jueves, 28 de julio de 2016

6

Capítulo Seis
El amanecer rayaba el cielo cuando Shea comenzó el viaje por las
agrestes tierras hacia el pueblo más cercano. Necesitaba combustible,
hierbas, suturas y suministros varios, y sobre todo sangre. Sangre pura.
Toda su vida había luchado contra el cansancio durante las horas del día,
pero ahora era mucho más que cansancio. Estaba exhausta. Y le
aterrorizaba ser capturada sola en el campamento en un estado tan débil.
Sabía que le sería imposible protegerse ella sola. Pero más que nada, temía
que le ocurriese algo a Tomas mientras estaban separados.
Shea aparcó en la gasolinera del pueblo y se apeó del coche. Casi
inmediatamente se sintió inquieta, sin saber muy bien por qué. Tan sólo unos
pocos habitantes del pueblo iban de un lado para otro a una hora tan
temprana. Se apoyó intentando parecer indiferente contra el vehículo,
mirando a su alrededor. No pudo detectar a nadie, pero sentía unos ojos
clavados en ella, alguien o algo la observaba. La sensación era intensa.
Levantando su barbilla, se esforzó por no hacer caso de su fabulosa
imaginación mientras llenaba el depósito del coche, el de reserva y los dos
depósitos para su generador.
La sensación de ser observada se hizo más intensa, y se le puso la piel
de gallina. De repente, algo empujaba su mente. No era Tomas.
Reconocería su contacto. El miedo se apoderó de ella, pero se mantuvo
firme, como toda una profesional, concentrándose en el único propósito de
terminar su tarea tan rápido como le fuese posible. Lo que quiera que fuese
se retiró, incapaz de penetrar en su mente.
Shea condujo por la calle, prácticamente desierta y aparcó cerca del
pequeño centro médico. Esta vez, mientras se bajaba del asiento, examinó
las sombras de su alrededor utilizando cada sentido que poseía. Vista.
Gusto. Oído. Instinto. Había alguien, algo la había seguido y estaba cerca,
podía percibirlo pero no era capaz de encontrarlo.
¿Tom? –rozó su mente suavemente, temiendo de pronto estar
percibiendo algo que le estuviese sucediendo a él.
Estoy esperando tu regreso. —Sintió su cansancio. La luz de la
mañana era incluso más dura para él que para ella. Odiaba estar lejos de él.
Volveré pronto.
Shea inspiró profundamente y miró a su alrededor, decidida a
encontrar lo que la hacía sentirse tan incómoda. Un hombre descansaba
perezosamente, a la sombra de un árbol. Era alto, moreno y permanecía
completamente inmóvil, como un cazador. Sintió el impacto de sus ojos
cuando su mirada se encontró con la suya por casualidad.
Le dio un vuelco el corazón. ¿Quién era? ¿La habría encontrado Wallace
tan pronto? Se dio la vuelta. Lo primero que debía hacer era encargarse de
llevar a cabo su misión. Sacó su ordenador y tecleó la orden para acceder al
banco de sangre de la clínica. Si tenía que mover a Tom, necesitarían
suministros desesperadamente.
Un momento después, Shea se sintió que se había comportado como una
estúpida. La puerta de la pequeña tienda que había al otro lado la calle se
abrió de repente, y el menudo propietario salió con un delantal atado
alrededor de su amplia cintura y una escoba en la mano. Saludó
abiertamente a la figura que permanecía inmóvil bajo el árbol.
— Buenos días Byron. Es un poco temprano, ¿no?
Ella reconoció el dialecto local. El hombre alto y de pelo oscuro
contestó en el mismo lenguaje, pero su voz era grave, muy bella. Salió de las
sombras, parecía joven y muy atractivo. Dirigió una rápida y divertida
sonrisa al tendero mientras se acercaba a él. Estaba claro que se conocían,
parecían amigos. El hombre moreno no era un extraño en la zona, y no
parecía mostrar el más mínimo interés en Shea. Observó a Byron mientras
éste inclinaba educadamente la cabeza ante hombre más anciano,
escuchándole atentamente mientras le pasaba un brazo por los hombros.
Shea soltó un suspiro de alivio. La sensación de ser observada
desapareció, y no estaba segura de si había sido real o ficticia. Miró un
momento a los dos hombres que se adentraban en el bosque hasta que se
confundieron entre las sombras de los árboles. El sonido de sus risas llegó
flotando hasta ella. El joven, que era más alto, inclinó la cabeza aún más
para escuchar cada palabra que pronunciaba el tendero.
A toda prisa, entró en la tienda y le pidió al dependiente un juego de
sábanas, una almohada, varios bloques de hielo y algo de ropa para Tom.
El pequeño hospital ya tenía preparados los suministros que les había
solicitado, y un atento dependiente se interesó por su clínica ambulatoria,
tratándola como a una clienta ciertamente valiosa. Sintiéndose un poco
culpable, finalizó su transacción lo más rápidamente posible. Necesitaba
subirse a su todoterreno y encontrar un lugar oscuro en el que pudiese
dormir hasta que fuera seguro regresar junto a Tom. Salió fuera a toda
prisa.
La luz perforó sus ojos como si fuera un millar de agujas. Se tambaleó,
pero entonces una mano fuerte se cerró sobre su brazo, impidiéndole que
cayera. Murmurando un gracias, rebuscó torpemente en su bolsillo buscando
las gafas de sol para cubrirse los ojos.
— ¿Que estas haciendo aquí sola y desprotegida? —La voz era suave, y
el dialecto y el acento se parecían curiosamente a los de Tom.
Shea se quedó sin respiración y trató de liberarse. Aquel hombre alto y
moreno se limitó a empujarla hacia las sombras, apoyándola contra la pared
del edificio y colocando su enorme cuerpo delante de ella, bloqueando su
huida.
— ¿Quién eres? —le preguntó. — Eres menuda y con la piel demasiado
clara para ser uno de los nuestros. —alzó la barbilla de Shea con la mano, de
manera que ella pudo ver sus penetrantes ojos tras las gafas de sol que él
llevaba. — Tu aroma me es familiar, pero esquivo. ¿Cómo es que no sabía
nada de tu existencia? —por un momento, la satisfacción curvó la boca de
Byron. — Estás libre, eso está muy bien.
— No le conozco señor, y me está asustando. Tengo mucha prisa, así
que haga el favor de dejarme marchar. —Shea utilizó su tono de voz más
frío y desdeñoso, hablando deliberadamente en inglés. Aquel hombre era
enormemente fuerte y eso la asustaba bastante.
— Soy Byron— dijo únicamente su nombre, como si eso fuera
suficiente. — Soy un hombre de los Cárpatos, y tú una mujer libre. El sol
está subiendo, y no has tenido tiempo de buscar un refugio para el
amanecer. No puedo hacer otra cosa para ayudarte que ofrecerte mi
protección.
Adoptó fácilmente un marcado acento inglés. Su voz parecía deslizarse
dentro de ella. Daba la sensación de ser un caballero muy amable, pero no la
había soltado ni se había movido un centímetro para permitirle pasar.
Inspiró, arrastrando a sus pulmones la fragancia de la mujer y, de
repente su conducta cambió por completo. Su cuerpo se tensó y le clavó los
dedos en el brazo. Unos dientes blancos resplandecieron, la señal de
advertencia del depredador.
— ¿Por qué no contestaste cuando te hablé? —hablaba en voz baja y
amenazante. Aquel encantador desconocido le daba escalofríos.
—Aléjate de mí— Shea mantuvo la voz firme mientras su mente
trabajaba a toda velocidad intentando buscar una forma de escapar. Él
parecía tener todas las cartas pero...
— Dime quién eres. —Ordenó.
— Déjame ir ahora mismo. — Bajó la voz, transformándola en una suave
e hipnótica melodía. —En realidad, quieres dejarme ir...
El extraño sacudió la cabeza, y entrecerró los ojos, reconociendo la
sugestión en la voz de ella. Inhaló una segunda vez, absorbiendo la fragancia
de ella. Inmediatamente, su cara pareció quedarse inmóvil.
— Reconozco este aroma. Tomas. Lleva muerto siete años. Aunque su
sangre corre por tus venas— Su voz estaba repleta de una mortal amenaza.
Por un momento, se quedó paralizada por el miedo. ¿Era éste el traidor
del que Tom le había hablado? Shea agitó la cabeza hacia los lados para
librarse de los dedos que sujetaban su barbilla.
— No tengo ni idea de lo que estas hablando. Suéltame ahora mismo.
Él dejó escapar el aire de sus pulmones en un siseo bajo y venenoso.
— Si deseas vivir otra noche, me dirás qué has hecho con él.
— Me estás haciendo daño.— Él se acercó aún más, inclinándose sobre
su cuello, y doblando el cuerpo de Shea como si fuera un arco mientras ella
luchaba por liberarse. Sentía su cálido aliento sobre la garganta, y Shea
gritó al notar aquellos dientes afilados como agujas mordiendo su piel. Con
un gemido apagado intentó apartarle, con el corazón latiendo con fuerza en
el pecho.
De repente, el desconocido apartó el cuello de la camiseta para
examinar los cardenales de su garganta. Pudo advertir su desconcierto, su
confusión, y se aprovechó de su distracción momentánea. Levantó la rodilla
tan fuerte como pudo y gritó con todas sus fuerzas. Byron la miró tan
asombrado, que ella casi se echó a reír. Estaba completamente seguro de
que no querría atraer la atención sobre ella. Su siseo, una promesa mortal
de venganza, fue la última cosa que oyó antes de que él se desvaneciera.
Y se desvaneció, literalmente. Shea no le vio moverse. Un momento
estaba allí, encerrándola contra la pared, y al siguiente ya no estaba. Una
fina bruma se mezclaba con la capa de niebla que cubría el suelo hasta la
altura de las rodillas.
Los dos dependientes salieron corriendo de la tienda al escuchar sus
gritos. Shea llevó se llevó la palma de la mano a la herida sangrante del
cuello para cubrirla, y les permitió que la tranquilizaran, asegurándoles que
el animal que había creído ver vagando en las sombras no era más que un
perro grande, y no un lobo como pensó en un principio. Ellos se alejaron
meneando la cabeza, riéndose de lo tontas que podían llegar a ser las
mujeres.
Shea cargó los suministros en el coche, intentando tardar todo lo
posible: si el sol le afectaba a ella, debía ser tan letal para su atacante como
para Tom. Nunca había pensado que tendría que luchar con un vampiro.
Don Wallace había sido su única pesadilla, pero sospechaba que esto era
mucho peor. Metió la sangre cuidadosamente dentro de su gran
refrigerador, rodeándola con los bloques de hielo. Tenía que encontrar la
forma de llevar la sangre a Tom sin llevar al vampiro hasta él.
Esperó de pie, haciendo tiempo antes de irse. El sol ascendía,
quemándole la piel a través del fino algodón de su ropa. Su sombrero de ala
ancha y sus gafas oscuras le proporcionaban algo de alivio, pero aún así,
Shea sabía que era más seguro quedarse entre la gente hasta que pudiese,
hasta que la debilidad pudiese con ella y no le quedara otra alternativa que
buscar descanso en algún sombrío paraje en la oscuridad del bosque.
Notó un leve empuje en su mente, un rastro familiar que reconoció
inmediatamente, aliviada. Shea se fundió con Tomas. Él estaba débil, la
poca fuerza que había recuperado se había agotado con la salida del sol.
Shea estaba muy enfadada consigo misma por no intentando contactar antes
con él para tranquilizarle. Debería haber sabido que él percibiría su miedo
incluso en la distancia.
¿Estás bien?
Sí, Tom. Siento no haber hablado contigo antes.
Hizo un esfuerzo por permanecer serena, intentando ocultarle su
inquietud. Lo último que quería era que el hombre salvaje intentase
rescatarla, y sabía que lo haría si supiera cómo se encontraba. Sería un
suicidio para él intentar llegar hasta ella.
Estás al sol. Noto tu incomodidad.
Era una de sus reprimendas, pero ya se estaba acostumbrando a ellas.
La arrogancia iba adquiriendo un tono principal en su voz a medida que se
recuperaba.
Respiró profundamente, dejó salir el aire dejó lentamente, y dio el paso
decisivo.
Había uno de tu especie aquí. Al menos creo que era de tu especie.
Su reacción fue explosiva: cólera ardiente, preocupación por ella y una
furia de celos incontrolables.
Tomas se esforzó por permanecer en silencio y escucharla. Sabía que
sus volcánicas emociones la asustaban. Le asustaban hasta a él mismo. Las
sensaciones le eran desconocidas, y a veces podían ser abrumadoras.
Reconoció tu aroma, incluso te llamó por tu nombre. Quería saber
dónde estabas. Por favor ten mucho cuidado, Tomas. Tengo miedo, te dejé
completamente indefenso... y creo que él irá a buscarte.
¿Te tocó? ¿Tomó tu sangre? —la pregunta era imperiosa. Shea
percibió la furia que estallaba en su cabeza.
Acarició con la mano la herida sangrante de su cuello.
Tú lo habrías sabido —contestó suavemente.
Algo de aquella furia descomunal se disipó.
¿Dónde estás?
Por ahora estoy a salvo, pero creo que intentará atraparme esta
noche. Estoy prácticamente segura de eso, y no quiero llevarle hasta ti.
Volverás conmigo esta noche. Directamente. No debes permitir que
te toque, ni que intercambie sangre contigo.
Estaré bien, eres tú quién debe tener cuidado, Tomas. —Intentó
tranquilizarle. —Tengo miedo por ti, miedo de llevarle hasta ti o de que te
encuentre mientras estoy lejos.
No entiendes el peligro en el que estás. Tienes que regresar conmigo.
Shea no podía comprenderlo del todo, pero percibía su seguridad, el
miedo que sentía por ella, y se estremeció al recordar la fuerza con que la
agarró el desconocido... y su siseo de venganza mortal.
No te preocupes, volveré enseguida. Duérmete ahora, Tomas. Esto
es agotador para ti.
Shea. —Hubo un momento de silencio, de anhelo. —Vuelve conmigo.
Aunque no creas nada de lo que te he dicho, créeme cuando te digo que te
necesito.
Volveré, te lo prometo.
Shea apoyó la frente en el volante. Estaba muy cansada y tenía los ojos
hinchados. Las lunas tintadas de la cabina del coche impedían que se
formaran ampollas en su piel, pero no lo harían por mucho tiempo. Sentía el
cuerpo débil y torpe, sólo esperaba que el vampiro estuviese ya en su
guarida y fuese incapaz de ver hacia dónde se dirigía.
Shea condujo hacia las montañas. Al principio, para ahorrar tiempo,
siguió el camino tan rápido como se atrevía a conducir a través de aquella
trayectoria serpenteante y polvorienta. Cuando la luz del sol se hizo
insoportable, siguió su propio camino a través de un sendero trazado por los
ciervos, en busca de la sombra del bosque. El dosel de árboles le
proporcionaba alguna protección de la implacable luz del sol que perforaba
su cráneo. Cuando su cuerpo ya no aguantaba más, se dirigió hacia una parte
del bosque particularmente frondosa y arrastró su cuerpo hacia la parte de
atrás del coche. Sólo tuvo la energía suficiente para cerrar la puerta desde
dentro y dejar la pistola a su alcance, antes de que su cuerpo se convirtiera
en plomo. Yacía como si estuviese paralizada, con el corazón latiendo
rápidamente, aterrorizada ante su propia debilidad.
Necesitaba a Tomas, necesitaba tocar aquel núcleo de increíble poder
que habitaba en su interior. Necesitaba sentir su férrea voluntad de nuevo.
Shea le dibujó en su mente, y descubrió que eso tranquilizaba los latidos de
su corazón. Si tan sólo pudiera abrazarle, sentir cómo la rodeaba con sus
brazos... y de repente, de algún modo increíble, pudo sentir sus fuertes
brazos cerrándose protectoramente a su alrededor y escuchar su corazón
latiendo fuerte y firmemente a la vez que el de ella. Shea acarició su rostro
con los dedos, sus ojos cerrados, con la mente concentrada en cada uno de
los detalles de sus sensuales rasgos. Dormían separados aunque juntos, el
incomodo sueño de los mortales, siempre conscientes del peligro que les
rodeaba, siempre conscientes de la parálisis que atormentaba sus cuerpos.
Shea experimentó por primera vez la calidez de tener una mente unida a la
suya, de no estar sola nunca, la fuerza que producía la conexión de dos
seres.
El día pasó lentamente, mientras el sol se deslizaba por el cielo,
resplandeciendo brillante hasta esconderse tras las montañas, hundiéndose
en el mar en un estallido de colores.
La cueva, a unos cuantos kilómetros del coche de Shea, estaba
profundamente excavada en la tierra. El estrecho pasaje, que conducía a un
laberinto subterráneo de cavernas y vaporosos manantiales, era retorcido y
prácticamente intransitable. En la más pequeña de las cavernas, bajo la rica
tierra, un único corazón comenzó a latir. El polvo salió despedido en todas
direcciones cuando Byron emergió desde las profundidades de la tierra.
Tras un breve momento de desorientación, su cuerpo resplandeció y se
disolvió, convirtiéndose en una corriente de bruma que se deslizaba a través
de los pasadizos dirigiéndose hacia la oscura noche. Inmediatamente, la
bruma se transformó en un enorme pájaro de grandes alas que se elevó
hacia el cielo. Trazó varios círculos sobre el área del bosque, volando alto
sobre el dosel de árboles, para, llegado un momento, descender tan
rápidamente si hubiese sido disparado por un arco.
Tomas, solo en la cabaña, percibió la perturbación del ambiente
incluso dentro del confinamiento de las cuatro paredes. Percibió el vibrante
poder en el aire y supo que algo peligroso le estaba buscando. Mantuvo su
mente como si fuera la de un humano, consciente de que si el otro indagaba,
creería que el ser de la cabaña no pertenecía a su especie. Sintió a la oscura
criatura alada pasar sobre él, el rápido sondeo del otro en su mente, para
finalmente alejarse volando.
¿Tomas? —La pregunta de Shea fue suave, preocupada.
Él esta cerca.
Leyó su mente fácilmente. Tomas quería que estuviese cerca de él
para poder protegerla, para que ningún otro hombre pudiese reclamarla.
Temía que si regresaba con él caería directamente en manos del vampiro, y
aunque Tomas no podía soportar la separación, no podía dejarla
desprotegida. Su mente estaba empezando a desmenuzarse, a fracturarse,
y la necesidad de tenerla a su lado empezaba a desesperarle.
Shea salió de la parte de atrás y se subió al asiento del conductor.
Estaré contigo pronto. —sintió la sonrisa de él directamente en el
corazón. Tomas estaba empezando a recordar el humor. –En realidad, te
gusta que haga las cosas a mi manera y que tome mis propias decisiones,
¿verdad? —Bromeó, deseaba mantener su mente tan estable como fuese
posible hasta que estuviese a su lado para poder manejarle.
Yo no apostaría por ello, pequeña pelirroja. Lo ideal es la obediencia
inmediata.
Eso es lo que tú deseas. —Shea descubrió que estaba riendo, en lugar
de tener miedo. Era una estupidez sentirse tan alegre cuando se
enfrentaban a un peligro semejante y no sabían hacia dónde se dirigirían.
¿Dónde podrían ir en un plazo de tiempo tan corto? Para llegar a la cabaña,
consumiría tres o cuatro horas de su precioso tiempo.
Tom se estiró lentamente, con mucho cuidado. Su cuerpo protestó
claramente. El dolor había llenado su existencia toda la vida que podía
recordar, así que permitió que se deslizara sobre él, a través de él. Viviría
para siempre con el dolor, pero no podía vivir sin Shea. Con mucho esfuerzo,
logró sentarse en la cama, pero la habitación pareció sacudirse y girar
locamente antes de conseguir enderezarse.
Casi inmediatamente, pudo sentir la sangre espesa y caliente,
susurrando el idioma de su gente. Conocía el dolor íntimamente, pero había
olvidado la agonía que se retorcía en sus entrañas. No importaba. Nada
importaba excepto proteger a su compañera.
Shea conducía como una posesa, encontrando senderos donde no había
ninguno, sobre troncos podridos y barrancos rocosos. Algunas veces
avanzaba deprisa, pero otras iba a paso de tortuga. Era interesante
conducir por la noche. No necesitaba los faros. Podía ver tan claramente
como si fuese de día. La luz de la luna se derramaba sobre el bosque,
bañando de plata los árboles y los matorrales. Era muy hermoso, toda una
gama de colores intensos y definidos.

Lejos de allí, un gran búho trazaba círculos sobre una enorme y extraña
mansión construida sobre los acantilados, acercándose a ella
cautelosamente. Cuando el ave se posó sobre una de las columnas de piedra
de la verja, plegó sus alas y adoptó una forma humana, en el bosque de los
alrededores una manada de lobos empezó a lanzar aullidos de advertencia.
Casi al mismo tiempo, un hombre salió de la casa. Perezosamente, se deslizó
desde el velo de niebla que cubría la terraza hacia la verja. Era alto,
moreno. El poder emanaba de su cuerpo a través de cada uno de sus poros.
Se movía con la gracia de un enorme felino y la elegancia de un príncipe. Sus
ojos eran tan negros como la noche y parecían guardar miles de secretos.
Aunque no había expresión alguna en sus atractivos y sensuales rasgos,
había peligro y una silenciosa amenaza en su porte.
—Byron. Hace tiempo que no nos visitas. No enviaste una llamada para
anunciarte. —su voz era suave, melódica, como terciopelo negro, pero tenía
un matiz de censura.
Byron se aclaró la garganta, algo inquieto, y sus oscuros ojos no
enfrentaron la penetrante mirada del otro.
—Te pido perdón por mis malos modales, Mikhail, pero las noticias que
traigo son alarmantes. Vine tan rápido como pude y todavía no he
encontrado las palabras adecuadas para lo que tengo que decirte. — Mikhail
Dubrinsky sacudió una mano elegantemente. Era uno de los antiguos, uno de
los más poderosos, y hacía tiempo que había aprendido a ser paciente.
—Regresé tarde a la tierra este amanecer. No me había alimentado, así
que fui al pueblo para atraer a alguno de los aldeanos. Cuando llegué al lugar,
percibí la presencia de uno de nuestra estirpe, una mujer. No era como
nosotros, sino pequeña, muy delgada, con pelo rojo oscuro y los ojos verdes.
Estoy seguro de que estaba débil y de que no se había alimentado
recientemente. Usando el camino mental común a los nuestros, intenté
comunicarme con ella, pero no respondió.
— ¿Estás seguro de que era uno de nosotros? No parece posible, Byron.
Nuestras mujeres son muy escasas, no creo que una de ellas vagara
descuidadamente sin protección al amanecer sin que nosotros los
supiéramos.
—Pertenece a nuestra raza, Mikhail, y nadie la había reclamado.
— ¿Y por qué no te quedaste con ella para protegerla hasta que
pudieses traerla hasta mí? — Su voz descendió otro tono, susurrando
suavemente la amenaza.
—Hay más que deberías saber. Tenía marcas en el cuello, heridas de
mordiscos, muchas. También tenía marcas en los brazos. Esta mujer ha sido
maltratada, Mikhail.
Una llamarada roja ardió en lo más profundo de sus ojos negros.
—Cuéntamelo todo, incluso eso que pareces tan reacio a revelar. —su
voz acariciante no cambió de tono ni aumentó de volumen.
Byron permaneció en silencio durante un buen rato, y después clavó la
mirada en los penetrantes ojos negros de Mikhail.
—La sangre de Tomas corría por sus venas. Reconocería su aroma en
cualquier parte.
Mikhail no parpadeó si quiera, su cuerpo permaneció completamente
inmóvil.
—Tomas está muerto.
Byron meneó la cabeza.
—No hay equivocación posible. Era Tomas.
Los ojos negros se clavaron en Byron de nuevo, y un momento después
Mikhail alzó el rostro, inhalando la fragancia de la noche.
Envió una poderosa llamada siguiendo el vínculo mental de su familia y
sólo encontró vacío, negrura, un agujero.
—Está muerto, Byron. — Repitió suavemente, una clara advertencia de
que debía dar el asunto por terminado.
Byron se mantuvo en sus trece, firme como un soldado.
—No estoy equivocado.
Mikhail le observó durante un momento.
— ¿Estás diciendo que Tomas maltrató a esa mujer? ¿Que quizás se
ha convertido en vampiro?— hubo un grave siseo acompañando la pregunta.
En ese momento, el increíble poder de Mikhail comenzó a desprenderse de
su cuerpo como un aura que llenó el aire para envolverles a ambos.
—Ella aún forma parte de los nuestros, no se ha convertido. Estaba
visitando el banco de sangre de la clínica local. No sé qué tipo de relación
mantiene con Tomas, pero estoy seguro de que la hay. — Byron era firme.
—De cualquier manera, Byron, no podemos hacer otra cosa que buscar a
esta misteriosa mujer y protegerla hasta que sea entregada a su compañero.
Le diré a Raven que voy a ir contigo. No quiero que sepa nada sobre Tomas.
— dijo esto en el más suave y amenazante de los tonos, era una orden.
Bajo estas palabras latía una oscura promesa. Si Mikhail encontraba a
Tomas con vida, sin querer o ser incapaz de contestar a la llamada, alguien
sufriría un castigo rápido y letal. Y si la mujer tenía algo que ver con
aquello... Byron suspiró y miró al cielo mientras Mikhail se disolvía en la
bruma. Nubes de tormenta comenzaron a deslizarse entre las estrellas, y la
tierra se agitó inquieta, incómoda ante la presencia de un peligro invisible.
Cuando Mikhail emergió de la niebla, su forma había cambiado, y su
poderoso cuerpo emprendió el vuelo. Byron jamás había sido tan rápido como
Mikhail y tuvo que transformarse sobre la columna de piedra antes de
lanzarse hacía el cielo. El enorme pájaro planeó silenciosamente sobre la
tierra, con las afiladas garras extendidas, preparadas para matar. En el
último momento, inició el ascenso batiendo las alas con fuerza.
—La mujer ¿cuantos años tenía?
—Joven. Veinte, quizás un poco mayor. Sería imposible decirlo. Conocía
nuestra lengua, podría asegurarlo, pero hablaba en inglés. Sin acento.
Utilizaba las contracciones y la forma de hablar americanas, aunque pude
notar un dejo de acento irlandés. Atrajo deliberadamente la atención sobre
nosotros... Ninguno de su especie haría una cosa así. Me vi obligado a
dejarla, como ella sabía que ocurriría. Era capaz de soportar la luz del sol
más tiempo que yo. Si fuese una mujer vampiro, eso habría sido imposible.
Ambos búhos atravesaron el cielo nocturno, llevando la brisa con ellos.
Un silencioso silbido anunciaba la fuerza del viento. Bajo ellos, los árboles
oscilaban y se sumergían en el suelo del bosque. Pequeñas criaturas se
escurrían nerviosamente hacia sus madrigueras y las nubes se movían,
ocultando las estrellas.

A Shea empezaban a dolerle los brazos mientras daba sacudidas sobre
la escabrosa vegetación. Apretaba el volante con tanta fuerza que tenía los
dedos prácticamente entumecidos. Empezaba sospechar que se había
perdido, cuando el todoterreno saltó violentamente y se adentró en un
riachuelo poco profundo, reconociendo súbitamente el oculto sendero que
conducía hacia la cabaña. Exhalando un suspiro de alivio, giró. El camino de
hierba estaba plagado de agujeros y rocas, pero conocía bien los giros y
recodos, así que no tardó mucho.
Trató de unirse a Tomas en dos ocasiones, pero él resistió sus
intentos. Eso la preocupaba. Se dijo a sí misma que él no se encontraba en
peligro. Estaba segura que habría percibido si el tal Byron le hubiese
encontrado, pero no podía evitar preocuparse por si algo salía mal. Cuando
por fin divisó la cabaña, soltó un audible suspiro de alivio. Tardó un poco en
retirar los dedos del volante y relajar la tensión de los músculos de sus
piernas. Cuando consiguió deslizarse fuera de la cabina, aún le temblaban las
piernas.
Estaba empezando a levantarse un fuerte viento, formando pequeños
remolinos en los que volaban las hojas caídas y algunas ramas. Sobre su
cabeza, las ramas crujían y se balanceaban. Jirones grises y negros se
deslizaban a través del cielo, ocultando las estrellas una a una. El trueno se
escuchó en la lejanía, las nubes parecían oscuras y densas. Temblando, Shea
miró hacia arriba, segura de que la tormenta era un presagio del peligro.
El hambre roía sus entrañas, siempre presente, implacable. Parecía
empeorar día a día, y sin sangre, cada vez estaría más débil. En ese
momento, pensaba, nada tenía importancia salvo mantener a Tomas a salvo.
Cuadrando los hombros, se encaminó hacia el porche. La cabaña estaba a
oscuras, Tomas no podía moverse para abrir los postigos ni encender la
luz. Shea metió la llave en la cerradura y abrió la puerta, ansiosa por verle.
Tomas estaba incorporado y apoyado contra la pared. Llevaba puestos
unos pantalones de algodón y nada más. Parecía pálido, muy delgado, con las
líneas de tensión profundamente grabadas en su atractivo rostro. Un hilillo
de sangre caía de la herida que tenía sobre el corazón. Estaba descalzo, y
tenía la abundante cabellera totalmente enredada. Un brillo de
transpiración envolvía su cuerpo, y tenía una mancha carmesí en la frente,
con varias gotas escarlata salpicando su piel.
— ¡Oh, Dios!— A Shea casi le da un infarto. Podía saborear el miedo en
la boca, repentinamente seca. —Tomas, ¿Qué has hecho? ¿En que estabas
pensando?—Casi atravesó de un salto la distancia que los separaba, sin advertir lo rápido que era capaz de moverse. Las lágrimas le ardían en la garganta y
detrás de los ojos. Lo que Tomas se estaba haciendo a sí mismo la ponía
físicamente enferma.
— ¿Por qué has hecho esto?—preguntó mientras examinaba con manos
suaves y tiernas la herida abierta, — ¿Por qué no me esperaste?— Incluso
mientras se inclinaba sobre él, el pensamiento más tonto le vino a la cabeza.
¿Dónde había conseguido unos pantalones de su talla? Aunque eso ahora no
tenía mucha importancia.
Vendrá esta noche, y debo protegerte.
—De esta manera no podrás hacerlo... Por si no te has dado cuenta, te
advierto que tienes un enorme agujero en el pecho. En esa postura,
conseguirás que se suelten los puntos. Tenemos que tumbarte.
Viene hacia aquí.
—No me preocupa, Tomas. Podemos abandonar este lugar y viajar
toda la noche si es necesario. Tenemos armas. Quizás no podamos matarle,
pero le retrasaremos. —La verdad era que Shea no estaba segura de poder
disparar a nadie. Era una doctora, una cirujana, una sanadora. La simple idea
de acabar con una vida le revolvía el estómago. Tenía que suturar a Tomas
lo más rápido posible y salir de allí cuanto antes. Evitar los problemas
parecía mucho más fácil que afrontarlos.
Él leyó su mente, y percibió lo repugnante que le parecía la idea de
asesinar a alguien.
No te preocupes, Shea, yo no tengo el más mínimo reparo en acabar
con él. –se tambaleó apoyándose contra ella, y casi les derriba a ambos.
— No estoy segura de que eso sea una gran noticia...— dijo entre
dientes, De algún modo, consiguieron llegar hasta la cama. —Y si pudieses
verte en estos momentos, no estarías tan seguro de poder matar ni siquiera
una mosca.
Tomas extendió su enorme cuerpo sobre las sábanas, sin emitir ni un
sonido. Mantuvo su mente firmemente cerrada, intentando no compartir su
agonía con ella. De todas maneras, poco importaba. Shea podía verla
claramente dibujada en su cara, en las líneas pálidas que se formaron
alrededor de su boca y en el vacío absoluto de sus oscuros ojos.
—Siento mucho haberte dejado solo. — Retiró el pelo de su frente,
acariciando con los dedos las oscuras hebras de reflejos casi azulados. Con
la muerte en el alma, empezó a preparar su equipo. El movimiento iba a
herirle otra vez, y una vez más iba a ser ella la que debía causarle dolor.
No me estás torturando, pequeña pelirroja.
—Sé que piensas eso, Tomas. —contestó con cansancio, asegurando
descuidadamente el pelo rojo que caía alrededor de su cara con un pasador
en la nuca. —Te hice daño al traerte aquí, cuando te operé sin anestesia, y
ahora voy a hacerlo de nuevo. — Shea colocó la bandeja con el instrumental
quirúrgico al lado de la cama. — Estás perdiendo demasiada sangre, otra
vez. Déjame detener esto primero y después te daré sangre de nuevo. — se
mordía el labio con fuerza mientras secaba el fluido rojo y examinaba la
herida abierta.
Afuera, el viento aullaba, sacudiendo las ventanas y golpeando las ramas

contra las paredes de la cabaña. Era un ruido molesto, y a Shea le ponía los pelos de punta. De repente, sintió un suave susurro, como una amenaza de
muerte contra su piel. Tomas la agarró del brazo, sujetando la mano con la
que intentaba reparar el daño.
Ya está aquí.
—Es el viento— no lo creía, pero no había nada que pudiera hacer hasta
que le hubiese cerrado la herida.
La intensidad del viento aumentó, produciendo un sonido que se parecía
a un extraño alarido. El rugido de un trueno desgarró el aire a la vez que una
enorme descarga de luz zigzagueó en el cielo. La pesada puerta delantera
explotó, y las astillas inundaron la habitación. Shea se giró rápidamente,
sujetando todavía la aguja y el hilo con sus manos ensangrentadas. Tomas,
que yacía en su mundo de agonía, estaba tan pálido que las gotas de
transpiración brillaban sobre su piel, pero aún así intentó sentarse.
Dos hombres llenaron el vano de la puerta. Shea reconoció a Byron,
pero fue el hombre que había justo a su lado quien atrajo su aterrorizada
mirada. Era el individuo más poderoso que había visto en su vida. En sus ojos
ardía una furia implacable. Había algo vagamente familiar en él, pero estaba
demasiado asustada para intentar identificar lo que era. Un grito de alarma
escapó de su garganta. Giró y cogió la pistola.
De repente, Mikhail se convirtió en un mero contorno borroso y
moviéndose con increíble velocidad, arrancó fácilmente el arma de las manos
de Shea y la lanzó descuidadamente a un lado. Sus brillantes ojos se
clavaron entonces en Tomas, y un siseo grave y cargado de amenaza
emergió de su garganta.
Tomas afrontó aquella abrasadora mirada sin vacilar, sus propios ojos
estaban cargados de fría cólera, odio desafiante y una resolución letal.
Intentó embestir al hombre más pesado, pero Mikhail se apartó y agarró a
Shea por la garganta, golpeándola con tanta fuerza contra la pared que la
dejó sin aliento. Nunca había visto a nadie que tuviese tanta fuerza en una
sola mano. La mantuvo por encima de su cabeza, clavada en la pared,
mientras la vida de Shea se escurría, literalmente, entre sus dedos.
Súbitamente, el aire de la habitación se hizo más denso, cargado de
emociones intensas, repleto de furia y violencia. Aunque Byron lanzó un
gruñido de advertencia, una silla flotó en el aire y salió disparada a través
de la habitación directamente encaminada hacia la cabeza de Mikhail. En el
último momento posible, aquel hombre increíble, giró la cabeza y consiguió
esquivar la silla, que se hizo añicos contra la pared muy cerca de la cara de
Shea.
Mikhail se giró para afrontar a Tomas, arrastrando a Shea con él
mientras sus dedos se clavaban profundamente en su cuello.
— ¿Qué le has hecho?— preguntó con voz suave y amenazante. La
sacudió como a una muñeca de trapo. Su voz descendió un tono. Grave.
Insidiosa. Envolvió a Shea como si fuera terciopelo. —Dime qué le has
hecho. —La voz estaba en su cabeza, aunque no utilizaba la misma conexión
mental que Tomas.
Con las últimas fuerzas que le quedaban, luchó contra él, intentando
respirar y tratando de impedir que se colara en su mente. Otra silla voló
hacia Mikhail, esta vez desde el lado izquierdo. Con un movimiento suave de
su mano la detuvo en medio del aire, donde flotó unos instantes antes de
caer al suelo. Entre tanto, aquellos horribles dedos no se separaban de su
garganta. La sujetaba sin esfuerzo, estrangulándola con una mano.
Shea jadeaba por el esfuerzo, luchando por conseguir algo de aire para
respirar. La habitación comenzó a dar vueltas, y empezó a ver pequeños
puntos blancos que salían disparados en todas direcciones. Tomas percibió
que ella perdía la conciencia y la bestia de su interior tomó el control,
desatando en su mente un delirio asesino. Saltó de la cama como una estela
borrosa de furia, con el único objetivo de defender a Shea y matar a su
atacante. Mikhail tuvo que echarse a un lado y liberar a Shea, quien cayó al
suelo incapaz de hacer otra cosa que permanecer allí tratando de respirar
desesperadamente.
—Tomas. — La voz de Mikhail, era suave y convincente. —Soy tu
hermano, ¿No me reconoces?— hizo muchos intentos de conectar con la
destrozada mente, pero sólo encontró una necesidad feroz de matar. Miró
indeciso a Byron, con la pregunta dibujada en los ojos.
No existe el vínculo mental, ni siquiera fragmentos a los que pueda
aferrarme. —Mikhail tuvo que moverse a gran velocidad para evitar el
siguiente ataque de Tomas, que arrojó con furia dos lámparas hacia su
cabeza. Reapareció en una esquina apartada, pasándose una mano por el pelo
con preocupación.
Tomas se arrastró por el suelo hasta llegar donde se encontraba
Shea, y se sentó apoyándose contra la pared, intentando proteger el cuerpo
de la mujer con el suyo propio. Shea percibió el olor de la sangre fresca, y
entonces se dio cuenta que corría abundante a lo largo de su brazo y su
costado. Miró alrededor, aturdida y confusa, antes de percatarse de lo que
estaba pasando.
— ¡Tomas! —en unos segundos estaba apretándole la herida,
olvidándolo todo excepto su necesidad de salvarle. —Tenéis tres opciones.
— les dijo bruscamente a los intrusos. —Matarnos a los dos ahora y
terminar con esto de una vez, dejarnos en paz o ayudarme a salvarle. —
únicamente se escuchó silencio. — ¡Maldita sea! Elegid ya. —Su voz sonaba
ronca y áspera, ya que prácticamente la habían estrangulado, pero quedaba
claro que era la voz de una profesional.
Mikhail se acercó para ayudarla. Tomas, creyendo que iba a atacarles,
empujó a Shea hacia atrás y gruñendo como una animal salvaje situó su
cuerpo delante de ella.
¡Aléjate!— gritó Shea a Mikhail. Se fundió totalmente con Tomas.
Su corazón latía tan fuerte que temía que fuera a estallar. No había nada en
su mente, tan sólo una neblina de violencia mezclada con una furia asesina,
que la impedían llegar hasta él.
Mikhail se disolvió instantáneamente, reapareciendo a una distancia
mayor.
Tomas, déjame ayudarte. –rogó Shea tratando de llegar hasta su
cordura para poder tranquilizarle.
Él lanzó un gruñido, y sus colmillos resplandecieron en una clara
advertencia de que permaneciese detrás de él.
—Se ha transformado, Mikhail. —Murmuró Byron. — Es peligroso
incluso para la mujer. No podemos permitirnos perderla.
Shea los ignoró, susurrando palabras sin sentido en la mente de
Tomas, intentando desesperadamente de traerle de vuelta a la realidad. A
la vez, examinaba de nuevo la herida con las manos.
No me tocarán, hombre salvaje. Se quedarán lejos de nosotros. Por
favor, déjame ayudarte o estaré desprotegida frente a ellos. Estaré sola.
Se negaba a que le mataran las heridas, y no dejaría que la locura se
apoderara de él. Aquellos desconocidos podrían matarles, pero jamás
permitiría que las heridas o la locura la derrotaran. Tenía miedo por él, tenía
miedo de él, pero no le abandonaría.
— ¿Qué necesitas?— preguntó Mikhail suavemente.
—La bandeja con el instrumental. — Contestó, sin ni siquiera girar la
cabeza para mirarle. Tenía puesta toda su atención en tratar de tranquilizar
a Tomas.
—Tu cirugía es primitiva. Llamaré a nuestro sanador. — y al instante
envió una imperiosa llamada mental.
—Habrá muerto para entonces. Maldito seas... Lárgate de aquí si no
piensas ayudarme. — Shea estaba furiosa. —No puedo luchar contra los dos,
y de ninguna manera pienso permitir que él muera sólo porque a ti no te
gustan mis métodos.
Con mucho cuidado, intentando no despertar la cólera de Tomas,
Mikhail empujó la bandeja por el suelo, y ésta se deslizó hasta quedar al
alcance de Shea.
Tomas no apartó ni por un momento los ojos de los dos hombres,
observándoles con odio y una oscura promesa de venganza. Cuando Shea
cambió de posición, él se movió a la vez, de manera que ella siempre quedaría
protegida detrás de su cuerpo, aunque tuviese que aplastarla contra la
pared.
—Necesito tierra fresca. — La voz de Shea era ronca, pero autoritaria.
Sus movimientos eran lentos y cuidadosos para evitar que Tomas se
alarmara.
Byron se encogió de hombros y se dirigió de mala gana a cumplir su
orden, pero antes, miró fijamente a Mikhail a través de la habitación.
Estaba claro que Byron creía que Tomas representaba un enorme peligro
para todos ellos.
Shea tosió varias veces, tenía la garganta inflamada bajo las visibles
marcas de los dedos de Mikhail. Se arrodilló lentamente junto a Tomas.
Manteniendo las manos firmes y absolutamente concentrada en su tarea,
empezó a colocar pequeñas grapas y a dar puntos para reparar
meticulosamente la herida abierta. Era un trabajo lento y tedioso, pero
luchó por mantener su unión mental en todo momento mientras suturaba,
entregando su mente a la tarea de tranquilizarle y mantenerle a su lado,
mientras se aseguraba de que las heridas no volvieran a sangrar.
El interior de Tomas era un caldero en el que hervían violentas
emociones. Jamás apartaba la mirada de los dos hombres. Una vez, alzó la
mano para acariciar el sedoso pelo de Shea, deslizando los dedos sobre el
cardenal que tenía en la sien, fruto del golpe contra la pared. Cuando dejó
caer la mano, Shea temía que, con ella, hubiese dejado caer también el
último lazo que le mantenía unido a ella.
Cubrió la herida con tierra y saliva y se incorporó lentamente.
—Necesitas sangre, Tomas. — dijo suave y amablemente, invitándole.
Él debía sobrevivir, tenía que seguir viviendo. Cada célula de su cuerpo
gritaba porque así fuera.
Él no apartaba la mirada vacía y sin alma de Mikhail y Byron. Jamás
había observado un odio tan crudo y despiadado en los ojos de nadie. No la
miró, ni siquiera se dio por enterado. Su cara no mostraba ninguna señal del
dolor que estaba padeciendo.
—Mi sangre es antigua y poderosa. — dijo Mikhail con suavidad. —Le
daré la mía. — Se acercó casi deslizándose, con una felina elegancia carente
de movimientos bruscos que pudieran alterar a Tomas.
Shea percibió la salvaje sensación de triunfo que invadió a Tomas, y
notó que estaba reuniendo sus fuerzas. Antes de que Mikhail se acercara
más, se colocó entre ellos.
— ¡No! Te matará, está intentando...
Tomas tiró de ella brutalmente, aferrándola del pelo con fuerza para
colocarla de nuevo a su lado. Su furia era colosal. Sin apartar los ojos de
Mikhail, inclinó la cabeza y hundió los dientes en el cuello de Shea.
— ¡No! — Byron se lanzó hacia él, pero Mikhail le detuvo con una mano
en alto, mientras su negra mirada seguía fija en Tomas.
Shea se sintió invadida por una oleada de calor, como si la estuviesen
marcando con un hierro al rojo vivo. Se dio cuenta de que Tomas estaba
furioso por su intervención, y de que tenía la intención de invitar a los otros
a que intentaran detenerle para ponerles a su alcance. Se mantuvo
completamente inmóvil, aceptando esa parte violenta de su naturaleza.
Estaba tan cerca de volverse completamente loco, que cualquier movimiento
en falso le haría traspasar los límites. Se sentía muy cansada, y le dolía todo
el cuerpo. Le pesaban los párpados a medida que un delicioso letargo se
apoderaba de su cuerpo. Daría sin dudarlo su vida por la de Tomas. Él no
estaba tomando nada que ella no deseara darle.
—La estás matando, Tomas. — dijo Mikhail en voz baja. — ¿De verdad
es eso lo que quieres?— Permanecía allí de pie, sin moverse, observándole
atentamente con ojos pensativos.
—Haz que se detenga. — murmuró Byron entre dientes. —Está tomando
demasiada sangre. Está haciéndole daño deliberadamente.
Los fríos ojos de Mikhail se clavaron en Byron tan sólo por un momento,
pero fue suficiente para transmitirle la orden y la advertencia de que se
mantuviese al margen.
Byron sacudió la cabeza, pero permaneció en silencio.
—No la matará. — dijo Mikhail con la misma voz tranquila. —Espera que
alguno de nosotros intente detenerle. Es a nosotros a quien quiere matar.
Quiere atraernos hacia él. No se apartará de su lado, así que no seremos tan
estúpidos como para acercarnos. No le hará daño. Sal fuera y busca algo
para reparar la puerta. Iré contigo en un momento.
Byron salió a regañadientes, y aguardó en el porche a que Mikhail se
reuniera con él.
—Estás jugando con la vida de la mujer. No ha sucumbido a la
oscuridad, y él está abusando de ella. No puede permitirse perder tanta
sangre. Tomas era mi amigo, pero el ser que está ahí dentro ya no es uno
de los nuestros. Ni siquiera nos reconoció. No pudiste controlarle, y nadie
podrá hacerlo.
—Ella sí puede. Él no se ha transformado, Byron, tan sólo está herido y
enfermo. — Mikhail pronunció las palabras con calma, su voz era como el
terciopelo negro, suave y acariciante.
Furioso, Byron se alejó.
—Debería haber cogido a la mujer.
—No te equivoques, Byron. Aunque Tomas parezca débil, aún es
extremadamente fuerte. Antes de su desaparición, pasó muchos años
estudiando. Durante el último año de su vida, se dedicó a cazar vampiros.
Con la mente tan dañada, es más bestia que hombre, casi un depredador,
pero su inteligencia permanece intacta y también toda su astucia. No te das
cuenta de lo que sucede. Quienquiera que sea esa mujer, está pagando un
alto precio por intentar salvarle. Creo que ya ha hecho su elección.
—El ritual aún no se ha completado. No se ha acostado con él, lo
habríamos sabido. — dijo Byron testarudamente y empezó a pasear
inquietamente de un lado a otro. — Hay muchos de nosotros sin una mujer y
aún así permites que la vida de ésta corra peligro.
—Cada uno tiene sólo una compañera, y ella, obviamente, pertenece a
Tomas.
—No estamos seguros de que eso sea cierto. Si él no fuese tu
hermano...— comenzó a decir Byron.
Un grave gruñido le detuvo.
—No veo ninguna razón para que cuestiones mi juicio sobre este asunto,
Byron. He tenido más de un hermano, y nunca he permitido que la relación
con ellos interfiriese en lo que creo justo y correcto.
—Fue Gregori el que cazó a tu otro hermano. — Señaló Byron.
Mikhail giró la cabeza lentamente, y el relámpago que atravesó el cielo
se reflejó en sus ojos.
—Por orden mía.



HOLA!!! BUENO UNA DISCULPA POR NO SUBIR PERO YA REGRESE ... SI HAY DOS COMENTARIOS AGREGO MAÑANA O PASADO MAÑANA ... BUENO HASTA PRONTO :))

3 comentarios: