
mirada gélida. Podía paladear el miedo de Shea, lo sentía golpear su mente.
Y aún asustada, su cerebro analizaba la información a una velocidad
extraordinaria. Su costumbre de apartar las emociones para concentrarse
en la parte científica, era tan sólo una forma de protegerse. Él le había
mostrado parte de su lado oscuro y violento; para él era algo tan natural
como respirar y tarde o temprano, Shea tendría que enfrentarse a su
verdadera naturaleza.
Shea se sintió atrapada en aquellos crueles y vacíos ojos negros,
hipnotizada como un animalillo. Totalmente paralizada, sentía cómo su
cuerpo luchaba por acercarse a él, sumido en una especie de trance
compulsivo.
− Contéstame, Tomas. Tú conoces todos mis pensamientos.
Contéstame.
Después de siete años de dolor y hambre, pequeña pelirroja, después
de sufrir horribles tormentos, mi idea era tomar tu sangre.
− Mi vida –le corrigió con valentía, puesto que necesitaba todas las
piezas del rompecabezas.
Tomas la miraba fijamente, despiadado, con los penetrantes ojos de
un depredador. Nerviosa, Shea se retorcía los dedos; le parecía un extraño,
un ser invencible sin emociones, tan sólo con una voluntad de hierro y los
instintos de un asesino. Se aclaró la garganta y añadió:
− Me necesitabas.
Sólo pensaba en alimentarme. Mi cuerpo te reconoció antes de que lo
hiciera mi mente.
− No te entiendo.
Una vez que supe que eras mi compañera, mi primer pensamiento fue
castigarte por haberme dejado sufrir, y después unirte a mí para toda la
eternidad –no hubo ninguna disculpa, se limitó a esperar su reacción.
Shea podía percibir la sensación de peligro, pero no se amilanó.
− ¿Cómo me uniste a ti?
Intercambiando nuestra sangre.
El corazón de Shea latía tan fuerte que casi le dolía.
− ¿Y qué significa eso exactamente?
Un vínculo de sangre es muy intenso. Une nuestras mentes y resulta
imposible que nos engañemos el uno al otro. Siento tus emociones y tus
pensamientos del mismo modo que tú sientes los míos.
Shea negó con la cabeza.
− Quizás sea cierto en tu caso, pero no en el mío. A veces percibo tu
dolor, pero no puedo leer tus pensamientos.
Porque has elegido no unir tu mente a la mía. Lo necesitas y buscas el
vínculo mental con frecuencia pero te niegas a hacerlo, por eso soy yo el que permanece en tu mente para impedir que te sientas incómoda.
Shea no pudo negar la verdad que encerraban sus palabras. Había sido
consciente de que su mente buscaba la de Tomas a menudo; pero molesta
por aquella desconocida y para nada buscada necesidad, se imponía una
férrea disciplina. No lo hacía de forma consciente, sino a modo de
autoprotección. Era Tomas el que, a los pocos minutos de reprimir su
necesidad, unía sus mentes. Shea inspiró con fuerza y dejó escapar el aire
lentamente.
− Parece que sabes mucho más que yo acerca de lo que está sucediendo
aquí, Tomas. Cuéntame.
Una pareja de compañeros está unida para toda la eternidad. Ninguno
de los dos puede seguir viviendo sin el otro; se complementan. Tú eres la luz que ilumina la oscuridad que hay en mí. Y debemos unirnos con frecuencia.
El rostro de Shea estaba mortalmente pálido; sentía las piernas
debilitarse por momentos, por lo que se dejó caer al suelo sentándose
bruscamente. Su madre. Había culpado a su madre toda la vida por haber
vivido como una mera sombra. Si Tomas estaba diciendo la verdad, y algo
en su interior temía que así era, ¿era eso lo que le había sucedido a su
madre? ¿La había sentenciado Tomas a sufrir el mismo terrible destino?
Con la mano buscó la pared y, usándola como apoyo, se puso en pie.
− Me niego a aceptar esto. No soy tu compañera; yo no me he comprometido a nada, ni voy a hacerlo –y empezó a caminar hacia la puerta, apoyándose en la pared.
¡Shea, no! –y no era un ruego, sino más bien una despótica orden que
hacía juego con la impenetrable máscara de su rostro.
− No permitiré que me hagas esto. No me importa si eres un vampiro.
Puedes elegir matarme, Tomas, porque no hay ninguna otra opción.
No tienes idea de lo que es el poder, Shea, del uso que se le puede
dar, para bien o para mal –su voz era suave, pero amenazadora, con una
inflexión que hizo que la piel de Shea se erizara— No me desafíes.
Orgullosa, ella alzó la barbilla.
− La vida de mi madre fue un completo desastre y mi infancia, un
infierno. Si mi padre era como tú y la unió a él de algún modo, abandonándola
después… –le falló la voz, tomó aliento de nuevo intentando controlarse —
Soy fuerte, Tomas. Nadie va a poseerme, a controlarme o a abusar de mí.
No me suicidaré por el abandono de un hombre. Ni dejaré a mis hijos
abandonados en el mundo mientras me alejo y me convierto en una cáscara
vacía.
Tomas sentía el dolor que Shea había sufrido en su infancia. Sus
recuerdos eran duros y feos; había estado totalmente sola, necesitando
alguien que la guiara y la apoyara. Y como cualquier otro niño, se había
culpado a sí misma por la soledad en la que se encontraba. Había imaginado
que de algún modo no era buena, que era diferente y por eso no la querían;
se alejó de sus emociones –porque se sentía insegura en ese terreno— y se
entrenó para recurrir a su inteligencia cada vez que se sentía asustada o
amenazada.
Shea caminó de espaldas hasta que llegó a la puerta, traspasándola, con
los ojos fijos en los de Tomas. Él estaba haciendo un esfuerzo supremo
para aplastar su furia, su promesa de venganza, pero le resultó imposible
ocultar las violentas emociones que giraban en su interior. Ella le conocía
muy bien, era demasiado consciente de lo que él era. Se limitó a alejarse,
volviendo la cabeza en silencio. Y Shea aprovechó para dar la vuelta y salir
corriendo, mientras las lágrimas le bañaban el rostro; lágrimas por su madre
y por ella misma. Ella nunca lloraba, jamás. Hacía muchos años que había
aprendido que las lágrimas no servían para nada. ¿Cómo había sido tan tonta
para creer que podría controlar cosas que no conocía?
Corrió deprisa, su cuerpo elegante y ágil se deslizaba silencioso entre
los troncos podridos y las piedras cubiertas de musgo. Tardó bastante en
darse cuenta de que estaba descalza y de que ni una sola vez había pisado
una rama seca o una pequeña piedra que pudiesen lastimarla. Parecía flotar
sobre el suelo, más que correr sobre él. Sus pulmones estaban bien, no
protestaban por la falta de oxígeno. Tan sólo sentía hambre, un hambre
inmensa y penetrante, que aumentaba con cada paso que daba.
Shea aminoró la velocidad, hasta empezar a caminar con largos pasos
regulares, alzando su cara para observar las estrellas. Todo era tan
hermoso. El viento estaba cargado de aromas, de historias. Los de
las pequeñas crías de zorro en su madriguera, los de dos ciervos que
estaban en las cercanías, los de un conejo oculto en la maleza.
Se detuvo de repente junto a un pequeño riachuelo. Tenía que trazar un
plan. Huir como si fuera un animal salvaje era ridículo. Elevó la mano para
acariciar el tronco de un árbol, las yemas de sus dedos sentían la rugosidad
de su corteza, la savia deslizándose en su interior como si fuera sangre, la
vida del árbol. Percibía cada insecto que se introducía en él, haciendo su
casa en la madera.
Se derrumbó sobre la tierra suave, abrumada por la culpabilidad. Le
había dejado solo, desprotegido. No le había alimentado. Apoyó la frente
sobre las manos. Todo aquello era una locura. Nada parecía tener sentido. El
hambre invadía su cuerpo como si fuera un terrible monstruo, y era capaz
de escuchar el latido del corazón de las criaturas del bosque, llamándola.
Vampiro. ¿Esos seres existían? ¿Acaso ella era uno de ellos? Tomas
había tomado su sangre tan fácilmente, de una manera tan natural... Sabía lo
que habitaba en su interior, podía comportarse como un ser frío y
absolutamente implacable, consumido por una furia venenosa. Jamás dejaba
que se notara en su rostro o en la forma en que se dirigía a ella, pero estaba
allí, hirviendo bajo la superficie. Cogió una piedra y la arrojó a la corriente.
Tomas. ¿Qué iba a hacer con él? Notó que su cuerpo empezaba a
ponerse tenso y que su mente se llenaba de inquietud. Sentía una arrolladora
necesidad de reunirse con él, de asegurarse de que estaba bien. Su mente
estaba intentando entender, creer en lo imposible.
Era una criatura muy diferente al ser humano. Ella no era como él,
pero su padre debía haberlo sido.
— ¿Qué estás pensando, Shea? —susurró para sí misma. — ¿Un
vampiro? ¿Crees que ese hombre es un vampiro? Estás perdiendo la cabeza.
Sintió que un escalofrío recorría su espalda. Tomas había dicho que el
intercambio de sangre les había unido. ¿Habría conseguido de algún modo
transformarla en un ser como él?
Shea recorrió con la lengua el interior de su boca, tanteando sus
dientes. Parecían igual que siempre, pequeños y parejos. De repente, notó
que su hambre aumentaba, afilada y voraz.
Al instante escuchó el latido del corazón de un pequeño conejo. Su
corazón se estremeció de júbilo. La fiera alegría del depredador invadió su
cuerpo y se dio la vuelta en busca de su presa. Los colmillos aumentaron
rápidamente de tamaño contra su lengua, afilados incisivos hambrientos y
expectantes.


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