lunes, 13 de junio de 2016

1

CAPITULO1.-
Había sangre, un río de sangre que manaba de su interior. Había
dolor, un mar de dolor en el que se hallaba inmerso. ¿No terminaría nunca?
Miles de cortes, quemaduras, el constante sonido de una risa mofándose de
él, diciéndole que aquello continuaría por toda la eternidad. No podía creer
que estuviese tan indefenso, no podía creer que su increíble fuerza y su
magnífico poder se hubieran agotado, dejándole reducido a ese miserable
estado. Envió una llamada mental tras otra a la noche, pero ninguno de los de
su especie vino a ayudarle. La agonía continuaba, implacable. ¿Dónde
estaban? ¿Su familia? ¿Sus amigos? ¿Porque no venían y acababan con
esto? ¿Había sido una conspiración? ¿Lo habían dejado deliberadamente en
manos de estos carniceros que usaban sus cuchillos y antorchas con tal
deleite? Había sido alguien conocido quien le había traicionado, pero su
memoria estaba curiosamente debilitada, apagándose debido al interminable
dolor.
Sus torturadores habían conseguido atraparle de alguna manera,
inmovilizándole de tal modo que podía sentir pero no moverse, ni si quiera las
cuerdas vocales. Estaba totalmente indefenso, vulnerable ante esos
despreciables humanos que estaban destrozando su cuerpo. Oía sus burlas,
sus interminables preguntas, percibía la rabia en su interior cuando se
negaba a reconocer su presencia o el daño que le inflingían. Quería morir,
dar la bienvenida a la oscuridad, pero sus ojos, fríos como el hielo, nunca se
apartaban de sus rostros, nunca parpadeaban, eran los ojos de un
depredador... esperando, vigilando, prometiendo venganza. Eso les enfurecía,
pero se negaban a administrarle el golpe final.
El tiempo ya no significaba nada para él, su mundo se había reducido a
la nada, pero en cierto momento percibió otra presencia en su mente. El
contacto era lejano, una mujer, joven. No sabía cómo, inadvertidamente, su
mente había conectado con la suya, de manera que ahora ella compartía su
tormento, cada abrasadora quemadura, cada corte del cuchillo que dejaba
correr su sangre, su fuerza vital.
Trató de recordar quién podía ser ella. Debía estar cerca si
compartía su mente. Estaba tan indefensa como él, soportando su mismo
dolor, compartiendo su agonía. Trató de evitar que conectara con él, la
necesidad de protegerla era muy fuerte, pero estaba demasiado débil para
bloquear sus pensamientos. El dolor emanaba de su cuerpo, como un
torrente, navegando directamente hasta la mujer que compartía su mente.
Su angustia le golpeó con una fuerza increíble. Él era, después de
todo, un hombre de los Cárpatos. Su primera obligación era siempre
proteger a una mujer, aún a riesgo de su propia vida. Fallar en eso también
se añadía a su desesperación y a la sensación de fracaso. Captó breves
imágenes suyas en la mente, una figura pequeña y frágil, acurrucada en una
esfera de dolor, tratando desesperadamente de aferrarse a la cordura.
No creía conocerla, aunque la veía en color, algo que no le había
ocurrido en siglos. No tenía fuerzas suficientes para obligarla a dormir, ni
así mismo, no había nada que les librase de aquella agonía. Apenas podía
captar los pequeños fragmentos de pensamientos en los que ella pedía ayuda
desesperadamente, tratando de descifrar lo que le estaba ocurriendo. Las
gotas de sangre empezaron a filtrarse por sus poros. Sangre roja. Veía
claramente que su sangre era roja. Sabía que eso tenía un significado muy
importante para él, pero se sentía aturdido, incapaz de discernir por qué era
importante y qué significaba.
Su mente se estaba volviendo borrosa, como si un gran velo empezara
a extenderse sobre su cerebro. No podía recordar cómo habían conseguido
capturarle. Se esforzaba por ver la imagen del miembro de su propia
especie que le había traicionado, pero no lograba nada en absoluto. Sólo
había dolor. Terrible, interminable dolor. No podía emitir ningún sonido, ni
siquiera cuando su mente estallaba en un millar de fragmentos y ya no podía
recordar a qué o a quién estaba intentando proteger.

Shea O'Halloran estaba acurrucada en su cama, la lámpara le
proporcionaba apenas la luz suficiente para poder leer la revista médica.
Recorría las páginas en pocos segundos, trasladando la información a su
memoria, como venía haciendo desde que era una niña. En esos momentos
estaba terminando la Residencia, la interina más joven, según las
estadísticas, y era una tarea agotadora. Se apresuró a terminar de leer el
texto, esperando poder tomarse un respiro.
El dolor la atravesó inesperadamente, golpeándola con tal violencia
que la arrojó de la cama, con el cuerpo contorsionándose por la agonía. Trató
de gritar, de arrastrarse a tientas hasta el teléfono, pero sólo podía
retorcerse indefensa sobre el suelo.
Tenía la piel bañada en sudor, de sus poros salían gotas de sangre.
Nunca había experimentado un dolor igual... era como si alguien le estuviera
cortando la piel con un cuchillo, quemándola, torturándola sin descanso.
Seguía y seguía... horas, días, no lo sabía... Nadie venía a ayudarla y no
podrían hacerlo... Estaba sola, en realidad ni siquiera tenía verdaderos
amigos. Al final, sintió un dolor desgarrador en el pecho y perdió la
conciencia.

Cuando creyó que sus torturadores habían acabado con él, que habían
terminado con su sufrimiento, dándole muerte, descubrió lo que era
realmente el infierno. Pura agonía. Malignos rostros que le miraban
fijamente. Una estaca afilada cerniéndose sobre su pecho. Un latido, un
segundo. Podría terminar ahora. Tenía que terminar. Sintió la gruesa estaca
de madera sobre su carne, internándose a través de músculos y tendones. El
martillo cayó con fuerza sobre la estaca, introduciéndola aún más
profundamente. El dolor iba más allá de todo lo que había conocido. La mujer
que compartía su mente perdió la conciencia, una bendición para ambos. Él
continuaba sintiendo cada golpe, la enorme estaca penetrando en su carne,
introduciéndose en su cuerpo mientras la sangre manaba a chorros,
debilitándole aún más. Sentía que la vida le abandonaba, no le quedaban
fuerzas para resistir, le había llegado la hora. La muerte... casi podía
tocarla, abrazarse a ella. Pero no podía ser. Era un hombre de los Cárpatos,
un inmortal, no era tan fácil deshacerse de él. Su voluntad era poderosa,
decidida. Una voluntad que luchaba contra la muerte incluso cuando su
cuerpo suplicaba un final para aquel terrible sufrimiento.
Sus ojos se clavaron en ellos, en los dos humanos. Estaban cubiertos
de sangre, su sangre, líneas rojas trazadas sobre sus ropas. Reunió las
fuerzas que le quedaban, las últimas, y logró que fijaran su mirada en él,
atrapándoles en la profundidad de sus ojos. Inmediatamente, cubrieron sus
ojos con un paño, no podían afrontar la oscura promesa que escondían, su
poder les asustaba, a pesar de que se hallaba completamente indefenso ante
ellos. Reían mientras le encadenaban dentro del ataúd y lo colocaban boca
abajo. Escuchó su propio grito de dolor, pero el sonido estaba sólo en su
mente, repitiéndose una y otra vez, burlándose de él.
Se obligó a detenerse. Ellos no podían oírle, pero eso no le importaba.
Todavía le quedaba algo de dignidad. De amor propio. No le derrotarían. Era
un hombre de los Cárpatos.
Podía escuchar cómo la tierra golpeaba la madera del ataúd a medida
que le enterraban en la pared del sótano. Cada palada. Estaba
completamente a oscuras. Envuelto en el silencio.
Era una criatura de la noche, la oscuridad era su hogar. Pero ahora, en
su agonía, se había convertido en su enemigo. Sólo había dolor y silencio.
Antes, siempre era él quien decidía cuándo permanecer en la oscuridad, en
la tierra sanadora. Ahora estaba prisionero, encerrado, con la tierra fuera
de alcance. Podría aliviarle, estaba muy cerca, pero la madera del ataúd le
impedía alcanzar aquello que, con el tiempo, hubiese curado sus heridas.
La sensación de hambre comenzó a infiltrarse en su terrible agonía. El
tiempo pasaba, y ya nada tenía importancia salvo el hambre insaciable que
creía y crecía... hasta convertirse en lo único que sentía. Agonía. Hambre.
No existía nada más.
Descubrió, algún tiempo más tarde, que podía inducir el sueño en su
cuerpo. Pero haber recuperado su don ya no significaba nada. No recordaba
nada. Esta era su vida. Dormir. Despertar tan sólo cuando alguna curiosa
criatura extraviada pasaba demasiado cerca. La insoportable agonía
consumiéndole con cada latido de su corazón. Intentaba conservar la mayor
cantidad de energía posible para lograr atraer comida hacia él. Había pocas
fuentes de alimento... y estaban lejos. Incluso los insectos aprendieron a
evitar aquel oscuro lugar y a la malvada criatura que habitaba en él.
Durante algunos momentos de aquel interminable sufrimiento, pudo
susurrar su nombre. Tomas. Tenía un nombre. Era real. Existía. Vivía en el
infierno. Vivía en la oscuridad. Las horas se convirtieron en meses, y más
tarde en años. No podía recordar ninguna otra forma de vida, de existencia.
No había esperanza, ni paz, ni escapatoria, no había final. Sólo oscuridad,
dolor, hambre eterna. El tiempo pasaba, no tenía ninguna importancia en su
limitado mundo.
Tenía las muñecas esposadas, de modo que tenía pocas posibilidades
de maniobra, pero cada vez que una criatura se acercaba lo suficiente para
despertarle, arañaba las paredes del ataúd, en un vano intento de escapar.
Estaba recuperando su poder mental, así que eventualmente podía obligar a
su presa a dirigirse hacia él, sólo lo suficiente para sobrevivir. No había
ningún modo de recuperar su poder y su fuerza sin remplazar el inmenso
volumen de sangre que había perdido. No había ninguna criatura subterránea
lo bastante grande como para que eso fuese posible. Cada vez que se
despertaba o realizaba algún movimiento, volvía a brotar sangre de las
heridas. Sin la cantidad necesaria de sangre para remplazar su pérdida, su
cuerpo no podría curarse a sí mismo. Era un círculo vicioso, aterrador, un
horrible círculo que duraría toda la eternidad.
Entonces comenzaron los sueños, despertándole cuando estaba
hambriento y sin manera de aliviar el vacío de su estómago. Una mujer. Pudo
reconocerla, sabía que estaba ahí fuera, viva, sin esposas. No estaba bajo
tierra, como él, sino sobre la superficie, con total libertad de movimiento.
Estaba casi fuera del alcance de su mente, pero aun así podía casi tocarla.
¿Por qué no venía a buscarle? No podía ver su rostro, ni su pasado,
únicamente sabía que estaba ahí fuera. Intentó llamarla. Rogó. Suplicó.
Hervía de cólera. ¿Dónde estaba ella? ¿Por qué no se acercaba a él? ¿Por
qué permitía que continuase su agonía cuando incluso su mera presencia en
su mente podía acabar con aquel terrible sentimiento de desolación? ¿Qué
había hecho él tan horrible como para merecer esto?
La furia inundó su mundo. Odio, incluso. Un monstruo comenzó a
formarse en su interior. Crecía más y más. Mortal. Peligroso. Crecía y se
alimentaba del dolor, con una fuerza imparable. Cincuenta años, un
centenar... ¿Qué importaba? Viajaría hasta las mismísimas puertas del
infierno para vengarse. Ahora vivía allí, estaba atrapado en él cada momento
que pasaba despierto.
Ella vendría a él, se juró a sí mismo. Se obligaría a encontrarla. Y una
vez que lo lograra, se transformaría en una sombra en su mente hasta que
se acostumbrara a su presencia, y en ese momento se doblegaría ante él.
Ella vendría a él. Podría consumar su venganza.
El hambre le corroía las entrañas cada vez que despertaba, de manera
que hambre y dolor se fundían en una única entidad. Concentrarse en la
manera de llegar hasta la mujer, sin embargo, disminuía en parte su agonía.
Su concentración era tan absoluta que bloqueaba el dolor por un tiempo. Al
principio sólo durante algunos segundos. Luego unos minutos. Con cada
despertar, volvía el deseo de encontrarla. No tenía otra cosa que hacer.
Meses. Años. No importaba. No podría huir de él eternamente.
La primera vez que rozó su mente, después de un millar de
desafortunados intentos, la sensación le pilló completamente desprevenido,
e inmediatamente perdió el contacto. La euforia provocó que su sangre
manara alrededor de la estaca, profundamente enterrada en su cuerpo,
agotando las pocas fuerzas que le quedaban. Durmió durante mucho tiempo,
intentando recuperarse. Una semana quizá. Un mes. No había necesidad de
medir el tiempo. Ahora sabría cómo llegar hasta ella, a pesar de que se
encontraba muy lejos. La distancia era tan grande, que requeriría toda su
concentración alcanzarla a través del tiempo y el espacio.
Tomas hizo un nuevo intento cuando se despertó. Esta vez, no
estaba preparado para las imágenes que encontró en la mente de ella.
Sangre. Un pequeño tórax humano desgarrado y abierto. Un corazón
latiendo. Tenía las manos inmersas dentro de la cavidad del pecho, cubiertas
de sangre. Había más gente en la habitación, y ella controlaba los
movimientos de los demás con su mente. No parecía darse cuenta de lo que
estaba haciendo. Estaba completamente concentrada en aquella horrible
tarea. La facilidad con la que dirigía al resto del personal sugería que lo
hacía a menudo. Las nítidas imágenes que aparecían en su mente eran
espantosas, y supo que ella era una de las que le habían traicionado, uno de
sus torturadores. Estuvo a punto de perder el contacto, pero logró imponer
su voluntad. Ella sufriría por esto. Sufriría mucho. El cuerpo que estaba
manipulando era tan pequeño... debía ser un niño.

Había poca luz en el quirófano, como le gustaba a la doctora
O`Halloran; tan sólo el cuerpo que yacía sobre la mesa estaba fuertemente
iluminado. Su excepcional sentido del oído le permitía escuchar las voces de
fuera: una enfermera consolando a los padres del paciente
—Han tenido la gran suerte de que la doctora O'Halloran esté de
guardia esta noche. Tiene un don, de verdad. Cuando parece que ya no hay
nada que hacer, ella consigue salvarlos. Su pequeño no podría estar en
mejores manos.
—Pero parecía encontrarse tan mal... —esa era la voz de la madre,
parecía aterrorizada.
—La doctora O'Halloran hace milagros. En serio. Tengan fe. Nunca se
rinde hasta que les salva. Parece como si les obligara a vivir...
Shea O'Halloran no podía distraerse en esos momentos, y menos con
una enfermera que les estaba prometiendo a unos padres que ella podría
salvar a su hijo, que tenía el tórax aplastado y los órganos internos como un
rompecabezas. No cuando ella se había pasado las últimas cuarenta y ocho
horas investigando y su cuerpo pedía a gritos descanso y alimento. Bloqueó
todos los sonidos, todas las voces y se concentró por completo en la tarea
que estaba llevando a cabo. No podía perder a este niño. No podía. Así de
simple. Nunca se permitía dudarlo. Alejaba cualquier otro pensamiento de su
mente. Formaban un buen equipo, sabía que sus compañeros trabajaban a
gusto a su lado, cada uno realizando su tarea en perfecta armonía con el
resto. No hacía falta que mirara para ver si hacían lo que ella quería o
necesitaba, siempre estaban preparados cuando requería su ayuda. Si era
capaz de salvar a sus pacientes cuando otros no podían, no era únicamente
por su esfuerzo.
Se acercó más al niño, olvidando todo salvo el deseo de que
consiguiera salir adelante. Mientras cogía el instrumental que la enfermera
extendía hacia ella, tuvo la impresión de que algo la golpeaba. El dolor la
atravesó al instante, consumiéndola, incendiando su cuerpo. Sólo una vez
había experimentado semejante sufrimiento, un par de años antes. Jamás
había descubierto la causa. El dolor había desaparecido sin más al cabo de
veinticuatro horas. Ahora, con la vida del pequeño pendiente de un hilo,
totalmente en sus manos, no podía permitirse el lujo de desmayarse. Sentía
un dolor inmenso retorciéndole las entrañas, apenas podía respirar. Shea se
esforzó por mantener el control, por bloquear el dolor con su mente, como
tantas otras veces, y lo consiguió.
Como con el resto de las distracciones, se obligó a expulsar el dolor
de su mente, respiró profundamente y se concentró en el niño.
La enfermera que estaba a su lado miró a la doctora completamente
asombrada. En todos los años que llevaba trabajando con ella, admirándola,
casi idealizándola, jamás había visto a la cirujana perder la concentración, ni
por un segundo. Esta vez, Shea había permanecido completamente inmóvil
durante unos instantes, nada más, pero la enfermera no pudo evitar darse
cuenta. Era algo completamente inusual.
Le habían temblado las manos y sudaba profusamente.
Inmediatamente, la enfermera estiró un brazo para limpiar el sudor de la
frente de la doctora. Horrorizada, comprobó que la gasa estaba llena de
sangre. De sus poros brotaban gotas de sangre. La enfermera secó la frente
de la doctora una vez más, intentado ocultar la gasa a los demás. Nunca
había visto nada igual.
Al momento, Shea volvió a ser de la de siempre, recuperando
automáticamente su concentración. La enfermera se tragó todas las
preguntas y volvió al trabajo. Las imágenes de lo que la doctora O'Halloran
necesitaba llegaban tan deprisa a su mente que no tenía tiempo de pensar en
aquel extraño fenómeno. Hacía mucho que se había acostumbrado a percibir
lo que quería la doctora antes incluso de que lo pidiera.
Shea sintió una presencia desconocida en su mente, una oscura
malevolencia que latía en su interior, justo antes de bloquear la conexión
para concentrarse totalmente en el niño y en su tórax destrozado. No podía
morir. No lo permitiría.
— ¿Me oyes, pequeño? Estoy a tu lado, y no dejaré que te ocurra
nada. –prometió en silencio. Tenía que decírselo. A todos. Era como si una
parte de ella se fusionara con sus pacientes y, de algún modo, consiguiera
mantenerles vivos hasta que la medicina moderna pudiera hacer algo por
ellos.

Tomas durmió durante algún tiempo. No importaba cuánto. El
hambre le estaba esperando. Y el dolor. Le esperaban el corazón y el alma
de una mujer. Disponía de toda una eternidad para recuperar sus fuerzas y
ella nunca escaparía, ahora que conocía el camino hasta su mente. Durmió el
sueño de los inmortales. Los pulmones y el corazón se detuvieron mientras él
yacía en su ataúd, con el cuerpo muy cerca de la tierra que tan
desesperadamente necesitaba para curarse... sólo una delgada capa de
madera más... Al despertar, continuó arañando pacientemente las paredes
de su ataúd. Algún día conseguiría llegar hasta la tierra, y ella le curaría.
Había conseguido hacer un pequeño agujero para permitir que sus presas
llegaran hasta él. Podía esperar, ella nunca lograría escapar. Aquella mujer
era lo único que le mantenía vivo.
La seguiría. De día o de noche. No tenía importancia. Ya no distinguía
entre una cosa y otra, algo que antes había sido tan importante para él. Vivía
para intentar apaciguar su eterna hambre. Vivía para la venganza. Para
asegurarse de que se castigaba a los culpables. Vivía para convertir la vida
de ella un infierno durante las horas en que se encontraba despierto. Se
hizo un experto en eso. Tomaba posesión de su mente durante unos minutos
cada vez. Era imposible entenderla. Era demasiado compleja. Había cosas en
su cerebro que no tenían ningún sentido para él, y los escasos momentos
durante los que podía permanecer despierto sin perder la escasa sangre que
le quedaba, no eran suficiente para comprenderla.
Había momentos en que estaba asustada. Podía saborear su miedo.
Sentía su corazón latiendo de tal manera que el suyo propio igualaba aquel
terrible ritmo. Aun así, su mente permanecía serena en el ojo del huracán,
rápida e inteligente, procesando los datos procedentes de su entorno a tal
velocidad que casi no podía seguirla.
Dos extraños la acechaban, burlándose de ella. También vio la imagen
de sí mismo. Su abundante melena colgando en mechones sobre su maltrecho
rostro, con el cuerpo destrozado por aquellas brutales manos. Distinguió
claramente la estaca profundamente insertada en su pecho, atravesando los
sus músculos y tejidos. Esa imagen apareció por un momento en la mente de
ella, que hizo una mueca de dolor, y entonces perdió el contacto.

Shea nunca podría olvidar sus rostros, sus ojos y el olor de la
transpiración... Uno de ellos, el más alto, no le quitaba los ojos de encima.
— ¿Quiénes son ustedes? —Les miró fijamente, sorprendida,
inocente, totalmente indefensa. Shea sabía que parecía joven y desvalida,
demasiado insignificante para darles problemas.
— Jeff Smith —dijo el alto bruscamente. La devoraba con los ojos—.
Éste es mi socio, Don Wallace. Necesitamos que venga con nosotros para
responder algunas preguntas.
— ¿Me necesitan para algo? Soy médico, caballeros. No puedo
simplemente recoger mis cosas y largarme, tengo que estar en quirófano
dentro de una hora. Quizás puedan hacerme sus preguntas cuando mi turno
haya terminado.
Wallace le sonrió. Le parecía encantadora. A Shea él le parecía un
tiburón.
—No podemos hacer eso, Doc. No se trata sólo de nuestras
preguntas, hay todo un comité deseando poder hablar con usted –rió en voz
baja, una película de sudor le cubría la frente. Le divertía causar dolor y
Shea era demasiado fría, demasiado arrogante.
Shea se aseguró de que el escritorio quedara entre ella y los
hombres. Poniendo mucho cuidado en moverse lentamente y en aparentar
despreocupación, observó su ordenador, tecleó la orden para destruir los
datos y apretó “enter”. Entonces, cogió el diario de su madre y lo metió en
el bolso. Consiguió llevarlo todo a cabo con bastante naturalidad.
— ¿Están seguros de que no se equivocan de persona?
—Shea O'Halloran, su madre era Margaret (Maggie) O'Halloran, de
Irlanda. —recitó Jeff Smith— Nació en Rumania, de padre desconocido —
había una nota de burla en su voz.
Los ojos verde esmeralda se clavaron en el hombre. Parecía tranquila,
mientras que él se retorcía de inquietud... y se consumía por el deseo que
ella le inspiraba. Smith era mucho más susceptible que su compañero.
— ¿Se supone que eso debería disgustarme, Sr. Smith? Soy quien soy.
Mi padre no tiene nada que ver con ello.
— ¿No? —Wallace se acercó más al escritorio—. ¿No necesita
sangre? ¿No la ansía? ¿No la bebe? —sus ojos resplandecían con odio.
Shea soltó una carcajada. Su risa era suave, atractiva, una melodía
que uno desearía escuchar durante una eternidad.
— ¿Beber sangre? ¿Esto es algún tipo de broma? No tengo tiempo
para estas tonterías...
Smith se humedeció los labios.
— ¿No bebe sangre? —Su voz tenía un matiz de esperanza.
Wallace le dirigió una mirada indignada.
—No la mires a los ojos —espetó—. Deberías saber eso ya.
Shea arqueó las cejas. Rió de nuevo, invitando a Smith a unirse a ella.
—A veces me hace falta una transfusión. No es nada raro... ¿No han
oído hablar de la hemofilia? Caballeros, están haciéndome perder el tiempo
—su voz bajó un tono, una suave seducción de notas musicales—. Realmente
deberían marcharse.
Smith se rascó la cabeza.
—Quizá nos equivocamos de mujer. Mírala. Es una doctora. No es
como los otros... Ellos son altos, fuertes y tienen el pelo oscuro. Ella es
delicada, pequeña, pelirroja... Y sale a la luz del sol.
—Cállate –le espetó Wallace—. Es una de ellos. Debimos haberle
tapado la boca, te está confundiendo con su voz —sus ojos se deslizaron
sobre ella, logrando que se le pusiese la piel de gallina—. Hablará —sonrió
vilmente—. La hemos atrapado. Justo a tiempo. Usted cooperará,
O’Halloran, por las buenas o por las malas. Realmente, preferiría que fuese
por las malas.
—Apuesto a que sí... Exactamente, ¿qué es lo que quieren de mí?
—Probar que es usted un vampiro —siseó Wallace.
—Me están tomando el pelo. Los vampiros no existen. No existe tal
cosa —les aguijoneó ella, necesitaba saber de qué iba todo aquello y pensaba
conseguirlo de cualquier manera, incluso si eso significaba provocar a dos
hombres tan repulsivos como aquellos dos.
— ¿No? He conocido a varios... –dijo Wallace, con esa sonrisa maligna
de nuevo— Quizá a un amigo suyo o dos –soltó varias fotografías sobre el
escritorio, desafiándola con la mirada a que les echara un vistazo. Su
ansiedad era patente.
Manteniendo su rostro inexpresivo, Shea recogió las fotografías. Se
le revolvió el estómago, le subió la bilis a la garganta, pero no perdió la
sangre fría. Las fotografías estaban numeradas, ocho en total. Cada una de
las víctimas tenía los ojos tapados, estaban amordazados, esposados y en
diferentes estados de tortura. Don Wallace era un carnicero. Rozó con la
yema de un dedo la señalada con el número dos, experimentando un
repentino ramalazo de dolor. El chico no tenía más de dieciocho años.
Rápidamente, antes de que se le saltaran las lágrimas, echó un vistazo
al resto de las fotografías. La número siete era un hombre con el pelo
negro... ¡El hombre que aparecía en sueños! No podía creerlo. Pero no se
equivocaba. Conocía cada ángulo y cada plano de su cara. Su boca
perfectamente dibujada, los ojos oscuros y expresivos, el largo cabello...
Sintió que la angustia se apoderaba de ella. Por un momento percibió su
dolor, la terrible agonía de su mente y su cuerpo, en los que ya no quedaba
sitio para otra cosa que no fuese el dolor, el odio o el hambre. Pasó la yema
del pulgar por aquel atormentado rostro, lentamente, casi con cariño.
Acariciándola. Las sensaciones de dolor y de odio no hicieron más que
aumentar. El hambre ocupaba todos sus pensamientos... Las emociones eran
increíblemente fuertes, y totalmente desconocidas para ella... tenía la
extraña sensación de que algo o alguien estaba compartiendo su mente.
Aturdida, Shea dejo las fotos sobre el escritorio.
—Eran ustedes dos... los cazadores de vampiros, en Europa, hace un
par de años, ¿no?... Mataron a toda esa gente inocente. —acusó Shea con
calma.
Don Wallace no lo negó.
—Y ahora la tenemos a usted.
—Si los vampiros son criaturas tan poderosas, ¿cómo es que
consiguieron matar a tantas? —dejó que el sarcasmo se filtrara en su voz
para incitarles a hablar.
—Sus hombres son muy competitivos —rió Wallace sin rastro de
humor—. No se llevan bien entre sí. Necesitan mujeres y no les gusta
compartirlas. Se traicionan los unos a los otros, dejándolos en nuestras
manos. De todas maneras, son fuertes. Sin importar cuánto sufran, jamás
hablan. Eso, de algún modo, nos beneficia, ya que son capaces de confundir
las mentes con su voz. Pero usted hablará. Le dedicaré todo el tiempo del
mundo... ¿Sabía que cuando un vampiro agoniza suda sangre?
—Seguramente lo sabría si fuera un verdadero vampiro. No he sudado
sangre en mi vida. Déjenme comprobar si todo esto me ha quedado claro...
Los vampiros no sólo son peligrosos para los humanos, sino también para sí
mismos. Los hombres de su especie se traicionan entre ellos y les entregan
a ustedes, carniceros humanos, a las víctimas de semejante traición porque
necesitan mujeres... Sería mucho más cómodo que se limitaran a morder a
mujeres humanas y convertirlas en vampiro. —Señalando sarcásticamente
cada foto con los dedos prosiguió. –Y quieren que me crea que soy una de
esas ficticias criaturas, tan poderosa que sólo con mi voz puedo esclavizar a
un hombre tan fuerte como éste. –señaló deliberadamente hacia Jeff
Smith, dirigiéndole una amable sonrisa— Caballeros, soy médico. Salvo vidas
todos los días. Duermo en una cama, no en un ataúd. No tengo mucha fuerza
que digamos y no he bebido la sangre de nadie en la vida —miró a Don
Wallace—. Usted, sin embargo, admite haber torturado y mutilado hombres,
incluso haberlos asesinado. Y, evidentemente, obtiene un gran placer con
ello. No creo que sean policías, ni oficiales de ninguna agencia legal. Creo que
son unos monstruos —volvió su mirada esmeralda hacia Jeff Smith, dando a
su voz un tono suave y seductor—. ¿De verdad piensa que soy un peligro para
usted?
Él pareció perderse en su atrayente mirada. Nunca había deseado
tanto a una mujer. Parpadeó, aclaró su garganta y lanzó una breve y
calculada mirada a Wallace. Smith no había visto nunca antes una mirada tan
fría y ávida en el rostro de su compañero.
—No, no, por supuesto. Usted no es un peligro para mí ni para nadie
más.
— ¡Maldita sea, Jeff! Agárrala y vámonos de aquí de una puñetera
vez. —gruñó Wallace intentando dejar claro quién mandaba allí.
Los ojos verdes de Shea se deslizaron sobre Smith, deteniéndose en
su aturdida mirada. Podía percibir su deseo, y se aprovechó de ello,
alentando sus fantasías con una mirada insinuante.
Shea había aprendido desde muy pequeña a introducirse en las
mentes y manipular los pensamientos de los demás. Al principio, la
aterrorizaba tener ese tipo de poder, pero fue una herramienta muy útil en
el pasado y le era útil ahora que la estaban amenazando.
—Es verdad, Don, ¿por qué no se limitan a convertir a mujeres
humanas? Podría tener sentido. ¿Y por qué aquel vampiro dejó de
ayudarnos? Salimos pitando de allí, y nunca me contaste qué salió mal. —dijo
Smith desconfiando.
— ¿Está tratando de decir que uno de esos hombres les ayudó en su
campaña para matar a otros de su raza y que por eso tuvieron tanto éxito?
—preguntó Shea, incrédula.
—Era un tipo desagradable, vengativo. Odiaba al chico, pero
despreciaba especialmente a éste de aquí —Smith señaló la fotografía del
hombre con la melena larga y negra. –Quería que le torturásemos, que le
quemáramos... y quería mirar mientras lo hacíamos.
— ¡Cierra la boca! –Le espetó Wallace—. Acabemos con esto de una
vez. La sociedad nos dará unos cuantos miles por ella. Quieren estudiarla.
Shea rió suavemente.
—Si en realidad fuese uno de sus míticos vampiros, debería valer
mucho más que eso. Creo que su compañero le está timando, Smith.
La verdad de aquella afirmación podía leerse en la cara de Wallace.
Cuando Smith se volvió para mirarle, Shea hizo su movimiento: saltó por la
ventana, aterrizando sobre sus pies, como un gato, y corrió tan rápido como
pudo. No tenía objetos personales de los que preocuparse, ningún recuerdo
especial. Lo único que le preocupaba era perder sus libros.

Cuando percibió su miedo, Tom sintió la necesidad de protegerla.
El impulso era tan fuerte como su deseo de venganza. Fuera lo que fuese
que él había hecho, y era el primero en admitir que no podía recordar nada, no podía merecerse un castigo tan horrible. Una vez más, el sueño se
apoderó de él, pero ésta había sido la primera vez en meses que no había le
había transmitido su dolor ni había poseído su mente por unos segundos para
asegurarse de que ella percibía su oscura ira y la promesa de venganza. Esta
vez no la había castigado. Solo él tenía el derecho de inducir el miedo en su
mente, de introducirlo en su frágil y tembloroso cuerpo. Ella había
observado su fotografía con una mezcla de arrepentimiento y pesar.
¿Creería que estaba muerto y que era su alma condenada la que la
perseguía? ¿Qué pasaba por la cabeza de esa traicionera mujer?
El tiempo seguía pasando. Despertaba sólo cuando alguna criatura se
acercaba. Al final, la tela que cubría sus ojos se pudrió hasta caerse. No
tenía ni idea de cuanto tiempo llevaba allí. Tampoco tenía la menor
importancia. La oscuridad era oscuridad. La soledad, soledad. Su única
compañía era la mujer de su mente. La mujer que le había traicionado, que le
había abandonado. Algunas veces la llamaba, la ordenaba acudir a él. La
amenazaba. Le suplicaba. Aunque pareciese perverso, la necesitaba. Se
estaba volviendo loco, lo admitía. Pero es que esa soledad total estaba
acabando con él. Sin su contacto, estaría perdido, y ni siquiera su férrea
voluntad le sacaría adelante.
Y tenía un motivo para seguir viviendo: la venganza. La necesitaba
tanto como la despreciaba. Por muy retorcida que fuera su relación,
necesitaba esos momentos de compañía. Ahora estaba físicamente cerca de
él, no había un océano por medio. Había estado tan lejos que casi no había
podido alcanzarla a través de la distancia. Pero ahora estaba mucho más
cerca. Renovó sus esfuerzos y empezó a llamarla a todas horas, procurando
no dejarla dormir.
Cuando conseguía dejar atrás el dolor y el hambre y permanecer
oculto, como una sombra en su mente, ella le intrigaba. Era muy inteligente,
brillante incluso. Sus esquemas mentales eran los de un ordenador,
procesaba la información a una velocidad increíble. Parecía capaz de apartar
todas las emociones; quizás es que no era capaz de sentirlas. Se dio cuenta
de que admiraba su intelecto, su modo de pensar, el modo que se entregaba
por completo a su trabajo. Estaba investigando una enfermedad y parecía
completamente obsesionada por encontrar una cura. Quizás era por eso por
lo que siempre la encontraba en aquella habitación poco iluminada, cubierta
de sangre y con las manos profundamente enterradas dentro de un cuerpo:
estaba realizando experimentos. Y aunque le parecía una abominación, ahora
entendía por qué lo hacía. Era capaz de dejar a un lado su necesidad de
dormir y de alimentarse durante largos periodos de tiempo. Él percibía esa
necesidad, pero ella estaba tan absolutamente concentrada en lo que estaba
haciendo que ni siquiera prestaba atención a los gritos de su cuerpo, que
clamaba por atender sus necesidades básicas.
No había risas en su vida, no tenía a nadie a su lado. Eso le parecía
extraño. Tomas no estaba seguro del momento en que eso comenzó a
molestarle, pero así era. Estaba sola, concentrada únicamente en lo que
estaba haciendo. Por supuesto, él no habría tolerado la presencia de otro
hombre en su vida, habría intentado destruir a cualquiera que se le
acercara. Se decía a sí mismo que eso se debía a que cualquier hombre que
se le acercara estaba seguramente implicado en la conspiración que le
mantenía en ese estado de sufrimiento. A menudo, se sentía asqueado por su
necesidad de hablar con ella, pero le intrigaba aquella mente tan compleja.
De todos modos, ella lo era todo para él. Su salvación. Su verdugo. Sin su
presencia, sin el contacto de su mente, se habría vuelto completamente loco,
y lo sabía. Ella, inconscientemente, compartía su extraña vida con él, dándole
algo en lo que concentrarse, algún tipo de compañía. De alguna manera, todo
aquello era una ironía. Ella le creía encerrado bajo tierra. Pensaba que
estaba a salvo de su venganza. Pero había creado un monstruo, y le mantenía
con vida, logrando que recuperara una parte de su fuerza con cada contacto
de su mente.
Volvió a encontrarla un mes más tarde, quizá un año... No estaba
seguro, pero eso no tenía la menor importancia. Su corazón latía frenético
por el miedo. Como el de él. Quizás había sido la sobrecogedora intensidad
de sus emociones lo que le había despertado. El dolor era insoportable, el
hambre le envolvía, pero aun así los latidos de su corazón igualaban el ritmo
alocado del de ella, y no era capaz de encontrar fuerzas suficientes para
respirar. Ella temía por su vida. Alguien la estaba intentando atraparla.
Quizás sus compinches, los que le habían ayudado a traicionarle, le habían
dado la espalda. Se concentró en sí mismo, esperando, bloqueando el dolor y
el hambre como había aprendido a hacerlo a través de los años. Nadie le
haría daño. Ella le pertenecía. Sólo él debía decidir si ella vivía o no, nadie
más. Si consiguiera “ver” al enemigo a través de sus ojos... Sintió cómo
aumentaba el poder en su interior... una furia tan inmensa y poderosa ante la
idea de que alguien pudiera apartarla de él, que le sorprendía.
La imagen apareció claramente ante sus ojos. Ella estaba en algún tipo
de refugio... Había ropas y muebles tirados por el suelo, como si hubiera
habido una pelea o alguien hubiera estado rebuscando entre sus
pertenencias. Ella recorría las habitaciones, cogiendo algunas cosas por el
camino. Captó imágenes de una masa de pelo rojo, sedoso, brillante. Quería
tocar ese pelo. Introducir sus dedos en él. Enredarlo alrededor de su cuello
y estrangularla con él. Enterrar su rostro en aquel cabello y percibir su
fragancia... Entonces la imagen desapareció, se agotaron sus fuerzas y se
derrumbó, impotente, en su prisión, incapaz de alcanzarla, de ayudarla, de
saber si estaba a salvo. Eso no hizo más que aumentar el tormento de agonía
y hambre. No hizo más que incrementar la deuda que ella tenía con él.
Permaneció inmóvil, reduciendo los latidos del corazón al mínimo, tan
sólo bombeando lo suficiente para permitirle pensar y replegarse sobre sí
mismo para intentar recuperar sus fuerzas una vez más. Si ella lograba
sobrevivir, iba a atraerla hacia él. No podía permitir más atentados contra
su vida. La vida o la muerte de ella sólo dependían de su decisión.
—Ven a mí... ven aquí conmigo. A las Montañas de los Cárpatos. A la
región remota y salvaje donde deberías estar, donde está tu hogar, tu
gente. Ven a mí —envió la llamada, llenando la mente de ella con el deseo de
obedecer. Había requerido mucho esfuerzo, mucho más que cualquier cosa
que hubiese hecho hasta ese momento. Pero ya estaba hecho. Era todo lo
que podía hacer sin arriesgar su propia vida. Estando tan cerca de su
objetivo, no podía echarlo todo a perder estúpidamente.

Habían vuelto a encontrarla. Y de nuevo Shea O’Halloran corría para
salvar su vida. Había sido más precavida esta vez, ya que estaba al tanto de
que la seguían. Tenía suficiente dinero escondido en distinto lugares, su
vehículo, un cuatro por cuatro, tenía una caravana en la que podría vivir si
fuera necesario. Tenía todo lo esencial preparado, así que lo único que tenía
que hacer era cogerlo y correr. ¿Pero adónde esta vez? ¿Dónde podría
perderlos? Conducía rápido, escapando de aquellos que la diseccionarían
como a un insecto, de aquellos que la miraban como si fuese algo inferior a
un ser humano.
Sabía que le quedaba poco tiempo de vida. Casi no la quedaban
fuerzas para resistir. La terrible enfermedad que padecía estaba acabando
con ella, y no estaba más cerca de conseguir la cura que cuando empezó.
Probablemente, había heredado la enfermedad de su padre. Un padre al que
nunca había visto, que no había conocido, un padre que abandonó a su madre
incluso antes de que Shea naciera. Había leído el diario de su madre muchas
veces. Su padre había destrozado el corazón de su madre, y también su
vida, convirtiéndola en una mera sombra de lo que había sido hasta ese
momento. Un padre al que no le importaban lo más mínimo ni su madre ni ella
misma.
En ese momento conducía en dirección a los Cárpatos, el lugar de
nacimiento de su padre. Una tierra de leyendas y supersticiones. La rara
enfermedad sanguínea que sufría bien podría haberse originado allí. Estaba
muy nerviosa, así que intentaba concentrarse en los miles de datos que tenía
sobre la enfermedad, procurando disipar el miedo. El origen debía estar allí.
Casi todos los mitos de vampiros tenían su comienzo en este lugar. Podía
recordar fácilmente cada detalle de todas las historias que había leído. Al
fin, debía estar en el buen camino. Las claves siempre habían estado en el
diario de su madre. Shea se reprochaba una y otra vez no haberse dado
cuenta antes. Sentía tal aversión al pensar en su padre o en cualquier cosa
que tuviera alguna relación con él, que jamás se había puesto a considerar
que localizar sus propias raíces le daría la respuesta que buscaba. El diario
de su madre... Tenía cada palabra guardada en el corazón.
“Le conocí anoche... Desde el momento en que le vi supe que tenía que
ser él... Alto, guapo, con unos ojos fascinantes. Jamás había escuchado una voz tan hermosa como la suya. Y él sintió lo mismo por mí. Sé que lo sintió.
Fue una equivocación, claro, ya que él estaba casado... pero fue inevitable
para ambos. No podíamos permanecer separados. Rand. Así se llamaba... Un nombre extraño, como él, como su acento... Los Cárpatos son su hogar...
¿Cómo he podido vivir sin él hasta ahora?
Su mujer, Noelle, dio a luz un niño hace dos meses. Sé que a él no le
hizo gracia. Por alguna razón, era importante que tuviera una niña.
Permanece conmigo a cada momento, aunque estoy a menudo sola. Está en mi mente, hablando conmigo, susurrándome lo mucho que me quiere. Tiene una especie de enfermedad de la sangre que no le permite salir a la luz del sol. Tiene hábitos extraños... Cuando hacemos el amor, y no te imaginas lo
maravilloso que es, está dentro de mi mente, a la vez que en mi corazón y en mi cuerpo. Dice que es porque tengo dones psíquicos, como él, pero sé que es algo más. Tiene algo que ver con su necesidad de beber sangre. Estoy escribiéndolo aquí porque no puedo decirlo en voz alta. Suena horrible… espantoso... y sin embargo es tan erótico... sentir su boca sobre mí, mi sangre en su cuerpo. Cuánto le amo... Apenas deja ninguna señal, a menos que quiera marcarme como suya. Su lengua cura las heridas rápidamente. Lo he visto, como un milagro. Él es un milagro.
Su mujer, Noelle, sabe que estoy con él. Me ha contado que ella no le
permite dejarla, que es peligrosa. Sé que es verdad porque ella me
amenazó... amenazó con matarme. Tenía tanto miedo. Sus ojos eran rojos, y sus dientes brillaban como los de un animal... pero Rand llegó justo antes de que pudiera herirme. Estaba tan furioso... se mostró tan protector... Sé que dice la verdad cuando dice que me ama. Pude deducirlo por la manera en que le habló a ella, ordenándole que se marchara. ¡Y ahora ella me odia!
¡Soy tan feliz! Estoy embarazada. Él no lo sabe aún. No le he visto
desde hace dos noches, pero estoy segura de que nunca me dejará. Su
mujer debe estar furiosa porque él la abandone. Espero que sea una niña. Sé que desea una hija desesperadamente. Yo le daré lo que siempre ha querido, y Noelle pasará a la historia. Supongo que debería sentirme culpable, pero no puedo hacerlo cuando es obvio para ambos que su lugar está a mi lado.
¿Dónde está? ¿Por que no viene a mí ahora que le necesito tan
desesperadamente? ¿Por qué se ha ido de mi mente?
Shea llora constantemente. Los médicos están consternados con los
resultados de los análisis de sangre. Necesita transfusiones diarias. Dios,
cómo la odio... me tiene atada a este mundo vacío. Sé que él está muerto. El día que Noelle vino a verme, vino después él solo, durante unas maravillosas horas. Me dijo que iba a dejarla. Creo que intentó hacerlo. Pero simplemente desapareció... de mi mente, de mi vida. Mis padres creen que me abandonó porque estaba embarazada, que me usó, pero yo sé que está muerto. Y siento esta terrible agonía, su dolor... Vendría a buscarme si pudiera, estoy segura. Y jamás se enteró de que tenía una hija... Le hubiera acompañado, pero tenía que dar a luz a su hija. Si su mujer le mató, y estoy segura de que es capaz de tal cosa, él vivirá por mí, a través de nuestra hija.
La he traído a Irlanda. Mis padres están muertos, así que he
heredado sus propiedades. La habría dejado con ellos, pero ahora es
demasiado tarde. No puedo unirme a él. No puedo dejarla cuando hay tantas personas preguntando por ella. Tengo miedo de que traten de matarla. Es como él. El sol quema su piel rápidamente. Necesita sangre, como él. Los médicos susurran sobre su caso y me miran fijamente... tengo mucho miedo.
Sé que tengo que llevármela de aquí... No permitiré que nadie haga daño a tu hija, Rand... oh, Dios, ayúdame... soy incapaz de sentir nada. Estoy muerta por dentro. ¿Dónde estás? ¿Te mató Noelle como prometió que haría? ¿Cómo puedo vivir sin ti? Sólo tu hija evita que me una contigo... Pronto, mi amor, pronto estaré contigo.”
Shea dejó salir el aire de sus pulmones muy lentamente. Por supuesto.
Había estado delante de sus narices todo el tiempo. Necesitaba sangre,
como él. Heredó la enfermedad sanguínea de su padre. Su madre había
escrito que Rand bebía su sangre cuando hacían el amor. ¿Cuánta gente
había sido cruelmente perseguida y había acabado con una estaca en el
corazón sólo porque nadie había podido encontrar un cura para su terrible
enfermedad? Sabía lo que era sufrir una cosa así, odiarse a sí mismo y tener
miedo de que te descubran. Tenía que encontrar una cura, aunque fuese
demasiado tarde para ella, debía encontrarla.

Tomas durmió durante mucho tiempo, decidido a renovar su energía.
Despertaba sólo brevemente, para alimentarse y para asegurarse de que
ella seguía viva y cerca. Contenía su euforia para no perder más sangre.
Ahora necesitaba toda su energía. Ella estaba cerca, podía sentirla. Estaba
tan sólo a unos kilómetros de él. Dos veces había “visto” su cabaña a través
de sus ojos. La estaba arreglando, encargándose de esas cosas que hacen las
mujeres para transformar un mero refugio en un hogar.
Más tarde, Tomas empezó a despertar a intervalos regulares,
probando su fuerza, atrayendo animales que le proporcionasen la tan
necesaria sangre. La acechaba en sus sueños, llamándola continuamente,
manteniéndola despierta cuando sabía que su cuerpo necesitaba dormir
desesperadamente. Se sentía frágil, hambrienta, débil por la falta de
alimento. Trabajaba día y noche, y su mente estaba llena de preguntas y
respuestas. No hizo caso de todo aquello, lo único que quería era mantenerla
cansada para poder someter fácilmente su voluntad.
Tenía mucha paciencia. Había aprendido a tenerla. Sabía que se
estaba aproximando a ella. Ahora tenía tiempo de sobra. No había ninguna
necesidad de correr. Podía permitirse malgastar su energía. La acechaba
desde su oscuro escondrijo, y cada contacto con su mente era más
poderoso. No tenia ni idea de lo que iba a hacerle una vez que la tuviera en
sus manos... No podría matarla... después de haber pasado tanto tiempo en
su mente, a veces le parecía que formaban una sola persona... Pero seguro
que iba a sufrir... Una vez más, se obligó a sí mismo a dormir para conservar
la poca sangre que le quedaba.
Estaba dormida delante de su ordenador, con la cabeza reposando
sobre un montón de papeles. Incluso en sueños, su mente permanecía activa.
Tomas había aprendido muchos detalles sobre ella. Sabía que tenía una
memoria fotográfica. Había aprendido tantas cosas sobre su mente que
incluso había olvidado algunas... o a lo mejor es que nunca las había sabido. A
menudo pasaba tiempo estudiándola antes de someterla a su acoso. Era una
una fuente de conocimientos, una fuente de datos sobre el mundo
exterior.
Siempre estaba sola. Incluso en los más antiguos recuerdos que
captaba, había una niña pequeña aislada del resto. Sentía que la conocía
íntimamente. Pero en realidad, no sabía nada personal sobre ella. Su mente
estaba llena de cuestionarios y datos, de instrumentos y fórmulas químicas.
Jamás pensaba en su aspecto o en esas cosas en que piensan todas las
mujeres. Sólo importaba su trabajo. Todo lo demás era rápidamente
desechado.
Tomas se concentró y envió las palabras hasta ella.
—Ahora vendrás hasta mí. No permitas que nada te detenga.
Despierta, y ven a mí mientras descanso y espero.
Utilizó cada gramo de la fuerza que poseía para introducir la orden
dentro de su cerebro. En los dos últimos meses, había conseguido atraerla
hacia él varias veces, obligándola a acercarse hacia su prisión a través del
siniestro bosque que la rodeaba. Pero en cada una de las ocasiones, a pesar
de que había venido como le había ordenado, su necesidad de completar su
trabajo le había hecho darse la vuelta al final. Esta vez estaba seguro de
que había usado la fuerza suficiente para forzarla a complacerlo. Ella sentía
su presencia en la mente, reconocía su contacto, pero en realidad no sabía
que estaban unidos. Pensaba que él era un sueño... o más bien una pesadilla.
Tomas sonrió al pensar en ello. Pero no había diversión en aquella
sonrisa, tan sólo una salvaje promesa, la promesa de un depredador a punto
de atrapar a su presa.

Shea se despertó de golpe. Su trabajo esta desparramado por todas
partes, el ordenador seguía encendido y los documentos que había estado
estudiando estaban bastante arrugados, por haber apoyado la cabeza sobre
ellos. El mismo sueño otra vez... ¿Es que nunca pararía? ¿Nunca la dejaría en
paz?
El hombre de sus sueños ya le resultaba familiar... aquella abundante
melena de pelo negro y el sesgo cruel sobre una boca tan sensual... Durante
los primeros años, había sido incapaz de verle los ojos, como si estuvieran
cubiertos por algo, pero en los dos últimos años la había observado
fijamente, con una oscura amenaza presente en la mirada.
Shea se echó el pelo hacia atrás y notó las pequeñas gotas de sudor
que cubrían su frente. Por un instante, experimentó la extraña
desorientación que la invadía siempre después de aquel sueño, como si algo
atrapase su mente durante un momento para después soltarla lentamente,
con reticencia.
Shea sabía que alguien la estaba persiguiendo. Aunque el sueño no
fuese real, el hecho es que alguien la perseguía de verdad. No debía perder
de vista ese hecho, no debía olvidarlo. No volvería a estar a salvo de nuevo a
menos que encontrara una cura para ella y para el resto de las personas que
sufrían esa extraña enfermedad. La estaban acechando como si fuera un
animal, como si careciese de sentimientos o inteligencia. Y a los cazadores
no les importaba que hablara seis idiomas con fluidez ni que fuera una
cirujana muy competente que había salvado incontables vidas.
Las palabras del papel que tenía delante se estaban volviendo
borrosas, se difuminaban. ¿Cuánto hacía que no dormía en realidad? Suspiró,
pasando una mano sobre el abundante cabello rojo, largo y sedoso,
apartándoselo de la cara. Lo echó hacia atrás descuidadamente y, como
siempre, lo sujetó con lo primero que tuvo a mano. Empezó a revisar los
síntomas de la extraña enfermedad sanguínea. Catalogándose a sí misma.
Era pequeña y muy delicada, casi frágil. Parecía joven, como una
adolescente, ya que envejecía a un rimo mucho más lento que resto de los
humanos. Sus ojos eran muy grandes, de un verde intenso, y su voz era
suave, sedosa, casi hipnótica. Cuando leía, la mayor parte de los estudiantes
estaban tan cautivados por su voz, que recordaban cada palabra que había
dicho. Sus sentidos eran más sensibles que los del resto de la raza humana,
su audición y su olfato eran extremadamente agudos. Era capaz de apreciar los colores nítidamente, captando matices que la mayoría de las personas no
distinguía. Podía comunicarse con animales, saltar más alto y correr más
rápido que muchos atletas bien entrenados. Desde muy joven, había
aprendido a ocultar esos talentos.
Se desperezó mientras se levantaba. Estaba muriéndose lentamente.
Cada minuto que pasaba era un minuto menos disponible para encontrar la
cura. En algún lugar, entre todas esas cajas y montones de papeles, se
encontraba la solución. Aunque cuando diera con la cura fuera demasiado
tarde para ella, podía servirles a aquéllos que vivían en la misma terrible
soledad en la que había vivido ella durante toda su vida.
Puede que envejeciera lentamente y tuviese habilidades
excepcionales, pero pagaba un alto precio por ello. El sol quemaba su piel.
Aunque podía ver claramente en la oscuridad de la noche, sus ojos lo
pasaban muy mal a la luz del día. Su cuerpo rechazaba prácticamente todas
las comidas, y lo peor de todo, necesitaba sangre a diario. Cualquier tipo de
sangre. No había sangre incompatible con la suya. La sangre animal la
mantenía apenas con vida, así que necesitaba desesperadamente sangre
humana, y sólo cuando estaba cerca de desplomarse se permitía usarla, y
únicamente mediante transfusión. Desgraciadamente, su particular
enfermedad requería transfusiones orales.
Shea abrió la puerta de golpe e inhaló el aire de la noche, escuchando
en la brisa los susurros de los zorros, los lirones, los conejos y los ciervos.
El grito de un búho que había perdido a su presa y el chillido de un
murciélago provocaron que la sangre corriese más rápido por sus venas.
Estaba claro que pertenecía a aquel lugar. Por primera vez en toda su vida,
se sentía en paz.
Shea salió al porche. Sus ajustados vaqueros azules y las botas de
montaña servirían, pero la fina camiseta que llevaba no evitaría el frío de las
montañas. Cogiendo una sudadera y la mochila, Shea se internó en aquel
paraje que tanto le atraía. Si hubiera conocido la existencia de este lugar un
poco antes… Ya había perdido mucho tiempo. Justo un mes antes había
descubierto las propiedades curativas de la tierra. Y también conocía el
agente curativo que había en su saliva. Shea había plantado un jardín, en el
que cultivaba verduras y varios tipos de hierbas. Le encantaba trabajar la
tierra. Un día, por accidente, se hizo un corte, un feo y profundo tajo.
Trabajar en la tierra pareció aliviar el dolor, y cuando terminó el trabajo, el
corte estaba prácticamente cerrado.
Empezó a vagar por el sendero sin rumbo fijo, deseando que su madre
hubiese experimentado la paz de aquel lugar. Pobre Maggie. Tan joven.
Irlandesa. Durante las primeras vacaciones de su vida se había encontrado
con un oscuro e intrigante desconocido que la había usado para después
abandonarla a su suerte. Shea sacudió su cabeza, tenía los ojos llenos de
lágrimas, pero se negaba a dejarlas caer. Su madre había hecho su elección.
Aquel hombre. Él se había convertido en el centro de su vida, sin dejar
espacio para nada más. Ni siquiera para la carne de su carne, la sangre de su
sangre, su hija. No merecía la pena seguir viviendo sólo por Shea.
Únicamente por Rand. Un hombre que la había abandonado sin pensarlo, sin
decirle una palabra al respecto. Un hombre que le había contagiado una
enfermedad tan espantosa que su hija debía ocultarse del resto del mundo.
Y Maggie lo sabía. Pero aún así, no se había molestado en investigar, ni
siquiera en descubrir algo sobre Rand que pudiera servir de ayuda para
saber a qué se enfrentaba su hija.
Shea se detuvo para recoger un puñado de tierra, dejándola
deslizarse entre sus dedos. ¿Estaría Noelle, la esposa según su madre, tan
obsesionada con Rand como Maggie? En principio parecía que sí. Pero Shea
no tenía ninguna intención de seguir la opción que había provocado la caída
de su madre. Jamás dependería tanto de un hombre que llegase a rechazar a
su propio hijo para después suicidarse. La muerte de su madre había sido
una tragedia sin sentido, y había dejado a Shea abandonada a una vida sin
amor, fría y cruel, sin nadie que la guiase. Maggie sabía que su hija
necesitaba sangre... Lo decía bien claro en el condenado diario, cada maldita
palabra. Shea apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.
Maggie sabía que la saliva de Rand tenía agentes curativos. Y aún sabiéndolo,
había dejado que su hija lo descubriera por sí misma. Shea se había curado a
sí misma incontables veces cuando era niña, mientras su madre miraba
fijamente por la ventana hacia algún lugar que sólo ella veía, viva tan solo a
medias, indiferente a los llantos de dolor de la pequeña que se había caído
mientras aprendía a andar o a correr... había aprendido todo sola. Descubrió
que podía curarse pequeños cortes y arañazos con su lengua. Pero tardó
mucho más tiempo en descubrir que sólo ella podía hacer esas cosas. Maggie
se comportaba como un robot, sin emoción alguna, atendiendo únicamente
las mínimas necesidades básicas de Shea, sin prestar atención a sus
sentimientos. Maggie se suicidó el día que Shea cumplió dieciocho años... Un
leve gemido de angustia escapó de la garganta de Shea. Ya era
suficientemente horroroso saber que debía tomar sangre para sobrevivir,
pero crecer sin el amor de su madre había sido devastador.
Siete años antes, una especie de locura arrasó Europa. Al principio, no
fue más que algo curioso, casi divertido. Desde los inicios de la Historia, la
gente supersticiosa hablaba en susurros sobre la existencia de vampiros en
la zona de la que su padre era originario.
Ahora, parecía posible que el desorden sanguíneo, quizá originario de
las Montañas de los Cárpatos, fuese la base de las leyendas de vampiros. Si
la enfermedad era de carácter endémico en esta región, ¿no era posible que
aquellos que habían sido perseguidos a través de los años, hubieran sufrido
también la enfermedad que Shea y su padre compartían? Shea estaba
deseando poder estudiar a otros con su misma dolencia.
En los últimos tiempos, los asesinatos de “vampiros” se habían
extendido por Europa como una plaga. Hombres en su mayoría, eran
asesinados al “estilo vampiro”, con una estaca clavada en el corazón. Era algo
enfermizo, repugnante y aterrador. Respetados científicos habían
empezado a considerar la posibilidad de que los vampiros fueran reales. Se
habían formado comités para estudiarlos... y eliminarlos.
Evidencias de fuentes anteriores, combinadas con las muestras de
sangre de una niña pequeña (la suya, Shea estaba segura) habían logrado que
la cuestión llegara más lejos. Shea había estado aterrada, completamente
segura de que esos asesinos de Europa acabarían por encontrarla. Y en ese
momento, de hecho, estaban tras ella. Había dejado atrás su país y su
carrera con el propósito de seguir su propia línea de investigación.
¿Cómo creía la gente, en estos tiempos tan civilizados, en esas
estupideces sobre los vampiros? Se sentía identificada con las personas
asesinadas, que seguramente sufrían la misma enfermedad que ella. Era
médico, una investigadora, y aun así, hasta ahora les había fallado a todas
las víctimas, temerosa de que se descubriese lo que ella llamaba “su
detestable secretito”. Y eso la enfurecía. Tenía talento, incluso era
brillante, debería haber descubierto los secretos de este misterio hacía
mucho tiempo. ¿Cuánta gente había muerto porque ella no había sido lo
suficientemente constante en la búsqueda de información?
La sensación culpabilidad y el miedo alimentaban ahora su incansable y
exhaustiva sesión de estudio. Absorbía todo lo que podía encontrar sobre la
zona, la gente y las leyendas: rumores, supuestas evidencias, viejas
traducciones y los últimos artículos de los periódicos. Comía sólo cuando
tenía tiempo, a veces ni siquiera recordaba usar las transfusiones, no dormía
casi nunca... buscando desesperadamente la pieza del puzzle que le daría el
camino a seguir.
Estudió su sangre un millón de veces, su saliva, su sangre después de
transfusiones animales, después de transfusiones humanas...
Shea había quemado el diario de su madre en un momento de
desesperación. Jamás olvidaría una sola de sus palabras, pero aun así sentía
profundamente la pérdida. Su cuenta bancaria, sin embargo, era substancial.
Había heredado fondos de su madre, y había conseguido bastante dinero
ejerciendo su profesión. Incluso tenía una pequeña propiedad en Irlanda que
alquilaba por una buena cantidad. Vivía sin gastar mucho e invertía
sensatamente. Había sido fácil mover su dinero a Suiza y dejar unas cuantas
pistas falsas a lo largo del continente.
Desde el momento que llegó a los Cárpatos, Shea se había sentido
distinta. Más viva. Más en paz. La inquietud y la sensación de angustia
seguían creciendo en su interior, pero se sentía como si estuviera en casa
por primera vez en su vida. Las plantas, los árboles, la fauna salvaje y hasta
la misma tierra, formaban parte de ella. Era como si, de algún modo,
estuviera relacionada con ellos. Le encantaba respirar ese aire, chapotear
en el agua y llenar sus manos de tierra.
Shea captó la esencia de un conejo, y su cuerpo se tensó de repente.
Podía oír el latido de su corazón, sentir su miedo. El animal percibía el
peligro, había un depredador acechándolo. Un zorro; ella percibió el susurro
de su piel rozando los arbustos. Era maravilloso oír esas cosas, sentirlas, sin
preocuparse de que los demás pudieran hacerlo o no. Los murciélagos
volaban, surcando el cielo para capturar insectos, y Shea alzó la mirada para
observarlos, admirando sus tácticas, disfrutando del simple espectáculo.
Empezó caminar de nuevo, necesitaba hacer ejercicio y librarse del peso de
la responsabilidad, al menos durante un rato.
Había encontrado su casita de campo, o más bien el armazón de la
casa, y la había transformado en su propio santuario durante los últimos
años. Había colocado persianas que impedían el paso de la luz del sol durante
el día, y un generador de corriente eléctrica que proporcionaba luz y la
energía necesaria para su ordenador. Un cuarto de baño decente y la cocina
habían sido sus siguientes prioridades. Poco a poco, Shea había adquirido
libros, provisiones y todo lo necesario para atender las urgencias de sus
posibles pacientes. Aunque Shea esperaba no tener que usar sus habilidades
en ese lugar (cuantas menos personas conocieran su existencia mejor,
además, así tendría más tiempo para dedicarlo a su valiosa búsqueda) era,
ante todo, un médico.
Shea penetró en el denso bosque, acariciando los troncos de los
árboles casi con reverencia.
Tenía siempre a mano una reserva de sangre, para lo que a veces
utilizaba sus habilidades como pirata informático, lo que le permitía entrar
en los bancos de sangre de manera que pudiese efectuar el pago
preservando su anonimato. Aun así, había tenido que hacer algunos viajes
cada mes, alternando entre tres pueblos que estaban a una noche de viaje
desde su cabaña. Últimamente se encontraba más débil y la fatiga era el
mayor problema, las heridas se negaban a curarse. Un anhelo, un ansia
aterradora crecía en su interior... un vacío que suplicaba ser llenado. Su vida
estaba llegando al final.
Shea bostezó. Tenía que volver a casa y descansar. Generalmente,
nunca dormía de noche, dejando su tiempo de reposo para la tarde, cuando
el sol le hacía más daño. Estaba a varios kilómetros de su casa, en lo
profundo del bosque, a bastante altitud en la parte más remota de las
montañas. Tomaba a menudo ese camino, atraída inexplicablemente hacia
aquel lugar. Se sentía inquieta, casi angustiada por la sensación de urgencia.
Debía dirigirse a alguna parte, pero no tenía ni idea de donde. Cuando
analizaba sus sentimientos, se daba cuenta de que la fuerza que le impulsaba
a seguir era casi una obligación.
Tenía toda la intención de dar la vuelta y volver a casa, pero sus pies
continuaban abriéndose paso a través del arduo camino. Había lobos en esas
montañas... los oía aullar a menudo durante la noche. Había tanto deleite en
sus voces, tanta belleza en sus canciones... Podía contactar con la mente de
los animales siempre que quisiera, pero nunca había intentado hacerlo con
una criatura tan salvaje e impredecible como un lobo. Aun así, sus canciones
nocturnas le hacían desear encontrarse uno en ese momento.
Siguió hacia adelante, empujada hacia un destino desconocido. Nada
parecía tener ninguna importancia, salvo el seguir ascendiendo, cada vez más
alto, hacia la más salvaje y deshabitada zona que había visto en su vida.
Debería tener miedo, pero cuanto más se alejaba de la cabaña, más
importante le parecía continuar. Sus manos se alzaban inconscientemente
para frotarse las sienes y la frente. Sentía un extraño zumbido en su
cabeza. La sorprendía cómo el hambre estrujaba sus entrañas... No era un
hambre normal, era diferente. De nuevo tenía esa extraña sensación de que
estaba compartiendo su mente con otro y de que el hambre no era
realmente suya. La mayor parte del tiempo, le parecía que estaba andando
en un mundo de sueños. La niebla alrededor de los árboles, suspendida sobre
la tierra, estaba empezando a espesarse y la temperatura del aire había
bajado varios grados.
Shea se estremeció, y se frotó los brazos arriba y abajo con las
manos. Siempre la dejaba asombrada su capacidad de moverse
silenciosamente por el bosque, esquivando instintivamente las ramas caídas
y las rocas sueltas. De repente, escuchó un susurro en su mente.
−¿Dónde estás? ¿Por qué rehúsas venir a mí?
La voz sonaba como un venenoso siseo de furia. Se detuvo un
momento, horrorizada, y se llevó las manos a la cabeza. Era como en su
pesadilla... la misma voz que la llamaba, resonando en su mente. Ahora las
pesadillas eran más frecuentes, ocupando sus horas de sueño, agobiándola
mientras permanecía despierta, deslizándose en su conciencia a todas horas.
A veces pensaba que se volvería loca.
Shea se acercó a un pequeño arroyo. Había distintas piedras planas,
de brillantes colores, que señalaban el camino a través del agua cristalina.
La corriente estaba helada cuando se inclinó para adentrar sus dedos en
ella. La sensación era tranquilizadora.
Algo la ordenaba seguir adelante. Primero un pie, luego el otro. Era
una locura seguir alejándose de la cabaña, ya que llevaba muchas horas sin
dormir. Y aunque se consideraba a sí misma una especie de sonámbula, se
sentía muy extraña.
Shea se detuvo cerca de un pequeño claro y observó a la noche
estrellada. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba moviéndose hasta que
cruzó el claro y penetró en la espesa arboleda, cuando una rama se enganchó
en su pelo, y la obligó a detenerse de nuevo. Sentía la cabeza pesada y la
mente aturdida. Necesitaba desesperadamente llegar a un determinado
sitio, pero no sabía donde. Escuchar no la ayudaba. Con su extraordinario
oído habría podido distinguir si una persona o alguna otra criatura se
encontraba herida o en peligro, pero no era así. Shea olfateó el aire. Lo más
probable era que acabara perdida y que el sol la dejara frita al salir por la
mañana... Se lo tendría merecido por estúpida.
A pesar de burlarse de sí misma, la sensación de su interior era tan
poderosa que Shea continuó caminando, permitiéndole a su cuerpo tomar el
rumbo hacia donde quisiera.
De repente, surgió ante sus ojos un sendero prácticamente invisible,
que se extendía zigzagueando a través de los árboles. Siguió andando en esa
dirección, completamente segura de que tomaba el camino correcto; estaba
intrigada, y se preguntaba qué era lo que tenía la fuerza necesaria para
alejarla de su investigación. Los árboles dieron paso a un pequeño prado.
Atravesó el claro, y de nuevo, parecía que sus pasos seguían un camino
previamente establecido... como si supiese perfectamente hacia dónde se
dirigía. Hacia el final del prado, algunos árboles dispersos rodeaban los
restos de un edificio. No eran los restos de una pequeña cabaña, sino los de
una gran casa, convertida ahora en oscuros escombros y con el bosque
deslizándose silenciosamente en su interior, intentando recuperar la tierra
que una vez le perteneció.
Caminó alrededor del perímetro de la estructura, segura de que algo
la había atraído a este lugar pero incapaz de identificar qué era. En ese
lugar había un inmenso poder, podía sentirlo, pero no tenía ni idea de dónde
procedía ni de cómo usarlo. Siguió avanzando, con el cuerpo agotado y una
inquietante presión en su mente, como si estuviera al borde de un gran
descubrimiento. Agachándose, dejó que sus manos se deslizaran sobre la
tierra. Una vez. Dos. De repente, sus dedos encontraron madera bajo la
suciedad. Shea se quedó sin respiración, con el pulso latiendo frenético por
la excitación. Había descubierto algo importante. Estaba segura de ello.
Cuidadosamente, retiró con las manos la tierra de encima, y descubrió una
gran puerta, de unos dos metros por uno y medio, con un firme asidero de
metal. Necesitó todas sus fuerzas para levantarla, y tuvo que sentarse
durante unos momentos para recuperar el aliento y reunir el valor suficiente
para mirar lo que había en el agujero.
Una larga tira de desvencijados escalones, roídos y ajados por el
tiempo, conducía a una gran habitación. Tras un momento de indecisión,
Shea descendió por la escalera, impulsada por su cuerpo y su mente, a pesar
de que su cerebro le indicaba que debía tomar más precauciones.
Las paredes del sótano habían sido construidas con tierra y trozos de
piedra. Se notaba que nadie ni nada había perturbado ese lugar durante
años. Levantó la cabeza alarmada, explorando rápidamente el área con los
ojos en busca de algún tipo de peligro. No había nada. Ése era el problema.
El silencio era total. Siniestro. Ninguna criatura nocturna, ningún insecto.
Ningún rastro de animales sobre el suelo cubierto de polvo. No pudo
detectar más que alguna rata escurridiza o el brillo de una tela de araña.
Como impulsada por una fuerza interior desconocida, su mano
comenzó a deslizarse a lo largo de una de las paredes. Nada. Shea deseaba
salir de allí cuanto antes. El instinto de supervivencia la impulsaba a huir de
allí... Sacudió la cabeza, era incapaz de escapar, aunque aquel lugar la
aterraba. Permaneció inmóvil durante un terrible momento, en el que su
imaginación la jugó una mala pasada... sentía que alguien la observaba,
esperando... algo oscuro y letal. Parecía tan real que casi salió corriendo,
pero justo cuando se daba la vuelta decidida a largarse de allí mientras aún
estaba a tiempo, sus dedos encontraron más madera debajo de la pared de
tierra.
Intrigada, Shea examinó la superficie. Algo había sido enterrado
deliberadamente justo allí. El tiempo no amontonaba la tierra de esa
manera. Incapaz de detenerse, retiró puñados de tierra y rocas hasta que
destapó un gran tablón de madera en estado de descomposición. ¿Otra
puerta? Tenía por lo menos un metro noventa de alto, quizá más. Reanudó la
excavación con más ganas, lanzando con indiferencia los puñados de tierra
hacia atrás. Súbitamente, sus dedos rozaron algo espantoso. Se apartó de
un salto, retrocediendo mientras los pequeños caparazones secos caían a la
tierra. Ratas muertas. Centenares de cuerpos de rata consumidos.
Horrorizada, miró fijamente la caja de madera podrida que había
destapado. El resto de la tierra la mantenía en su lugar, pero parte de la
tapa cayó hacia adelante. Shea se dirigió corriendo hacia las escaleras,
alarmada por su descubrimiento. La presión en su cabeza aumentó hasta
hacerla gritar de dolor, y cayó de rodillas antes de conseguir llegar hasta el
final de la empinada escalera que conducía hacia la noche llena de niebla.
No podía ser un ataúd. ¿Quién enterraría un cuerpo boca abajo en una
pared? Algo, una curiosidad morbosa o una cierta fuerza que no pudo
identificar, obligó a sus pies a dirigirse de nuevo hasta la caja. Intentó
detenerse con todas sus fuerzas, pero no pudo. Le temblaba la mano
mientras la acercaba para tirar de la tapa de madera podrida.



HOLA!! PRIMER CAP DE LA SEGUNDA NOVELA ... ESTA NOVELA ES DE JACQUES. EL HERMANO DEL PRINCIPE NO SI SI SE ACUERDAN ... BUENO ESPERO Y LES GUSTE EL CAPS ... TRATEN PORFAVOR DE COMENTAR MAS SEGUIDO PARA SUBIR MAS SEGUIDO .... BUENO HASTA PRONTO :))

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