Capítulo
Seis
El
amanecer rayaba el cielo cuando Shea comenzó el viaje por las
agrestes
tierras hacia el pueblo más cercano. Necesitaba combustible,
hierbas,
suturas y suministros varios, y sobre todo sangre. Sangre pura.
Toda
su vida había luchado contra el cansancio durante las horas del día,
pero
ahora era mucho más que cansancio. Estaba exhausta. Y le
aterrorizaba
ser capturada sola en el campamento en un estado tan débil.
Sabía
que le sería imposible protegerse ella sola. Pero más que nada, temía
que
le ocurriese algo a Tomas mientras estaban separados.
Shea
aparcó en la gasolinera del pueblo y se apeó del coche. Casi
inmediatamente
se sintió inquieta, sin saber muy bien por qué. Tan sólo unos
pocos
habitantes del pueblo iban de un lado para otro a una hora tan
temprana.
Se apoyó intentando parecer indiferente contra el vehículo,
mirando
a su alrededor. No pudo detectar a nadie, pero sentía unos ojos
clavados
en ella, alguien o algo la observaba. La sensación era intensa.
Levantando
su barbilla, se esforzó por no hacer caso de su fabulosa
imaginación
mientras llenaba el depósito del coche, el de reserva y los dos
depósitos
para su generador.
La
sensación de ser observada se hizo más intensa, y se le puso la piel
de
gallina. De repente, algo empujaba su mente. No era Tomas.
Reconocería
su contacto. El miedo se apoderó de ella, pero se mantuvo
firme,
como toda una profesional, concentrándose en el único propósito de
terminar
su tarea tan rápido como le fuese posible. Lo que quiera que fuese
se
retiró, incapaz de penetrar en su mente.
Shea
condujo por la calle, prácticamente desierta y aparcó cerca del
pequeño
centro médico. Esta vez, mientras se bajaba del asiento, examinó
las
sombras de su alrededor utilizando cada sentido que poseía. Vista.
Gusto.
Oído. Instinto. Había alguien, algo la había seguido y estaba cerca,
podía
percibirlo pero no era capaz de encontrarlo.
— ¿Tom? –rozó su mente suavemente,
temiendo de pronto estar
percibiendo
algo que le estuviese sucediendo a él.
—Estoy esperando tu regreso. —Sintió su
cansancio. La luz de la
mañana
era incluso más dura para él que para ella. Odiaba estar lejos de él.
—Volveré pronto.
Shea
inspiró profundamente y miró a su alrededor, decidida a
encontrar
lo que la hacía sentirse tan incómoda. Un hombre descansaba
perezosamente,
a la sombra de un árbol. Era alto, moreno y permanecía
completamente
inmóvil, como un cazador. Sintió el impacto de sus ojos
cuando
su mirada se encontró con la suya por casualidad.
Le
dio un vuelco el corazón. ¿Quién era? ¿La habría encontrado Wallace
tan
pronto? Se dio la vuelta. Lo primero que debía hacer era encargarse de
llevar
a cabo su misión. Sacó su ordenador y tecleó la orden para acceder al
banco
de sangre de la clínica. Si tenía que mover a Tom, necesitarían
suministros
desesperadamente.
Un
momento después, Shea se sintió que se había comportado como una
estúpida.
La puerta de la pequeña tienda que había al otro lado la calle se
abrió
de repente, y el menudo propietario salió con un delantal atado
alrededor
de su amplia cintura y una escoba en la mano. Saludó
abiertamente
a la figura que permanecía inmóvil bajo el árbol.
—
Buenos días Byron. Es un poco temprano, ¿no?
Ella
reconoció el dialecto local. El hombre alto y de pelo oscuro
contestó
en el mismo lenguaje, pero su voz era grave, muy bella. Salió de las
sombras,
parecía joven y muy atractivo. Dirigió una rápida y divertida
sonrisa
al tendero mientras se acercaba a él. Estaba claro que se conocían,
parecían
amigos. El hombre moreno no era un extraño en la zona, y no
parecía
mostrar el más mínimo interés en Shea. Observó a Byron mientras
éste
inclinaba educadamente la cabeza ante hombre más anciano,
escuchándole
atentamente mientras le pasaba un brazo por los hombros.
Shea
soltó un suspiro de alivio. La sensación de ser observada
desapareció,
y no estaba segura de si había sido real o ficticia. Miró un
momento
a los dos hombres que se adentraban en el bosque hasta que se
confundieron
entre las sombras de los árboles. El sonido de sus risas llegó
flotando
hasta ella. El joven, que era más alto, inclinó la cabeza aún más
para
escuchar cada palabra que pronunciaba el tendero.
A
toda prisa, entró en la tienda y le pidió al dependiente un juego de
sábanas,
una almohada, varios bloques de hielo y algo de ropa para Tom.
El
pequeño hospital ya tenía preparados los suministros que les había
solicitado,
y un atento dependiente se interesó por su clínica ambulatoria,
tratándola
como a una clienta ciertamente valiosa. Sintiéndose un poco
culpable,
finalizó su transacción lo más rápidamente posible. Necesitaba
subirse
a su todoterreno y encontrar un lugar oscuro en el que pudiese
dormir
hasta que fuera seguro regresar junto a Tom. Salió fuera a toda
prisa.
La
luz perforó sus ojos como si fuera un millar de agujas. Se tambaleó,
pero
entonces una mano fuerte se cerró sobre su brazo, impidiéndole que
cayera.
Murmurando un gracias, rebuscó torpemente en su bolsillo buscando
las
gafas de sol para cubrirse los ojos.
—
¿Que estas haciendo aquí sola y desprotegida? —La voz era suave, y
el
dialecto y el acento se parecían curiosamente a los de Tom.
Shea
se quedó sin respiración y trató de liberarse. Aquel hombre alto y
moreno
se limitó a empujarla hacia las sombras, apoyándola contra la pared
del
edificio y colocando su enorme cuerpo delante de ella, bloqueando su
huida.
—
¿Quién eres? —le preguntó. — Eres menuda y con la piel demasiado
clara
para ser uno de los nuestros. —alzó la barbilla de Shea con la mano, de
manera
que ella pudo ver sus penetrantes ojos tras las gafas de sol que él
llevaba.
— Tu aroma me es familiar, pero esquivo. ¿Cómo es que no sabía
nada
de tu existencia? —por un momento, la satisfacción curvó la boca de
Byron.
— Estás libre, eso está muy bien.
—
No le conozco señor, y me está asustando. Tengo mucha prisa, así
que
haga el favor de dejarme marchar. —Shea utilizó su tono de voz más
frío
y desdeñoso, hablando deliberadamente en inglés. Aquel hombre era
enormemente
fuerte y eso la asustaba bastante.
—
Soy Byron— dijo únicamente su nombre, como si eso fuera
suficiente.
— Soy un hombre de los Cárpatos, y tú una mujer libre. El sol
está
subiendo, y no has tenido tiempo de buscar un refugio para el
amanecer.
No puedo hacer otra cosa para ayudarte que ofrecerte mi
protección.
Adoptó
fácilmente un marcado acento inglés. Su voz parecía deslizarse
dentro
de ella. Daba la sensación de ser un caballero muy amable, pero no la
había
soltado ni se había movido un centímetro para permitirle pasar.
Inspiró,
arrastrando a sus pulmones la fragancia de la mujer y, de
repente
su conducta cambió por completo. Su cuerpo se tensó y le clavó los
dedos
en el brazo. Unos dientes blancos resplandecieron, la señal de
advertencia
del depredador.
—
¿Por qué no contestaste cuando te hablé? —hablaba en voz baja y
amenazante.
Aquel encantador desconocido le daba escalofríos.
—Aléjate
de mí— Shea mantuvo la voz firme mientras su mente
trabajaba
a toda velocidad intentando buscar una forma de escapar. Él
parecía
tener todas las cartas pero...
—
Dime quién eres. —Ordenó.
—
Déjame ir ahora mismo. — Bajó la voz, transformándola en una suave
e
hipnótica melodía. —En realidad, quieres dejarme ir...
El
extraño sacudió la cabeza, y entrecerró los ojos, reconociendo la
sugestión
en la voz de ella. Inhaló una segunda vez, absorbiendo la fragancia
de
ella. Inmediatamente, su cara pareció quedarse inmóvil.
—
Reconozco este aroma. Tomas. Lleva muerto siete años. Aunque su
sangre
corre por tus venas— Su voz estaba repleta de una mortal amenaza.
Por
un momento, se quedó paralizada por el miedo. ¿Era éste el traidor
del
que Tom le había hablado? Shea agitó la cabeza hacia los lados para
librarse
de los dedos que sujetaban su barbilla.
—
No tengo ni idea de lo que estas hablando. Suéltame ahora mismo.
Él
dejó escapar el aire de sus pulmones en un siseo bajo y venenoso.
—
Si deseas vivir otra noche, me dirás qué has hecho con él.
—
Me estás haciendo daño.— Él se acercó aún más, inclinándose sobre
su
cuello, y doblando el cuerpo de Shea como si fuera un arco mientras ella
luchaba
por liberarse. Sentía su cálido aliento sobre la garganta, y Shea
gritó
al notar aquellos dientes afilados como agujas mordiendo su piel. Con
un
gemido apagado intentó apartarle, con el corazón latiendo con fuerza en
el
pecho.
De
repente, el desconocido apartó el cuello de la camiseta para
examinar
los cardenales de su garganta. Pudo advertir su desconcierto, su
confusión,
y se aprovechó de su distracción momentánea. Levantó la rodilla
tan
fuerte como pudo y gritó con todas sus fuerzas. Byron la miró tan
asombrado,
que ella casi se echó a reír. Estaba completamente seguro de
que
no querría atraer la atención sobre ella. Su siseo, una promesa mortal
de
venganza, fue la última cosa que oyó antes de que él se desvaneciera.
Y
se desvaneció, literalmente. Shea no le vio moverse. Un momento
estaba
allí, encerrándola contra la pared, y al siguiente ya no estaba. Una
fina
bruma se mezclaba con la capa de niebla que cubría el suelo hasta la
altura
de las rodillas.
Los
dos dependientes salieron corriendo de la tienda al escuchar sus
gritos.
Shea llevó se llevó la palma de la mano a la herida sangrante del
cuello
para cubrirla, y les permitió que la tranquilizaran, asegurándoles que
el
animal que había creído ver vagando en las sombras no era más que un
perro
grande, y no un lobo como pensó en un principio. Ellos se alejaron
meneando
la cabeza, riéndose de lo tontas que podían llegar a ser las
mujeres.
Shea
cargó los suministros en el coche, intentando tardar todo lo
posible:
si el sol le afectaba a ella, debía ser tan letal para su atacante como
para
Tom. Nunca había pensado que tendría que luchar con un vampiro.
Don
Wallace había sido su única pesadilla, pero sospechaba que esto era
mucho
peor. Metió la sangre cuidadosamente dentro de su gran
refrigerador,
rodeándola con los bloques de hielo. Tenía que encontrar la
forma
de llevar la sangre a Tom sin llevar al vampiro hasta él.
Esperó
de pie, haciendo tiempo antes de irse. El sol ascendía,
quemándole
la piel a través del fino algodón de su ropa. Su sombrero de ala
ancha
y sus gafas oscuras le proporcionaban algo de alivio, pero aún así,
Shea
sabía que era más seguro quedarse entre la gente hasta que pudiese,
hasta
que la debilidad pudiese con ella y no le quedara otra alternativa que
buscar
descanso en algún sombrío paraje en la oscuridad del bosque.
Notó
un leve empuje en su mente, un rastro familiar que reconoció
inmediatamente,
aliviada. Shea se fundió con Tomas. Él estaba débil, la
poca
fuerza que había recuperado se había agotado con la salida del sol.
Shea
estaba muy enfadada consigo misma por no intentando contactar antes
con
él para tranquilizarle. Debería haber sabido que él percibiría su miedo
incluso
en la distancia.
— ¿Estás bien?
—Sí, Tom. Siento no haber hablado contigo
antes.
Hizo
un esfuerzo por permanecer serena, intentando ocultarle su
inquietud.
Lo último que quería era que el hombre salvaje intentase
rescatarla,
y sabía que lo haría si supiera cómo se encontraba. Sería un
suicidio
para él intentar llegar hasta ella.
—Estás al sol. Noto tu incomodidad.
Era
una de sus reprimendas, pero ya se estaba acostumbrando a ellas.
La
arrogancia iba adquiriendo un tono principal en su voz a medida que se
recuperaba.
Respiró
profundamente, dejó salir el aire dejó lentamente, y dio el paso
decisivo.
— Había uno de tu especie aquí. Al menos creo
que era de tu especie.
Su
reacción fue explosiva: cólera ardiente, preocupación por ella y una
furia
de celos incontrolables.
Tomas
se esforzó por permanecer en silencio y escucharla. Sabía que
sus
volcánicas emociones la asustaban. Le asustaban hasta a él mismo. Las
sensaciones
le eran desconocidas, y a veces podían ser abrumadoras.
—Reconoció tu aroma, incluso te llamó por tu
nombre. Quería saber
dónde estabas. Por favor ten
mucho cuidado, Tomas. Tengo miedo, te dejé
completamente indefenso... y
creo que él irá a buscarte.
— ¿Te tocó? ¿Tomó tu sangre? —la pregunta
era imperiosa. Shea
percibió
la furia que estallaba en su cabeza.
Acarició
con la mano la herida sangrante de su cuello.
—Tú lo habrías sabido —contestó
suavemente.
Algo
de aquella furia descomunal se disipó.
— ¿Dónde estás?
—Por ahora estoy a salvo, pero creo que
intentará atraparme esta
noche. Estoy prácticamente
segura de eso, y no quiero llevarle hasta ti.
—Volverás conmigo esta noche. Directamente.
No debes permitir que
te toque, ni que intercambie
sangre contigo.
—Estaré bien, eres tú quién debe tener
cuidado, Tomas. —Intentó
tranquilizarle.
—Tengo miedo por ti, miedo de llevarle
hasta ti o de que te
encuentre mientras estoy lejos.
—No entiendes el peligro en el que estás.
Tienes que regresar conmigo.
Shea
no podía comprenderlo del todo, pero percibía su seguridad, el
miedo
que sentía por ella, y se estremeció al recordar la fuerza con que la
agarró
el desconocido... y su siseo de venganza mortal.
—No te preocupes, volveré enseguida.
Duérmete ahora, Tomas. Esto
es agotador para ti.
—Shea. —Hubo un momento de silencio, de
anhelo. —Vuelve conmigo.
Aunque no creas nada de lo que
te he dicho, créeme cuando te digo que te
necesito.
—Volveré, te lo prometo.
Shea
apoyó la frente en el volante. Estaba muy cansada y tenía los ojos
hinchados.
Las lunas tintadas de la cabina del coche impedían que se
formaran
ampollas en su piel, pero no lo harían por mucho tiempo. Sentía el
cuerpo
débil y torpe, sólo esperaba que el vampiro estuviese ya en su
guarida
y fuese incapaz de ver hacia dónde se dirigía.
Shea
condujo hacia las montañas. Al principio, para ahorrar tiempo,
siguió
el camino tan rápido como se atrevía a conducir a través de aquella
trayectoria
serpenteante y polvorienta. Cuando la luz del sol se hizo
insoportable,
siguió su propio camino a través de un sendero trazado por los
ciervos,
en busca de la sombra del bosque. El dosel de árboles le
proporcionaba
alguna protección de la implacable luz del sol que perforaba
su
cráneo. Cuando su cuerpo ya no aguantaba más, se dirigió hacia una parte
del
bosque particularmente frondosa y arrastró su cuerpo hacia la parte de
atrás
del coche. Sólo tuvo la energía suficiente para cerrar la puerta desde
dentro
y dejar la pistola a su alcance, antes de que su cuerpo se convirtiera
en
plomo. Yacía como si estuviese paralizada, con el corazón latiendo
rápidamente,
aterrorizada ante su propia debilidad.
Necesitaba
a Tomas, necesitaba tocar aquel núcleo de increíble poder
que
habitaba en su interior. Necesitaba sentir su férrea voluntad de nuevo.
Shea
le dibujó en su mente, y descubrió que eso tranquilizaba los latidos de
su
corazón. Si tan sólo pudiera abrazarle, sentir cómo la rodeaba con sus
brazos...
y de repente, de algún modo increíble, pudo sentir sus fuertes
brazos
cerrándose protectoramente a su alrededor y escuchar su corazón
latiendo
fuerte y firmemente a la vez que el de ella. Shea acarició su rostro
con
los dedos, sus ojos cerrados, con la mente concentrada en cada uno de
los
detalles de sus sensuales rasgos. Dormían separados aunque juntos, el
incomodo
sueño de los mortales, siempre conscientes del peligro que les
rodeaba,
siempre conscientes de la parálisis que atormentaba sus cuerpos.
Shea
experimentó por primera vez la calidez de tener una mente unida a la
suya,
de no estar sola nunca, la fuerza que producía la conexión de dos
seres.
El
día pasó lentamente, mientras el sol se deslizaba por el cielo,
resplandeciendo
brillante hasta esconderse tras las montañas, hundiéndose
en
el mar en un estallido de colores.
La
cueva, a unos cuantos kilómetros del coche de Shea, estaba
profundamente
excavada en la tierra. El estrecho pasaje, que conducía a un
laberinto
subterráneo de cavernas y vaporosos manantiales, era retorcido y
prácticamente
intransitable. En la más pequeña de las cavernas, bajo la rica
tierra,
un único corazón comenzó a latir. El polvo salió despedido en todas
direcciones
cuando Byron emergió desde las profundidades de la tierra.
Tras
un breve momento de desorientación, su cuerpo resplandeció y se
disolvió,
convirtiéndose en una corriente de bruma que se deslizaba a través
de
los pasadizos dirigiéndose hacia la oscura noche. Inmediatamente, la
bruma
se transformó en un enorme pájaro de grandes alas que se elevó
hacia
el cielo. Trazó varios círculos sobre el área del bosque, volando alto
sobre
el dosel de árboles, para, llegado un momento, descender tan
rápidamente
si hubiese sido disparado por un arco.
Tomas,
solo en la cabaña, percibió la perturbación del ambiente
incluso
dentro del confinamiento de las cuatro paredes. Percibió el vibrante
poder
en el aire y supo que algo peligroso le estaba buscando. Mantuvo su
mente
como si fuera la de un humano, consciente de que si el otro indagaba,
creería
que el ser de la cabaña no pertenecía a su especie. Sintió a la oscura
criatura
alada pasar sobre él, el rápido sondeo del otro en su mente, para
finalmente
alejarse volando.
— ¿Tomas? —La pregunta de Shea fue suave,
preocupada.
—Él esta cerca.
Leyó
su mente fácilmente. Tomas quería que estuviese cerca de él
para
poder protegerla, para que ningún otro hombre pudiese reclamarla.
Temía
que si regresaba con él caería directamente en manos del vampiro, y
aunque
Tomas no podía soportar la separación, no podía dejarla
desprotegida.
Su mente estaba empezando a desmenuzarse, a fracturarse,
y
la necesidad de tenerla a su lado empezaba a desesperarle.
Shea
salió de la parte de atrás y se subió al asiento del conductor.
—Estaré contigo pronto. —sintió la
sonrisa de él directamente en el
corazón.
Tomas estaba empezando a recordar el humor. –En realidad, te
gusta que haga las cosas a mi
manera y que tome mis propias decisiones,
¿verdad? —Bromeó, deseaba mantener su
mente tan estable como fuese
posible
hasta que estuviese a su lado para poder manejarle.
—Yo no apostaría por ello, pequeña
pelirroja. Lo ideal es la obediencia
inmediata.
—Eso es lo que tú deseas. —Shea
descubrió que estaba riendo, en lugar
de
tener miedo. Era una estupidez sentirse tan alegre cuando se
enfrentaban
a un peligro semejante y no sabían hacia dónde se dirigirían.
¿Dónde
podrían ir en un plazo de tiempo tan corto? Para llegar a la cabaña,
consumiría
tres o cuatro horas de su precioso tiempo.
Tom
se estiró lentamente, con mucho cuidado. Su cuerpo protestó
claramente.
El dolor había llenado su existencia toda la vida que podía
recordar,
así que permitió que se deslizara sobre él, a través de él. Viviría
para
siempre con el dolor, pero no podía vivir sin Shea. Con mucho esfuerzo,
logró
sentarse en la cama, pero la habitación pareció sacudirse y girar
locamente
antes de conseguir enderezarse.
Casi
inmediatamente, pudo sentir la sangre espesa y caliente,
susurrando
el idioma de su gente. Conocía el dolor íntimamente, pero había
olvidado
la agonía que se retorcía en sus entrañas. No importaba. Nada
importaba
excepto proteger a su compañera.
Shea
conducía como una posesa, encontrando senderos donde no había
ninguno,
sobre troncos podridos y barrancos rocosos. Algunas veces
avanzaba
deprisa, pero otras iba a paso de tortuga. Era interesante
conducir
por la noche. No necesitaba los faros. Podía ver tan claramente
como
si fuese de día. La luz de la luna se derramaba sobre el bosque,
bañando
de plata los árboles y los matorrales. Era muy hermoso, toda una
gama
de colores intensos y definidos.
Lejos
de allí, un gran búho trazaba círculos sobre una enorme y extraña
mansión
construida sobre los acantilados, acercándose a ella
cautelosamente.
Cuando el ave se posó sobre una de las columnas de piedra
de
la verja, plegó sus alas y adoptó una forma humana, en el bosque de los
alrededores
una manada de lobos empezó a lanzar aullidos de advertencia.
Casi
al mismo tiempo, un hombre salió de la casa. Perezosamente, se deslizó
desde
el velo de niebla que cubría la terraza hacia la verja. Era alto,
moreno.
El poder emanaba de su cuerpo a través de cada uno de sus poros.
Se
movía con la gracia de un enorme felino y la elegancia de un príncipe. Sus
ojos
eran tan negros como la noche y parecían guardar miles de secretos.
Aunque
no había expresión alguna en sus atractivos y sensuales rasgos,
había
peligro y una silenciosa amenaza en su porte.
—Byron.
Hace tiempo que no nos visitas. No enviaste una llamada para
anunciarte.
—su voz era suave, melódica, como terciopelo negro, pero tenía
un
matiz de censura.
Byron
se aclaró la garganta, algo inquieto, y sus oscuros ojos no
enfrentaron
la penetrante mirada del otro.
—Te
pido perdón por mis malos modales, Mikhail, pero las noticias que
traigo
son alarmantes. Vine tan rápido como pude y todavía no he
encontrado
las palabras adecuadas para lo que tengo que decirte. — Mikhail
Dubrinsky
sacudió una mano elegantemente. Era uno de los antiguos, uno de
los
más poderosos, y hacía tiempo que había aprendido a ser paciente.
—Regresé
tarde a la tierra este amanecer. No me había alimentado, así
que
fui al pueblo para atraer a alguno de los aldeanos. Cuando llegué al lugar,
percibí
la presencia de uno de nuestra estirpe, una mujer. No era como
nosotros,
sino pequeña, muy delgada, con pelo rojo oscuro y los ojos verdes.
Estoy
seguro de que estaba débil y de que no se había alimentado
recientemente.
Usando el camino mental común a los nuestros, intenté
comunicarme
con ella, pero no respondió.
—
¿Estás seguro de que era uno de nosotros? No parece posible, Byron.
Nuestras
mujeres son muy escasas, no creo que una de ellas vagara
descuidadamente
sin protección al amanecer sin que nosotros los
supiéramos.
—Pertenece
a nuestra raza, Mikhail, y nadie la había reclamado.
—
¿Y por qué no te quedaste con ella para protegerla hasta que
pudieses
traerla hasta mí? — Su voz descendió otro tono, susurrando
suavemente
la amenaza.
—Hay
más que deberías saber. Tenía marcas en el cuello, heridas de
mordiscos,
muchas. También tenía marcas en los brazos. Esta mujer ha sido
maltratada,
Mikhail.
Una
llamarada roja ardió en lo más profundo de sus ojos negros.
—Cuéntamelo
todo, incluso eso que pareces tan reacio a revelar. —su
voz
acariciante no cambió de tono ni aumentó de volumen.
Byron
permaneció en silencio durante un buen rato, y después clavó la
mirada
en los penetrantes ojos negros de Mikhail.
—La
sangre de Tomas corría por sus venas. Reconocería su aroma en
cualquier
parte.
Mikhail
no parpadeó si quiera, su cuerpo permaneció completamente
inmóvil.
—Tomas
está muerto.
Byron
meneó la cabeza.
—No
hay equivocación posible. Era Tomas.
Los
ojos negros se clavaron en Byron de nuevo, y un momento después
Mikhail
alzó el rostro, inhalando la fragancia de la noche.
Envió
una poderosa llamada siguiendo el vínculo mental de su familia y
sólo
encontró vacío, negrura, un agujero.
—Está
muerto, Byron. — Repitió suavemente, una clara advertencia de
que
debía dar el asunto por terminado.
Byron
se mantuvo en sus trece, firme como un soldado.
—No
estoy equivocado.
Mikhail
le observó durante un momento.
—
¿Estás diciendo que Tomas maltrató a esa mujer? ¿Que quizás se
ha
convertido en vampiro?— hubo un grave siseo acompañando la pregunta.
En
ese momento, el increíble poder de Mikhail comenzó a desprenderse de
su
cuerpo como un aura que llenó el aire para envolverles a ambos.
—Ella
aún forma parte de los nuestros, no se ha convertido. Estaba
visitando
el banco de sangre de la clínica local. No sé qué tipo de relación
mantiene
con Tomas, pero estoy seguro de que la hay. — Byron era firme.
—De
cualquier manera, Byron, no podemos hacer otra cosa que buscar a
esta
misteriosa mujer y protegerla hasta que sea entregada a su compañero.
Le
diré a Raven que voy a ir contigo. No quiero que sepa nada sobre Tomas.
—
dijo esto en el más suave y amenazante de los tonos, era una orden.
Bajo
estas palabras latía una oscura promesa. Si Mikhail encontraba a
Tomas
con vida, sin querer o ser incapaz de contestar a la llamada, alguien
sufriría
un castigo rápido y letal. Y si la mujer tenía algo que ver con
aquello...
Byron suspiró y miró al cielo mientras Mikhail se disolvía en la
bruma.
Nubes de tormenta comenzaron a deslizarse entre las estrellas, y la
tierra
se agitó inquieta, incómoda ante la presencia de un peligro invisible.
Cuando
Mikhail emergió de la niebla, su forma había cambiado, y su
poderoso
cuerpo emprendió el vuelo. Byron jamás había sido tan rápido como
Mikhail
y tuvo que transformarse sobre la columna de piedra antes de
lanzarse
hacía el cielo. El enorme pájaro planeó silenciosamente sobre la
tierra,
con las afiladas garras extendidas, preparadas para matar. En el
último
momento, inició el ascenso batiendo las alas con fuerza.
—La
mujer ¿cuantos años tenía?
—Joven.
Veinte, quizás un poco mayor. Sería imposible decirlo. Conocía
nuestra
lengua, podría asegurarlo, pero hablaba en inglés. Sin acento.
Utilizaba
las contracciones y la forma de hablar americanas, aunque pude
notar
un dejo de acento irlandés. Atrajo deliberadamente la atención sobre
nosotros...
Ninguno de su especie haría una cosa así. Me vi obligado a
dejarla,
como ella sabía que ocurriría. Era capaz de soportar la luz del sol
más
tiempo que yo. Si fuese una mujer vampiro, eso habría sido imposible.
Ambos
búhos atravesaron el cielo nocturno, llevando la brisa con ellos.
Un
silencioso silbido anunciaba la fuerza del viento. Bajo ellos, los árboles
oscilaban
y se sumergían en el suelo del bosque. Pequeñas criaturas se
escurrían
nerviosamente hacia sus madrigueras y las nubes se movían,
ocultando
las estrellas.
A
Shea empezaban a dolerle los brazos mientras daba sacudidas sobre
la
escabrosa vegetación. Apretaba el volante con tanta fuerza que tenía los
dedos
prácticamente entumecidos. Empezaba sospechar que se había
perdido,
cuando el todoterreno saltó violentamente y se adentró en un
riachuelo
poco profundo, reconociendo súbitamente el oculto sendero que
conducía
hacia la cabaña. Exhalando un suspiro de alivio, giró. El camino de
hierba
estaba plagado de agujeros y rocas, pero conocía bien los giros y
recodos,
así que no tardó mucho.
Trató
de unirse a Tomas en dos ocasiones, pero él resistió sus
intentos.
Eso la preocupaba. Se dijo a sí misma que él no se encontraba en
peligro.
Estaba segura que habría percibido si el tal Byron le hubiese
encontrado,
pero no podía evitar preocuparse por si algo salía mal. Cuando
por
fin divisó la cabaña, soltó un audible suspiro de alivio. Tardó un poco en
retirar
los dedos del volante y relajar la tensión de los músculos de sus
piernas.
Cuando consiguió deslizarse fuera de la cabina, aún le temblaban las
piernas.
Estaba
empezando a levantarse un fuerte viento, formando pequeños
remolinos
en los que volaban las hojas caídas y algunas ramas. Sobre su
cabeza,
las ramas crujían y se balanceaban. Jirones grises y negros se
deslizaban
a través del cielo, ocultando las estrellas una a una. El trueno se
escuchó
en la lejanía, las nubes parecían oscuras y densas. Temblando, Shea
miró
hacia arriba, segura de que la tormenta era un presagio del peligro.
El
hambre roía sus entrañas, siempre presente, implacable. Parecía
empeorar
día a día, y sin sangre, cada vez estaría más débil. En ese
momento,
pensaba, nada tenía importancia salvo mantener a Tomas a salvo.
Cuadrando
los hombros, se encaminó hacia el porche. La cabaña estaba a
oscuras,
Tomas no podía moverse para abrir los postigos ni encender la
luz.
Shea metió la llave en la cerradura y abrió la puerta, ansiosa por verle.
Tomas
estaba incorporado y apoyado contra la pared. Llevaba puestos
unos
pantalones de algodón y nada más. Parecía pálido, muy delgado, con las
líneas
de tensión profundamente grabadas en su atractivo rostro. Un hilillo
de
sangre caía de la herida que tenía sobre el corazón. Estaba descalzo, y
tenía
la abundante cabellera totalmente enredada. Un brillo de
transpiración
envolvía su cuerpo, y tenía una mancha carmesí en la frente,
con
varias gotas escarlata salpicando su piel.
—
¡Oh, Dios!— A Shea casi le da un infarto. Podía saborear el miedo en
la
boca, repentinamente seca. —Tomas, ¿Qué has hecho? ¿En que estabas
pensando?—Casi
atravesó de un salto la distancia que los separaba, sin advertir lo rápido que
era capaz de moverse. Las lágrimas le ardían en la garganta y
detrás
de los ojos. Lo que Tomas se estaba haciendo a sí mismo la ponía
físicamente
enferma.
—
¿Por qué has hecho esto?—preguntó mientras examinaba con manos
suaves
y tiernas la herida abierta, — ¿Por qué no me esperaste?— Incluso
mientras
se inclinaba sobre él, el pensamiento más tonto le vino a la cabeza.
¿Dónde
había conseguido unos pantalones de su talla? Aunque eso ahora no
tenía
mucha importancia.
—Vendrá esta noche, y debo protegerte.
—De
esta manera no podrás hacerlo... Por si no te has dado cuenta, te
advierto
que tienes un enorme agujero en el pecho. En esa postura,
conseguirás
que se suelten los puntos. Tenemos que tumbarte.
—Viene hacia aquí.
—No
me preocupa, Tomas. Podemos abandonar este lugar y viajar
toda
la noche si es necesario. Tenemos armas. Quizás no podamos matarle,
pero
le retrasaremos. —La verdad era que Shea no estaba segura de poder
disparar
a nadie. Era una doctora, una cirujana, una sanadora. La simple idea
de
acabar con una vida le revolvía el estómago. Tenía que suturar a Tomas
lo
más rápido posible y salir de allí cuanto antes. Evitar los problemas
parecía
mucho más fácil que afrontarlos.
Él
leyó su mente, y percibió lo repugnante que le parecía la idea de
asesinar
a alguien.
—No te preocupes, Shea, yo no tengo el más
mínimo reparo en acabar
con él. –se tambaleó apoyándose
contra ella, y casi les derriba a ambos.
—
No estoy segura de que eso sea una gran noticia...— dijo entre
dientes,
De algún modo, consiguieron llegar hasta la cama. —Y si pudieses
verte
en estos momentos, no estarías tan seguro de poder matar ni siquiera
una
mosca.
Tomas
extendió su enorme cuerpo sobre las sábanas, sin emitir ni un
sonido.
Mantuvo su mente firmemente cerrada, intentando no compartir su
agonía
con ella. De todas maneras, poco importaba. Shea podía verla
claramente
dibujada en su cara, en las líneas pálidas que se formaron
alrededor
de su boca y en el vacío absoluto de sus oscuros ojos.
—Siento
mucho haberte dejado solo. — Retiró el pelo de su frente,
acariciando
con los dedos las oscuras hebras de reflejos casi azulados. Con
la
muerte en el alma, empezó a preparar su equipo. El movimiento iba a
herirle
otra vez, y una vez más iba a ser ella la que debía causarle dolor.
—No me estás torturando, pequeña pelirroja.
—Sé
que piensas eso, Tomas. —contestó con cansancio, asegurando
descuidadamente
el pelo rojo que caía alrededor de su cara con un pasador
en
la nuca. —Te hice daño al traerte aquí, cuando te operé sin anestesia, y
ahora
voy a hacerlo de nuevo. — Shea colocó la bandeja con el instrumental
quirúrgico
al lado de la cama. — Estás perdiendo demasiada sangre, otra
vez.
Déjame detener esto primero y después te daré sangre de nuevo. — se
mordía
el labio con fuerza mientras secaba el fluido rojo y examinaba la
herida
abierta.
Afuera,
el viento aullaba, sacudiendo las ventanas y golpeando las ramas
contra
las paredes de la cabaña. Era un ruido molesto, y a Shea le ponía los pelos
de punta. De repente, sintió un suave susurro, como una amenaza de
muerte
contra su piel. Tomas la agarró del brazo, sujetando la mano con la
que
intentaba reparar el daño.
—Ya está aquí.
—Es
el viento— no lo creía, pero no había nada que pudiera hacer hasta
que
le hubiese cerrado la herida.
La
intensidad del viento aumentó, produciendo un sonido que se parecía
a
un extraño alarido. El rugido de un trueno desgarró el aire a la vez que una
enorme
descarga de luz zigzagueó en el cielo. La pesada puerta delantera
explotó,
y las astillas inundaron la habitación. Shea se giró rápidamente,
sujetando
todavía la aguja y el hilo con sus manos ensangrentadas. Tomas,
que
yacía en su mundo de agonía, estaba tan pálido que las gotas de
transpiración
brillaban sobre su piel, pero aún así intentó sentarse.
Dos
hombres llenaron el vano de la puerta. Shea reconoció a Byron,
pero
fue el hombre que había justo a su lado quien atrajo su aterrorizada
mirada.
Era el individuo más poderoso que había visto en su vida. En sus ojos
ardía
una furia implacable. Había algo vagamente familiar en él, pero estaba
demasiado
asustada para intentar identificar lo que era. Un grito de alarma
escapó
de su garganta. Giró y cogió la pistola.
De
repente, Mikhail se convirtió en un mero contorno borroso y
moviéndose
con increíble velocidad, arrancó fácilmente el arma de las manos
de
Shea y la lanzó descuidadamente a un lado. Sus brillantes ojos se
clavaron
entonces en Tomas, y un siseo grave y cargado de amenaza
emergió
de su garganta.
Tomas
afrontó aquella abrasadora mirada sin vacilar, sus propios ojos
estaban
cargados de fría cólera, odio desafiante y una resolución letal.
Intentó
embestir al hombre más pesado, pero Mikhail se apartó y agarró a
Shea
por la garganta, golpeándola con tanta fuerza contra la pared que la
dejó
sin aliento. Nunca había visto a nadie que tuviese tanta fuerza en una
sola
mano. La mantuvo por encima de su cabeza, clavada en la pared,
mientras
la vida de Shea se escurría, literalmente, entre sus dedos.
Súbitamente,
el aire de la habitación se hizo más denso, cargado de
emociones
intensas, repleto de furia y violencia. Aunque Byron lanzó un
gruñido
de advertencia, una silla flotó en el aire y salió disparada a través
de
la habitación directamente encaminada hacia la cabeza de Mikhail. En el
último
momento posible, aquel hombre increíble, giró la cabeza y consiguió
esquivar
la silla, que se hizo añicos contra la pared muy cerca de la cara de
Shea.
Mikhail
se giró para afrontar a Tomas, arrastrando a Shea con él
mientras
sus dedos se clavaban profundamente en su cuello.
—
¿Qué le has hecho?— preguntó con voz suave y amenazante. La
sacudió
como a una muñeca de trapo. Su voz descendió un tono. Grave.
Insidiosa.
Envolvió a Shea como si fuera terciopelo. —Dime
qué le has
hecho. —La voz estaba en su cabeza,
aunque no utilizaba la misma conexión
mental
que Tomas.
Con
las últimas fuerzas que le quedaban, luchó contra él, intentando
respirar
y tratando de impedir que se colara en su mente. Otra silla voló
hacia
Mikhail, esta vez desde el lado izquierdo. Con un movimiento suave de
su
mano la detuvo en medio del aire, donde flotó unos instantes antes de
caer
al suelo. Entre tanto, aquellos horribles dedos no se separaban de su
garganta.
La sujetaba sin esfuerzo, estrangulándola con una mano.
Shea
jadeaba por el esfuerzo, luchando por conseguir algo de aire para
respirar.
La habitación comenzó a dar vueltas, y empezó a ver pequeños
puntos
blancos que salían disparados en todas direcciones. Tomas percibió
que
ella perdía la conciencia y la bestia de su interior tomó el control,
desatando
en su mente un delirio asesino. Saltó de la cama como una estela
borrosa
de furia, con el único objetivo de defender a Shea y matar a su
atacante.
Mikhail tuvo que echarse a un lado y liberar a Shea, quien cayó al
suelo
incapaz de hacer otra cosa que permanecer allí tratando de respirar
desesperadamente.
—Tomas.
— La voz de Mikhail, era suave y convincente. —Soy tu
hermano,
¿No me reconoces?— hizo muchos intentos de conectar con la
destrozada
mente, pero sólo encontró una necesidad feroz de matar. Miró
indeciso
a Byron, con la pregunta dibujada en los ojos.
—No existe el vínculo mental, ni siquiera
fragmentos a los que pueda
aferrarme. —Mikhail tuvo que moverse a
gran velocidad para evitar el
siguiente
ataque de Tomas, que arrojó con furia dos lámparas hacia su
cabeza.
Reapareció en una esquina apartada, pasándose una mano por el pelo
con
preocupación.
Tomas
se arrastró por el suelo hasta llegar donde se encontraba
Shea,
y se sentó apoyándose contra la pared, intentando proteger el cuerpo
de
la mujer con el suyo propio. Shea percibió el olor de la sangre fresca, y
entonces
se dio cuenta que corría abundante a lo largo de su brazo y su
costado.
Miró alrededor, aturdida y confusa, antes de percatarse de lo que
estaba
pasando.
—
¡Tomas! —en unos segundos estaba apretándole la herida,
olvidándolo
todo excepto su necesidad de salvarle. —Tenéis tres opciones.
—
les dijo bruscamente a los intrusos. —Matarnos a los dos ahora y
terminar
con esto de una vez, dejarnos en paz o ayudarme a salvarle. —
únicamente
se escuchó silencio. — ¡Maldita sea! Elegid ya. —Su voz sonaba
ronca
y áspera, ya que prácticamente la habían estrangulado, pero quedaba
claro
que era la voz de una profesional.
Mikhail
se acercó para ayudarla. Tomas, creyendo que iba a atacarles,
empujó
a Shea hacia atrás y gruñendo como una animal salvaje situó su
cuerpo
delante de ella.
— ¡Aléjate!— gritó Shea a Mikhail. Se
fundió totalmente con Tomas.
Su
corazón latía tan fuerte que temía que fuera a estallar. No había nada en
su
mente, tan sólo una neblina de violencia mezclada con una furia asesina,
que
la impedían llegar hasta él.
Mikhail
se disolvió instantáneamente, reapareciendo a una distancia
mayor.
—Tomas, déjame ayudarte. –rogó Shea
tratando de llegar hasta su
cordura
para poder tranquilizarle.
Él
lanzó un gruñido, y sus colmillos resplandecieron en una clara
advertencia
de que permaneciese detrás de él.
—Se
ha transformado, Mikhail. —Murmuró Byron. — Es peligroso
incluso
para la mujer. No podemos permitirnos perderla.
Shea
los ignoró, susurrando palabras sin sentido en la mente de
Tomas,
intentando desesperadamente de traerle de vuelta a la realidad. A
la
vez, examinaba de nuevo la herida con las manos.
—No me tocarán, hombre salvaje. Se quedarán
lejos de nosotros. Por
favor, déjame ayudarte o estaré
desprotegida frente a ellos. Estaré sola. —
Se
negaba a que le mataran las heridas, y no dejaría que la locura se
apoderara
de él. Aquellos desconocidos podrían matarles, pero jamás
permitiría
que las heridas o la locura la derrotaran. Tenía miedo por él, tenía
miedo
de él, pero no le abandonaría.
—
¿Qué necesitas?— preguntó Mikhail suavemente.
—La
bandeja con el instrumental. — Contestó, sin ni siquiera girar la
cabeza
para mirarle. Tenía puesta toda su atención en tratar de tranquilizar
a
Tomas.
—Tu
cirugía es primitiva. Llamaré a nuestro sanador. — y al instante
envió
una imperiosa llamada mental.
—Habrá
muerto para entonces. Maldito seas... Lárgate de aquí si no
piensas
ayudarme. — Shea estaba furiosa. —No puedo luchar contra los dos,
y
de ninguna manera pienso permitir que él muera sólo porque a ti no te
gustan
mis métodos.
Con
mucho cuidado, intentando no despertar la cólera de Tomas,
Mikhail
empujó la bandeja por el suelo, y ésta se deslizó hasta quedar al
alcance
de Shea.
Tomas
no apartó ni por un momento los ojos de los dos hombres,
observándoles
con odio y una oscura promesa de venganza. Cuando Shea
cambió
de posición, él se movió a la vez, de manera que ella siempre quedaría
protegida
detrás de su cuerpo, aunque tuviese que aplastarla contra la
pared.
—Necesito
tierra fresca. — La voz de Shea era ronca, pero autoritaria.
Sus
movimientos eran lentos y cuidadosos para evitar que Tomas se
alarmara.
Byron
se encogió de hombros y se dirigió de mala gana a cumplir su
orden,
pero antes, miró fijamente a Mikhail a través de la habitación.
Estaba
claro que Byron creía que Tomas representaba un enorme peligro
para
todos ellos.
Shea
tosió varias veces, tenía la garganta inflamada bajo las visibles
marcas
de los dedos de Mikhail. Se arrodilló lentamente junto a Tomas.
Manteniendo
las manos firmes y absolutamente concentrada en su tarea,
empezó
a colocar pequeñas grapas y a dar puntos para reparar
meticulosamente
la herida abierta. Era un trabajo lento y tedioso, pero
luchó
por mantener su unión mental en todo momento mientras suturaba,
entregando
su mente a la tarea de tranquilizarle y mantenerle a su lado,
mientras
se aseguraba de que las heridas no volvieran a sangrar.
El
interior de Tomas era un caldero en el que hervían violentas
emociones.
Jamás apartaba la mirada de los dos hombres. Una vez, alzó la
mano
para acariciar el sedoso pelo de Shea, deslizando los dedos sobre el
cardenal
que tenía en la sien, fruto del golpe contra la pared. Cuando dejó
caer
la mano, Shea temía que, con ella, hubiese dejado caer también el
último
lazo que le mantenía unido a ella.
Cubrió
la herida con tierra y saliva y se incorporó lentamente.
—Necesitas
sangre, Tomas. — dijo suave y amablemente, invitándole.
Él
debía sobrevivir, tenía que seguir viviendo. Cada célula de su cuerpo
gritaba
porque así fuera.
Él
no apartaba la mirada vacía y sin alma de Mikhail y Byron. Jamás
había
observado un odio tan crudo y despiadado en los ojos de nadie. No la
miró,
ni siquiera se dio por enterado. Su cara no mostraba ninguna señal del
dolor
que estaba padeciendo.
—Mi
sangre es antigua y poderosa. — dijo Mikhail con suavidad. —Le
daré
la mía. — Se acercó casi deslizándose, con una felina elegancia carente
de
movimientos bruscos que pudieran alterar a Tomas.
Shea
percibió la salvaje sensación de triunfo que invadió a Tomas, y
notó
que estaba reuniendo sus fuerzas. Antes de que Mikhail se acercara
más,
se colocó entre ellos.
—
¡No! Te matará, está intentando...
Tomas
tiró de ella brutalmente, aferrándola del pelo con fuerza para
colocarla
de nuevo a su lado. Su furia era colosal. Sin apartar los ojos de
Mikhail,
inclinó la cabeza y hundió los dientes en el cuello de Shea.
—
¡No! — Byron se lanzó hacia él, pero Mikhail le detuvo con una mano
en
alto, mientras su negra mirada seguía fija en Tomas.
Shea
se sintió invadida por una oleada de calor, como si la estuviesen
marcando
con un hierro al rojo vivo. Se dio cuenta de que Tomas estaba
furioso
por su intervención, y de que tenía la intención de invitar a los otros
a
que intentaran detenerle para ponerles a su alcance. Se mantuvo
completamente
inmóvil, aceptando esa parte violenta de su naturaleza.
Estaba
tan cerca de volverse completamente loco, que cualquier movimiento
en
falso le haría traspasar los límites. Se sentía muy cansada, y le dolía todo
el
cuerpo. Le pesaban los párpados a medida que un delicioso letargo se
apoderaba
de su cuerpo. Daría sin dudarlo su vida por la de Tomas. Él no
estaba
tomando nada que ella no deseara darle.
—La
estás matando, Tomas. — dijo Mikhail en voz baja. — ¿De verdad
es
eso lo que quieres?— Permanecía allí de pie, sin moverse, observándole
atentamente
con ojos pensativos.
—Haz
que se detenga. — murmuró Byron entre dientes. —Está tomando
demasiada
sangre. Está haciéndole daño deliberadamente.
Los
fríos ojos de Mikhail se clavaron en Byron tan sólo por un momento,
pero
fue suficiente para transmitirle la orden y la advertencia de que se
mantuviese
al margen.
Byron
sacudió la cabeza, pero permaneció en silencio.
—No
la matará. — dijo Mikhail con la misma voz tranquila. —Espera que
alguno
de nosotros intente detenerle. Es a nosotros a quien quiere matar.
Quiere
atraernos hacia él. No se apartará de su lado, así que no seremos tan
estúpidos
como para acercarnos. No le hará daño. Sal fuera y busca algo
para
reparar la puerta. Iré contigo en un momento.
Byron
salió a regañadientes, y aguardó en el porche a que Mikhail se
reuniera
con él.
—Estás
jugando con la vida de la mujer. No ha sucumbido a la
oscuridad,
y él está abusando de ella. No puede permitirse perder tanta
sangre.
Tomas era mi amigo, pero el ser que está ahí dentro ya no es uno
de
los nuestros. Ni siquiera nos reconoció. No pudiste controlarle, y nadie
podrá
hacerlo.
—Ella
sí puede. Él no se ha transformado, Byron, tan sólo está herido y
enfermo.
— Mikhail pronunció las palabras con calma, su voz era como el
terciopelo
negro, suave y acariciante.
Furioso,
Byron se alejó.
—Debería
haber cogido a la mujer.
—No
te equivoques, Byron. Aunque Tomas parezca débil, aún es
extremadamente
fuerte. Antes de su desaparición, pasó muchos años
estudiando.
Durante el último año de su vida, se dedicó a cazar vampiros.
Con
la mente tan dañada, es más bestia que hombre, casi un depredador,
pero
su inteligencia permanece intacta y también toda su astucia. No te das
cuenta
de lo que sucede. Quienquiera que sea esa mujer, está pagando un
alto
precio por intentar salvarle. Creo que ya ha hecho su elección.
—El
ritual aún no se ha completado. No se ha acostado con él, lo
habríamos
sabido. — dijo Byron testarudamente y empezó a pasear
inquietamente
de un lado a otro. — Hay muchos de nosotros sin una mujer y
aún
así permites que la vida de ésta corra peligro.
—Cada
uno tiene sólo una compañera, y ella, obviamente, pertenece a
Tomas.
—No
estamos seguros de que eso sea cierto. Si él no fuese tu
hermano...—
comenzó a decir Byron.
Un
grave gruñido le detuvo.
—No
veo ninguna razón para que cuestiones mi juicio sobre este asunto,
Byron.
He tenido más de un hermano, y nunca he permitido que la relación
con
ellos interfiriese en lo que creo justo y correcto.
—Fue
Gregori el que cazó a tu otro hermano. — Señaló Byron.
Mikhail
giró la cabeza lentamente, y el relámpago que atravesó el cielo
se
reflejó en sus ojos.
—Por
orden mía.
HOLA!!! BUENO UNA DISCULPA POR NO SUBIR PERO YA REGRESE ... SI HAY DOS COMENTARIOS AGREGO MAÑANA O PASADO MAÑANA ... BUENO HASTA PRONTO :))
Ay Dios! No se si confiar en ellos..
ResponderEliminarSiguelaaa
Ay Dios! No se si confiar en ellos..
ResponderEliminarSiguelaaa
Sigueee
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