CAPÍTULO
CUATRO
Shea
abrió la puerta, e inspiró profundamente el aire de la noche; la
cantidad
de información que le llegó fue sorprendente. Multitud de
criaturas
vagaban por el bosque, y era capaz de localizar la posición exacta
de
cada una de ellas, desde la manada de lobos que se encontraba a varios
kilómetros
de distancia, hasta los tres ratones que se escabullían entre los
arbustos
cercanos a la cabaña. Podía escuchar el agua de las cascadas
burbujeando
y rugiendo al caer sobre las rocas. El viento jugaba con los
árboles,
los arbustos y con las hojas caídas sobre el suelo. Las estrellas
brillaban
formando un prisma de colores sobre su cabeza, como millones de
piedras
preciosas.
Hechizada,
Shea salió de la cabaña, dejando la puerta abierta para que
el
olor de la sangre, el sudor y el dolor se despejara, al penetrar el aire
fresco
y limpio. Escuchaba la savia fluyendo como la sangre en los troncos
de
los árboles; los colores de las plantas eran intensos y cada una de ellas
desprendía
un aroma especial. La sensación era la misma de haber vuelto a
nacer
a un mundo completamente nuevo. Alzó el rostro al cielo e inspiró
llenando
de aire sus pulmones, relajándose por primera vez en cuarenta y
ocho
horas.
Un
búho cruzó el cielo en silencio, sus alas eran increíblemente largas y
cada
pluma emitía destellos iridiscentes que Shea percibía gracias a su
nueva
visión. Se sintió tan absolutamente maravillada que se internó en las
profundidades
del bosque, atraída por lo que veía. Las gotas de agua
brillaban
como diamantes sobre las rocas cubiertas de musgo. El mismo
musgo
se asemejaba a un montón de esmeraldas diseminadas sobre el
sinuoso
curso del arroyo y sobre los troncos de los árboles. Nunca antes
había
visto algo tan hermoso.
Su
cerebro, como era habitual, procesaba todos los datos que le
llegaban;
una especie de puzzle inmenso cuyas piezas empezaban a encajar.
Había
nacido como una humana que comía alimentos normales y caminaba
bajo
el sol; no obstante ella, al igual que algunos otros, manifestaba
marcadas
diferencias en sus necesidades alimenticias, metabólicas y
sensitivas.
Resultaba imposible creer que las leyendas sobre los vampiros
fuesen
ciertas. ¿Podía existir una raza diferente a la humana con increíbles
dones,
que necesitara alimentarse de sangre para sobrevivir? ¿Cómo era
posible
que vivieran vidas tan increíblemente largas, superaran heridas
inverosímiles
y fueran capaces de controlar el funcionamiento del corazón y
los
pulmones? Sus organismos debían tener una actividad diferente al de los
humanos,
al igual que sus órganos, todo debía ser muy distinto entre las dos
razas.
Shea
se pasó la mano por el cabello mientras se humedecía los labios
con
la lengua y se mordía nerviosa el labio inferior. Todo parecía estar
sacado
de un cuento de hadas; o mejor, de una película de terror. Imposible.
¿Verdad
que era imposible? Un hombre era incapaz de sobrevivir a unas
heridas
tremendas, emparedado durante siete años. No había forma de que
fuese
cierto, no podía suceder. Pero ella había encontrado a Tomas. Eso no
era
ninguna mentira; ella misma lo había sacado de la pared. ¿Y cómo podía
un
ser vivo mantener la cordura después de siete años de estar enterrado
vivo,
sufriendo una agonía a cada instante? Su mente se asustó ante la
pregunta,
no quería detenerse a pensarlo.
¿Y
qué le estaba sucediendo a su propio cuerpo? Ahora era diferente.
Hacía
siete años que habían comenzado los cambios, cuando sintió aquel
repentino
dolor que la dejó literalmente sumida en la inconsciencia. Nunca
pudo
explicarse aquel episodio; y después llegaron las pesadillas,
persistentes
e implacables, que no le dejaban un momento de paz. Tomas.
Siempre
Tomas. La foto que, hacía ya dos años, le habían enseñado
aquellos
carniceros; la número siete. Tomas. Algo que la llamaba, que la
atraía
a aquel horrible lugar donde se podían palpar la tortura y la crueldad.
Habían
torturado a Tomas. Y debían haber estado conectados
mentalmente;
de algún modo. Intelectualmente parecía imposible, le
resultaba
imposible si pensaba de forma racional. Pero ¿no era cierto que su
propia
existencia había sido extraña? Su dependencia de las transfusiones
de
sangre no era psicosomática; había intentado por todos los medios
superarlo.
Por tanto, era posible que existiera otra explicación, una que la
mente
y los prejuicios humanos no pudieran entender aún cuando todos los
hechos
estuvieran delante de ella.
− ¡Shea!
–la llamada fue un grito de temor y confusión. Jacques tenía la
impresión
de estar ahogándose en la oscuridad y el dolor.
− Estoy
aquí, Tomas –su respuesta salió tan fácilmente que la dejó
perpleja.
Intentó enviarle mentalmente las imágenes de todas las cosas
hermosas
que estaba viendo para así reconfortarlo.
− Vuelve
a mi lado. Te necesito.
Shea
sonrió ante la exigencia de su voz; y su corazón dio un vuelco al
entender
la verdad que ocultaban aquellas palabras. Tomas nunca le había
ocultado
nada, ni siquiera el miedo irracional que sentía ante su posible
abandono,
dejándolo solo en la oscuridad.
− Eres
un mocoso malcriado –le dijo con ternura— No hace falta que me
hables
como si fueras el señor del castillo. Ya voy –No había explicación
lógica
ante la alegría que recorría su cuerpo con el simple roce de la mente
de
Tomas. Pero también se sintió aterrorizada ante este pensamiento,
mejor
no detenerse a estudiarlo en profundidad.
− Ven
conmigo –su voz sonaba ahora más tranquila, luchaba contra su
temor
a la soledad— No quiero despertarme y estar solo.
−
De vez en cuando necesito un respiro. ¿Cómo iba a suponer que te
despertarías
en este preciso momento?
Bromeaba
con él y ante ese hecho, una sensación cálida se anidó en sus
entrañas.
No recordaba que algo así le hubiese sucedido antes de conocer a
Shea;
no había vida antes de Shea. Sólo una existencia repugnante; su
mundo
había sido el tormento, el infierno. Sonrió a pesar de sí mismo.
−
Por supuesto que deberías saber cuándo voy a despertarme. Es tu
obligación.
−
Debería haber sabido que tendrías ese modo de pensar –dijo riéndose
mientras
se apresuraba corriendo a través del terreno irregular de vuelta a
la
cabaña, maravillándose ante sus nuevas habilidades, ante la repentina
fuerza
que nunca antes había experimentado. Durante un breve instante,
sintió
que le quitaban un peso de encima, y descubrió lo que era ser feliz, sin
preocupaciones
de ningún tipo.
Tomas
se dio cuenta que no podía apartar los ojos de ella. Estaba
arrebatadora
con la melena pelirroja enredada y desordenada, suplicando
que
los dedos de un hombre la desenmarañaran. Le brillaban los ojos
mientras
cruzaba la habitación para llegar junto a él.
−
¿Te sientes mejor? –y como siempre, le examinó las heridas para
comprobar
por sí misma que mejoraba.
Tomas
alzó una mano, necesitaba sentir el tacto sedoso de su pelo.
− Mucho
mejor –era una flagrante mentira y Shea le miró ceñuda.
−
¿De verdad? Empiezo a pensar que necesitas un monitor como los que
usamos
con los recién nacidos. Quiero que te quedes quieto en la cama.
Juraría
que has estado revolviéndote de nuevo.
− Tengo
pesadillas –sus ojos negros no se apartaban del rostro de
Shea,
dejando claro que le pertenecía, imprimiendo su marca en el corazón
de
ella. Nadie tenía derecho a tener unos ojos como aquéllos. Ojos
hambrientos,
ardientes, que encerraban la promesa de una enorme pasión.
−
Tendremos que ocuparnos de ellas –dijo Shea con una ligera sonrisa.
Esperaba
que sus ojos no revelaran los sentimientos extraños y confusos
que
sentía hacia él. Los superaría pronto; lo que ocurría es que Tomas era
la
criatura más excitante y sexy con la que jamás se había encontrado.
Nadie
la había necesitado tanto como él la tenía; ni siquiera su propia madre.
Tomas
la miraba de una manera que le hacía creer que tanto su vida como
el
aire que respiraba dependían por completo de ella. Racionalmente sabía
que
Tomas sentiría lo mismo por cualquier otra persona, pero de todas
formas,
permaneció absorta en el fuego y la pasión que desprendía. Por una
vez
en su vida, sola y perseguida, al límite de su resistencia y enfrentándose
a
extraños acontecimientos, disfrutaría de esta experiencia inigualable.
Los
ojos negros de Tomas ardían provocadores, la seducían acariciándola suavemente
como el terciopelo.
− Necesito
un hermoso sueño que me aleje de las pesadillas.
Shea
se apartó de él, levantando una mano para protegerse de él.
−
Limítate a guardar tus ideas para ti mismo –le advirtió— Tienes esa
mirada
diabólica, la que dice que ninguna mujer está a salvo a tu lado.
− Eso
no es cierto, Shea –negó mientras el duro rictus de sus labios se
suavizaba
de forma tentadora— Sólo hay una mujer. Tú.
Shea
soltó una carcajada.
− Creo
que estoy muy agradecida por el hecho de que no estés en
condiciones
de moverte. El sol está saliendo y tengo que asegurar la cabaña
para
pasar el día. Vuelve a dormirte; estaré aquí cuando despiertes. –dijo
mientras
daba una palmadita a la única silla cómoda que tenía.
− Te
tumbarás a mi lado, donde debes estar –decretó.
Shea
cerró los postigos de las ventanas, asegurándolos con la
cerradura.
Siempre era muy cuidadosa a la hora de cerrar su casa. Durante
el
día era muy vulnerable; en aquel momento ya podía sentir cómo su cuerpo
se
hacía cada vez más pesado, y el cansancio la invadía, ralentizando sus
movimientos.
− Quiero
que te acuestes a mi lado –la voz de Tomas era una caricia
pecaminosa,
insistente e irresistible.
−
Creo que te las puedes arreglar solito –contestó negándose a mirar
sus
hipnóticos ojos oscuros. En lugar de eso, apagó el ordenador y el
generador
y cerró la puerta con llave.
− Tengo
pesadillas, pequeña pelirroja. La única forma de mantenerlas a
raya
es contigo a mi lado
–su voz sonaba inocente, esperanzada y deseosa.
Shea
se encontró sonriendo mientras vertía en un vaso una nueva dosis
de
sangre. Comenzaba a pensar que el diablo en persona se había presentado
en
su puerta. Tomas era la tentación personificada.
−
Acabo de quitarte una estaca del corazón hace apenas dos noches,
por
no mencionar el resto de las heridas. Si me muevo mientras duermes,
podría
darte un golpe y comenzarían a sangrar de nuevo. No quieres que eso
suceda
¿verdad?
Le
quitó la bolsa de sangre de la mano mientras cerraba los dedos en
torno
al vaso en el preciso lugar donde habían estado los dedos de Shea
instantes
antes. Siempre hacía ese tipo de cosas, gestos íntimos que hacían
que
el estómago de Shea se llenara de mariposas.
− No
llegaron al corazón, Shea. No me dañaron el corazón, como
habrían
querido. Está aquí, dentro de mi cuerpo, ¿no lo escuchas? Tu
corazón
late al mismo ritmo que el mío.
−
¿Es que eras un playboy antes de que te emparedaran? –le preguntó
dirigiéndole
una traviesa sonrisa sobre el hombro. Comprobó la pistola para
asegurarse
que estaba lista y cargada— Necesitas beber eso, Tomas, no
sujetar
el vaso. Y después volver a dormir; cuanto más descanses, más
rápido
te curarás.
− Insistes
en seguir siendo mi médico cuando necesito que sea mi
compañera
la que se acerque y se eche a mi lado. –su voz volvía a ser pura
tentación.
−
Bebe, Tomas. –intentó parecer firme, pero le resultó imposible cuando él
parecía tan desesperado por su compañía.
− Estoy desesperado.
Shea
no pudo evitar mover la cabeza.
−
Eres terrible.
Tomas
hizo el intento de llevarse el vaso a los labios, pero le falló el brazo.
− No
puedo hacer esto sin tu ayuda, Shea. Me encuentro demasiado débil.
−
¿Se supone que tengo que creerme eso? –dijo riéndose pero acercándose a él—
Fuiste lo suficientemente fuerte como para alzarme del suelo cuando te
encontré. No me mires con esa cara de “niño bueno” Tomas, porque no funcionará
—Pero estaba funcionando.
Tomas
necesitaba sentir su contacto, el roce de sus dedos sobre su
pelo,
e inconscientemente, Shea enterró los dedos en la espesa melena,
deteniéndolos
allí como si disfrutara de la sensación tanto como él. Tomas
le
quitó la pistola de la mano y tiró de ella hasta tumbarla a su lado, tan
hambriento
por sentir la calidez de su cuerpo como por el sustento que ella
le
proporcionaba. El aroma que desprendía flotaba hasta él, olía a bosque, a
flores
y a la misma noche. Pasó un brazo a su alrededor y la atrajo hacia su
cuerpo;
Shea se relajó, permitiendo que sus párpados se cerraran.
Durmió
a intervalos, porque la luz del día hacía que su cuerpo se
sintiera
incómodo. Tomas yacía junto a ella, inmóvil, su pesado brazo
rodeaba
su cintura de forma posesiva. Luchó en varias ocasiones, durante
las
horas de la tarde para despertarse por completo, pero le resultó
imposible.
En una ocasión, escuchó un ruido en el exterior de la cabaña y su
corazón
empezó a latir alarmado, pero sólo tuvo fuerzas para aferrar con
fuerza
la pistola bajo la almohada. Sabía que era responsable de la
seguridad
de ambos, pero no lograba mantener los ojos abiertos ni
levantarse
de la cama para comprobar los alrededores y asegurarse que no
andaba
nadie por las cercanías.
Hacía
rato que el sol se había ocultado tras las montañas cuando Shea
consiguió
despertarse del todo. El hambre le provocaba una sensación
dolorosa
y punzante, pero la simple idea de la comida le hacía sentir
náuseas.
Luchó para incorporarse y sentarse, mucho más débil de lo que
jamás
había estado, y se pasó una mano por la cascada de cabello rojo
oscuro.
Los
dedos de Tomas se cerraron en torno a su brazo, deslizándose
desde
el hombro hasta la muñeca. Era una mujer pequeña y delicada, pero
con
una enorme fuerza interior; le asombraban su valentía y su arrojo, al
igual
que la compasión de la que era capaz. La encontraba misteriosa. El
mundo,
tal y como él lo recordaba, había empezado siete años antes; dolor,
soledad
y oscuridad. El monstruo había crecido eclipsando a su alma; en un
principio
no había sentido nada, sólo el deseo de no morir jamás, una
determinación
helada, una promesa de venganza a cambio de su alma. Los
encontraría
a todos, al traidor y a los asesinos, y los destruiría. Pero una vez
que
hubo encontrado a su compañera, a pesar de la distancia que los
separaba,
comenzó a tener sentimientos. Una furia negra permanecía
latente
y jamás cesaría hasta que encontrase la forma de vengarse por la
pérdida
de su alma. Todas las emociones que tenía eran oscuras y lóbregas,
terribles.
Hasta que Shea lo cambió. Desde el momento en que sus mentes
se
fundieron, no abandonó aquel puerto, llegando a ser parte de ella,
agazapado
en su mente como una sombra, tan quieto que ella jamás supo que
él
estaba allí. No soportaba estar apartado de Shea. Envolvió el puño en un
largo
mechón del provocativo cabello pelirrojo. Ella despertaba cosas en él a
las
que ni siquiera podía poner nombre. Jamás soportaría estar en un sitio
cerrado,
no resistiría quedarse solo de nuevo. Y nunca permitiría que Shea
se
pusiera en peligro. Maldiciendo en silencio la debilidad que sentía, se llevó
el
mechón de pelo hasta la cara, absorbiendo su fragancia.
−
Estoy tan cansada, Tomas –confesó mientras se tambaleaba ligeramente al
sentarse en la cama. Era muy extraño tener alguien con quien hablar, con quien
despertarse, no estar sola. La situación debería resultarle incómoda puesto que
jamás había compartido su vida con nadie, pero con Tomas todo era extrañamente
familiar, como si lo conociese desde siempre.
Su
vida había sido solitaria, siempre poniendo distancia entre ella y los
demás.
Tomas no había respetado aquella barrera, al contrario, salía y
entraba
de su mente como si realmente tuviera el derecho a hacerlo, como
si
aquel fuese su lugar. Su contacto era posesivo, celoso e incluso íntimo.
Shea
se sentía desconcertada por sus propios sentimientos, por haber
aceptado
aquella inaudita afinidad. Y a la vez muy animada por el
descubrimiento
científico, quizás había encontrado la respuesta a la
terrible
enfermedad que marcaba a los que la padecían como nosferatu o
impuros.
Los no-muertos. Su gente estaba condenada a llevar una vida a
escondidas,
a ser aborrecidos, siempre con el temor de ser descubiertos.
Era
muy importante descubrir si realmente se trataban de dos especies
diferentes
o si era un código genético extraño el que les obligaba a
necesitar
sangre para sobrevivir.
Shea
estudió el rostro cansado, pero hermoso, de Tomas. Parecía
joven,
pero no era fácil precisar su edad. Se veía atormentado, como si
hubiese
sufrido enormemente aunque parecía duro como una roca. Ahora
percibía
el poder que emanaba de él, como si fuese su segunda piel.
Mordiéndose
el labio, se apartó de él, sus ojos verde esmeralda tenían una
mirada
pensativa. La fuerza y el poder eran cada vez más evidentes, puede
que
su cuerpo mejorara más despacio, pero recobraba sus inusuales
habilidades
mucho más deprisa. Se le ocurrió que quizás debería estar
asustada
de aquella criatura que ahora yacía inmóvil sobre su cama. Era
obvio
que podía ser extremadamente peligroso, que era capaz de ser muy
violento;
especialmente con la mente tan fragmentada y aquella rabia tan
arraigada.
Tomas suspiró.
−
No me gusta que tengas miedo de mí, Shea.
−
Si dejases de leer mis pensamientos, Tomas –dijo con suavidad,
temerosa
de haberle herido— entonces, no tendrías que saber las cosas por
las
que me preocupo. Eres capaz de ser muy violento, no puedes negarlo. Lo
percibo.
Shea
se puso en pie al sentir que su energía volvía de nuevo haciéndola
sentir
ágil e incansable. Tomas dejó que el mechón pelirrojo se escurriera entre sus
dedos. Con los ojos medio cerrados, observó los pensamientos que
cruzaban
por el expresivo rostro de ella. Era incapaz de cualquier
subterfugio;
era como un libro abierto, no podía fingir.
−
Ya sabes que no pensé las cosas. Simplemente salí corriendo y te
rescaté.
Y te hice mucho daño –sus enormes ojos verdes se quedaron
clavados
en el rostro de Tomas. Pero las nubes de tormenta comenzaron a
formarse
al instante cuando percibió mentalmente las reminiscencias de los
pensamientos
alegres y burlones de Tomas— ¿Qué? ¿Qué te resulta tan
divertido?
¡Algún idiota intentó atravesarte el corazón con una estaca, y ni
siquiera
rozó el maldito órgano!
− Por
lo que estoy muy agradecido. Y aún agradezco más que me
rescataras;
no me gustaba estar atrapado y sufriendo.
−
Supongo que me alegra haberte rescatado, pero la verdad es,
Tomas,
que te he visto recuperarte mucho más rápido de lo que es
humanamente
posible. Ahora eres aún más peligroso. Lo eres ¿no es cierto?
− No
para ti –le negó.
Shea
alzó una ceja.
−
¿Es esa la pura verdad? Yo también he estado en tu mente,
recuérdalo
–había rozado su mente y había retrocedido espantada ante la
furia
negra y la violencia que hervían allí— A veces incluso puedo leer tus
pensamientos,
igual que tú lees los míos. La mayoría del tiempo no tienes ni
la
más mínima idea de lo que estás haciendo. Ni siquiera sabes quién eres.
− Quizás
sea así, Shea, pero sé que eres mi compañera. Ahora no podría
hacerte
daño.
Su
rostro parecía esculpido en granito y sus ojos eran gélidos, dos
trozos
de hielo negro. Ella tenía razón, era peligroso. Lo sabía en el fondo de
su
alma. No podía confiar en su mente. Era la presencia de Shea lo que le
mantenía
calmado, pero su mente era un laberinto de sendas oscuras y
mortales.
No sabría cómo distinguir la realidad de las pesadillas si el
precario
equilibrio que había alcanzado desaparecía. Sus ojos brillaban
negros
como el azabache, pero apartó la mirada de Shea, avergonzado.
Debería
dejar que ella se marchara, dejarla libre, pero no podía. Ella era su
cordura,
el único camino para salir de la infernal pesadilla en la que había
vivido.
− He
jurado protegerte, Shea. Sólo puedo prometer que lo haré con
todo
mi corazón.
Shea
se alejó de la cama, estaba a punto de llorar. Tomas se
encontraba
en el interior de un laberinto muy traicionero, caminaba sobre
una
ligera línea divisoria entre la cordura y un mundo que ella no quería
intentar
comprender.
−
Yo te protegeré, Tomas. Tienes mi palabra de honor, no dejaré que
te
hundas. Te cuidaré hasta que estés recuperado.
− ¿Y
después? –Sus ojos negros se deslizaron en una perezosa mirada
sobre
ella— ¿Pretendes abandonarme, Shea? ¿Me salvarás para dejarme
solo
más tarde?
–había una traza de humor negro en su voz, una especie de
diversión
oculta que despertaba en ella algo que no sabía que existía. Algo
que
iba mucho más allá del miedo. Puro terror.
Alzó
la barbilla en un gesto beligerante.
−
¿Qué significa eso? Por supuesto que no voy a dejarte. Me quedaré
hasta
que te recuperes y después buscaremos a tu familia.
Era
demasiado tarde. Aunque hubiese intentado poner distancia entre
ellos, su vínculo era ya
imposible de romper. Por sus venas corría sangre
de
él;
compartían una conexión mental cada vez más fuerte. Sus almas pedían a
gritos
estar juntas, igual que sus corazones; y era sólo cuestión de tiempo
que
poseyera su cuerpo. Salir corriendo no iba a salvar a ninguno de los dos.
Tomas
lo sabía con una certeza que nunca antes había conocido; pero
decírselo
a ella la asustaría mucho más. El corazón le dio un vuelco, y le
resultó
una sensación divertida. Su Shea temía a la muerte mucho menos
que
al compromiso personal; y realmente no tenía ni la más ligera idea de que
ya
estaban unidos. Lo necesitaría siempre cerca, necesitaría estar unida
mentalmente
a él y necesitaría su cuerpo.
− Me
doy cuenta que necesitas llevar a cabo las tareas humanas con las
que
pareces disfrutar. Ve a darte un baño. No tengo prisa porque examines
mis
heridas.
Shea
parpadeó y sus ojos verdes mostraron una mirada pensativa antes
de
darse la vuelta y desaparecer hacia la otra habitación. Tomas intentaba
que
ella se sintiera cómoda, pero lo que conseguía era que sintiera
escalofríos.
La cadencia de su voz era distinta y comenzaba a usarla con
bastante
frecuencia, lo cual le molestaba; denotaba posesión y absoluta
autoridad.
Tenía la sensación de que Tomas tomaba las riendas de su vida
poco
a poco; estaba constantemente en sus pensamientos, en su cabeza; en
realidad
estaba en todas partes, y ella lo permitía.
Tomas
permaneció tumbado mirando al techo. Shea estaba preocupada por la forma en que
su cuerpo respondía al de él; su cerebro le intrigaba porque tenía una forma
especial de afrontar los problemas, los analizaba desde un punto de vista
científico o racional antes que desde el lado emocional. Tomas sintió la
sonrisa que pugnaba por curvar sus labios; la conocía por completo; pasaba más
tiempo en su mente que en cualquier otro sitio. Quería asegurarse de que ella
no le abandonara. Shea había intentado tranquilizarle hablándole de su familia,
pero él no tenía otra familia que no fuese ella. No quería otra ni la
necesitaba. Pero Shea aún no había aceptado ese papel; parte de ella insistía
en verle como un paciente ya que en primer lugar era una sanadora y en segundo
una científica. Él estaba en su mente, sabía con certeza que jamás le había
atraído la idea de una
relación
a largo plazo. Shea no esperaba tener una vida larga y por tanto no
quería
compartir su vida con nadie. Esa idea era tan ajena, que ni siquiera
podía
concebirla.
Tomas
escuchaba el agua de la ducha en la otra habitación, sabía que
caía
sobre su piel desnuda. Su cuerpo se movió incómodo, comenzaba a
sentir
un implacable dolor; le sorprendía sentir su cuerpo vivo de nuevo y
ser
consciente de sus deseos sexuales. Tenía el ligero recuerdo de no haber
sentido
tal cosa desde hacia siglos, y después lo habían dejado sólo con el
cuerpo
maltrecho y la mente destrozada. Shea le había devuelto la vida,
mucho
más que la vida; mucho más que una simple existencia. No podía
esperar
a ver la sonrisa en su rostro, la forma en que su melena suelta le
tentaba.
Amaba cada uno de sus gestos, cada pequeña inclinación de su
cabeza.
Le gustaba el modo en que su cerebro trabajaba, absolutamente
concentrado;
y el humor y la compasión que inundaban su mente.
Tomas
maldijo la debilidad de su cuerpo; necesitaba sangre fresca
desesperadamente.
Relajó su cuerpo y su mente invocando toda la fuerza de
la
que fuese capaz. Alzó una mano, se concentró y fijó su atención en la
puerta
de la cabaña; el dolor le atravesó la cabeza y las heridas comenzaron
a
dolerle con intensidad abrumadora. Lanzando una nueva maldición, se dejó
caer
de nuevo sobre las almohadas. Podía usar sus poderes físicos, pero no
podía
echar mano de sus habilidades mentales ni aún para la cosa más nimia.
El
olor de Shea fue lo primero que percibió, una fragancia fresca, el aroma floral
que desprendía su cabello. Había entrado tan sigilosamente en la habitación que
Tomas ni siquiera había escuchado las pisadas de sus pies desnudos, pero su
mente, nunca totalmente alejada de la de su compañera, había captado el preciso
instante en el que Shea cogió una toalla y corrió a su lado.
−
¿Qué ocurre Tomas, intentaste moverte, abrirte las heridas? –
había
nerviosismo en su voz, pero sus manos examinaban las heridas con
frialdad
profesional.
Su
esbelto cuerpo estaba envuelto en una gran toalla de algodón de
color
melocotón. Mientras se inclinaba hacia él, una gota de agua se deslizó
desde
sus hombros hasta el valle entre sus pechos, desapareciendo bajo la
toalla.
Tomas siguió atentamente el movimiento de la gota y se sintió
repentinamente
sediento. Las pestañas de Shea eran increíblemente largas
y
su exuberante boca se fruncía en un pequeño mohín mientras examinaba
las
pequeñas puntadas que cerraban las heridas en busca de algún daño. Era
tan
extraordinariamente hermosa que le dejaba sin aliento.
−
¿Tomas? ¿Por qué? –le susurró y su voz se deslizó sobre su cuerpo
como
una caricia.
− Ni
recuerdos ni habilidades. Hasta lo más ridículo me resulta
imposible –mientras le hablaba, le
acariciaba con el pulgar la parte interna
de
la muñeca.
−
Te curarás, Tomas. No seas impaciente; si necesitas algo, dímelo y
te
lo traeré –las caricias de su dedo enviaban mariposas a su estómago. Le
sorprendía
el hecho de ser tan susceptible a los encantos de este hombre,
ella
no era así.
Aunque
sus rasgos sensuales y severos permanecieron indescifrables
como
una máscara, algo en el interior de Tomas se derritió y sintió que una
descarga
de alegría recorría su cuerpo. Quería sonreír a pesar de todo. El
dolor
dejó de importarle, sus fragmentados recuerdos y su cuerpo impotente eran
simples inconvenientes que acabaría por superar. Era Shea lo que importaba.
− Abre
la puerta por mí, para que pueda sentir y respirar el aroma de la
noche –dijo intentando no devorarla
con los ojos. Era muy consciente de que
Shea
comenzaba a percibir que nadie, y mucho menos ella con su naturaleza
compasiva,
podía oponerse a su voluntad, forjada en los fuegos del infierno.
Ella
hizo lo que le pedía.
−
No intentarías levantarte, ¿verdad? Sabes que no puedes, Tomas.
Te
harías mucho daño, y si continuas abriéndote las heridas, acabarás con
tantas
cicatrices que te parecerás a Frankenstein.
Tomas
había cerrado los ojos para inspirar el aire fresco y limpio de
la
noche.
− A la
Estirpe de los Cárpatos no le quedan nunca cicatrices –la
información
le llegó sin esperarlo. Le alegraba enormemente haber
recordado
algo, incluso haber recordado quién era Frankenstein.
Shea
alzó las cejas.
−
Oh, ¿de verdad? Entonces, ¿qué es esa tenue línea que tienes
alrededor
de la garganta? Apenas si es visible, pero ahí está.
Los
ojos de Tomas se abrieron de par en par, ardiendo con una furia
despiadada.
Shea se apartó con rapidez mientras el corazón empezaba a
martillearle
en el pecho; realmente podía ver pequeñas llamas rojizas
ardiendo
en el fondo de sus ojos. Parecía un demonio, un depredador
invencible.
La impresión fue tan fuerte, que se llevó una mano protectora a
la
garganta para cubrir las evidencias de las atroces heridas.
Tomas
perdió la noción del espacio y del tiempo, olvidó la presencia de
Shea,
de la habitación e incluso de su debilitado cuerpo; la sensación de
encontrarse
en mitad de una batalla era muy fuerte. Se tocó la pálida e
irregular
cicatriz que atravesaba su yugular. La sensación de peligro era tan
intensa
que la bestia rugió por liberarse; los colmillos se expandieron en
toda
su longitud y las uñas de las manos se alargaron. Los músculos se
contraían,
marcándose y dejando claro su poder y su tremenda fuerza que
apenas
si estaban regidos ahora por su voluntad. Un siseo lento y letal
escapó
de sus labios. Y fue entonces cuando sintió su cuerpo dolorido por la
contracción
de los músculos, devolviéndolo a la realidad, consciente de estar
tumbado
e indefenso en una cama. Recordaba de forma confusa el rostro
ansioso
de una mujer surcado de lágrimas y con enormes ojos azules;
debería
reconocerla, tenía que conocerla. Cerró los puños con fuerza y se
sintió
agradecido por el intenso dolor que alejó los fragmentos de dispersos
recuerdos
de su mente.
Shea
observó que se llevaba las manos a la cabeza para intentar
detener
el dolor. Al momento, estuvo de nuevo a su lado, acariciando con los
dedos
los mechones de cabello que caían por su frente, intentando aliviarlo.
−
Tomas, deja de atormentarte. Los recuerdos volverán solos. Créeme; sé de lo que
estoy hablando. Ya están volviendo –dijo encaminándose hacia el armario de
donde sacó unas prendas de ropa limpia— Insistes en creer que tu cuerpo puede
dejar de lado el trauma que ha sufrido, no es así; necesita reposo para
recuperarse, reposo y muchos cuidados. Igual que tu mente.
− Soy
incapaz de hacer las cosas que debería. No recuerdo nada, pero
aún
así, siento que hay cosas que son importantes para ambos y que yo
debería
saber.
Shea
sonrió ante su frustración. Tomas era un hombre poco acostumbrado a sufrir
enfermedades o heridas.
−
Dices que eres un hombre de los Cárpatos. Sabes que este sitio es tu
tierra
natal; lo recordabas.
Se
dirigió a la otra habitación. Tomas la escuchó mientras se ponía la
ropa,
el susurro de la seda y de los vaqueros deslizándose por sus piernas
desnudas.
Se le tensó el cuerpo, enfebrecido y acalorado por la descarga de
pasión
que ahora se unía a la incomodidad que ya sentía.
−
¿Jacques? –su voz era suave y le acariciaba la piel y todos los lugares
sensibles
como el roce de unos dedos— Por favor, no te desanimes.
Técnicamente,
deberías estar muerto. Tenías todo en tu contra y lo
superaste
–le dijo mientras volvía a la habitación, secándose el cabello con
una
toalla— Creíste que yo era uno de los tuyos. Una mujer de los Cárpatos.
¿Quiénes
son? ¿Lo recuerdas?
− Soy
un hombre de los Cárpatos. Mi estirpe es inmortal; podemos… —
entonces
se detuvo, se le escapaba lo que iba a decir.
Shea
se apoyó en la pared, observándolo atemorizada pero fascinada a
la
vez. Sintió que se le secaba la boca de repente y que el corazón le latía
alocado.
−
¿Qué estás diciendo, Tomas? ¿Que tu vida es eterna? — ¿qué tipo
de
criatura era? ¿Y por qué empezaba a creer en él? Siete años
emparedado;
sobreviviendo a base de la sangre de las ratas. Ella misma
había
visto los destellos rojizos de sus ojos en más de una ocasión. Había
sentido
su asombrosa fuerza, aún estando seriamente herido. Las manos,
que
aferraban con fuerza la toalla, le temblaban tanto que las ocultó tras la
espalda.
− Un
vampiro –le vino a la mente de forma espontánea— No es cierto –
negó
en un susurro— Es imposible; yo no puedo ser eso; no creeré nada de lo
que
me digas.
− Shea
–contestó Tomas con voz pausada, tranquila, en contraste con
la
agitación creciente de ella. Necesitaba recobrar todos sus recuerdos, no
solo
esos fragmentos pequeños que le dejaban aquella enorme frustración.
−
Tomas, puede que tú seas un vampiro; estoy tan confundida que me
creería
cualquier cosa. Pero yo no lo soy –dijo más para sí misma que para él.
Todos
las espantosas historias de vampiros que le habían contado alguna
vez,
le llenaron la mente, atormentándola. Se llevó la mano al cuello al
recordar
la depravación de Tomas cuando tomó su sangre la primera vez
que
se encontraron. Había estado a punto de matarla.
−
No lo hiciste porque me necesitabas –dijo súbitamente en voz baja.
Estaba
tan acostumbrada a que Tomas le leyera la mente que por instinto
sabía
que él entendería a lo que se refería, ni siquiera lo hacía de modo
consciente.
¿Acaso la controlaba siempre? ¿Podía un vampiro hacer eso?
Tomas
la observó atentamente, inmóvil y sin parpadear, con una
mirada
gélida. Podía paladear el miedo de Shea, lo sentía golpear su mente.
Y
aún asustada, su cerebro analizaba la información a una velocidad
extraordinaria.
Su costumbre de apartar las emociones para concentrarse
en
la parte científica, era tan sólo una forma de protegerse. Él le había
mostrado
parte de su lado oscuro y violento; para él era algo tan natural
como
respirar y tarde o temprano, Shea tendría que enfrentarse a su
verdadera
naturaleza.
Shea
se sintió atrapada en aquellos crueles y vacíos ojos negros,
hipnotizada
como un animalillo. Totalmente paralizada, sentía cómo su
cuerpo
luchaba por acercarse a él, sumido en una especie de trance
compulsivo.
−
Contéstame, Tomas. Tú conoces todos mis pensamientos.
Contéstame.
− Después
de siete años de dolor y hambre, pequeña pelirroja, después
de
sufrir horribles tormentos, mi idea era tomar tu sangre.
−
Mi vida –le corrigió con valentía, puesto que necesitaba todas las
piezas
del rompecabezas.
Tomas
la miraba fijamente, despiadado, con los penetrantes ojos de
un
depredador. Nerviosa, Shea se retorcía los dedos; le parecía un extraño,
un
ser invencible sin emociones, tan sólo con una voluntad de hierro y los
instintos
de un asesino. Se aclaró la garganta y añadió:
−
Me necesitabas.
− Sólo
pensaba en alimentarme. Mi cuerpo te reconoció antes de que lo
hiciera
mi mente.
−
No te entiendo.
− Una
vez que supe que eras mi compañera, mi primer pensamiento fue
castigarte
por haberme dejado sufrir, y después unirte a mí para toda la
eternidad –no hubo ninguna disculpa, se
limitó a esperar su reacción.
Shea
podía percibir la sensación de peligro, pero no se amilanó.
−
¿Cómo me uniste a ti?
− Intercambiando
nuestra sangre.
El
corazón de Shea latía tan fuerte que casi le dolía.
−
¿Y qué significa eso exactamente?
− Un
vínculo de sangre es muy intenso. Une nuestras mentes y resulta
imposible
que nos engañemos el uno al otro. Siento tus emociones y tus
pensamientos
del mismo modo que tú sientes los míos.
Shea
negó con la cabeza.
−
Quizás sea cierto en tu caso, pero no en el mío. A veces percibo tu
dolor,
pero no puedo leer tus pensamientos.
− Porque
has elegido no unir tu mente a la mía. Lo necesitas y buscas el
vínculo
mental con frecuencia pero te niegas a hacerlo, por eso soy yo el que permanece
en tu mente para impedir que te sientas incómoda.
Shea
no pudo negar la verdad que encerraban sus palabras. Había sido
consciente
de que su mente buscaba la de Tomas a menudo; pero molesta
por
aquella desconocida y para nada buscada necesidad, se imponía una
férrea
disciplina. No lo hacía de forma consciente, sino a modo de
autoprotección.
Era Tomas el que, a los pocos minutos de reprimir su
necesidad,
unía sus mentes. Shea inspiró con fuerza y dejó escapar el aire
lentamente.
−
Parece que sabes mucho más que yo acerca de lo que está sucediendo
aquí,
Tomas. Cuéntame.
− Una
pareja de compañeros está unida para toda la eternidad. Ninguno
de
los dos puede seguir viviendo sin el otro; se complementan. Tú eres la luz que
ilumina la oscuridad que hay en mí. Y debemos unirnos con frecuencia.
El
rostro de Shea estaba mortalmente pálido; sentía las piernas
debilitarse
por momentos, por lo que se dejó caer al suelo sentándose
bruscamente.
Su madre. Había culpado a su madre toda la vida por haber
vivido
como una mera sombra. Si Tomas estaba diciendo la verdad, y algo
en
su interior temía que así era, ¿era eso lo que le había sucedido a su
madre?
¿La había sentenciado Tomas a sufrir el mismo terrible destino?
Con
la mano buscó la pared y, usándola como apoyo, se puso en pie.
−
Me niego a aceptar esto. No soy tu compañera; yo no me he comprometido a nada,
ni voy a hacerlo –y empezó a caminar hacia la puerta, apoyándose en la pared.
− ¡Shea,
no! –y no era un ruego, sino más bien una despótica orden que
hacía
juego con la impenetrable máscara de su rostro.
−
No permitiré que me hagas esto. No me importa si eres un vampiro.
Puedes
elegir matarme, Tomas, porque no hay ninguna otra opción.
− No
tienes idea de lo que es el poder, Shea, del uso que se le puede
dar,
para bien o para mal
–su voz era suave, pero amenazadora, con una
inflexión
que hizo que la piel de Shea se erizara— No me desafíes.
Orgullosa,
ella alzó la barbilla.
−
La vida de mi madre fue un completo desastre y mi infancia, un
infierno.
Si mi padre era como tú y la unió a él de algún modo, abandonándola
después…
–le falló la voz, tomó aliento de nuevo intentando controlarse —
Soy
fuerte, Tomas. Nadie va a poseerme, a controlarme o a abusar de mí.
No
me suicidaré por el abandono de un hombre. Ni dejaré a mis hijos
abandonados
en el mundo mientras me alejo y me convierto en una cáscara
vacía.
Tomas
sentía el dolor que Shea había sufrido en su infancia. Sus
recuerdos
eran duros y feos; había estado totalmente sola, necesitando
alguien
que la guiara y la apoyara. Y como cualquier otro niño, se había
culpado
a sí misma por la soledad en la que se encontraba. Había imaginado
que
de algún modo no era buena, que era diferente y por eso no la querían;
se
alejó de sus emociones –porque se sentía insegura en ese terreno— y se
entrenó
para recurrir a su inteligencia cada vez que se sentía asustada o
amenazada.
Shea
caminó de espaldas hasta que llegó a la puerta, traspasándola, con
los
ojos fijos en los de Tomas. Él estaba haciendo un esfuerzo supremo
para
aplastar su furia, su promesa de venganza, pero le resultó imposible
ocultar
las violentas emociones que giraban en su interior. Ella le conocía
muy
bien, era demasiado consciente de lo que él era. Se limitó a alejarse,
volviendo
la cabeza en silencio. Y Shea aprovechó para dar la vuelta y salir
corriendo,
mientras las lágrimas le bañaban el rostro; lágrimas por su madre
y
por ella misma. Ella nunca lloraba, jamás. Hacía muchos años que había
aprendido
que las lágrimas no servían para nada. ¿Cómo había sido tan tonta
para
creer que podría controlar cosas que no conocía?
Corrió
deprisa, su cuerpo elegante y ágil se deslizaba silencioso entre
los
troncos podridos y las piedras cubiertas de musgo. Tardó bastante en
darse
cuenta de que estaba descalza y de que ni una sola vez había pisado
una
rama seca o una pequeña piedra que pudiesen lastimarla. Parecía flotar
sobre
el suelo, más que correr sobre él. Sus pulmones estaban bien, no
protestaban
por la falta de oxígeno. Tan sólo sentía hambre, un hambre
inmensa
y penetrante, que aumentaba con cada paso que daba.
Shea
aminoró la velocidad, hasta empezar a caminar con largos pasos
regulares,
alzando su cara para observar las estrellas. Todo era tan
hermoso.
El viento estaba cargado de aromas, de historias. Los de
las
pequeñas crías de zorro en su madriguera, los de dos ciervos que
estaban
en las cercanías, los de un conejo oculto en la maleza.
Se
detuvo de repente junto a un pequeño riachuelo. Tenía que trazar un
plan.
Huir como si fuera un animal salvaje era ridículo. Elevó la mano para
acariciar
el tronco de un árbol, las yemas de sus dedos sentían la rugosidad
de
su corteza, la savia deslizándose en su interior como si fuera sangre, la
vida
del árbol. Percibía cada insecto que se introducía en él, haciendo su
casa
en la madera.
Se
derrumbó sobre la tierra suave, abrumada por la culpabilidad. Le
había
dejado solo, desprotegido. No le había alimentado. Apoyó la frente
sobre
las manos. Todo aquello era una locura. Nada parecía tener sentido. El
hambre
invadía su cuerpo como si fuera un terrible monstruo, y era capaz
de
escuchar el latido del corazón de las criaturas del bosque, llamándola.
Vampiro.
¿Esos seres existían? ¿Acaso ella era uno de ellos? Tomas
había
tomado su sangre tan fácilmente, de una manera tan natural... Sabía lo
que
habitaba en su interior, podía comportarse como un ser frío y
absolutamente
implacable, consumido por una furia venenosa. Jamás dejaba
que
se notara en su rostro o en la forma en que se dirigía a ella, pero estaba
allí,
hirviendo bajo la superficie. Cogió una piedra y la arrojó a la corriente.
Tomas.
¿Qué iba a hacer con él? Notó que su cuerpo empezaba a
ponerse
tenso y que su mente se llenaba de inquietud. Sentía una arrolladora
necesidad
de reunirse con él, de asegurarse de que estaba bien. Su mente
estaba
intentando entender, creer en lo imposible.
Era
una criatura muy diferente al ser humano. Ella no era como él,
pero
su padre debía haberlo sido.
—
¿Qué estás pensando, Shea? —susurró para sí misma. — ¿Un
vampiro?
¿Crees que ese hombre es un vampiro? Estás perdiendo la cabeza.
Sintió
que un escalofrío recorría su espalda. Tomas había dicho que el
intercambio
de sangre les había unido. ¿Habría conseguido de algún modo
transformarla
en un ser como él?
Shea
recorrió con la lengua el interior de su boca, tanteando sus
dientes.
Parecían igual que siempre, pequeños y parejos. De repente, notó
que
su hambre aumentaba, afilada y voraz.
Al
instante escuchó el latido del corazón de un pequeño conejo. Su
corazón
se estremeció de júbilo. La fiera alegría del depredador invadió su
cuerpo
y se dio la vuelta en busca de su presa. Los colmillos aumentaron
rápidamente
de tamaño contra su lengua, afilados incisivos hambrientos y
expectantes.
HOLA!! AQUI ESTA EL CAPITULO ... DISFRUTENLO :))
Sigueeee
ResponderEliminarEsta buenisimaaaa..
ResponderEliminarSiguelaaa :)
Esta buenisimaaaa..
ResponderEliminarSiguelaaa :)