CAPITULO
2.-
Shea
permaneció inmóvil, en ese momento era incapaz de respirar, o de
pensar
siquiera. ¿Estaba la respuesta a sus preguntas frente a ella, en toda
su
cruda realidad? ¿Era esta cosa, torturada y mutilada, su futuro, el futuro
de
aquellos que sufrían esa enfermedad? Cerró los ojos por un momento,
intentando
evadirse de lo que la rodeaba. Tratando de no imaginar la
brutalidad
necesaria para hacer una cosa así. Se le saltaron las lágrimas
pensando
en el dolor y el sufrimiento que esta criatura había soportado
antes
de su muerte. Se sentía responsable. Le habían dado unos dones muy
especiales,
y a pesar de todo, no había podido descubrir los secretos de la
enfermedad
que había condenado a los que la padecían.
Respiró
profundamente, obligándose a volver a mirar. Aún estaba vivo
cuando
sus atacantes sellaron el ataúd. Había arañado la madera, hasta
conseguir,
al final, hacer un pequeño agujero. Shea sofocó un sollozo... se
sentía
muy cerca de ese pobre hombre asesinado. Mil cortes cubrían su
cuerpo.
Una estaca de madera, tan grande como el puño de un hombre, había
sido
incrustada en su pecho, cerca de su corazón. Quienquiera que lo
hubiera
hecho necesitaba unas lecciones de anatomía. Tomó aliento,
horrorizada.
¡Cuánto debía haber sufrido!
Tenía
las manos y los tobillos atados; tiras sucias y trapos en distintos
estados
de descomposición le rodeaban el pecho, como si fuese una momia.
El
médico que había en ella asumió el control para permitir un estudio clínico
más
exhaustivo. Era imposible decir cuánto tiempo llevaba muerto. Por las
condiciones
del sótano y del ataúd, habría podido especular sobre un
determinado
número de años, pero el cuerpo todavía no había comenzado a
descomponerse.
Las líneas de agonía todavía surcaban la cara del hombre.
Tenía
la piel grisácea, pero firmemente estirada sobre los huesos. Las
marcas
de sufrimiento se habían grabado en su rostro, estaba claro que su
agonía
había sido terrible.
Y
ella le conocía. Él era el hombre de sus sueños.
Aunque
pareciera imposible, estaba segura de que no se equivocaba; le
había
visto suficientes veces como para reconocerle. Además, era el hombre
de
la foto que Wallace le había mostrado. Sabía que era una locura, pero se
sentía
unida a este hombre... sentía que debía haberle salvado. La consumía
la
pena, una pena profunda e intensa. Era como si una parte de sí misma
yaciera
muerta con él, en el ataúd.
Shea
acarició suavemente su pelo sucio, tan negro que parecía tener
reflejos
azules. Seguramente habría sufrido la misma enfermedad de la
sangre
que ella... ¿Cuántos más habían sido atrapados, perseguidos,
torturados,
y asesinados por padecer esa enfermedad con la que habían
nacido?
—Lo
siento— susurró suavemente, y lo decía de corazón. —Os he
fallado
a todos... y también a mí.
Un
lento siseo fue su única advertencia. Los párpados se abrieron, y se
quedó
mirando fijamente aquellos ojos que ardían con venenoso odio. Con
una
explosión de fuerza, él rompió una de las oxidadas esposas, y aferró su
garganta
con una mano... como si fuera un torno. Era muy fuerte, y el
apretón
le cerró la tráquea, así que ni siquiera podía gritar... De repente,
todo
empezó a girar a su alrededor, como un remolino blanco y negro que
amenazaba
con tragársela. No había terminado de sentir el pesar por no
haber
podido ayudarle cuando sintió que unos dientes se clavaban en su
garganta.
Simplemente
dejó que pasara, esperando que fuese rápido. No
forcejeó,
sabía que era inútil. De cualquier modo, alguien le debía algo a esta
atormentada
criatura, y ella ya había aceptado su muerte desde hacía
mucho
tiempo. Tenía miedo, por supuesto, pero a la vez, se sentía
extrañamente
tranquila. Si había alguna manera de proporcionarle algo de
paz,
deseaba hacerlo. La culpabilidad por su fracaso a la hora de encontrar
una
cura a la enfermedad era el único sentimiento que había en su mente. Y
quizás
también algo más, algo elemental, tan antiguo como el propio tiempo.
La
necesidad de salvarle. Saber que él debía vivir y que ella estaba
dispuesta
a dar su vida por él.
Shea
se despertó mareada y débil. Le dolía la cabeza, y su garganta
estaba
tan dolorida que tenía miedo de hacer el más mínimo movimiento.
Frunció
el ceño, incapaz de reconocer dónde se encontraba. Escuchó su
propio
gemido... Estaba tumbada sobre la tierra, con un brazo atrapado bajo
su
espalda y algo fuerte sujetándola alrededor de la muñeca. Intentó soltar
el
brazo, pero la apretada sujeción amenazó con romper sus frágiles huesos.
Le
dio un vuelco el corazón, y con la mano libre se palpó la garganta,
recordando.
Tenía el cuello hinchado y magullado. También había una herida,
abierta
y dolorosa. Sentía la boca extraña, con un leve sabor metálico en la
lengua.
Había
perdido mucha sangre, lo supo inmediatamente. Le estallaba la
cabeza,
y el dolor no hacía más que aumentar. Sabía que aquella criatura era
la
responsable de eso, al intentar introducirse en su mente. Mojando sus
labios
cuidadosamente, se echó hacia atrás, acercándose al ataúd para
disminuir
la presión de su brazo. Los dedos de él encerraban su pequeña
muñeca
como una esposa, un torno que amenazaba con romper cada uno de
sus
huesos si hacía un movimiento en falso. Otro gemido se escapó de su
garganta
antes de que pudiera evitarlo. Ojalá todo esto no fuese más que
otra
pesadilla... Enderezándose, giró lentamente la cabeza para poder
mirarle.
Aquel
simple movimiento fue tan doloroso que la dejó sin aliento. Clavó
la
mirada en sus ojos. Casi sin darse cuenta, Shea forcejeó, intentando
apartarse
de él. Sus ojos, negros como la noche, la abrasaban. Había un odio
feroz
y una furia venenosa enterradas en la profundidad de aquellos ojos sin
alma...
Sus dedos apretaron aún más, estrechando su muñeca, amarrándola a
él
y arrancando un grito de dolor y miedo desde su dolorida garganta. El
dolor
de cabeza era insoportable.
—
¡Para!—en la lucha, Shea se golpeó la frente contra el ataúd— Si me
haces
daño, no podré ayudarte— levantó la cabeza para encontrarse con
aquellos
ojos negros. — ¿Entiendes lo que te digo? Soy todo lo que tienes—
se
obligó a no apartar la mirada. Fuego. Hielo. Tenía los ojos más
aterradores
que había visto en su vida. —Me llamo Shea O'Halloran. Soy
médico—
Lo repitió en varios idiomas, pero dejó de intentar hacerse
entender
cuando sus ojos continuaron quemándola. Parecía no tener piedad.
Ni
alma. Era como un animal. Atrapado. Herido. Confuso. Un peligroso
depredador
encerrado en un cuerpo indefenso.
—Te
ayudaré si me lo permites. — susurró suavemente, como si
estuviese
tratando de calmar a un animal salvaje. Estaba utilizando el poder
de
su voz sin ningún tipo de reparo. Hipnótico, suave, sedante. —Necesitaré
algunas
herramientas y un vehículo. ¿Comprendes?
Se
inclinó sobre él y con su mano libre acarició cautelosamente su
mutilado
pecho. La sangre fresca manaba alrededor de la estaca,
deslizándose
a través de sus muchos cortes, como si éstos fueran recientes.
Su
muñeca tenía un nuevo corte, estaba segura de que no estaba allí antes.
—Dios
mío, debes estar sintiendo muchísimo dolor... No te muevas. No
puedo
retirar la estaca hasta que no te lleve a mi cabaña, o te desangrarías
hasta
morir...— Por extraño que pareciese, él parecía tener ahora mejor
aspecto.
La
criatura la soltó despacio, reticente, sin apartar jamás la mirada de
sus
ojos. Escarbó la tierra con las manos, llevándola hasta sus terribles
heridas.
¡Por supuesto! La tierra...
Le
ayudó, recogiendo puñados de rica tierra y extendiéndolos sobre las
heridas.
Tenía tantas... Después del primer puñado, él permaneció inmóvil,
intentando
conservar la energía, con la mirada clavada en ella. No
parpadeaba
siquiera, sus oscuros ojos no vacilaron ni una sola vez.
Shea
echó un nervioso vistazo hacia arriba, hacia la entrada del sótano.
Había
pasado mucho tiempo mientras estaba inconsciente. El sol saldría
pronto.
Se inclinó hacia él y le apartó el pelo de la cara suavemente... sentía
que
una extraña ternura se apoderaba de ella. Por alguna razón inexplicable
se
sentía atraída por esa pobre criatura, y esa sensación iba más allá de la
compasión
natural o la necesidad de un médico por ayudar. Quería que
sobreviviera.
Él debía sobrevivir. Tenía que encontrar un modo de librarle
de
ese espantoso dolor.
—Necesito
algunas cosas. Me daré tanta prisa como pueda... pero
volveré,
te lo prometo— Se puso en pie y dio un paso en dirección hacia las
escaleras.
Se
movió tan deprisa que apenas pudo distinguirle, y colocando su mano
alrededor
de su cuello, la levantó del suelo de forma que cayó hacia él. Clavó
los
dientes en su garganta. El dolor era terrible. Se alimentaba vorazmente,
como
un animal fuera de control. Intentó luchar contra el dolor, contra la
inutilidad
de todo aquello... Estaba matando a la única persona que podía
salvarle.
Su mano, a tientas, encontró su pelo negro. Enredó los dedos en la
sucia
y espesa cabellera, sujetándose allí cuando se desplomó, casi sin vida,
sobre
su pecho. La última cosa que oyó antes de desmayarse, fue su corazón.
Cosa
increíble, su propio corazón intentó imitar aquel ritmo fuerte y
constante.
El
silencio reinante se interrumpió por el pequeño jadeo que emergió de
su
cuerpo, luchando por sobrevivir. La criatura miraba con indiferencia la
débil
y esbelta figura. A medida que iba recuperando las fuerzas, el dolor
aumentaba,
consumiéndole. Alzó la mano libre, se mordió la muñeca, y colocó
la
herida chorreante de sangre sobre la boca de ella por una segunda vez.
No
estaba seguro de lo que estaba ocurriendo... el dolor seguía siendo
demasiado
intenso. Había estado enterrado durante mucho tiempo, y no
recordaba
haber visto en su vida otra cosa más que sombras grises y
negras.
Ahora, el intenso brillo de los colores que le rodeaban hacía que le
doliesen
los ojos. Tenía que escapar de aquel caleidoscopio de tonalidades...
el
dolor aumentaba a cada momento y una sensación desconocida amenazaba
con
ahogarle.
Shea
despertó lentamente, con la cara sobre el suelo. Sentía la
garganta
en carne viva y el mismo dulce sabor metálico invadía su boca.
Estaba
enferma y mareada, e instintivamente se dio cuenta de que el sol
estaba
en lo más alto. Su cuerpo parecía hecho de plomo. ¿Dónde se
encontraba?
Tenía mucho frío y estaba desorientada. Se puso de rodillas e
inclinó
la cabeza para evitar desmayarse. Nunca había estado tan débil, tan
indefensa.
Era una sensación espantosa.
De
repente, lo recordó todo y se arrastró a cuatro patas sobre el
polvoriento
suelo. Apoyando la espalda contra la pared y desde la otra punta
de
la habitación, miró fijamente el ataúd, aterrada. Él yacía allí como si
estuviera
muerto. Sin latidos o respiración perceptibles. Shea se llevó una
mano
temblorosa a la boca para evitar soltar un sollozo. No iba a acercarse
a
él otra vez, estuviese muerto o no. De todas formas, por inteligente que
fuese
ese pensamiento, aún sentía la necesidad de encontrar un modo de
ayudarle.
Había algo en su interior que no la permitía dejarle.
Quizás
estaba equivocada sobre la enfermedad... ¿Existirían los
vampiros?
Él había usado los dientes; tenía unos afilados incisivos y debía
tener
algún tipo de anticoagulante, de la misma manera que su saliva tenía un
agente
cicatrizante. Se llevó las manos a las sienes, que palpitaban con
fuerza.
La necesidad de ayudarle era abrumadora, sobrecogedora, tan
intensa
que se sentía obsesionada. Alguien había dedicado bastante tiempo a
torturar
a este hombre, y había disfrutado con su sufrimiento. Le habían
hecho
tanto daño como les había sido posible y después le habían enterrado
vivo...
Sólo Dios sabía durante cuánto tiempo había soportado algo tan
terrible.
Tenía que ayudarle, sin importar lo que pasara. Era inhumano
plantearse
siquiera abandonarle en tal estado. Era más de lo que podía
soportar.
Con
un suspiro se puso en pie, apoyándose en la pared hasta que el
techo
del sótano dejó de girar. Vampiro o humano, no podía abandonarle a su
suerte
para que muriera lentamente de inanición. Él sentía un terrible dolor,
y
era obvio que no entendía lo que le estaba pasando. Estaba atrapado en un
mundo
de agonía y locura.
—
Está claro que has perdido la cabeza, Shea— susurró de manera
audible.
Sabía
que lo que sentía iba más allá de la compasión y la necesidad
de
curar. Algo increíblemente fuerte, dentro de ella, se había comprometido
a
asegurar la supervivencia de este hombre. De alguna extraña manera,
había
convivido con él durante muchos años. Había estado con ella a todas
horas,
compartiendo su mente, llamándola, rogándole que viniera a buscarle...
Y
le había dejado en este lugar de locura y sufrimiento, pensando que no era
real.
No podía fallarle de nuevo.
El
sol brillaba en el cielo. Si tenía los mismos ritmos de sueño que ella,
probablemente
dormiría profundamente hasta la puesta de sol. Debía
marcharse
en ese momento o arriesgarse a que la atacara de nuevo al
despertar.
El sol iba a destrozarle la piel. Encontró su bolso, y buscó sus
gafas
oscuras.
Atravesar
el prado fue una especie de infierno. Incluso con las gafas
oscuras,
la luz abrasaba sus ojos, llenándolos de lágrimas que nublaban su
campo
de visión. Como era incapaz de ver claramente el suelo, se cayó varias
veces.
El sol la azotaba implacablemente. Cuando penetró en el bosque, la
sombra
de los árboles le proporcionó algo de alivio, pero al llegar a la cabaña
no
había ni un solo centímetro de piel que no estuviera al rojo vivo o lleno de
ampollas.
Una
vez en casa, se examinó el cuello y la garganta, totalmente
hinchados,
los espantosos cardenales y las heridas, aún abiertas. Su aspecto
era
grotesco: parecía una horrible langosta, golpeada y maltratada. Shea
extendió
aloe vera sobre su piel, y a toda prisa, recogió las herramientas,
instrumentos
y cuerdas y lo cargó todo en el todoterreno. Tenía las lunas
ahumadas,
pero haría falta taparle para meterle dentro. Volvió a por una
manta.
Súbitamente,
una especie de mareo la hizo caer de rodillas al suelo.
Estaba
muy débil. Necesitaba una transfusión inmediatamente. Si tenía que
salvar
a ese hombre, primero necesitaba salvarse a sí misma. Tardaría un
par
de horas en encargarse de aquel hombre y volver a la cabaña, y no podía
permitirse
desperdiciar el tiempo. Así, sabiendo que no le quedaba otra
opción,
preparó el equipo de transfusión, utilizando una de las unidades de
sangre
que tenía a mano. Le parecía que estaba tardando una eternidad,
cada
minuto transcurría tan lento que parecía una hora, dándole demasiado
tiempo
para preocuparse, para empezar a plantearse preguntas…
¿Estaba
el ataúd cerca de la puerta del sótano? ¿Por qué no se había
fijado
antes? Si le había dejado donde el sol podía alcanzarle, se estaría
quemando
vivo mientras que ella se dedicaba a cosas sin importancia... Oh,
Dios,
¿por qué no podía recordarlo? Le dolía la cabeza, tenía la garganta
hecha
polvo y, lo más importante de todo, estaba completamente
aterrorizada...
no quería volver a sentir sus manos alrededor del cuello otra
vez.
No podía creer que hubiese sido tan descuidada como para dejarle a la
luz
del sol... Sólo imaginárselo la ponía físicamente enferma.
Una
vez terminada la transfusión, Shea preparó rápidamente la cabaña
para
la emergencia quirúrgica que se avecinaba, colocando los instrumentos
para
retirar la estaca y la seda para suturar las heridas. Al menos tenía
sangre
para darle. Sin permitirse un solo pensamiento más sobre la tarea
que
tenía por delante, subió al coche y se dirigió de nuevo hacia las ruinas.
El
sol se deslizaba tras las montañas cuando aparcó el todoterreno en
la
entrada del sótano. Utilizando el cabrestante del coche, bajó el cable por
el
agujero. Respirando profundamente, temerosa de lo que pudiera
encontrar,
Shea descendió por las destartaladas escaleras. Al instante,
sintió
el impacto de aquellos ojos ardientes. Con el corazón latiendo
frenético
por el miedo, se obligó a avanzar por la habitación hasta que
estuvo
fuera de su alcance. Él la miraba como si fuese un depredador... y
ella
su presa. Había despertado para encontrarse a solas y todavía atrapado.
Estaba
atenazado por la sensación intolerable de hambre, y también por el
miedo
y el dolor. Sus furiosos ojos negros se clavaron en ella, acusándola,
con
una oscura promesa de venganza.
—
Escúchame. Por favor trata de entender...— estaba tan desesperada
que
empezó a utilizar el lenguaje de signos mientras hablaba. — Necesito
meterte
en mi coche. Va a ser doloroso, lo sé. Y si eres como yo, las drogas
no
te servirán de ayuda —Estaba empezando a tartamudear, su fija mirada
la
desconcertaba— Mira, —dijo desesperada— yo no te hice esto. Tan sólo
estoy
tratando de ayudarte, de verdad.
Sus
ojos la ordenaban acercase un paso más. Se llevó una mano al pelo y
descubrió
que estaba temblando.
—
Voy a tener que atarte para que cuando conecte el cable con... —
tartamudeó
y se mordió el labio— Deja de mirarme así, por lo que más
quieras.
Esto ya es bastante difícil sin que lo empeores aún más...
Se
acercó a él cautelosamente. Le costó cada gramo del valor que
poseía
dar un paso para acercarse. Él podía oler su miedo, oía el latido
frenético
de su corazón. Sus ojos reflejaban el pánico que sentía y también
su
voz... pero aun así, se acercó a él. No estaba obligándola a obedecer. El
dolor
le debilitaba, así que había decidido conservar toda la energía que
pudiera.
Le sorprendía que continuara acercándose, a pesar de su miedo.
Sentía
los dedos fríos sobre su piel, calmándole mientras se enredaban en
su
pelo.
—
Confía en mí. Sé que es mucho pedir, pero creo que esto es lo mejor
que
puedo hacer.
El
hielo negro de su mirada jamás se apartaba del rostro de Shea. Muy
lentamente,
intentando no alarmarle, acolchó el área alrededor de la estaca
con
toallas dobladas, esperando que moverle no le matara. Le cubrió con una
manta
para protegerle del sol. Él se limitaba a mirarla fijamente, casi con
indiferencia,
pero ella sabía, por el modo con el que sujetaba, que estaba
listo
para atacar si era necesario. Cuando le hubo asegurado en el ataúd,
para
reducir al máximo el movimiento y el sangrado, él le sujetó la muñeca
con
esa garra de acero con la que ya estaba familiarizada.
Las
fotografías que Don Wallace y Jeff Smith le habían enseñado dos
años
antes, mostraban a algunas de las víctimas con vendas en los ojos y
amordazadas.
No podía negar que esta criatura era exactamente igual que el
hombre
de sus sueños, y que el hombre de las fotografías, pero era
imposible
que hubiera sobrevivido siete años enterrado en este sótano...
Había
harapos en el ataúd. ¿Una mordaza? ¿Una venda? Se le revolvió el
estómago.
No podría vendarle los ojos para protegerle del sol. No se atrevía
a
repetir nada de lo que esos asesinos le habían hecho.
Tenía
el pelo sucio y muy largo, y le caía alborotado alrededor de la
cara.
Sintió la fuerte necesidad de apartarlo de sus mejillas, de tocarle
suavemente
con los dedos, de borrar los últimos siete años con una caricia.
—
De acuerdo, dejaré tu brazo libre —dijo para tranquilizarle. Era
difícil
permanecer quieta mientras esperaba su decisión, con los ojos
clavados
en su ardiente mirada. Parecía tardar una eternidad. Shea podía
sentir
cómo se atenuaba la furia que bullía justo debajo de la superficie.
Cada
segundo parecía más difícil mantener el coraje. No estaba del todo
segura
de que él fuera a aceptar.
Reticentemente,
dedo a dedo, la soltó. Shea no cometió el error de
tocar
su brazo de nuevo. Con mucho cuidado, enganchó el cable en la parte
de
arriba del ataúd.
—Tengo
que cubrirte los ojos con esto. El sol se esta poniendo, pero
todavía
hay la suficiente luz como para cegarte. Sólo te lo pondré por
encima,
puedes quitártelo en el momento que quieras.
En
el instante en que colocó la venda sobre sus ojos, él la rasgó, y sus
dedos
apretaron su muñeca una vez más como amenaza. Tenía una fuerza
enorme
y parecía que no le iba a dejar un hueso sano, pero percibía que su
intención
no era hacerle daño. Había trazado una línea muy clara entre lo
que
era aceptable para él y lo que no.
—
De acuerdo, está bien, déjame pensar... Nada de vendas —se pasó la
lengua
por el labio inferior, y después los dientes. Su oscura mirada la
observaba,
siguiendo el movimiento de su lengua, y volviendo a posarse
después
sobre sus grandes ojos verdes. Mirando. Aprendiendo— Ya lo tengo.
Puedes
usar mis gafas hasta que te meta en el coche —le colocó las gafas
oscuras
lentamente sobre la nariz. Con los dedos, le acarició suavemente el
pelo—
Lo siento... esto te dolerá.
Shea
dio un precavido paso hacia atrás. Era peor no poder ver sus ojos.
Otro
paso. De repente, de su boca salió un poderoso gruñido, dejando ver el
destello
de unos dientes blanquísimos. Salió corriendo un segundo antes de
que
su brazo intentara atraparla a la velocidad del rayo. Aún así, sus uñas le
dejaron
profundos surcos en el brazo. Shea dio un grito y se agarró el
brazo,
pero continuó corriendo hasta llegar a las desvencijadas escaleras.
La
luz cayó como un torrente sobre sus ojos, cegándola, enviando
terribles
punzadas hasta su cerebro. Shea cerró los ojos con fuerza, y se
tambaleó
hasta el todoterreno; empezó a accionar el cabrestante... No
quería
ni mirarle, sabiendo que era ella la que le estaba inflingiendo ahora un
terrible
dolor... sólo de pensarlo se sentía enferma. Las lágrimas se
deslizaban
por sus mejillas. Shea se dijo que no era más que una reacción a
la
luz... En realidad, sabía que él la había atacado por miedo a que le
estuviera
abandonando.
El
chirrido del cable se detuvo abruptamente. Shea rodeó el
todoterreno,
abrió la puerta trasera, bajó la rampa y colocó el cable a
través
de la cabina. El cabrestante colocó suavemente el ataúd sobre la
parte
trasera del vehículo.
Shea
necesitaba las gafas de sol para conducir, pero no se acercaría a
él
hasta que no fuera absolutamente necesario. Ahora él estaría sintiendo
tanto
dolor que probablemente la mataría antes de que pudiera convencerle
de
que no estaba tratando de torturarle. La verdad es que no podía culparle.
El
camino hasta la cabaña duró más de lo que debería debido a que
tenía
los ojos llorosos e hinchados y la visión borrosa. Condujo despacio,
tratando
de evitar cada roca y bache del estropeado camino. Tal y como
estaba,
incluso con un vehículo con tracción en las cuatro ruedas era un
camino
difícil de seguir.
Shea
maldecía en voz baja cuando aparcó el todoterreno prácticamente
dentro
del porche.
—
Por favor... Por favor no me atrapes y me comas viva... —dijo
lentamente,
casi como si estuviera rezando. Si volvía a abrirle la garganta,
posiblemente
no podría ayudar a nadie nunca más.
Inspirando
profundamente, abrió la puerta trasera del coche y bajó la
rampa.
Sin echarle un vistazo siquiera, bajó el ataúd y lo arrastró hacia
dentro.
Él
no emitió ningún sonido. Ni un gemido, ni un sollozo, ni una maldición.
Estaba
agonizando... se notaba perfectamente en la película de sudor que
bañaba
su cuerpo, en las líneas claras alrededor de la boca, en la mancha
carmesí
que había en su frente, y en el dolor que se reflejaba en sus ojos
cuando
finalmente le quitó las gafas de sol.
Shea
estaba exhausta, sentía los brazos doloridos y débiles. Tuvo que
pararse
un momento para descansar, apoyándose en la pared, intentando
luchar
contra la oleada de náuseas que la embargaba. De nuevo tenía la
mirada
clavada en su rostro, observándola simplemente. Odiaba que no
pronunciase
una palabra, ya que sabía instintivamente que aquellos que le
habían
torturado no habían recibido la satisfacción de oír sus gritos. Le
hacía
sentirse como si fuera uno de ellos.
El
más mínimo movimiento suponía un espantoso dolor para él, así que
trabajando
lo más rápidamente posible, le colocó sobre la camilla al lado de
la
mesa de operaciones.
—
Está bien, voy a sacarte de esta caja —necesitaba escuchar su
propia
voz, aunque él no la entendiera. Había probado con varios idiomas,
pero
todavía no había respondido. Sus ojos parecían cargados de sabiduría e
inteligencia...
No confiaba del todo en ella, pero era posible que supiera que
tenía
intención de ayudarle.
Sujetando
su cuchillo más afilado, Shea se volvió hacia él para cortar
las
gruesas ataduras. Instantáneamente, él aferró su muñeca, impidiendo el
movimiento.
Se le partió el corazón... Él no la había comprendido. Cerró sus
ojos,
preparándose para sentir el dolor que provocarían sus dientes al
rasgarle
la piel. Al pasar el momento y ver que no sucedía nada, le echó un
vistazo,
esperando encontrar la ardiente furia de su mirada.
Él
estaba examinando el largo corte que tenía en su brazo,
entrecerrando
los ojos. Giró el brazo primero hacia un lado, y luego hacia el
otro,
como si estuviera fascinado por la larga línea de sangre que recorría la
piel
desde la muñeca hasta el codo. Impaciente, Shea intentó soltarse, pero
los
dedos de él la aferraron con más fuerza aún, aunque seguía sin mirarla a
la
cara. Atrajo el brazo de ella hacía su boca, y Shea pensó que el corazón
dejaría
de latirle en el pecho.
Sentía
su cálido aliento contra la piel. La tocó suavemente, casi con
adoración,
en una larga y húmeda caricia que eliminó el escozor de la herida.
Su
lengua como grueso terciopelo, lamiendo la herida con sumo cuidado. La
sensación
de su lengua contra la piel envió una inesperada oleada de calor
que
atravesó todo su cuerpo.
Sabía
que él estaba intentando reparar el daño que había causado. Le
miró
asombrada, incapaz de creer que procurara sanar su estúpido arañazo
cuando
su propio cuerpo estaba tan terriblemente mutilado... Aquel simple
gesto le pareció tan
conmovedor que los ojos de Shea se llenaron
de
lágrimas.
Acarició su despeinada melena suavemente.
—
Tenemos que darnos prisa, hombre salvaje. Estás sangrando otra
vez.
La
soltó de mala gana y Shea cortó las cuerdas.
—
No me importa que me grites si tienes que hacerlo –dijo, aunque
sabía
que no lo haría.
Le
llevó una eternidad quitarle las esposas. Aunque hubiese tenido una
cizalla,
no era demasiado fuerte. Cuando su muñeca al fin quedó libre, ella le
sonrió
triunfalmente.
—
Estarás libre dentro de nada.
Retiró
las pesadas cadenas, revelando la piel oscurecida y chamuscada
que
le recorría las piernas de arriba abajo y atravesaba su pecho. Shea
soltó
un juramento, le asqueaba pensar que alguien podía ser capaz de tanta
maldad.
—
Estoy bastante segura de que los que te hicieron esto fueron los
mismos
que me persiguieron a mí también. Es probable que tengamos la
misma
enfermedad de la sangre —Uno de sus tobillos quedó, por fin, libre
de
las esposas— Fue algo muy extraño. Hace unos años, un grupo de
fanáticos
se unieron y decidieron que la gente como nosotros éramos
vampiros.
Pero imagino que eso ya lo sabes... —Añadió disculpándose.
La
última sujeción cayó, y se deshizo de la cizalla.
—
Tus dientes parecen más desarrollados que los míos —recorrió sus
dientes
con la lengua, asegurándose de que realmente no eran como los de
él,
mientras comenzaba a arrancar los laterales podridos del ataúd de
madera—
Como no puedes entender ni una palabra de lo que te digo,
reconoceré
que me alegro de que sea así. No puedo imaginarme mordiendo a
alguien.
¡Puaj! Ya me parece lo suficientemente desagradable necesitar
sangre
extra para sobrevivir... Tendré que cortarte las ropas para poder
quitártelas.
De
todas maneras, tenía toda la ropa podrida. Jamás había visto un
cuerpo
tan maltratado antes.
—
Malditos sean los que te hicieron esto... —Shea tragó con dificultad
al
comprobar los daños— ¿Cómo pudieron hacerte una cosa así? ¿Y cómo has
podido
sobrevivir? —Retiró el sudor de su frente con el antebrazo antes de
inclinarse
sobre él una vez más— Necesito colocarte sobre esta mesa. Sé
que
te causará bastante dolor, pero no hay forma de evitarlo.
Lo
que él hizo a continuación parecía imposible. Mientras Shea sostenía
el
peso de sus anchos hombros, intentando colocarle, en una inmensa
demostración
de valor y fuerza, se trasladó él mismo sobre la mesa. La
sangre
bañaba su frente, deslizándose sobre los lados de su cara.
Durante
un momento, Shea no pudo continuar. Sentía los
estremecimientos
que invadían su cuerpo y agachó la cabeza para ocultar las
lágrimas.
No podía soportar verle sufrir así.
—
¿Terminará alguna vez tu sufrimiento? —le llevó unos minutos
recuperar
el control, antes de que él le alzara la cabeza para mirarla
fijamente
con sus oscuros ojos— Voy a tener que dejarte sin sentido. Será
la
única manera de que pueda continuar con esto. Si la anestesia no funciona,
te
golpearé en la cabeza o algo así —Y estaba decidida a hacerlo. No iba a
torturarle
como habían hecho los otros.
Él
recorrió su mejilla con un dedo, borrando el recorrido de una lágrima
con
esa simple caricia. Miró la pequeña gota fijamente antes de llevársela a
la
boca. Shea observaba aquel acto, extraño e íntimo, preguntándose por
qué
su corazón se derretía de ese modo, cuando nunca antes había sentido
algo
así.
Se
lavó meticulosamente y se puso unos guantes estériles y una
mascarilla
quirúrgica. Cuando intentó colocarle la mascarilla a él también, la
advirtió
con una silenciosa muestra de colmillos y un puño cerrado que no lo
hiciera.
Pasó lo mismo cuando intentó ponerle la inyección. Su oscura mirada
no
se apartaba de ella. Shea sacudió la cabeza.
—
Por favor... No me hagas hacerlo de esta manera, así no. No soy un
carnicero.
No puedo hacerlo sin anestesiarte –intentó que su voz sonara
fuerte
y decidida, y no implorante— No pienso hacerlo.
Se
miraron el uno al otro, enzarzados en una especie de batalla mental.
Sus
ojos oscuros la abrasaban, ordenando obediencia y su furia, siempre a
punto
de estallar, comenzaba a salir a la superficie. Shea se pasó la lengua
por
los labios, mordiendo después el inferior, nerviosa. Un brillo de
satisfacción
resplandeció en la oscura mirada de él mientras se tumbaba de
nuevo,
seguro de que había ganado.
—
Maldito cabezota... —Limpió el área alrededor de la estaca, se colocó
las
abrazaderas mientras deseaba contar con la ayuda de una buena
enfermera
y tener a mano un gran mazo— ¡Malditos sean por hacerte esto!
—apretó
los dientes y tiró con todas sus fuerzas.
Él apenas
se movió, tan sólo una pequeña oleada de músculos
contrayéndose
y flexionándose, pero sabía que había sentido un profundo
dolor.
La estaca no se movió.
—
¡Maldición! Te dije que no podía hacerlo si estabas despierto, no soy
lo
suficientemente fuerte.
Asió
la estaca él mismo y la retiró de su cuerpo. La sangre comenzó a
salir
a borbotones, empapándola, y ella comenzó a trabajar silenciosamente,
desesperada
por sellar cada punto de hemorragia tan rápido como podía. No
le
miró ni una sola vez, estaba absolutamente concentrada en la tarea que
estaba
llevando a cabo. Shea era una cirujana meticulosa. Trabajaba
metódicamente,
reparando el daño, a un paso rápido y constante, bloqueando
su
mente a todo lo que la rodeaba. Tenía puesta toda su concentración en la
operación,
aferrándose a él con la mente para que no muriera.
Tomas
sabía que ella no era consciente de lo fuerte que se sujetaba a
él.
Estaba tan envuelta en lo que estaba haciendo, que no parecía notar como
armonizaba
con él mentalmente para mantenerle a salvo. ¿Cómo se había
equivocado
tanto con ella? El dolor era insoportable, pero con sus mentes
tan
fuertemente unidas, conseguía mantener la cordura.
Shea
tuvo que aumentar un par de veces la intensidad de la luz para
asegurarse
de que estaba suturando bien todos los diminutos puntos de
hemorragia.
Estuvo suturando durante horas. Cientos de puntos, internos y
externos,
para dejar el tórax como debía estar. Pero aún no había
terminado.
El resto de cortes debían ser lavados y cerrados. La herida más
pequeña
necesito sólo un punto, las más grande, cuarenta y dos.
Continuó
sin descanso mientras la noche se cernía sobre ellos. Sentía
los
dedos entumecidos, y le dolían los ojos de tenerlos continuamente
abiertos.
Imperturbable, fue retirando la carne muerta de las heridas,
forzándose
a utilizar la tierra y su saliva como cicatrizante, aunque iba en
contra
de todo lo que la habían enseñado en la Facultad de Medicina.
Exhausta,
casi sin saber lo que hacía, se quitó la mascarilla y los
guantes
y examinó el resultado de su trabajo. Él necesitaba sangre. Sus ojos
reflejaban
un dolor cercano a la locura.
—
Necesitas una transfusión —dijo cansadamente. Hizo un gesto con la
barbilla
para señalar el aparato de la transfusión. Los ojos negros la miraron
implacables.
Shea se encogió, demasiado agotada para protestar— Está
bien,
sin agujas. La pondré en un vaso y podrás bebértela.
La
mirada de él no se apartó de su rostro mientras ella acercaba la
mesa
a la cama y con su ayuda, le trasladó a la comodidad del limpio y suave
lecho.
Tropezó dos veces mientras iba a por la sangre... estaba tan agotada
que
prácticamente se dormía de pie.
—
Tienes que cooperar, hombre salvaje. Necesitas la sangre, y yo estoy
demasiado
cansada para luchar contigo —dejó el vaso en la mesita de noche,
a
unos centímetros de sus dedos.
Como
un autómata, se lavó, esterilizó los instrumentos, limpió la camilla
y
mesa de operaciones y empaquetó los restos del ataúd, los trapos podridos
y
las toallas ensangrentadas para enterrarlos a la primera oportunidad.
Cuando
Shea terminó, sólo faltaban dos horas para el amanecer.
Las
contraventanas estaban fuertemente cerradas para bloquear la luz
del
sol. Echó la llave a la puerta y sacó las dos pistolas del armario. Las
colocó
cerca del único sillón cómodo que tenía y echó una manta y una
almohada
sobre el respaldo, preparándose para proteger a su paciente con
su
propia vida. Sabía que necesitaba dormir, pero nadie iba a hacerle más
daño
a ese hombre.
En
la ducha, permitió que el agua caliente se deslizara sobre su cuerpo,
eliminando
la sangre, el sudor y la suciedad de su cuerpo. Shea se quedó
dormida
de pie. Minutos más tarde, una sensación extraña en su mente, casi
como
el roce de las alas de una mariposa, la despertó de pronto. Envolvió su
largo
pelo en una toalla, se puso su albornoz verde menta, y salió a
comprobar
el estado de su paciente.
Una
vez desconectado el generador, caminó hasta la cama. El vaso
todavía
estaba en la mesilla. Lleno. Shea suspiró. Con mucha suavidad, le
acarició
el pelo.
—
Por favor haz lo que pido y bébete la sangre. No podré dormir hasta
que
tú lo hagas, y estoy muy cansada... Aunque sólo sea por esta vez, haz lo
que
te pido, por favor...
Él
trazó con los dedos las delicadas líneas de los huesos de la cara de
Shea,
como si estuviese memorizando cada forma, o la satinada suavidad de
sus
labios. Extendió la palma a lo largo de su garganta, envolviendo los dedos
alrededor
del cuello. La acercó hacia él suavemente, pero sin permitirle
echarse
atrás.
—
No —La palabra fue más un gemido que una protesta. Él aumentó la
presión,
pero casi con ternura, hasta que colocó su pequeño cuerpo al lado
del
suyo sobre la cama.
Su
pulgar encontró el punto donde el pulso latía frenéticamente en el
cuello.
Shea sabía que debía resistirse pero, por alguna razón, eso ya no le
parecía
importante mientras yacía indefensa entre sus brazos. Sintió su
boca
deslizándose sobre la piel desnuda, como un susurro, una tentación. La
acariciaba
lentamente con la lengua.
Cerró
los ojos intentando controlar las oleadas de sensaciones que
invadían
su cabeza. Él estaba allí. En su mente. Percibiendo sus emociones,
compartiendo
sus pensamientos. Sintió que el calor la envolvía mientras él
colocaba
de nuevo su boca contra su cuello. Sus dientes mordisqueaban, su
lengua
acariciaba... la sensación era curiosamente erótica. El punzante dolor
dejó
paso a una sensación de somnolencia.
Shea
se relajó contra él, abandonándose a sus caricias. Sería él quien
decidiese
si vivía o moría. Estaba demasiado cansada para que eso le
importase.
A
regañadientes, él levantó la cabeza, deslizando su lengua
cuidadosamente
sobre la piel para cerrar la herida; degustó el sabor de ella:
caliente,
exótico... una promesa de pasión. Pero algo iba mal en él; podía
darse
cuenta de ello. Una parte de sí mismo estaba enterrada de tal forma
que
parecía no tener pasado. Los fragmentos de su memoria parecían
esquirlas
de cristal que perforaban su cráneo, así que intentó no pensar en
ello.
Ahora, ella era su mundo. De alguna forma, sabía que ella era su único
amarre
a la cordura, el único camino que le llevaría fuera de esa oscura
prisión
de locura y dolor.
¿Por
qué no había venido a buscarle la primera vez que la llamó? Él
tenía
total conciencia de su presencia en el mundo. Había usado toda su
fuerza
y había logrado dominar su mente, pero aún así, ella había esperado.
Tomas
tenía toda la intención de castigarla por haberle forzado a
soportar
la locura y el dolor... Pero ahora, nada de eso tenía sentido. Ella
había
sufrido mucho por él. ¿Habría alguna razón para que ella se hubiese
resistido
a su llamada? Quizás el traidor o los asesinos habían estado
siguiéndola.
De todas maneras, cualquiera que fuese la razón, ella ya había
sufrido
demasiado en sus manos. No tenía sentido que le hubiera
abandonado
deliberadamente, para prolongar su agonía. Había visto la
compasión
en su interior. Percibió su deseo de intercambiar su vida por la de
él.
Cuando tocó su mente, percibió sólo luz y bondad. No era la mujer cruel y
traicionera
que había imaginado.
Tomas
estaba débil, muy vulnerable en su actual estado, así que sería
incapaz
de proteger a ninguno de los dos en caso de necesidad. Shea era
pequeña
y frágil... Había estado tan solo. Sin luz, sin color. Había pasado
toda
una eternidad en soledad, y no pensaba volver jamás a ese mundo feo y
oscuro.
Se hizo un corte en el pecho y acunó la cabeza de ella sobre él,
ordenándole
beber. Unirla a él le parecía una cosa tan natural como respirar.
No
podría soportar que se alejase de su vista. Shea le pertenecía, y en este
momento,
necesitaba tanta sangre como él. El intercambio de sangre estaba
hecho.
Su lazo mental era fuerte. Cuando su cuerpo se hubiera curado,
completaría
el ritual, y ella estaría irrevocablemente unida a él para toda
eternidad.
Era un instinto tan antiguo como el tiempo mismo. Sabía cómo y
qué
debía hacer.
Tan
pequeña como era, sentía que Shea encajaba perfectamente en sus
brazos,
como si formara una parte de él. Nada de eso tenía sentido, pero en
su
pequeño mundo, no tenía importancia. Mientras se alimentaba, moviendo
su
boca suave y sensual sobre la carne rasgada, él levantó el vaso y vació
descuidadamente
el contenido en su garganta. Cuando había percibido que se
había
quedado dormida en la ducha, la había despertado, preocupado por la
separación.
Ahora dormiría a su lado, donde debía estar, dónde podría
protegerla
si los asesinos les encontraban. Quizá no tenía bastante fuerza,
pero
el monstruo de su interior era fuerte y letal. Nadie le haría daño a esa
mujer.
El
único fragmento de la memoria que conservaba, grabado a fuego en
su
mente, era el olor de los dos humanos y el del traidor que le había llevado
mediante
engaños a sufrir un infierno en vida. Reconocería las voces y el
olor
de sus torturadores. Esos demonios. Dios mío... cómo le habían hecho
sufrir,
y cómo habían disfrutado con su sufrimiento. Riéndose, burlándose,
torturándole
hasta que la locura se convirtió en el único refugio. Y todavía
estaba
allí. Sabía que estaba luchando por mantener la cordura.
Nunca
olvidaría el hambre que sentía mientras le desangraban. Aquella
hambre
había perforado agujeros en su cuerpo, recorriéndole de arriba
abajo,
consumiéndole tanto por fuera como por dentro. Para poder
sobrevivir,
se había visto obligado a dormir, deteniendo su corazón y sus
pulmones
para que no escapara la poca sangre que le quedaba, y despertando
sólo
cuando la comida estaba cerca. Siempre solo, incapaz de moverse,
agonizando.
Había aprendido lo que significaba el odio. Había aprendido lo
que
era la furia. Había aprendido que existía un lugar donde no había nada
salvo
la terrible vacuidad extrema y el apasionado deseo de venganza.
¿Habían
sido esos mismos animales los que habían tratado de atrapar a
Shea?
Pensar en ella en sus manos le enfermaba. La acercó hacia él, para
sentir
su reconfortante presencia. ¿La estaban persiguiendo? ¿Estaban
cerca?
Si la había castigado injustamente por su fracaso a la hora de
ayudarle,
jamás podría perdonárselo... Había querido matarla, y casi lo había
hecho.
Pero hubo algo en su interior que se lo impidió. Y más tarde, ella
había
dejado de pelear, ofreciendo su sangre y su vida por él. Pensaba que
se
había endurecido, que jamás volvería a sentir nada, pero algo dentro de él
se
había derretido con su ofrenda. La manera en que había deslizado los
dedos
entre su pelo había hecho que su corazón se acelerara.
Maldijo
su debilidad, tanto de cuerpo como de mente. Necesitaba más
sangre,
caliente sangre humana. Aceleraría su curación. Pero había algo
terriblemente
importante que se le escapaba... Se deslizaba dentro y fuera
de
su mente, sin dejar otra cosa que dolor y rabia. Si pudiera mantenerlo
por
un momento, podría recordar, pero nunca permanecía el tiempo
suficiente
para hacer otra cosa que no fuera volverle loco. Era
insoportablemente
frustrante no poder acceder a sus recuerdos.
Shea
gimió suavemente, y el ese sonido le atravesó como un cuchillo.
Estaba
temblando, incluso con su abrigada bata. Dirigió la mirada
rápidamente
a su rostro. Estaba sufriendo. Podía percibirlo en su mente.
Instintivamente,
colocó una mano sobre su estómago, con los dedos
extendidos.
Algo estaba pasando dentro de su cuerpo. De nuevo pareció
estallarle
la cabeza y él trató de atrapar algún recuerdo. Había algo que
debía
saber. Era importante para ella.
Shea
se dio la vuelta y se encogió, aferrando firmemente la zona de su
estómago.
Tenía los ojos abiertos de par en par, estaba muy asustada. Y
sentía
un frío increíble... como si no fuese a entrar en calor nunca más.
Temblando,
sólo era capaz de mecerse de un lado a otro mientras que las
oleadas
de dolor sacudían su pequeño cuerpo una y otra vez. El calor le
abrasaba
las entrañas y consumía todos sus órganos internos, oprimiendo su
corazón,
sus pulmones. Rodó sobre la cama y cayó al suelo, aterrizando
duramente,
intentando proteger a su paciente de cualquier virus que hubiera
contraído.
La toalla se desenredó y su pelo se desparramó como sangre
oscura
alrededor de su cabeza. Sentía el vientre ardiendo. Una fina capa de
sudor
recubría su cuerpo. Una débil línea de sangre atravesaba su frente.
Tomas
trató de moverse, de cogerla, pero su cuerpo no le obedecía,
permanecía
allí tumbado, pesado e inservible. No podía alcanzarla con el
brazo.
Con cada movimiento, el dolor le atravesaba, pero durante muchísimo
tiempo
su mundo había consistido sólo en el dolor, así que ya no conocía otra
cosa.
Había sido su única realidad en la oscura eternidad de los condenados.
El
dolor no hacía más que aumentar su férrea voluntad. Viviría para toda la
eternidad
y encontraría a los que le habían robado su pasado. Y usaría esa
misma
voluntad de hierro para encontrar la manera de ayudar a Shea.
El
delgado cuerpo de Shea se contorsionó una vez, se detuvo, y se
contorsionó
de nuevo. Ella se puso de rodillas, tratando de gatear hasta su
maletín
médico. No pensaba lo que hacía. El movimiento era ciego, instintivo.
No
tenía ni idea de dónde estaba ni de lo que le estaba pasando, sólo sabía
que
debía detener el fuego que la estaba consumiendo.
Él
luchó para ayudarla, enfurecido por la incapacidad de moverse.
Finalmente
se tumbó, deslizándose hasta su mente como había hecho tantas
otras
veces en un esfuerzo para salvarse.
—Ven
junto a mí, a mi lado.
Aquel
susurro, como un bálsamo de cordura, estaba en su cabeza. Shea
sabía
que él no había hablado en voz alta. Seguramente estaba sufriendo
alucinaciones.
Gimió y se dio la vuelta, encogiéndose hasta adoptar la
posición
fetal, haciéndose tan pequeña como le era posible. No se acercaría
a
él. Si era contagioso, él no podría sobrevivir a una gripe tan virulenta.
¿Y
si ella no sobrevivía? ¿Y si le había traído aquí, y, sin nadie para
cuidarle,
le dejaba para morir lentamente de hambre? De alguna forma
tenía
que decirle que había sangre en el congelador. Era demasiado tarde.
Otra
oleada de fuego la atravesó, consumiéndola por dentro, propagándose
por
cada órgano. Sólo podía encoger sus rodillas como un animal
mortalmente
herido y esperar a que pasara.
—Debes
venir a mí. Puedo ayudarte a aliviar el dolor.
Las
palabras penetraron en su mente durante el siguiente momento de
lucidez.
Parecía tan tierno, tan distinto a lo que parecía exteriormente... Ya
no
le importó si se estaba volviendo loca, o si se estaba inventando su voz; la
voz
de su mente tenía una especie de cualidad calmante... como el contacto
suave
de unos dedos fríos sobre la piel ardiente.
Shea
estaba a punto de vomitar. Algo en su interior, algún diminuto
resquicio
de dignidad, hizo posible que se arrastrara hasta el cuarto de
baño.
Él podía escucharla, luchando por detener los interminables espasmos
de
su estómago. La agonía de Shea era peor para él que la suya propia; la
furia
por su impotencia iba aumentando hasta que le consumió por completo.
Las
uñas se alargaron hasta convertirse en garras asesinas que desgarraron
las
sábanas. Afuera, el viento se levantó, aullando en las ventanas, y
destrozando
los árboles. Un gruñido retumbó en su garganta, en su mente,
aumentando
de volumen sin cesar. Ella estaba tratando de protegerle.
Él
era el macho de su especie, un hombre de los Cárpatos, y su deber
era
proteger a los suyos, pero ella estaba pasando un infierno y al rechazar
su
ayuda, de alguna manera, le estaba transmitiendo su enfermedad. Sabía
que
el fuego que consumía las entrañas de Shea tenía un significado
importante.
Ella tenía que ir a él; no sabía por qué, pero cada instinto, cada
célula
de su cuerpo demandaba la obediencia de ella.
—Debes
venir a mí. No puedo acercarme a ti. No hay peligro para mí,
pequeña
pelirroja. Debo insistir en que me obedezcas.
Fue
una demanda apremiante, la voz era suave, pero decidida. Parecía
sacada
de otro siglo, con un acento marcado. Al mismo tiempo, esa voz
acariciaba
su piel, apaciguándola, ofreciéndole su ayuda.
En
el cuarto de baño, Shea salpicó agua fría sobre su cara y se enjuagó
la
boca. Tenía un minuto o dos antes de que llegara la próxima oleada de
dolor.
Podía percibir las revueltas emociones del hombre salvaje. Estaba
frustrado
por su incapacidad para ayudarla, y determinado a alcanzarla a
pesar
de que ella no respondía. Le asombraba que él necesitase ayudarla.
Era
una absorbente emoción que vibraba en la atmósfera de la habitación.
Shea
quería hacer lo que él le ordenaba, pero la aterrorizaba infectarle. Por
el
modo en que su cuerpo se convulsionaba y el dolor que sufría, estaba
segura
de que podría matarle. Pero a la vez, quería permitirle que la
consolara.
—
No puedo ir a ti.
—
Debes venir a mí
—Su voz sonaba grave, una tentación de terciopelo
negro,
imposible de ignorar.
Shea
se apartó de la pared y, tropezando, regresó al dormitorio, con la
cara
pálida y sombras oscuras bajo los ojos. Las magulladuras y las heridas
de
su garganta destacaban llamativamente. Parecía tan frágil, que él tuvo
miedo
de que se rompiera si volvía a caerse. Extendió una mano hacía ella, y
la
expresión de sus oscuros ojos era una mezcla de amabilidad y demanda.
—
Probablemente me hayas contagiado la rabia —masculló Shea con
rebeldía,
pero el fuego estaba de nuevo consumiendo sus órganos,
propagándose
desde los tejidos al músculo, a los huesos, y a la sangre.
—
¡Ven ahora mismo! No puedo soportar tu sufrimiento ni un momento
más.
Deliberadamente,
usó aquel tono fascinante, para que ella sintiera la
necesidad
abrumadora de hacer lo que él le pedía. La voz parecía resonar en
su
mente, incitándola a avanzar hasta que llegó a la cama, acurrucándose
sobre
sí misma y enterrando la cara en la almohada, deseando morir de una
vez.
Apartó
el pelo de Shea de la cara suavemente con la mano, casi con
ternura,
y deslizó los dedos por su cuello. Se esforzó por buscar en su
mente
la información necesaria. La clave debía estar en alguna parte, debía
haber
una forma de acabar con su sufrimiento, pero al igual que su pasado,
se
le escurría. Sentía que le estaba fallando, después de todo lo que había
soportado
ella para mantenerle con vida. Quería gritar como un loco, o
destrozar
la garganta de alguien. Ellos le habían hecho esto.
Dos
humanos y un traidor. Le habían robado su pasado, habían
destrozado
su mente, y le habían enterrado vivo en el infierno. Pero lo peor
de
todo era que le hubiesen robado la capacidad de proteger a su
compañera.
Habían creado un monstruo cuyas características no podían ni
siquiera
imaginar.
Rozó
la garganta hinchada de ella, examinando sus heridas. Shea
estaba
a su lado, atrapada en su propio mundo de sufrimiento. Algo andaba
mal.
Le dolía la cabeza. Se maldijo a sí mismo y envolvió un brazo alrededor
de
su cintura, poniéndola lo más cómoda posible. El amanecer se alzaba
sobre
ellos, y casi sin darse cuenta, hizo la única cosa que podía hacer. Envió
una
orden tajante que les obligaría a ambos a dormir.
OTRO MAS :))
Sigueeee
ResponderEliminarEsta buenisimaaa!
ResponderEliminarMe gusto mucho y la entiendo mejor. Ya vez no tardes en subir porfa ;)
Siguelaa!