lunes, 20 de junio de 2016

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CAPITULO 2.-
Shea permaneció inmóvil, en ese momento era incapaz de respirar, o de
pensar siquiera. ¿Estaba la respuesta a sus preguntas frente a ella, en toda
su cruda realidad? ¿Era esta cosa, torturada y mutilada, su futuro, el futuro
de aquellos que sufrían esa enfermedad? Cerró los ojos por un momento,
intentando evadirse de lo que la rodeaba. Tratando de no imaginar la
brutalidad necesaria para hacer una cosa así. Se le saltaron las lágrimas
pensando en el dolor y el sufrimiento que esta criatura había soportado
antes de su muerte. Se sentía responsable. Le habían dado unos dones muy
especiales, y a pesar de todo, no había podido descubrir los secretos de la
enfermedad que había condenado a los que la padecían.
Respiró profundamente, obligándose a volver a mirar. Aún estaba vivo
cuando sus atacantes sellaron el ataúd. Había arañado la madera, hasta
conseguir, al final, hacer un pequeño agujero. Shea sofocó un sollozo... se
sentía muy cerca de ese pobre hombre asesinado. Mil cortes cubrían su
cuerpo. Una estaca de madera, tan grande como el puño de un hombre, había
sido incrustada en su pecho, cerca de su corazón. Quienquiera que lo
hubiera hecho necesitaba unas lecciones de anatomía. Tomó aliento,
horrorizada. ¡Cuánto debía haber sufrido!
Tenía las manos y los tobillos atados; tiras sucias y trapos en distintos
estados de descomposición le rodeaban el pecho, como si fuese una momia.
El médico que había en ella asumió el control para permitir un estudio clínico
más exhaustivo. Era imposible decir cuánto tiempo llevaba muerto. Por las
condiciones del sótano y del ataúd, habría podido especular sobre un
determinado número de años, pero el cuerpo todavía no había comenzado a
descomponerse. Las líneas de agonía todavía surcaban la cara del hombre.
Tenía la piel grisácea, pero firmemente estirada sobre los huesos. Las
marcas de sufrimiento se habían grabado en su rostro, estaba claro que su
agonía había sido terrible.
Y ella le conocía. Él era el hombre de sus sueños.
Aunque pareciera imposible, estaba segura de que no se equivocaba; le
había visto suficientes veces como para reconocerle. Además, era el hombre
de la foto que Wallace le había mostrado. Sabía que era una locura, pero se
sentía unida a este hombre... sentía que debía haberle salvado. La consumía
la pena, una pena profunda e intensa. Era como si una parte de sí misma
yaciera muerta con él, en el ataúd.
Shea acarició suavemente su pelo sucio, tan negro que parecía tener
reflejos azules. Seguramente habría sufrido la misma enfermedad de la
sangre que ella... ¿Cuántos más habían sido atrapados, perseguidos,
torturados, y asesinados por padecer esa enfermedad con la que habían
nacido?
—Lo siento— susurró suavemente, y lo decía de corazón. —Os he
fallado a todos... y también a mí.
Un lento siseo fue su única advertencia. Los párpados se abrieron, y se
quedó mirando fijamente aquellos ojos que ardían con venenoso odio. Con
una explosión de fuerza, él rompió una de las oxidadas esposas, y aferró su
garganta con una mano... como si fuera un torno. Era muy fuerte, y el
apretón le cerró la tráquea, así que ni siquiera podía gritar... De repente,
todo empezó a girar a su alrededor, como un remolino blanco y negro que
amenazaba con tragársela. No había terminado de sentir el pesar por no
haber podido ayudarle cuando sintió que unos dientes se clavaban en su
garganta.
Simplemente dejó que pasara, esperando que fuese rápido. No
forcejeó, sabía que era inútil. De cualquier modo, alguien le debía algo a esta
atormentada criatura, y ella ya había aceptado su muerte desde hacía
mucho tiempo. Tenía miedo, por supuesto, pero a la vez, se sentía
extrañamente tranquila. Si había alguna manera de proporcionarle algo de
paz, deseaba hacerlo. La culpabilidad por su fracaso a la hora de encontrar
una cura a la enfermedad era el único sentimiento que había en su mente. Y
quizás también algo más, algo elemental, tan antiguo como el propio tiempo.
La necesidad de salvarle. Saber que él debía vivir y que ella estaba
dispuesta a dar su vida por él.

Shea se despertó mareada y débil. Le dolía la cabeza, y su garganta
estaba tan dolorida que tenía miedo de hacer el más mínimo movimiento.
Frunció el ceño, incapaz de reconocer dónde se encontraba. Escuchó su
propio gemido... Estaba tumbada sobre la tierra, con un brazo atrapado bajo
su espalda y algo fuerte sujetándola alrededor de la muñeca. Intentó soltar
el brazo, pero la apretada sujeción amenazó con romper sus frágiles huesos.
Le dio un vuelco el corazón, y con la mano libre se palpó la garganta,
recordando. Tenía el cuello hinchado y magullado. También había una herida,
abierta y dolorosa. Sentía la boca extraña, con un leve sabor metálico en la
lengua.
Había perdido mucha sangre, lo supo inmediatamente. Le estallaba la
cabeza, y el dolor no hacía más que aumentar. Sabía que aquella criatura era
la responsable de eso, al intentar introducirse en su mente. Mojando sus
labios cuidadosamente, se echó hacia atrás, acercándose al ataúd para
disminuir la presión de su brazo. Los dedos de él encerraban su pequeña
muñeca como una esposa, un torno que amenazaba con romper cada uno de
sus huesos si hacía un movimiento en falso. Otro gemido se escapó de su
garganta antes de que pudiera evitarlo. Ojalá todo esto no fuese más que
otra pesadilla... Enderezándose, giró lentamente la cabeza para poder
mirarle.
Aquel simple movimiento fue tan doloroso que la dejó sin aliento. Clavó
la mirada en sus ojos. Casi sin darse cuenta, Shea forcejeó, intentando
apartarse de él. Sus ojos, negros como la noche, la abrasaban. Había un odio
feroz y una furia venenosa enterradas en la profundidad de aquellos ojos sin
alma... Sus dedos apretaron aún más, estrechando su muñeca, amarrándola a
él y arrancando un grito de dolor y miedo desde su dolorida garganta. El
dolor de cabeza era insoportable.
— ¡Para!—en la lucha, Shea se golpeó la frente contra el ataúd— Si me
haces daño, no podré ayudarte— levantó la cabeza para encontrarse con
aquellos ojos negros. — ¿Entiendes lo que te digo? Soy todo lo que tienes—
se obligó a no apartar la mirada. Fuego. Hielo. Tenía los ojos más
aterradores que había visto en su vida. —Me llamo Shea O'Halloran. Soy
médico— Lo repitió en varios idiomas, pero dejó de intentar hacerse
entender cuando sus ojos continuaron quemándola. Parecía no tener piedad.
Ni alma. Era como un animal. Atrapado. Herido. Confuso. Un peligroso
depredador encerrado en un cuerpo indefenso.
—Te ayudaré si me lo permites. — susurró suavemente, como si
estuviese tratando de calmar a un animal salvaje. Estaba utilizando el poder
de su voz sin ningún tipo de reparo. Hipnótico, suave, sedante. —Necesitaré
algunas herramientas y un vehículo. ¿Comprendes?
Se inclinó sobre él y con su mano libre acarició cautelosamente su
mutilado pecho. La sangre fresca manaba alrededor de la estaca,
deslizándose a través de sus muchos cortes, como si éstos fueran recientes.
Su muñeca tenía un nuevo corte, estaba segura de que no estaba allí antes.
—Dios mío, debes estar sintiendo muchísimo dolor... No te muevas. No
puedo retirar la estaca hasta que no te lleve a mi cabaña, o te desangrarías
hasta morir...— Por extraño que pareciese, él parecía tener ahora mejor
aspecto.
La criatura la soltó despacio, reticente, sin apartar jamás la mirada de
sus ojos. Escarbó la tierra con las manos, llevándola hasta sus terribles
heridas. ¡Por supuesto! La tierra...
Le ayudó, recogiendo puñados de rica tierra y extendiéndolos sobre las
heridas. Tenía tantas... Después del primer puñado, él permaneció inmóvil,
intentando conservar la energía, con la mirada clavada en ella. No
parpadeaba siquiera, sus oscuros ojos no vacilaron ni una sola vez.
Shea echó un nervioso vistazo hacia arriba, hacia la entrada del sótano.
Había pasado mucho tiempo mientras estaba inconsciente. El sol saldría
pronto. Se inclinó hacia él y le apartó el pelo de la cara suavemente... sentía
que una extraña ternura se apoderaba de ella. Por alguna razón inexplicable
se sentía atraída por esa pobre criatura, y esa sensación iba más allá de la
compasión natural o la necesidad de un médico por ayudar. Quería que
sobreviviera. Él debía sobrevivir. Tenía que encontrar un modo de librarle
de ese espantoso dolor.
—Necesito algunas cosas. Me daré tanta prisa como pueda... pero
volveré, te lo prometo— Se puso en pie y dio un paso en dirección hacia las
escaleras.
Se movió tan deprisa que apenas pudo distinguirle, y colocando su mano
alrededor de su cuello, la levantó del suelo de forma que cayó hacia él. Clavó
los dientes en su garganta. El dolor era terrible. Se alimentaba vorazmente,
como un animal fuera de control. Intentó luchar contra el dolor, contra la
inutilidad de todo aquello... Estaba matando a la única persona que podía
salvarle. Su mano, a tientas, encontró su pelo negro. Enredó los dedos en la
sucia y espesa cabellera, sujetándose allí cuando se desplomó, casi sin vida,
sobre su pecho. La última cosa que oyó antes de desmayarse, fue su corazón.
Cosa increíble, su propio corazón intentó imitar aquel ritmo fuerte y
constante.

El silencio reinante se interrumpió por el pequeño jadeo que emergió de
su cuerpo, luchando por sobrevivir. La criatura miraba con indiferencia la
débil y esbelta figura. A medida que iba recuperando las fuerzas, el dolor
aumentaba, consumiéndole. Alzó la mano libre, se mordió la muñeca, y colocó
la herida chorreante de sangre sobre la boca de ella por una segunda vez.
No estaba seguro de lo que estaba ocurriendo... el dolor seguía siendo
demasiado intenso. Había estado enterrado durante mucho tiempo, y no
recordaba haber visto en su vida otra cosa más que sombras grises y
negras. Ahora, el intenso brillo de los colores que le rodeaban hacía que le
doliesen los ojos. Tenía que escapar de aquel caleidoscopio de tonalidades...
el dolor aumentaba a cada momento y una sensación desconocida amenazaba
con ahogarle.

Shea despertó lentamente, con la cara sobre el suelo. Sentía la
garganta en carne viva y el mismo dulce sabor metálico invadía su boca.
Estaba enferma y mareada, e instintivamente se dio cuenta de que el sol
estaba en lo más alto. Su cuerpo parecía hecho de plomo. ¿Dónde se
encontraba? Tenía mucho frío y estaba desorientada. Se puso de rodillas e
inclinó la cabeza para evitar desmayarse. Nunca había estado tan débil, tan
indefensa. Era una sensación espantosa.
De repente, lo recordó todo y se arrastró a cuatro patas sobre el
polvoriento suelo. Apoyando la espalda contra la pared y desde la otra punta
de la habitación, miró fijamente el ataúd, aterrada. Él yacía allí como si
estuviera muerto. Sin latidos o respiración perceptibles. Shea se llevó una
mano temblorosa a la boca para evitar soltar un sollozo. No iba a acercarse
a él otra vez, estuviese muerto o no. De todas formas, por inteligente que
fuese ese pensamiento, aún sentía la necesidad de encontrar un modo de
ayudarle. Había algo en su interior que no la permitía dejarle.
Quizás estaba equivocada sobre la enfermedad... ¿Existirían los
vampiros? Él había usado los dientes; tenía unos afilados incisivos y debía
tener algún tipo de anticoagulante, de la misma manera que su saliva tenía un
agente cicatrizante. Se llevó las manos a las sienes, que palpitaban con
fuerza. La necesidad de ayudarle era abrumadora, sobrecogedora, tan
intensa que se sentía obsesionada. Alguien había dedicado bastante tiempo a
torturar a este hombre, y había disfrutado con su sufrimiento. Le habían
hecho tanto daño como les había sido posible y después le habían enterrado
vivo... Sólo Dios sabía durante cuánto tiempo había soportado algo tan
terrible. Tenía que ayudarle, sin importar lo que pasara. Era inhumano
plantearse siquiera abandonarle en tal estado. Era más de lo que podía
soportar.
Con un suspiro se puso en pie, apoyándose en la pared hasta que el
techo del sótano dejó de girar. Vampiro o humano, no podía abandonarle a su
suerte para que muriera lentamente de inanición. Él sentía un terrible dolor,
y era obvio que no entendía lo que le estaba pasando. Estaba atrapado en un
mundo de agonía y locura.
— Está claro que has perdido la cabeza, Shea— susurró de manera
audible.
Sabía que lo que sentía iba más allá de la compasión y la necesidad
de curar. Algo increíblemente fuerte, dentro de ella, se había comprometido
a asegurar la supervivencia de este hombre. De alguna extraña manera,
había convivido con él durante muchos años. Había estado con ella a todas
horas, compartiendo su mente, llamándola, rogándole que viniera a buscarle...
Y le había dejado en este lugar de locura y sufrimiento, pensando que no era
real. No podía fallarle de nuevo.
El sol brillaba en el cielo. Si tenía los mismos ritmos de sueño que ella,
probablemente dormiría profundamente hasta la puesta de sol. Debía
marcharse en ese momento o arriesgarse a que la atacara de nuevo al
despertar. El sol iba a destrozarle la piel. Encontró su bolso, y buscó sus
gafas oscuras.
Atravesar el prado fue una especie de infierno. Incluso con las gafas
oscuras, la luz abrasaba sus ojos, llenándolos de lágrimas que nublaban su
campo de visión. Como era incapaz de ver claramente el suelo, se cayó varias
veces. El sol la azotaba implacablemente. Cuando penetró en el bosque, la
sombra de los árboles le proporcionó algo de alivio, pero al llegar a la cabaña
no había ni un solo centímetro de piel que no estuviera al rojo vivo o lleno de
ampollas.
Una vez en casa, se examinó el cuello y la garganta, totalmente
hinchados, los espantosos cardenales y las heridas, aún abiertas. Su aspecto
era grotesco: parecía una horrible langosta, golpeada y maltratada. Shea
extendió aloe vera sobre su piel, y a toda prisa, recogió las herramientas,
instrumentos y cuerdas y lo cargó todo en el todoterreno. Tenía las lunas
ahumadas, pero haría falta taparle para meterle dentro. Volvió a por una
manta.
Súbitamente, una especie de mareo la hizo caer de rodillas al suelo.
Estaba muy débil. Necesitaba una transfusión inmediatamente. Si tenía que
salvar a ese hombre, primero necesitaba salvarse a sí misma. Tardaría un
par de horas en encargarse de aquel hombre y volver a la cabaña, y no podía
permitirse desperdiciar el tiempo. Así, sabiendo que no le quedaba otra
opción, preparó el equipo de transfusión, utilizando una de las unidades de
sangre que tenía a mano. Le parecía que estaba tardando una eternidad,
cada minuto transcurría tan lento que parecía una hora, dándole demasiado
tiempo para preocuparse, para empezar a plantearse preguntas…
¿Estaba el ataúd cerca de la puerta del sótano? ¿Por qué no se había
fijado antes? Si le había dejado donde el sol podía alcanzarle, se estaría
quemando vivo mientras que ella se dedicaba a cosas sin importancia... Oh,
Dios, ¿por qué no podía recordarlo? Le dolía la cabeza, tenía la garganta
hecha polvo y, lo más importante de todo, estaba completamente
aterrorizada... no quería volver a sentir sus manos alrededor del cuello otra
vez. No podía creer que hubiese sido tan descuidada como para dejarle a la
luz del sol... Sólo imaginárselo la ponía físicamente enferma.
Una vez terminada la transfusión, Shea preparó rápidamente la cabaña
para la emergencia quirúrgica que se avecinaba, colocando los instrumentos
para retirar la estaca y la seda para suturar las heridas. Al menos tenía
sangre para darle. Sin permitirse un solo pensamiento más sobre la tarea
que tenía por delante, subió al coche y se dirigió de nuevo hacia las ruinas.
El sol se deslizaba tras las montañas cuando aparcó el todoterreno en
la entrada del sótano. Utilizando el cabrestante del coche, bajó el cable por
el agujero. Respirando profundamente, temerosa de lo que pudiera
encontrar, Shea descendió por las destartaladas escaleras. Al instante,
sintió el impacto de aquellos ojos ardientes. Con el corazón latiendo
frenético por el miedo, se obligó a avanzar por la habitación hasta que
estuvo fuera de su alcance. Él la miraba como si fuese un depredador... y
ella su presa. Había despertado para encontrarse a solas y todavía atrapado.
Estaba atenazado por la sensación intolerable de hambre, y también por el
miedo y el dolor. Sus furiosos ojos negros se clavaron en ella, acusándola,
con una oscura promesa de venganza.
— Escúchame. Por favor trata de entender...— estaba tan desesperada
que empezó a utilizar el lenguaje de signos mientras hablaba. — Necesito
meterte en mi coche. Va a ser doloroso, lo sé. Y si eres como yo, las drogas
no te servirán de ayuda —Estaba empezando a tartamudear, su fija mirada
la desconcertaba— Mira, —dijo desesperada— yo no te hice esto. Tan sólo
estoy tratando de ayudarte, de verdad.
Sus ojos la ordenaban acercase un paso más. Se llevó una mano al pelo y
descubrió que estaba temblando.
— Voy a tener que atarte para que cuando conecte el cable con... —
tartamudeó y se mordió el labio— Deja de mirarme así, por lo que más
quieras. Esto ya es bastante difícil sin que lo empeores aún más...
Se acercó a él cautelosamente. Le costó cada gramo del valor que
poseía dar un paso para acercarse. Él podía oler su miedo, oía el latido
frenético de su corazón. Sus ojos reflejaban el pánico que sentía y también
su voz... pero aun así, se acercó a él. No estaba obligándola a obedecer. El
dolor le debilitaba, así que había decidido conservar toda la energía que
pudiera. Le sorprendía que continuara acercándose, a pesar de su miedo.
Sentía los dedos fríos sobre su piel, calmándole mientras se enredaban en
su pelo.
— Confía en mí. Sé que es mucho pedir, pero creo que esto es lo mejor
que puedo hacer.
El hielo negro de su mirada jamás se apartaba del rostro de Shea. Muy
lentamente, intentando no alarmarle, acolchó el área alrededor de la estaca
con toallas dobladas, esperando que moverle no le matara. Le cubrió con una
manta para protegerle del sol. Él se limitaba a mirarla fijamente, casi con
indiferencia, pero ella sabía, por el modo con el que sujetaba, que estaba
listo para atacar si era necesario. Cuando le hubo asegurado en el ataúd,
para reducir al máximo el movimiento y el sangrado, él le sujetó la muñeca
con esa garra de acero con la que ya estaba familiarizada.
Las fotografías que Don Wallace y Jeff Smith le habían enseñado dos
años antes, mostraban a algunas de las víctimas con vendas en los ojos y
amordazadas. No podía negar que esta criatura era exactamente igual que el
hombre de sus sueños, y que el hombre de las fotografías, pero era
imposible que hubiera sobrevivido siete años enterrado en este sótano...
Había harapos en el ataúd. ¿Una mordaza? ¿Una venda? Se le revolvió el
estómago. No podría vendarle los ojos para protegerle del sol. No se atrevía
a repetir nada de lo que esos asesinos le habían hecho.
Tenía el pelo sucio y muy largo, y le caía alborotado alrededor de la
cara. Sintió la fuerte necesidad de apartarlo de sus mejillas, de tocarle
suavemente con los dedos, de borrar los últimos siete años con una caricia.
— De acuerdo, dejaré tu brazo libre —dijo para tranquilizarle. Era
difícil permanecer quieta mientras esperaba su decisión, con los ojos
clavados en su ardiente mirada. Parecía tardar una eternidad. Shea podía
sentir cómo se atenuaba la furia que bullía justo debajo de la superficie.
Cada segundo parecía más difícil mantener el coraje. No estaba del todo
segura de que él fuera a aceptar.
Reticentemente, dedo a dedo, la soltó. Shea no cometió el error de
tocar su brazo de nuevo. Con mucho cuidado, enganchó el cable en la parte
de arriba del ataúd.
—Tengo que cubrirte los ojos con esto. El sol se esta poniendo, pero
todavía hay la suficiente luz como para cegarte. Sólo te lo pondré por
encima, puedes quitártelo en el momento que quieras.
En el instante en que colocó la venda sobre sus ojos, él la rasgó, y sus
dedos apretaron su muñeca una vez más como amenaza. Tenía una fuerza
enorme y parecía que no le iba a dejar un hueso sano, pero percibía que su
intención no era hacerle daño. Había trazado una línea muy clara entre lo
que era aceptable para él y lo que no.
— De acuerdo, está bien, déjame pensar... Nada de vendas —se pasó la
lengua por el labio inferior, y después los dientes. Su oscura mirada la
observaba, siguiendo el movimiento de su lengua, y volviendo a posarse
después sobre sus grandes ojos verdes. Mirando. Aprendiendo— Ya lo tengo.
Puedes usar mis gafas hasta que te meta en el coche —le colocó las gafas
oscuras lentamente sobre la nariz. Con los dedos, le acarició suavemente el
pelo— Lo siento... esto te dolerá.
Shea dio un precavido paso hacia atrás. Era peor no poder ver sus ojos.
Otro paso. De repente, de su boca salió un poderoso gruñido, dejando ver el
destello de unos dientes blanquísimos. Salió corriendo un segundo antes de
que su brazo intentara atraparla a la velocidad del rayo. Aún así, sus uñas le
dejaron profundos surcos en el brazo. Shea dio un grito y se agarró el
brazo, pero continuó corriendo hasta llegar a las desvencijadas escaleras.
La luz cayó como un torrente sobre sus ojos, cegándola, enviando
terribles punzadas hasta su cerebro. Shea cerró los ojos con fuerza, y se
tambaleó hasta el todoterreno; empezó a accionar el cabrestante... No
quería ni mirarle, sabiendo que era ella la que le estaba inflingiendo ahora un
terrible dolor... sólo de pensarlo se sentía enferma. Las lágrimas se
deslizaban por sus mejillas. Shea se dijo que no era más que una reacción a
la luz... En realidad, sabía que él la había atacado por miedo a que le
estuviera abandonando.
El chirrido del cable se detuvo abruptamente. Shea rodeó el
todoterreno, abrió la puerta trasera, bajó la rampa y colocó el cable a
través de la cabina. El cabrestante colocó suavemente el ataúd sobre la
parte trasera del vehículo.
Shea necesitaba las gafas de sol para conducir, pero no se acercaría a
él hasta que no fuera absolutamente necesario. Ahora él estaría sintiendo
tanto dolor que probablemente la mataría antes de que pudiera convencerle
de que no estaba tratando de torturarle. La verdad es que no podía culparle.
El camino hasta la cabaña duró más de lo que debería debido a que
tenía los ojos llorosos e hinchados y la visión borrosa. Condujo despacio,
tratando de evitar cada roca y bache del estropeado camino. Tal y como
estaba, incluso con un vehículo con tracción en las cuatro ruedas era un
camino difícil de seguir.
Shea maldecía en voz baja cuando aparcó el todoterreno prácticamente
dentro del porche.
— Por favor... Por favor no me atrapes y me comas viva... —dijo
lentamente, casi como si estuviera rezando. Si volvía a abrirle la garganta,
posiblemente no podría ayudar a nadie nunca más.
Inspirando profundamente, abrió la puerta trasera del coche y bajó la
rampa. Sin echarle un vistazo siquiera, bajó el ataúd y lo arrastró hacia
dentro.
Él no emitió ningún sonido. Ni un gemido, ni un sollozo, ni una maldición.
Estaba agonizando... se notaba perfectamente en la película de sudor que
bañaba su cuerpo, en las líneas claras alrededor de la boca, en la mancha
carmesí que había en su frente, y en el dolor que se reflejaba en sus ojos
cuando finalmente le quitó las gafas de sol.
Shea estaba exhausta, sentía los brazos doloridos y débiles. Tuvo que
pararse un momento para descansar, apoyándose en la pared, intentando
luchar contra la oleada de náuseas que la embargaba. De nuevo tenía la
mirada clavada en su rostro, observándola simplemente. Odiaba que no
pronunciase una palabra, ya que sabía instintivamente que aquellos que le
habían torturado no habían recibido la satisfacción de oír sus gritos. Le
hacía sentirse como si fuera uno de ellos.
El más mínimo movimiento suponía un espantoso dolor para él, así que
trabajando lo más rápidamente posible, le colocó sobre la camilla al lado de
la mesa de operaciones.
— Está bien, voy a sacarte de esta caja —necesitaba escuchar su
propia voz, aunque él no la entendiera. Había probado con varios idiomas,
pero todavía no había respondido. Sus ojos parecían cargados de sabiduría e
inteligencia... No confiaba del todo en ella, pero era posible que supiera que
tenía intención de ayudarle.
Sujetando su cuchillo más afilado, Shea se volvió hacia él para cortar
las gruesas ataduras. Instantáneamente, él aferró su muñeca, impidiendo el
movimiento. Se le partió el corazón... Él no la había comprendido. Cerró sus
ojos, preparándose para sentir el dolor que provocarían sus dientes al
rasgarle la piel. Al pasar el momento y ver que no sucedía nada, le echó un
vistazo, esperando encontrar la ardiente furia de su mirada.
Él estaba examinando el largo corte que tenía en su brazo,
entrecerrando los ojos. Giró el brazo primero hacia un lado, y luego hacia el
otro, como si estuviera fascinado por la larga línea de sangre que recorría la
piel desde la muñeca hasta el codo. Impaciente, Shea intentó soltarse, pero
los dedos de él la aferraron con más fuerza aún, aunque seguía sin mirarla a
la cara. Atrajo el brazo de ella hacía su boca, y Shea pensó que el corazón
dejaría de latirle en el pecho.
Sentía su cálido aliento contra la piel. La tocó suavemente, casi con
adoración, en una larga y húmeda caricia que eliminó el escozor de la herida.
Su lengua como grueso terciopelo, lamiendo la herida con sumo cuidado. La
sensación de su lengua contra la piel envió una inesperada oleada de calor
que atravesó todo su cuerpo.
Sabía que él estaba intentando reparar el daño que había causado. Le
miró asombrada, incapaz de creer que procurara sanar su estúpido arañazo
cuando su propio cuerpo estaba tan terriblemente mutilado... Aquel simple
gesto le pareció tan conmovedor que los ojos de Shea se llenaron de
lágrimas. Acarició su despeinada melena suavemente.
— Tenemos que darnos prisa, hombre salvaje. Estás sangrando otra
vez.
La soltó de mala gana y Shea cortó las cuerdas.
— No me importa que me grites si tienes que hacerlo –dijo, aunque
sabía que no lo haría.
Le llevó una eternidad quitarle las esposas. Aunque hubiese tenido una
cizalla, no era demasiado fuerte. Cuando su muñeca al fin quedó libre, ella le
sonrió triunfalmente.
— Estarás libre dentro de nada.
Retiró las pesadas cadenas, revelando la piel oscurecida y chamuscada
que le recorría las piernas de arriba abajo y atravesaba su pecho. Shea
soltó un juramento, le asqueaba pensar que alguien podía ser capaz de tanta
maldad.
— Estoy bastante segura de que los que te hicieron esto fueron los
mismos que me persiguieron a mí también. Es probable que tengamos la
misma enfermedad de la sangre —Uno de sus tobillos quedó, por fin, libre
de las esposas— Fue algo muy extraño. Hace unos años, un grupo de
fanáticos se unieron y decidieron que la gente como nosotros éramos
vampiros. Pero imagino que eso ya lo sabes... —Añadió disculpándose.
La última sujeción cayó, y se deshizo de la cizalla.
— Tus dientes parecen más desarrollados que los míos —recorrió sus
dientes con la lengua, asegurándose de que realmente no eran como los de
él, mientras comenzaba a arrancar los laterales podridos del ataúd de
madera— Como no puedes entender ni una palabra de lo que te digo,
reconoceré que me alegro de que sea así. No puedo imaginarme mordiendo a
alguien. ¡Puaj! Ya me parece lo suficientemente desagradable necesitar
sangre extra para sobrevivir... Tendré que cortarte las ropas para poder
quitártelas.
De todas maneras, tenía toda la ropa podrida. Jamás había visto un
cuerpo tan maltratado antes.
— Malditos sean los que te hicieron esto... —Shea tragó con dificultad
al comprobar los daños— ¿Cómo pudieron hacerte una cosa así? ¿Y cómo has
podido sobrevivir? —Retiró el sudor de su frente con el antebrazo antes de
inclinarse sobre él una vez más— Necesito colocarte sobre esta mesa. Sé
que te causará bastante dolor, pero no hay forma de evitarlo.
Lo que él hizo a continuación parecía imposible. Mientras Shea sostenía
el peso de sus anchos hombros, intentando colocarle, en una inmensa
demostración de valor y fuerza, se trasladó él mismo sobre la mesa. La
sangre bañaba su frente, deslizándose sobre los lados de su cara.
Durante un momento, Shea no pudo continuar. Sentía los
estremecimientos que invadían su cuerpo y agachó la cabeza para ocultar las
lágrimas. No podía soportar verle sufrir así.
— ¿Terminará alguna vez tu sufrimiento? —le llevó unos minutos
recuperar el control, antes de que él le alzara la cabeza para mirarla
fijamente con sus oscuros ojos— Voy a tener que dejarte sin sentido. Será
la única manera de que pueda continuar con esto. Si la anestesia no funciona,
te golpearé en la cabeza o algo así —Y estaba decidida a hacerlo. No iba a
torturarle como habían hecho los otros.
Él recorrió su mejilla con un dedo, borrando el recorrido de una lágrima
con esa simple caricia. Miró la pequeña gota fijamente antes de llevársela a
la boca. Shea observaba aquel acto, extraño e íntimo, preguntándose por
qué su corazón se derretía de ese modo, cuando nunca antes había sentido
algo así.
Se lavó meticulosamente y se puso unos guantes estériles y una
mascarilla quirúrgica. Cuando intentó colocarle la mascarilla a él también, la
advirtió con una silenciosa muestra de colmillos y un puño cerrado que no lo
hiciera. Pasó lo mismo cuando intentó ponerle la inyección. Su oscura mirada
no se apartaba de ella. Shea sacudió la cabeza.
— Por favor... No me hagas hacerlo de esta manera, así no. No soy un
carnicero. No puedo hacerlo sin anestesiarte –intentó que su voz sonara
fuerte y decidida, y no implorante— No pienso hacerlo.
Se miraron el uno al otro, enzarzados en una especie de batalla mental.
Sus ojos oscuros la abrasaban, ordenando obediencia y su furia, siempre a
punto de estallar, comenzaba a salir a la superficie. Shea se pasó la lengua
por los labios, mordiendo después el inferior, nerviosa. Un brillo de
satisfacción resplandeció en la oscura mirada de él mientras se tumbaba de
nuevo, seguro de que había ganado.
— Maldito cabezota... —Limpió el área alrededor de la estaca, se colocó
las abrazaderas mientras deseaba contar con la ayuda de una buena
enfermera y tener a mano un gran mazo— ¡Malditos sean por hacerte esto!
—apretó los dientes y tiró con todas sus fuerzas.
Él apenas se movió, tan sólo una pequeña oleada de músculos
contrayéndose y flexionándose, pero sabía que había sentido un profundo
dolor. La estaca no se movió.
— ¡Maldición! Te dije que no podía hacerlo si estabas despierto, no soy
lo suficientemente fuerte.
Asió la estaca él mismo y la retiró de su cuerpo. La sangre comenzó a
salir a borbotones, empapándola, y ella comenzó a trabajar silenciosamente,
desesperada por sellar cada punto de hemorragia tan rápido como podía. No
le miró ni una sola vez, estaba absolutamente concentrada en la tarea que
estaba llevando a cabo. Shea era una cirujana meticulosa. Trabajaba
metódicamente, reparando el daño, a un paso rápido y constante, bloqueando
su mente a todo lo que la rodeaba. Tenía puesta toda su concentración en la
operación, aferrándose a él con la mente para que no muriera.

Tomas sabía que ella no era consciente de lo fuerte que se sujetaba a
él. Estaba tan envuelta en lo que estaba haciendo, que no parecía notar como
armonizaba con él mentalmente para mantenerle a salvo. ¿Cómo se había
equivocado tanto con ella? El dolor era insoportable, pero con sus mentes
tan fuertemente unidas, conseguía mantener la cordura.
Shea tuvo que aumentar un par de veces la intensidad de la luz para
asegurarse de que estaba suturando bien todos los diminutos puntos de
hemorragia. Estuvo suturando durante horas. Cientos de puntos, internos y
externos, para dejar el tórax como debía estar. Pero aún no había
terminado. El resto de cortes debían ser lavados y cerrados. La herida más
pequeña necesito sólo un punto, las más grande, cuarenta y dos.
Continuó sin descanso mientras la noche se cernía sobre ellos. Sentía
los dedos entumecidos, y le dolían los ojos de tenerlos continuamente
abiertos. Imperturbable, fue retirando la carne muerta de las heridas,
forzándose a utilizar la tierra y su saliva como cicatrizante, aunque iba en
contra de todo lo que la habían enseñado en la Facultad de Medicina.
Exhausta, casi sin saber lo que hacía, se quitó la mascarilla y los
guantes y examinó el resultado de su trabajo. Él necesitaba sangre. Sus ojos
reflejaban un dolor cercano a la locura.
— Necesitas una transfusión —dijo cansadamente. Hizo un gesto con la
barbilla para señalar el aparato de la transfusión. Los ojos negros la miraron
implacables. Shea se encogió, demasiado agotada para protestar— Está
bien, sin agujas. La pondré en un vaso y podrás bebértela.
La mirada de él no se apartó de su rostro mientras ella acercaba la
mesa a la cama y con su ayuda, le trasladó a la comodidad del limpio y suave
lecho. Tropezó dos veces mientras iba a por la sangre... estaba tan agotada
que prácticamente se dormía de pie.
— Tienes que cooperar, hombre salvaje. Necesitas la sangre, y yo estoy
demasiado cansada para luchar contigo —dejó el vaso en la mesita de noche,
a unos centímetros de sus dedos.
Como un autómata, se lavó, esterilizó los instrumentos, limpió la camilla
y mesa de operaciones y empaquetó los restos del ataúd, los trapos podridos
y las toallas ensangrentadas para enterrarlos a la primera oportunidad.
Cuando Shea terminó, sólo faltaban dos horas para el amanecer.
Las contraventanas estaban fuertemente cerradas para bloquear la luz
del sol. Echó la llave a la puerta y sacó las dos pistolas del armario. Las
colocó cerca del único sillón cómodo que tenía y echó una manta y una
almohada sobre el respaldo, preparándose para proteger a su paciente con
su propia vida. Sabía que necesitaba dormir, pero nadie iba a hacerle más
daño a ese hombre.
En la ducha, permitió que el agua caliente se deslizara sobre su cuerpo,
eliminando la sangre, el sudor y la suciedad de su cuerpo. Shea se quedó
dormida de pie. Minutos más tarde, una sensación extraña en su mente, casi
como el roce de las alas de una mariposa, la despertó de pronto. Envolvió su
largo pelo en una toalla, se puso su albornoz verde menta, y salió a
comprobar el estado de su paciente.
Una vez desconectado el generador, caminó hasta la cama. El vaso
todavía estaba en la mesilla. Lleno. Shea suspiró. Con mucha suavidad, le
acarició el pelo.
— Por favor haz lo que pido y bébete la sangre. No podré dormir hasta
que tú lo hagas, y estoy muy cansada... Aunque sólo sea por esta vez, haz lo
que te pido, por favor...
Él trazó con los dedos las delicadas líneas de los huesos de la cara de
Shea, como si estuviese memorizando cada forma, o la satinada suavidad de
sus labios. Extendió la palma a lo largo de su garganta, envolviendo los dedos
alrededor del cuello. La acercó hacia él suavemente, pero sin permitirle
echarse atrás.
— No —La palabra fue más un gemido que una protesta. Él aumentó la
presión, pero casi con ternura, hasta que colocó su pequeño cuerpo al lado
del suyo sobre la cama.
Su pulgar encontró el punto donde el pulso latía frenéticamente en el
cuello. Shea sabía que debía resistirse pero, por alguna razón, eso ya no le
parecía importante mientras yacía indefensa entre sus brazos. Sintió su
boca deslizándose sobre la piel desnuda, como un susurro, una tentación. La
acariciaba lentamente con la lengua.
Cerró los ojos intentando controlar las oleadas de sensaciones que
invadían su cabeza. Él estaba allí. En su mente. Percibiendo sus emociones,
compartiendo sus pensamientos. Sintió que el calor la envolvía mientras él
colocaba de nuevo su boca contra su cuello. Sus dientes mordisqueaban, su
lengua acariciaba... la sensación era curiosamente erótica. El punzante dolor
dejó paso a una sensación de somnolencia.
Shea se relajó contra él, abandonándose a sus caricias. Sería él quien
decidiese si vivía o moría. Estaba demasiado cansada para que eso le
importase.

A regañadientes, él levantó la cabeza, deslizando su lengua
cuidadosamente sobre la piel para cerrar la herida; degustó el sabor de ella:
caliente, exótico... una promesa de pasión. Pero algo iba mal en él; podía
darse cuenta de ello. Una parte de sí mismo estaba enterrada de tal forma
que parecía no tener pasado. Los fragmentos de su memoria parecían
esquirlas de cristal que perforaban su cráneo, así que intentó no pensar en
ello. Ahora, ella era su mundo. De alguna forma, sabía que ella era su único
amarre a la cordura, el único camino que le llevaría fuera de esa oscura
prisión de locura y dolor.
¿Por qué no había venido a buscarle la primera vez que la llamó? Él
tenía total conciencia de su presencia en el mundo. Había usado toda su
fuerza y había logrado dominar su mente, pero aún así, ella había esperado.

Tomas tenía toda la intención de castigarla por haberle forzado a
soportar la locura y el dolor... Pero ahora, nada de eso tenía sentido. Ella
había sufrido mucho por él. ¿Habría alguna razón para que ella se hubiese
resistido a su llamada? Quizás el traidor o los asesinos habían estado
siguiéndola. De todas maneras, cualquiera que fuese la razón, ella ya había
sufrido demasiado en sus manos. No tenía sentido que le hubiera
abandonado deliberadamente, para prolongar su agonía. Había visto la
compasión en su interior. Percibió su deseo de intercambiar su vida por la de
él. Cuando tocó su mente, percibió sólo luz y bondad. No era la mujer cruel y
traicionera que había imaginado.
Tomas estaba débil, muy vulnerable en su actual estado, así que sería
incapaz de proteger a ninguno de los dos en caso de necesidad. Shea era
pequeña y frágil... Había estado tan solo. Sin luz, sin color. Había pasado
toda una eternidad en soledad, y no pensaba volver jamás a ese mundo feo y
oscuro. Se hizo un corte en el pecho y acunó la cabeza de ella sobre él,
ordenándole beber. Unirla a él le parecía una cosa tan natural como respirar.
No podría soportar que se alejase de su vista. Shea le pertenecía, y en este
momento, necesitaba tanta sangre como él. El intercambio de sangre estaba
hecho. Su lazo mental era fuerte. Cuando su cuerpo se hubiera curado,
completaría el ritual, y ella estaría irrevocablemente unida a él para toda
eternidad. Era un instinto tan antiguo como el tiempo mismo. Sabía cómo y
qué debía hacer.
Tan pequeña como era, sentía que Shea encajaba perfectamente en sus
brazos, como si formara una parte de él. Nada de eso tenía sentido, pero en
su pequeño mundo, no tenía importancia. Mientras se alimentaba, moviendo
su boca suave y sensual sobre la carne rasgada, él levantó el vaso y vació
descuidadamente el contenido en su garganta. Cuando había percibido que se
había quedado dormida en la ducha, la había despertado, preocupado por la
separación. Ahora dormiría a su lado, donde debía estar, dónde podría
protegerla si los asesinos les encontraban. Quizá no tenía bastante fuerza,
pero el monstruo de su interior era fuerte y letal. Nadie le haría daño a esa
mujer.
El único fragmento de la memoria que conservaba, grabado a fuego en
su mente, era el olor de los dos humanos y el del traidor que le había llevado
mediante engaños a sufrir un infierno en vida. Reconocería las voces y el
olor de sus torturadores. Esos demonios. Dios mío... cómo le habían hecho
sufrir, y cómo habían disfrutado con su sufrimiento. Riéndose, burlándose,
torturándole hasta que la locura se convirtió en el único refugio. Y todavía
estaba allí. Sabía que estaba luchando por mantener la cordura.
Nunca olvidaría el hambre que sentía mientras le desangraban. Aquella
hambre había perforado agujeros en su cuerpo, recorriéndole de arriba
abajo, consumiéndole tanto por fuera como por dentro. Para poder
sobrevivir, se había visto obligado a dormir, deteniendo su corazón y sus
pulmones para que no escapara la poca sangre que le quedaba, y despertando
sólo cuando la comida estaba cerca. Siempre solo, incapaz de moverse,
agonizando. Había aprendido lo que significaba el odio. Había aprendido lo
que era la furia. Había aprendido que existía un lugar donde no había nada
salvo la terrible vacuidad extrema y el apasionado deseo de venganza.
¿Habían sido esos mismos animales los que habían tratado de atrapar a
Shea? Pensar en ella en sus manos le enfermaba. La acercó hacia él, para
sentir su reconfortante presencia. ¿La estaban persiguiendo? ¿Estaban
cerca? Si la había castigado injustamente por su fracaso a la hora de
ayudarle, jamás podría perdonárselo... Había querido matarla, y casi lo había
hecho. Pero hubo algo en su interior que se lo impidió. Y más tarde, ella
había dejado de pelear, ofreciendo su sangre y su vida por él. Pensaba que
se había endurecido, que jamás volvería a sentir nada, pero algo dentro de él
se había derretido con su ofrenda. La manera en que había deslizado los
dedos entre su pelo había hecho que su corazón se acelerara.
Maldijo su debilidad, tanto de cuerpo como de mente. Necesitaba más
sangre, caliente sangre humana. Aceleraría su curación. Pero había algo
terriblemente importante que se le escapaba... Se deslizaba dentro y fuera
de su mente, sin dejar otra cosa que dolor y rabia. Si pudiera mantenerlo
por un momento, podría recordar, pero nunca permanecía el tiempo
suficiente para hacer otra cosa que no fuera volverle loco. Era
insoportablemente frustrante no poder acceder a sus recuerdos.
Shea gimió suavemente, y el ese sonido le atravesó como un cuchillo.
Estaba temblando, incluso con su abrigada bata. Dirigió la mirada
rápidamente a su rostro. Estaba sufriendo. Podía percibirlo en su mente.
Instintivamente, colocó una mano sobre su estómago, con los dedos
extendidos. Algo estaba pasando dentro de su cuerpo. De nuevo pareció
estallarle la cabeza y él trató de atrapar algún recuerdo. Había algo que
debía saber. Era importante para ella.
Shea se dio la vuelta y se encogió, aferrando firmemente la zona de su
estómago. Tenía los ojos abiertos de par en par, estaba muy asustada. Y
sentía un frío increíble... como si no fuese a entrar en calor nunca más.
Temblando, sólo era capaz de mecerse de un lado a otro mientras que las
oleadas de dolor sacudían su pequeño cuerpo una y otra vez. El calor le
abrasaba las entrañas y consumía todos sus órganos internos, oprimiendo su
corazón, sus pulmones. Rodó sobre la cama y cayó al suelo, aterrizando
duramente, intentando proteger a su paciente de cualquier virus que hubiera
contraído. La toalla se desenredó y su pelo se desparramó como sangre
oscura alrededor de su cabeza. Sentía el vientre ardiendo. Una fina capa de
sudor recubría su cuerpo. Una débil línea de sangre atravesaba su frente.
Tomas trató de moverse, de cogerla, pero su cuerpo no le obedecía,
permanecía allí tumbado, pesado e inservible. No podía alcanzarla con el
brazo. Con cada movimiento, el dolor le atravesaba, pero durante muchísimo
tiempo su mundo había consistido sólo en el dolor, así que ya no conocía otra
cosa. Había sido su única realidad en la oscura eternidad de los condenados.
El dolor no hacía más que aumentar su férrea voluntad. Viviría para toda la
eternidad y encontraría a los que le habían robado su pasado. Y usaría esa
misma voluntad de hierro para encontrar la manera de ayudar a Shea.
El delgado cuerpo de Shea se contorsionó una vez, se detuvo, y se
contorsionó de nuevo. Ella se puso de rodillas, tratando de gatear hasta su
maletín médico. No pensaba lo que hacía. El movimiento era ciego, instintivo.
No tenía ni idea de dónde estaba ni de lo que le estaba pasando, sólo sabía
que debía detener el fuego que la estaba consumiendo.
Él luchó para ayudarla, enfurecido por la incapacidad de moverse.
Finalmente se tumbó, deslizándose hasta su mente como había hecho tantas
otras veces en un esfuerzo para salvarse.
—Ven junto a mí, a mi lado.

Aquel susurro, como un bálsamo de cordura, estaba en su cabeza. Shea
sabía que él no había hablado en voz alta. Seguramente estaba sufriendo
alucinaciones. Gimió y se dio la vuelta, encogiéndose hasta adoptar la
posición fetal, haciéndose tan pequeña como le era posible. No se acercaría
a él. Si era contagioso, él no podría sobrevivir a una gripe tan virulenta.
¿Y si ella no sobrevivía? ¿Y si le había traído aquí, y, sin nadie para
cuidarle, le dejaba para morir lentamente de hambre? De alguna forma
tenía que decirle que había sangre en el congelador. Era demasiado tarde.
Otra oleada de fuego la atravesó, consumiéndola por dentro, propagándose
por cada órgano. Sólo podía encoger sus rodillas como un animal
mortalmente herido y esperar a que pasara.
—Debes venir a mí. Puedo ayudarte a aliviar el dolor.
Las palabras penetraron en su mente durante el siguiente momento de
lucidez. Parecía tan tierno, tan distinto a lo que parecía exteriormente... Ya
no le importó si se estaba volviendo loca, o si se estaba inventando su voz; la
voz de su mente tenía una especie de cualidad calmante... como el contacto
suave de unos dedos fríos sobre la piel ardiente.
Shea estaba a punto de vomitar. Algo en su interior, algún diminuto
resquicio de dignidad, hizo posible que se arrastrara hasta el cuarto de
baño. Él podía escucharla, luchando por detener los interminables espasmos
de su estómago. La agonía de Shea era peor para él que la suya propia; la
furia por su impotencia iba aumentando hasta que le consumió por completo.
Las uñas se alargaron hasta convertirse en garras asesinas que desgarraron
las sábanas. Afuera, el viento se levantó, aullando en las ventanas, y
destrozando los árboles. Un gruñido retumbó en su garganta, en su mente,
aumentando de volumen sin cesar. Ella estaba tratando de protegerle.
Él era el macho de su especie, un hombre de los Cárpatos, y su deber
era proteger a los suyos, pero ella estaba pasando un infierno y al rechazar
su ayuda, de alguna manera, le estaba transmitiendo su enfermedad. Sabía
que el fuego que consumía las entrañas de Shea tenía un significado
importante. Ella tenía que ir a él; no sabía por qué, pero cada instinto, cada
célula de su cuerpo demandaba la obediencia de ella.
—Debes venir a mí. No puedo acercarme a ti. No hay peligro para mí,
pequeña pelirroja. Debo insistir en que me obedezcas.
Fue una demanda apremiante, la voz era suave, pero decidida. Parecía
sacada de otro siglo, con un acento marcado. Al mismo tiempo, esa voz
acariciaba su piel, apaciguándola, ofreciéndole su ayuda.

En el cuarto de baño, Shea salpicó agua fría sobre su cara y se enjuagó
la boca. Tenía un minuto o dos antes de que llegara la próxima oleada de
dolor. Podía percibir las revueltas emociones del hombre salvaje. Estaba
frustrado por su incapacidad para ayudarla, y determinado a alcanzarla a
pesar de que ella no respondía. Le asombraba que él necesitase ayudarla.
Era una absorbente emoción que vibraba en la atmósfera de la habitación.
Shea quería hacer lo que él le ordenaba, pero la aterrorizaba infectarle. Por
el modo en que su cuerpo se convulsionaba y el dolor que sufría, estaba
segura de que podría matarle. Pero a la vez, quería permitirle que la
consolara.
— No puedo ir a ti.
— Debes venir a mí —Su voz sonaba grave, una tentación de terciopelo
negro, imposible de ignorar.
Shea se apartó de la pared y, tropezando, regresó al dormitorio, con la
cara pálida y sombras oscuras bajo los ojos. Las magulladuras y las heridas
de su garganta destacaban llamativamente. Parecía tan frágil, que él tuvo
miedo de que se rompiera si volvía a caerse. Extendió una mano hacía ella, y
la expresión de sus oscuros ojos era una mezcla de amabilidad y demanda.
— Probablemente me hayas contagiado la rabia —masculló Shea con
rebeldía, pero el fuego estaba de nuevo consumiendo sus órganos,
propagándose desde los tejidos al músculo, a los huesos, y a la sangre.
— ¡Ven ahora mismo! No puedo soportar tu sufrimiento ni un momento
más.
Deliberadamente, usó aquel tono fascinante, para que ella sintiera la
necesidad abrumadora de hacer lo que él le pedía. La voz parecía resonar en
su mente, incitándola a avanzar hasta que llegó a la cama, acurrucándose
sobre sí misma y enterrando la cara en la almohada, deseando morir de una
vez.

Apartó el pelo de Shea de la cara suavemente con la mano, casi con
ternura, y deslizó los dedos por su cuello. Se esforzó por buscar en su
mente la información necesaria. La clave debía estar en alguna parte, debía
haber una forma de acabar con su sufrimiento, pero al igual que su pasado,
se le escurría. Sentía que le estaba fallando, después de todo lo que había
soportado ella para mantenerle con vida. Quería gritar como un loco, o
destrozar la garganta de alguien. Ellos le habían hecho esto.
Dos humanos y un traidor. Le habían robado su pasado, habían
destrozado su mente, y le habían enterrado vivo en el infierno. Pero lo peor
de todo era que le hubiesen robado la capacidad de proteger a su
compañera. Habían creado un monstruo cuyas características no podían ni
siquiera imaginar.
Rozó la garganta hinchada de ella, examinando sus heridas. Shea
estaba a su lado, atrapada en su propio mundo de sufrimiento. Algo andaba
mal. Le dolía la cabeza. Se maldijo a sí mismo y envolvió un brazo alrededor
de su cintura, poniéndola lo más cómoda posible. El amanecer se alzaba
sobre ellos, y casi sin darse cuenta, hizo la única cosa que podía hacer. Envió
una orden tajante que les obligaría a ambos a dormir.

OTRO MAS :))

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