CAPÍTULO
TRES
El
silencio de la cabaña fue interrumpido por el sonido de las criaturas
nocturnas
llamándose unas a otras. El sol se estaba poniendo, y la tierra les
pertenecía
una vez más.
El
aire llenaba los pulmones, un pecho subía y bajaba, un corazón
comenzaba
a latir. La sensación de angustia le envolvió, robándole el aliento,
invadiendo
su mente. Permanecía tumbado, esperando a que su mente se
adaptara
a las atrocidades que le habían hecho a su cuerpo. El hambre
aumentaba,
penetrante, perforando un agujero que nunca podría ser saciado
del
todo. La furia le desbordaba, consumiéndole con la necesidad de matar,
de
llenar aquel terrible vacío.
En
medio de ese hervidero de intensas y violentas emociones apareció,
de
pronto, algo dulce y suave. Una imagen. Valiente. Hermosa. Una mujer. No
cualquier
mujer, sino su mujer, su compañera. Toda pelo rojo y fuego.
Caminaba
como un ángel allí donde los hombres temían pisar, donde incluso
su
propia gente temería aventurarse.
Enroscó
un mechón de la sedosa cabellera alrededor de su puño,
temiendo
despertarla, temiendo que pudiese estar sufriendo. Shea. ¿Por
qué
ella nunca empleaba su nombre? Muy a su pesar, dio la orden para
despertarla
y observó como el aire se introducía rápidamente en su cuerpo,
escuchando
el fluir de la sangre circulando a través de su corazón.
Parpadeó.
Ella se acurrucaba junto a su cuerpo, buscando su calor, sin darse
cuenta
siquiera. Cautelosamente, tocó su mente, buscando daños. Apenas
unos
momentos después de despertarse, su mente ya estaba tratando de
asimilar
todo lo que le había pasado la noche anterior, repasando una lista
de
enfermedades y sus síntomas. Su cuerpo estaba dolorido. Percibió el
hambre,
la debilidad, y la preocupación por su recuperación, su cordura, el
temor
por quién y qué era. Se sentía culpable por haber dormido en lugar de
vigilarle.
También había una necesidad urgente de completar su trabajo, su
investigación.
Compasión por él, temor de que no pudiese curarse, y que de
quizás
ella le hubiese hecho sufrir más. Miedo de que les pudiesen encontrar
antes
de que él estuviese lo suficientemente fuerte como para poder seguir
su
camino.
Las
cejas de él se arquearon.
—
Nuestro camino es el mismo.
Ella
se incorporó con mucho cuidado y se echó hacia atrás el pelo, que
estaba
salvajemente enredado.
—
Podrías haberme dicho que hablas mi idioma. ¿Cómo haces eso?
¿Cómo
puedes hablarme directamente a la mente, en vez de en voz alta?
Él
se limitó a observarla con curiosidad, con aquella oscura e insondable
mirada.
Shea le miró con cautela.
—
¿No estarás pensando en morderme otra vez, no? Tengo que decirte
que
no hay un lugar de mi cuerpo que no esté dolorido —Le dirigió una
sonrisa
apagada— Sólo por curiosidad... Tus vacunas de la rabia están
actualizadas
¿no? —Sus ojos producían una extraña sensación en su interior,
haciendo
fluir calor donde no debería.
Él
dirigió la mirada a sus labios. La forma de su boca le fascinaba, junto
con
la luz que claramente brillaba en su alma. Elevó una mano para rozar su
mejilla,
trazando la delicada curva de su mandíbula con su pulgar; las puntas
de
sus dedos se deslizaron sobre la barbilla hasta encontrar la sedosa
perfección
de su labio inferior.
A
Shea le dio un vuelco el corazón y el calor descendió por su vientre,
mezclándose
con un dolor diferente. La mano de él se deslizaba hacia su
nuca.
Lenta e inexorablemente, la forzó a inclinar la cabeza hacia la de él.
Cerró
los ojos, deseosa, pero temía que él volviese a tomar su sangre.
—
Odiaría tener que alimentarte así todos los días —murmuró rebelde.
Y
entonces su boca rozó la suya. Ligera como una pluma, un leve
contacto
que atravesó a Shea hasta la punta de los pies. Los dientes
mordisqueaban
su labio inferior, jugando, tentándola, excitándola.
Dardos
de fuego corrían por sus venas. Los músculos de su abdomen se
tensaron.
—
Abre la boca para mí, pequeña pelirroja testaruda.
Los
dientes mordían, pero la lengua les seguía en una caricia calmante.
Shea
jadeó, un gemido suave y curioso, como la sensación de sus labios
sobre
los de ella. Él aprovechó esa ventaja rápidamente, fijando su boca a la
de
ella, explorando con la lengua cada milímetro de la suave cavidad.
Se
sintió consumida por las llamas, que la envolvían como una tormenta
de
fuego. Una descarga eléctrica atravesó su cuerpo y Shea averiguó el
significado
de la palabra “química”. Sentimientos. Puros y simples. Nada
tenía
importancia, salvo la boca de él sobre la suya, llevándola hacia un
mundo
que ni siquiera sabía que existiera. El suelo pareció desaparecer bajo
sus
pies, y Shea se aferró con fuerza a sus hombros. Él estaba derrumbando todas
sus defensas, obligándola a responder y disfrutando de su respuesta, en una
marea de hambre y deseo.
De
repente él apareció en su mente, todo calor y posesión. Ella era
suya.
Sólo suya. Siempre suya. Masculina satisfacción.
Shea
se apartó de sus anchos hombros y cayó al suelo, limpiándose la
boca
con el dorso de la mano. Se miraron fijamente el uno al otro hasta que
la
diversión de él se coló en su cabeza. Una risa ronca, masculina, traviesa.
Su
cara no mostraba ninguna señal... ni siquiera un parpadeo en sus ojos de
hielo,
pero sabía que se estaba riendo de ella.
Le
llevó un momento darse cuenta de que tenía la bata abierta, ofreciéndole una
generosa vista de su piel desnuda. Con toda la dignidad que pudo reunir, Shea
se cerró la bata.
—
Creo que deberíamos aclarar algo —dijo sentada en el suelo, intentando
desesperadamente mantener su respiración bajo control, y deseando tener a mano
un cubo de agua helada para apagar el fuego que corría por sus venas. Shea
temía que no se lo tomara en serio— Soy tu médico. Eres mi paciente. Esto...
—agitó una mano mientras buscaba las palabras adecuadas— Esto no es ético. Y
otra cosa. Aquí mando yo. Y tú debes cumplir mis órdenes, y no al revés. Absolutamente
nunca, bajo ninguna circunstancia, hagas eso otra vez —involuntariamente llevó
los dedos hasta su labio inferior— No hubiera pasado una cosa así si no me
hubieras infectado con algo, lo que sea... la rabia, creo –le miró fijamente
para observar su opinión.
Él
se limitó a observarla con una mirada desconcertante. Shea suspiró,
arrugó
la nariz e intentó dirigir la conversación hacia un tema más seguro.
Se
suponía que él estaba medio muerto. Debería haber estado muerto.
Nadie
debería ser capaz de besar así después de haber pasado por un
tormento
semejante... Jamás había respondido a un beso de esa manera.
Nunca.
El efecto que él tenía sobre ella le parecía increíble.
Hubo
un repentino destello en sus ojos, entre ardiente y divertido.
—
Ningún otro hombre debe hacerte responder así, no me agradaría.
—
¡Deja de leer mi mente! –tenía las mejillas rojas como un tomate. Y
mirándole
furiosa, añadió— Ésta es una conversación totalmente impropia
para
un doctor y su paciente.
—
Quizás, pero no para nosotros.
Shea
rechinó los dientes, sus ojos verdes lanzaban llamas.
—
¡Cállate! —dijo con voz áspera, un tanto desesperada.
Tenía
que encontrar el modo de recuperar su autocontrol, y él no la estaba ayudando
en nada. Inspiró profundamente para tranquilizarse e intentar recuperar su
dignidad.
—Tienes
que darte un baño. Y tu pelo necesita un buen lavado— Shea
se
puso en pie y pasó los dedos tentativamente por su espesa cabellera de
ébano,
sin darse cuenta de lo curiosamente íntimo que parecía el gesto— Tú
eras
el número siete... Me pregunto si habrá alguien más vivo. ¡Dios! Espero
que
no. No tengo forma de encontrarles.
Al
volverse, él le agarró la muñeca.
—
¿Cómo que era el número siete?
Shea
suspiró suavemente
—
Aquellos hombres, los que me perseguían, tenían fotografías de algunas de las
víctimas asesinadas hace unos siete años. Se encontraron ocho cuerpos, pero parece
que había más víctimas de las que nadie sabía. La gente se refería a estos
casos como los “asesinatos de vampiros”, porque a las víctimas las mataron con
una estaca de madera, atravesándoles el corazón. Las fotos que me mostraron
estaban numeradas. La número siete era la tuya... Tú... Eras tú.
Los
oscuros ojos le hacían más preguntas. El hambre estaba aumentando, hasta llegar
a transformarse en un agudo y profundo dolor. Él estaba tan introducido en su
mente que ya no sabía quién de los dos era el que necesitaba la sangre tan
desesperadamente.
—
¿Sabes cuál es tu nombre?
Una
sombra de confusión atravesó su rostro.
—
Tú lo sabes, eres mi compañera.
Shea
abrió los ojos como platos por la sorpresa.
—
¿Compañera? ¿Tú... tú crees que nos conocemos? No te había visto
antes
en mi vida.
Los
ojos negros se entrecerraron. Su mente empujó suavemente la de ella... parecía
confundido, súbitamente consternado. Tenía la certeza de que le estaba
mintiendo.
Shea
se pasó una mano por el pelo, y el gesto abrió su bata y elevó sus
senos.
—
Vale, he soñado contigo. A veces pensaba en ti... quizás incluso sentía
tu
presencia. Pero en realidad jamás te había visto en persona hasta hace
dos
noches — ¿De verdad habían pasado sólo cuarenta y ocho horas? Le
parecían
toda una vida— Algo me atrajo al bosque, hacia ese sótano. No
sabía
que estabas allí.
Más
confusión.
—
¿No lo sabías?
Él
exploraba su mente. Podía sentirle dentro de su cabeza, y era una sensación
extraña. Le era familiar... reconocía su contacto. Era algo raro, emocionante,
pero le asustaba pensar que alguien tuviese un conocimiento tan íntimo de su
persona. Shea se dijo a sí misma que permitía su exploración mental únicamente
porque él parecía muy perturbado.
Sentía
una necesidad física de tranquilizarle, de eliminar todo el dolor de su cuerpo
y su mente. Y esa inquietud no tenía nada que ver con el modo en que le hacía
sentir...
Todo
lo que la rodeaba parecía tan diferente... Los colores eran más vívidos, de una
sorprendente variedad de matices. Le inquietaba haber aceptado tan rápidamente
aquellos extraños sucesos, y se sentía un poco incómoda por la facilidad con la
que él se deslizaba dentro y fuera de su mente.
De
repente, unos dedos se cerraron en torno a su muñeca como una banda de acero.
—Soy
Tomas. Soy tu compañero. Y te aseguro que puedo compartir tu
mente.
Es mi derecho, como el tuyo a compartir la mía. Más que un derecho, es una
necesidad para ambos.
No
tenía ni idea de qué le estaba hablando, así que ignoró sus comentarios, mucho
más preocupado por lo alterado que parecía él por su falta de conocimientos.
Se
dio cuenta de que necesitaba acariciar su pelo.
—
¿Puedes usar tu voz?
La
respuesta apareció en sus ojos, la impaciencia, la frustración ante su
propia
incapacidad. Le acarició la frente con los dedos, calmándole, como un bálsamo.
—
No te preocupes. Tu cuerpo ha sufrido mucho. Dale algo de tiempo.
Te
estás recuperando asombrosamente rápido... ¿Sabes quién te hizo esto?
—
Dos humanos y un traidor.
Irradiaba
furia y, por un momento, en la profundidad de sus ojos aparecieron intensas
llamaradas rojas.
A
Shea casi le da un infarto, y dio un salto hacia atrás, intentando poner
distancia entre ellos. Pero él fue más rápido. Su brazo se convirtió en una
mancha borrosa, y de repente sus dedos estaban aferrando su muñeca,
impidiéndole
la huída. No había forma de librarse de su sujeción, percibía
una
fuerza ilimitada en él, aunque no le hacía daño.
Con
mucho esfuerzo, consiguió enterrar sus propios demonios, enfadado consigo mismo
por haberla asustado. Masajeaba suavemente la cara interna de la muñeca con el
pulgar, plenamente consciente de que su pulso se había disparado. Con mucha,
mucha delicadeza tiró de ella hasta que logró que se colocara junto a él.
—
Recuerdo muy poco de mi pasado... pero prácticamente desde el
principio
de mi encarcelamiento, he sabido de ti. Esperaba. Te llamaba para que vinieses
a buscarme... Y te odiaba porque permitías que mi sufrimiento continuase.
Shea
encerró su cara entre las manos, ansiosa porque la creyese.
—
No lo sabía. Te lo juro, no lo sabía. Jamás te hubiese dejado allí –la
pena
le obstruía la garganta, el dolor por no haber tenido la oportunidad de
terminar
antes con su sufrimiento. ¿Que tenía él que la atraía como un imán,
que
cautivaba su mente y le hacía desear aliviar su dolor? El impulso era tan
fuerte,
tan intenso, que apenas podía soportar verle tumbado, tan vulnerable y
destrozado.
—Sé
que estás diciendo la verdad; no puedes mentirme. Fuiste muy
valiente
al ir a rescatarme. Pero, como tu compañero, no puedo sino
prohibirte
que te arriesgues así de nuevo.
Parecía
totalmente satisfecho, como si ella fuese a hacerlo simplemente porque él lo
deseaba. Cada vez que se despertaba se volvía más tirano, más posesivo.
Le
dirigió una mirada furiosa, sus ojos verdes ardían peligrosamente.
—
Puedes dejar de darme órdenes, señor Tomas lo—que—sea. Nadie
me
dice lo que tengo que hacer.
Su
oscura mirada se deslizó sobre ella tranquilamente. Así que ella no
había
formado parte de su vida antes... La información le asombraba. ¿De
dónde
había sacado el valor necesario para salvarle del modo en que lo había
hecho?
¿Por qué había vuelto a buscarle después de que prácticamente le
había
desgarrado la garganta? Sus dedos se apretaron entorno a su muñeca,
tirando
de ella hasta que se relajó contra su cuerpo.
—
Eres mi compañera.
Las
palabras surgieron desde algún lugar en lo profundo de su corazón.
No
tenía ni idea de porqué necesitaba decirlas, pero sabía que era imprescindible
que lo hiciera. Parecía que todo su ser obligaba a las palabras a salir desde
el fondo de su alma.
—
Yo te reclamo como mi compañera. Te pertenezco. Te ofrezco mi
vida.
Te doy mi protección, mi fidelidad, mi corazón, mi alma y mi cuerpo.
Para
compartirlo todo. Tu vida, tu felicidad y tu bienestar serán lo primero
para
mí. Eres mi compañera, unida a mí para toda la eternidad y siempre
bajo
mi cuidado.
Shea
escuchó el eco de las palabras en la mente, y sintió que una oleada
de
calor atravesaba su cuerpo, y su sangre. Pero también sintió temor... casi
estaba
aterrorizada.
—
¿Qué has hecho? —Susurró mirándole con ojos muy abiertos— ¿Qué
nos
has hecho?
—
Tú sabes la respuesta.
Ella
sacudió la cabeza con fuerza.
—
No, no la sé. Pero algo ha cambiado dentro de mí, puedo sentirlo.
Esas
palabras nos han hecho algo —podía sentirlo, pero era incapaz de
describirlo.
Sentía que un millón de diminutos hilos se entrecruzaban entre
sí
para formar una fuerte y sólida red que unía su alma a la de él, lo mismo
que
sus mentes, haciéndolas inseparables. Había dejado de sentirse como
una
única entidad, como un único ser, y se daba cuenta de que sólo estaría
completa
con él a su lado. El terrible vacío que siempre había existido en su
interior
había desaparecido.
Con
reticencia, dejó libre la muñeca y acarició su cara con los dedos. Su
mente
tocó la de ella, encontrando un genuino miedo y mucha confusión.
—
Sé tan poco de esto como tú. De lo único que estoy seguro es que
terminaste
con mi sufrimiento, de que acudiste a mi llamada y de que te
reconocí
como mi otra mitad. Eres la luz que ilumina mi oscuridad.
Se
alejó poco a poco de él, asegurándose de ponerse fuera de su alcance.
—
Soy tu médico, Tomas, nada más. Curo a la gente.
Lo
dijo más por ella misma que por él. Shea no tenía ni la más mínima
idea
de lo que él estaba hablando. Le preocupaba que su mente le estuviese
jugando
una mala pasada, haciéndole creer cosas que no eran más que
fantasías.
Racionalmente, Shea sabía que nadie podía atar a otra persona
simplemente
con palabras, pero aún así sentía que esos hilos que les unían.
Había
demasiadas cosas que no entendía. Tomas estaba medio loco, tenía
la
mente destrozada, y no guardaba más que pequeños retazos de su
memoria,
pero aun así, quizás él estaba más cuerdo que ella. Era aterrador
pensarlo.
Tenía mucha hambre... la necesidad de sangre era prácticamente
irresistible.
Jamás había experimentado un ansia así. Shea se dijo a sí
misma
que lo que percibía era el hambre de Tomas, que de algún modo
estaba
compartiendo su angustia. Enseguida, le sirvió al hombre salvaje dos
unidades
de sangre de su suministro en el vaso grande que había en la
mesilla.
—
Lo siento, debería haberme dado cuenta de que tenías hambre. Si me
permites
administrarte fluidos intravenosos, podría ayudarte —en el
momento
en que bajó el vaso, se retiró hacia la mesa del ordenador.
El
ignoró su comentario.
—
¿Por qué no te alimentas?
–hizo la pregunta con un tono indiferente,
curioso.
Sus negros ojos parecían pensativos mientras la estudiaba.
Desde
su posición segura, al otro lado de la habitación, le observó
detenidamente.
El mero hecho de que la mirase fijamente la desconcentraba
y
la dejaba sin aliento. Se sentía demasiado posesiva con su paciente... No
podía
enredar su vida con él.
Encontraba
muy alarmante esa inesperada reacción ante él... Siempre
mantenía
los sentimientos a distancia, alejada, separada de la gente y las
cosas
que la rodeaban. Su mente se limitaba sencillamente a registrar
hechos.
Pero en ese momento, solo podía pensar en él, en su dolor y en su
sufrimiento,
en el modo en que sus ojos la observaban, medio cerrados,
atractivos...
Casi se pega un susto de muerte. ¿De dónde había salido ese
pensamiento?
Sabiendo
que a ella no le gustaría saber que estaba leyendo su mente
en
ese preciso momento, Tomas se comportó como un caballero y simuló
estar
mínimamente interesado. Era agradable saber que ella le encontraba
atractivo.
Muy satisfecho consigo mismo, volvió a echarse en la cama y cerró
los
ojos. Sus negras pestañas contrastaban con la palidez de su tez.
A
pesar de que tenía los ojos cerrados, Shea sabía que él podía percibir
cada
movimiento que hacía.
—
Descansa mientras me doy una ducha y me cambio de ropa. —se llevó
las
manos al pelo, en un inútil esfuerzo por arreglar un poco su salvaje y
espesa
cabellera.
Él
permaneció con los ojos cerrados y la respiración relajada.
—
Puedo percibir tu hambre. Tu necesidad de sangre es casi tan grande
como
la mía. ¿Por qué intentas ocultármelo? –Súbitamente se dio cuenta de
algo
y suspiró— ¿O es que te ocultas a ti misma tus propias necesidades? Es
eso...
No reconoces tu hambre, tu necesidad.
La
amabilidad de su voz llenó su cuerpo de un inesperado calor. Furiosa
y
aterrada de que él pudiera estar en lo cierto, se dirigió hacia el baño con
paso
majestuoso, se deshizo de su ropa, y dejó que el agua caliente de la
ducha
cayera como una cascada sobre su cabeza.
Su
risa fue grave y llena de burla.
—
¿Tienes pensado escapar de mí, pequeña pelirroja? Vivo en ti, de la
misma
manera que tú en mí.
Shea
soltó un gemido. Se dio la vuelta, tratando frenéticamente de
alcanzar
una toalla. Le llevó unos segundos darse cuenta de que él aún
estaba
en la otra habitación. La conexión entre ellos se estaba fortaleciendo. Pero
ahora deseaba esa conexión, disfrutaba de ella, aunque la hacía sentirse
incómoda aceptar como normal y natural tener una intimidad así con otra
persona, cuando desde luego no lo era.
De
pronto se dio cuenta de que sus funciones corporales no eran las
habituales.
Como siempre, su intelecto se preparó para analizar la situación.
Su
cerebro empezó a procesar la información sin emoción alguna, clasificando los
distintos cambios que experimentaba, conectándolos con su reciente enfermedad y
con el ardor de sus órganos internos. Era una locura, pero sabía que era
físicamente diferente. Algo había reestructurado su código genético.
Shea
se tomó su tiempo trenzándose el pelo, poniéndose los vaqueros,
ajustando
el borde de la camiseta de algodón... permitiendo que su mente se
adaptara
a las novedades. Era aterrador y fascinante a la vez. Le hubiese
gustado
observarlo en otra persona, y no en ella misma. Era difícil aceptar
las
cosas racionalmente cuando era el propio cuerpo lo que estaba
estudiando.
—
Un cuerpo tan hermoso, además.
Casi
dejó caer el cepillo.
—
¡Quieres dejarlo ya!
—el mero contacto de su grave y aterciopelada
voz,
hacía que una especie de calidez se enroscara por todo su cuerpo. Era
escandalosamente
injusto que tuviese una voz semejante.
—
Creí que nunca hablarías conmigo como lo haría una compañera. He
esperado
mucho tiempo a que hicieras ese comentario impaciente — su voz
tenía
ahora una nota burlona.
Shea
permaneció inmóvil. Su cara, reflejada en el espejo, estaba visiblemente
pálida. No había dicho las palabras en voz alta, y aun así la había oído.
Preocupada, clavó los dientes en el labio inferior. El cambio no sólo afectaba
a su cuerpo. Sus habilidades estaban aumentando. Podía hablar con el fácilmente
usando la mente. Era alarmante que pudiese concebir una cosa así como algo
normal. Si no lo pensaba, si no lo analizaba, casi podía aceptarlo. Se dio
cuenta de que estaba temblando. Extendiendo las manos hacia delante comprobó,
enojada, cómo se agitaban. Era una doctora, nada debería alterar su compostura.
Más que eso, Shea conocía su propio valor, tenía completa confianza en sí
misma.
Levantó
la barbilla. Se dirigió hacia la habitación principal y, evitando mirarle,
abrió la nevera y sacó un poco de zumo de manzana. Su estómago se contrajo. La
simple idea de ingerirlo la hacía sentirse enferma. Algo en su interior había
cambiado drásticamente, como sospechaba. Necesitaba tomar más muestras de
sangre y averiguar qué estaba sucediendo en su cuerpo. Y era la primera vez en
su vida que se sentía reacia a estudiar los resultados.
—
¿Qué estás haciendo?
—Preguntó curioso.
—
En realidad, no estoy muy segura. Pensaba tomarme un poco de zumo,
pero...
—su voz se apagó, no sabía muy bien qué decir. Shea siempre sabía
exactamente
lo que hacía... pero ahora se sentía completamente perdida.
Vertió
el zumo en un vaso y se quedó mirándolo, desconsolada.
—
Te pondrás enferma. No toques eso.
—
¿Por qué iba a sentarme mal un zumo de manzana? —Preguntó
curiosa
¿Sabía él lo que le estaba pasando?
—
Necesitas sangre. No estás lo suficientemente fuerte todavía. He
examinado tu cuerpo. Aunque
aún no puedo ayudarte,
puedo percibir la
necesidad
que tiene de recibir una alimentación adecuada. Tu cuerpo no está lo
suficientemente nutrido para el gasto energético que llevas a cabo.
—
No pienso discutir sobre lo que debería o no debería hacer —Le fastidiaba que
pareciese tan preocupado, casi tierno. Había algo en su voz que la hacía desear
poder darle todo lo que pedía, incluso beber sangre.
Podía
olerla. Podía oír su corazón, y la sangre fluyendo por sus venas.
Por
un instante, permitió que el sonido resonara en su cabeza, alimentando
el
hambre que la corroía. Se mordió con fuerza el labio inferior. Necesitaba
separarse
un poco de él. Su personalidad era extremadamente abrumadora.
De
repente, algo que estaba profundamente enterrado en su interior, algo salvaje
que ni siquiera sabía que tenía, clamaba por él. La química era tan fuerte que
se alteraba tan sólo con mirarle.
Shea
quitó la llave a la puerta de la cabaña y comenzó a abrirla.
—
¡Detente!
—La orden fue suave, amenazadora, pero pudo percibir un
matiz
de desesperación.
Súbitamente,
la puerta se cerró de golpe, como impulsada por una fuerza desconocida.
Impresionada, dejó caer el vaso de su mano. Se estrelló
contra
el suelo. Se quedó observando cómo el zumo se desparramaba en una
mancha
dorada... el dibujo era particularmente extraño, parecían las fauces
abiertas
de un lobo.
Con
mucho esfuerzo, Tomas logró controlarse. Era un absoluto infierno ser incapaz
de moverse, estar atrapado en un cuerpo inútil. Inspiró profundamente y dejó
salir el aire de los pulmones poco a poco, intentando eliminar el terror que la
imprudente acción de ella le había causado.
—
Lo siento Shea. Ni siquiera hiciste un sondeo para ver si había
peligro
cerca. Nos están buscando. Jamás lo olvides. Debes permanecer a mi lado para
que pueda hacer algo por ti si hay alguna amenaza. No fue mi intención
asustarte.
Ella
le miró fijamente, sus ojos verdes estaban perplejos.
—
No sé qué quieres decir con eso de “hacer un sondeo”. —dijo
ausente,
como si su mente estuviera en otra cosa.
—Ven
aquí conmigo
—su voz fue como un susurro sobre la piel. Extendió
una
mano hacia ella, con la mirada cargada de intención, hambrienta.
Deseaba
algo de ella, algo que ella no se atrevía ni a pensar.
—Ni
lo sueñes —Era tan sensual... tan atractivo que le cortaba la
respiración.
Shea sintió la pared detrás de ella y se apoyó para poder
mantenerse
en pie.
—
No te estoy pidiendo tanto, sólo que camines hasta aquí... Son sólo
unos
pasos —Aquella
voz acariciante la seducía, llenando su mente de una
oleada
de calidez.
Le
miró interrogante.
—
¿Tú sabes lo que me está pasando, no? Me hiciste algo... Sé que lo
hiciste.
Puedo sentirlo. Dime qué has hecho –Tenía la cara pálida y sus
enormes
ojos le observaban, acusándole.
—
Ahora somos uno. Nuestro destino era estar juntos.
Aquello
era como un rompecabezas. Tomas percibía la confusión de ella mientras
permanecía agazapado en su mente, como una sombra. Pero él estaba tan confuso
como ella. Realmente no entendía el significado de sondear, algo que para él
era tan natural como respirar. Aun así, no estaba seguro de podérselo explicar
adecuadamente. ¿Por qué ella no sabía esas cosas? Era él el que estaba herido,
con la memoria esparcida a los cuatro vientos.
Shea
se frotó la frente con una mano temblorosa.
—
¿Tú cerraste la puerta, verdad? Me la arrancaste de las manos y la
empujaste
desde la cama... Lo hiciste con la mente, ¿no?
Ella
podía hacer muchas cosas, tenía dones especiales, pero este
hombre
desconocido tenía poderes que apenas podía llegar a comprender.
¿Qué
era él? ¿Qué más era capaz de hacer? Si la diferencia las habilidades
de
ambos era tan grande, ¿habría estado permitiendo que alguna fuerza
externa
dictase sus propias acciones? Shea no tenía nada claro cuál sería la
respuesta.
Inmediatamente,
Tomas intentó tranquilizarla. No sabía qué era lo que la había perturbado tanto
(la capacidad de mover cosas con la mente formaba parte de su naturaleza), pero
necesitaba eliminar su angustia. Envió a su mente tranquilidad y calidez,
bienestar.
—
Lo siento, Shea, únicamente pensaba en tu protección. Es difícil para
mí
saber que nos persiguen y que no puedo protegerte, que no podemos
abandonar
este lugar por culpa de mi debilidad. Estás atada a mí, y yo te
estoy
poniendo en peligro.
Hizo
todo lo que pudo para eliminar el daño que su desconsideración
había
causado. Ella se merecía mucho más que un compañero medio loco.
Parecía
que no sabía lo que realmente tendrían que hacer para sobrevivir.
—
No puedes hacerte una idea de los monstruos con los que estamos
tratando.
Es muy importante que hagas un sondeo en cuanto te despiertes,
antes
de salir de casa
—Trató de ser amable cuando mientras la informaba.
Era
tan fácil para él leer sus temores...
—No
sé qué quieres decir...
Su
genuina confusión le provocó un impulso protector tan fuerte que
sacudió
los cimientos de su pequeño mundo. Deseaba tomarla en sus brazos
y
protegerla para toda la eternidad, guardarla dentro de su alma. Parecía
increíblemente
pequeña y frágil, y los interrogantes de su mente eran tan
fáciles
de leer como la preocupación que aparecía en su rostro.
Abrió
mucho los ojos cuando de repente lo comprendió.
—
Tú no conoces las habilidades de nuestra gente, ¿verdad?
—
¿Qué gente? Soy americana, descendiente de irlandeses. Vine aquí
para
investigar una extraña enfermedad sanguínea que, por cierto, parece
que
tú también tienes. Nada más –Se estaba mordiendo los labios sin darse
cuenta,
y tenía los nudillos blancos de apretar los puños. Su cuerpo estaba
tenso,
esperando la respuesta.
Maldijo
su incapacidad para recordar las cosas fundamentales... Tenía
la
certeza de que eran muy importantes para ambos. Si estaba tan perdida
como
él, estaban en un gran aprieto. Era frustrante tener tantas lagunas en
su
mente.
—
Tú perteneces a este lugar. Puedo sentir tu conexión con esta tierra.
Y
sé, con toda seguridad, que eres mía, que nos pertenecemos el uno al otro.
Shea
sacudió la cabeza.
—
Mi madre era irlandesa. Mi padre nació en esta región, pero jamás
llegué
a conocerle. Vine aquí por primera vez hace sólo un par de meses. Te
juro
que jamás había estado aquí antes.
—
No tenemos ninguna enfermedad, ni nada de eso. Nuestra gente ha
existido
desde el principio de los tiempos
—No sabía de dónde provenía esa
información,
simplemente estaba ahí.
—
Pero eso es imposible... La gente normal no necesita beber sangre
para
sobrevivir. Soy médico, Tomas. Me dedico a investigar la mayoría del
tiempo
y sé de lo que estoy hablando... Esto es muy extraño, la verdad —
notaba
que el aire se negaba a abandonar sus pulmones.
—
¿Puedes aceptar que permanecí enterrado vivo una eternidad, y aún
así
no creer que nuestra gente existe?
Shea
se agachó para recoger las piezas de cristal esparcidas por el
suelo.
Necesitaba mantenerse ocupada en algo mientras trataba de
recuperar
el control. ¿Qué quería decir en realidad? ¿Que no tenía ninguna
enfermedad
sanguínea, que... que pertenecía a otra raza, a otra especie?
—
No sabemos cuánto tiempo llevabas ahí —dijo nerviosa, mientras
limpiaba
cuidadosamente el zumo.
—
¿Cuánto tiempo hace que te mostraron mi foto?
Shea
tiró el vaso roto al cubo de la basura.
—
Hace dos años —admitió reticente— Los asesinatos de vampiros
ocurrieron
hace siete años. Me aseguraron que las fotos eran de aquellas
víctimas...
Pero sería imposible, totalmente imposible, que hubieses
sobrevivido
enterrado durante todo ese tiempo. Eso querría decir que te
metieron
en ese ataúd, con una estaca en el pecho, hace siete años. Es
imposible,
Tomas —Se giró hacia él, mirándole con sus enormes ojos— ¿O
no?
—No
si detengo mi corazón y mis pulmones. De esa manera, la sangre no
circula. –Explicó él escogiendo las
palabras cuidadosamente, intentando no
inquietarla.
Pero
tuvo el efecto contrario.
—
¿Puedes hacer eso? ¿En serio? —ahora parecía excitada— ¿Puedes
controlar
tu ritmo cardiaco, reducirlo o acelerarlo? Por el amor de Dios,
Tomas,
eso es increíble. Hay algunos monos que pueden hacer algo
parecido,
pero nada semejante a lo que tú me das a entender.
—
Puedo detener mi corazón si es necesario. Y tú también puedes
hacerlo.
—
No, yo no puedo hacer eso —Hizo un gesto con la mano, como
diciendo
que eso no tenía sentido alguno— Pero, ¿es eso lo que hiciste?
¿Detuviste
tu corazón? ¿Es así como sobreviviste al enterramiento? Señor,
eso
debió volverte loco... Aún no puedo creerlo... ¿Y cómo te alimentabas?
Tenías
ambas manos encadenadas —En su excitación, no paraba de hacer
preguntas
y de pensar en voz alta.
—
Rara vez despertaba, tan sólo cuando detectaba sangre cerca.
Atraía
a las criaturas hacia mí. Seguro que tú también puedes hacerlo –
agradeció
que, al menos por una vez, pudiese contestar a lo que preguntaba–
Y,
de alguna manera, me las arreglé para hacer un agujero en la madera para permitirles
entrar.
Shea
podía convocar a los animales, lo había hecho desde que era una
niña.
Y ese talento, que por lo visto compartía con Tomas, explicaba los
cadáveres
de ratas consumidos que había visto enterrados junto a él en la
pared.
—
¿Estás diciéndome que hay más gente que puede hacer esas cosas? –
Fue
corriendo hacia el ordenador, encendiendo el generador para que
funcionara—
¿Qué más cosas recuerdas?
Estaba
tan excitada que deseaba poder proporcionarle más
información,
pero por mucho que buscó en su mente, los recuerdos le
eludían,
y tan sólo consiguió que le doliera la cabeza.
Shea
percibió su angustia, le echó un vistazo y observó el tenue brillo
de
las gotas de sudor que perlaban su frente. Al momento, su mirada se
tornó
más cálida, y su boca se curvó suavemente.
—
Lo siento, Tomas. Ha sido muy desconsiderado por mi parte
presionarte
así. Trata de no pensar ahora. Los recuerdos volverán a ti con el
tiempo.
Ya me has dado mucha información sobre la que seguir trabajando.
Tú
sólo descansa.
Agradecido
por su compasión, Tomas dejó escapar los fragmentos de
su
memoria escapar por un rato, para que le dejaran en paz. Observó con
interés
cómo Shea extraía muestras de sangre de su propio brazo y
colocaba
varias gotas sobre unos pequeños rectángulos de cristal. Estaba
muy
nerviosa, la felicidad embargaba su cuerpo de tal forma que incluso
había
olvidado su hambre. Su mente estaba totalmente concentrada en
hechos,
hipótesis, y un millón de datos más. Ahora estaba lejos de él,
completamente
absorta en su trabajo.
Mientras
la miraba, Tomas alcanzó perezosamente el vaso que estaba
en
el extremo de la mesa, y tragó el contenido para aliviar su propia y
acuciante
hambre.
Al
cabo de una hora, Shea seguía completamente concentrada en lo que
estaba
haciendo, totalmente ensimismada con su trabajo. Disfrutaba
observándola,
la encontraba fascinante... Cada movimiento de su cabeza, el
borde
de sus largas pestañas cuando se ponía de perfil... A menudo se tiraba
del
pelo cuando estaba confundida. Sus pequeños dientes mordían con
frecuencia
el exuberante labio inferior. Sus dedos volaban sobre el teclado,
con
la mirada clavada en el monitor. Con frecuencia, consultaba notas y
varios
libros con un ligero y encantador ceño fruncido. Descubrió que le
gustaba
ese pequeño gesto, y el hábito que tenía de morderse el labio.
Cada
vez que él percibía el hambre palpitando en su interior, ella
parecía
capaz de dejarla a un lado. Tal y como le había apartado
temporalmente
a él, fuera de sus pensamientos. No es que eso le hiciera
ninguna
gracia, pero se sentía orgulloso de ella. En cada cosa que hacía, ponía
todo
el corazón.
Pero
Shea aún no se hacía una idea de los peligros que corría. Estaba
tan
absorta en su trabajo que bloqueaba todo lo que había a su alrededor.
Tomas
pensó recordarle los riesgos que corría pero, en vez de eso, optó
por
permanecer lo suficientemente alerta como para sondear los
alrededores,
deslizándose dentro y fuera del sueño de los mortales.
Tomas
sacudió la cabeza para despejarse, cuatro horas más tarde, y
maldijo
el movimiento que envió espirales de dolor a través de su cuerpo.
Tenía
hambre, se sentía débil y un poco mareado.
Sus
ojos negros se clavaron en Shea. Ella estaba mirando detenidamente un libro de
notas mientras mordisqueaba un lápiz. Tenía la piel muy pálida, casi
traslúcida. La habitación estaba repleta de las intensas emociones que emanaban
de su cuerpo, pero ella parecía no darse cuenta. Su mente luchaba por unirse a
la de él; podía percibir como intentaba sintonizarle, vibrando de necesidad.
Pero Shea era disciplinada, fuerte y muy decidida. Mantenía sus pensamientos
bajo control, concentrándose únicamente en su trabajo.
Sintió
cómo parte del hielo que cubría su corazón se deshacía... El odio
helado
y la furia, la necesidad de venganza y castigo, esas habían sido las
cosas
que le habían mantenido con vida. No hubiera creído que aún era capaz
de
sentir ternura, pero Shea se las había arreglado para demostrárselo.
Ante
todo, era un depredador. Shea era la luz de su oscuridad, irradiaba
belleza,
como si su alma brillase a través de la piel. Había introducido
emociones
cálidas en él.
Necesitaba
una pausa, tenía que descansar. Y, sobre todo, necesitaba
alimentarse.
Si era completamente honesto, necesitaba que le tocara, que le
prestase
atención. Deliberadamente, gimió suavemente en su mente,
cerrando
los ojos. Al instante, percibió su inquietud. El crujir de papeles le
indicó
que había dejado a un lado sus notas. Tomas intentó disminuir la
sensación
de triunfo concentrándose en el dolor que consumía su maltrecho
cuerpo.
Shea
se deslizó por la habitación sin darse cuenta de lo silenciosamente que lo
hacía ni de lo eficiente que se había vuelto su cuerpo, que se movía con gracia
y rapidez. Notó su mano fresca sobre la frente, calmándole. Pasó los dedos por
su mugriento pelo, y su contacto era tan suave que se le encogía el corazón.
Ella
se inclinó para examinar las heridas de manera profesional. Los
antibióticos
no le hacían efecto, como tampoco a ella. Quizás añadir más
tierra
serviría.
—Lo
siento, pero no puedo evitar que te duela, Tomas. Ojalá pudiera
—su
voz estaba llena de preocupación, de pesar— Te conseguiré algo de
tierra
fresca y te lavaré el pelo. No es mucho, pero podría calmarte y
ayudar
en algo –enredó los dedos en su melena de nuevo, y después los pasó
alrededor
de la mandíbula en una suave caricia.
El
levantó las manos, atrapándola con sorpréndete fuerza, y sus ojos
negros
se clavaron en los de ella... A Shea le pareció que podría caerse en
esos
oscuros y misteriosos pozos.
—
No te has alimentado.
Estaba
segura, podría perderse en esa penetrante mirada toda la
eternidad.
Percibía
el sonido del corazón de Tomas, acompasándose al suyo
propio.
Era extraño, y sin embargo le parecía de lo más normal que sus
corazones
desearan latir al mismo ritmo.
—
No bebo sangre humana. Me hago una transfusión si estoy
desesperada,
pero no soy capaz de tragarla –explicó tranquilamente. Sintió
su
presencia en la mente, su contacto tranquilizador, gentil. Pero también
estaba
cargado de autoridad. Su voluntad era tan fuerte que nada podría
resistírsele
si insistía. Tenía que hacerle comprender— Soy humana,
Tomas.
Beber sangre me parece una aberración.
—
Tratar de sobrevivir sin alimentarse durante mucho tiempo es muy
peligroso.
Debes beber.
—Aunque Tomas trataba simplemente de exponer
los
hechos, aquello parecía una orden. No sabía de dónde salía esa
información,
lo único que sabía es que era cierta. Resultaba evidente que ella
deseaba
que la entendiera, que aceptara aquel ridículo régimen que se
estaba
imponiendo a sí misma, pero no tenía ningún sentido para él, y no
podía
consentir una estupidez semejante. Debía encontrar el modo de
explicarle
lo que le estaba haciendo a su cuerpo.
Ella
apartó el pelo de la cara de Tomas, y el toque de sus dedos
provocó
intensas reacciones en su dolorido cuerpo. Ajena a lo que provocaba
en
él, Shea le sonrió mirándole a los ojos.
—
Hace mucho tiempo que acepté que moriría si no encontraba una
cura...
Bien, ¿quieres que te lave la cabeza?
Atrapó
con las manos sus esbeltos hombros y la colocó bajo él.
—
Ya sabes, pequeña pelirroja, que como tu compañero mi obligación es
cuidar
de tu salud. Mi único propósito en esta vida es protegerte y velar por tus
necesidades. Estás débil y eres incapaz de llevar a cabo las reglas más básicas
de supervivencia. Esto no puede continuar. Deberías utilizar tú misma la sangre
que me estás administrando.
Había
algo mágico en su voz. Sentía que podría escucharle eternamente.
—
Queda muy poca sangre. Si esto sigue así, tendré que ir al banco
local
de sangre muy pronto. —Ya había usado la mayor parte de las unidades
tratando
de reemplazar el enorme volumen de sangre que él había perdido–
De
verdad, Tomas, no te preocupes por mí, he hecho esto muchas veces.
—
Mírame, pequeña Shea
—su voz descendió una octava. Grave.
Persuasiva.
Un hechizo. Su negra mirada atrapó la verde de ella. La calidez
inundaba
la mente de Shea, unos brazos la rodeaban, manteniéndola a salvo.
Se
hundió aún más en aquellos pozos oscuros y penetrantes que irradiaban
calor...—
Aceptarás mi sangre, como debes hacer. —Le dio la orden suave
pero
firmemente, manteniendo sus mentes unidas. La fuerza de su voluntad,
dotada
de una práctica adquirida a lo largo de los siglos y moldeada por los
fuegos
del infierno, la doblegó. Sin vacilar, la condujo hasta su pecho,
acunándola
en sus brazos con ternura.
Parecía
tan ligera, tan pequeña, tan frágil. Adoraba la curva de su
garganta,
la satinada perfección de su piel, su boca. Con una uña, Tomas se
abrió
una pequeña herida en los músculos de su pecho, la empujó hacia él y
sintió
cómo, inesperadamente, una espiral de calor se enroscaba profundamente en su
interior. Su vientre se contrajo, y el deseo le atravesó, agudo y dulce. La
sensación de su boca sobre el pecho era absolutamente erótica.
Sus
mentes estaban entremezcladas mientras la abrazaba. No estaba
familiarizado
con ese tipo de intimidad. En medio del dolor y la oscuridad, el
odio
y la furia, ella le había traído la luz, la compasión y el valor. Donde
había
una desesperada desolación y debilidad, un caparazón vacío, ella le
había
dado un renacer de fuerza y poder, una floreciente esperanza. Donde
había
dolor infinito, un infierno eterno, ella había brindando tanta belleza y
alegría,
un placer tan inmenso que casi no podía abarcarlo.
Tomas
no deseaba finalizar aquella unión, pero necesitaba cada gota
de
sangre para tratar de recomponer su destrozado cuerpo y de reparar su
mente
despedazada. No podía permitir que tomase demasiado de él. Sentía
que
su propia hambre aumentaba. Necesitaba sangre fresca, fluyendo rica y
cálida
directamente de su víctima. Sin ganas, la detuvo, y sintió cómo las
llamas
del deseo bailaban sobre su piel cuando la lengua le acarició para
cerrarle
la herida.
Por
un momento, apoyó la cabeza sobre ella, saboreando la proximidad
de
su cuerpo, su aroma, degustando la belleza de su espíritu. No podría
soportar
quedarse solo de nuevo, no podía separarse de ella ni por un
momento.
Siete años de oscuridad, de soledad absoluta, creyendo que ella,
deliberadamente,
permitía e incluso prolongaba su sufrimiento. Saber que
eso
no era cierto, que, de hecho, había sido su valor lo que le había salvado,
le
había devuelto la esperanza, un objetivo por el que seguir viviendo.
Tomas
no podría sobrevivir sin ella. No podía perderla de vista, no podía
permitir
que saliera fuera del alcance de su mente. Él estaba hecho pedazos
y
tan sólo ella podía mantenerlos unidos.
Disminuyó
su control muy lentamente, liberándola. Sus largas pestañas
se
agitaron, y desapareció la bruma de sus ojos, dejando ver dos brillantes
esmeraldas,
perfectas y misteriosas. Una chispeante belleza que le hacía
arder
en llamas.
—
¿Que has hecho esta vez, Tomas? No puedes pretender cuidar de
mí.
Ni lo pienses. No tienes ni idea de lo cerca que has estado de morirte.
No
puedes permitirte perder ni una gota de sangre.
Su
débil sonrisa penetró en su mente.
—
Eres mi compañera, siempre bajo mi cuidado. No puedo hacer sino
proveerte
de lo que necesites.
Sacudió
la cabeza lentamente.
—
¿Qué voy a hacer contigo? Necesitas toda la sangre que podamos
conseguir...
Solía arreglármelas con pequeñas cantidades...
—
Arreglárselas no es suficiente.
–gruñó él, y sus ojos negros
resplandecieron.
Shea
elevó los ojos al cielo.
—
Al menos, ten la decencia de tratar de parecer arrepentido. No es
necesario
que te muestres tan satisfecho contigo mismo, ni tan fastidioso. –
de
manera inconsciente, volvió a introducir los dedos en su espesa cabellera,
intentando
peinarle un poco— Me encantaría saber más cosas sobre ti,
Tomas.
Me pregunto dónde estará tu familia...
La
confusión se reflejó en sus ojos, un negro vacío que de repente le
llenó
de un inmenso dolor. Tomó su mano temblorosa, compartiendo el
aturdimiento
de su mente e incluso, por un instante, parte de su agonía.
—
Déjalo Tomas. No trates de forzar tu memoria. La recuperarás en
cuanto
te pongas bien. Tranquilízate. Limpiaré tus heridas y te lavaré el
pelo.
Eso te relajará.
Sentía
sus suaves dedos sobre la piel, enviando oleadas de alivio al
ardiente
interior de su mente. La respuesta de su cuerpo no se hizo
esperar:
los músculos tensos se relajaron, liberando algo del dolor que le
torturaba.
Su mero contacto era como un faro en la oscuridad, un guía que
le
indicaba el camino, algo que le daba esperanzas de que, algún día, el dolor
se
acabaría. Cerró los ojos y cedió a sus demandas. El sonido de sus ligeros
movimientos
por la casa era reconfortante. Su fragancia natural y el tenue
aroma
de hierbas y flores que emanaban de su piel y de su cabello parecían
envolverle,
como si le rodeara con sus brazos.
Shea
le tocaba suavemente mientras examinaba sus heridas. La esponja
rozaba
ligeramente la carne abierta, dejando a su paso un extraño
hormigueo.
El agua templada caía como un torrente sobre su pelo mientras
ella
le sostenía la cabeza en su brazo. Era muy agradable, casi sensual.
Cuando
las puntas de los dedos masajeaban el champú sobre el cuero
cabelludo,
se concentró en las sensaciones que le producía, y durante unos
minutos
pudo alejarse de su mundo de dolor.
—
Tienes un cabello muy hermoso —dijo casi en un susurro, mientras
aclaraba
la espuma con el agua templada. Tenía el brazo dolorido por el
esfuerzo
de sostenerle la cabeza sobre la palangana de plástico, pero se
daba
cuenta de que le estaba proporcionando un poco de paz. Retiró la
palangana,
colocó una toalla sobre la almohada, y le ayudó a ponerse otra vez
como
estaba.
Mientras
le secaba el pelo, sus manos se demoraban sobre su cuero
cabelludo;
disfrutaba tocándole.
—
Estás muy cansado. Vuelve a dormir.
—
Más sangre.
Aquella
voz ronca y soñolienta resonaba en su mente, esparciendo una
onda
de calidez por su cuerpo. Sin vacilar, Shea sirvió una unidad en un vaso
y se
ocupó de limpiar el suelo.
Cuando
pasó junto la cama, la mano de él atrapó su muñeca como si
fuera
un grillete, y tiró de ella para acercarla.
—
¿Qué? —Shea se sentó al borde de la cama, esbozando una débil
sonrisa,
con los ojos cargados de ternura y suavidad, aunque ella no parecía
darse
cuenta de ello.
Él
deslizó la mano por su brazo, masajeando el hombro dolorido con sus
fuertes
dedos.
—
Gracias, pequeña pelirroja. Has conseguido que me sienta vivo de
nuevo.
—
Estás vivo, Tomas. —le tranquilizó, mientras le apartaba el pelo de
la
cara— Eres un sinvergüenza, pero no cabe duda de que estás vivo... No he
visto
nunca que un paciente llamara a su médico “pequeña pelirroja”...
Su
risa ronca y sensual permaneció en la mente de él mucho tiempo
después
de que se durmiese. De alguna manera, era consciente de su
proximidad
mientras ella mezclaba tierra, hierbas y saliva para aplicarlas
sobre
sus heridas, y eso le tranquilizaba. Mantenía alejados la cólera, el
dolor,
y el terror que le producía aquel mundo de soledad.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTA OTRO CAP ... OJALA SIGAN ASI Y LES AGREGO MAS RAPIDO ... :D
Sigueeee
ResponderEliminarSiguelaa! Me encanta :)
ResponderEliminar